De la Plaza Roja a Tian’anmen (XIX)votar

datePublicado el 25 de enero del 2012 por KaiserSoze

B.S.O. A Camp – Chinatown

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

Gran Muralla.

 

Pocas horas en nuestro último tren. Eternas. En una primera a la que nada ha de envidiar la tercera rusa. Nos espera un huésped. Duerme desde no sabemos dónde. A nuestra llegada abre su ojo. Es todo cuanto intercambiaremos en el resto del viaje.

Es primera hora de la tarde, descendemos en la multitudinaria estación. Beijing es desmesurada. Más de veinte millones de personas tamizan sus calles. Avisados por las experiencias de otros viajeros, marcamos un máximo a pagar en los taxis. El regateo consiguiente, unido al pegajoso calor que empapa nuestras ropas y al cansancio acumulado, nos lleva a un punto de crispación que provoca la primera y única discusión entre nosotros a lo largo de toda la aventura. Nada serio, por supuesto. Desde la distancia, divertido incluso. Rechazamos cualquier oferta de transporte, incluso la de una dama extranjera de buen ver, que desea compartir taxi. Encontramos la recóndita estación de metro. El abarrotado subterráneo pekinés nos traslada hasta los aledaños del hutong en que se ubica el albergue reservado. Los hutong – cuya traducción literal es callejón – conforman el centro de la ciudad tradicional. Situados muy cerca de la Ciudad Prohibida, son los barrios donde se mantiene la milenaria forma de vida china. Al mismo tiempo han transmutado en zona chic de la ciudad. Albergues, tiendas alternativas y una rica vida nocturna cubren puerta a puerta los principales hutong.

No es sencillo descifrar la dirección del hostal pero, el sentido de la orientación de Dani, nos lleva a toparnos con él. La habitación es espartana; camas cómodas y una ducha. No pedimos más. Todos los huéspedes que aloja el lugar, son extranjeros. Viajeros más o menos experimentados en busca de su propia aventura vital. Entre unas cosas y otras se avecina la noche. Damos un paseo por la vieja ciudad hasta llegar a un cristalino lago, cuyo perímetro se halla cubierto de restaurantes. Decidimos cenar en aquel lugar. La oferta es amplia. Los cantos de sirena de los encargados de establecimientos se mezclan con la presencia de muchachas que nos ofrecen otro tipo de servicios. Durante la cena planeamos el día siguiente. Nos decidimos por la Gran Muralla. Las dudas envuelven el tramo a realizar. Barajamos varias opciones. Desde la zona más turística y visitada a otra absolutamente agreste para la que, por la peligrosidad del recorrido, deberíamos, ineludiblemente, tomar los servicios de un guía. Encontramos, en el propio albergue, una oferta de excursión a una zona no del todo restaurada pero a la que acude muy poca gente. No quedan muchas ganas de complicarnos la existencia. Parece buena opción además porque proponen siete kilómetros de trekking. Contratamos la propuesta y salimos a por provisiones para el picnic. De forma absolutamente aleatoria desciframos un cajero y curiosamente conseguimos yuanes. En un pequeño supermercado llenamos la cesta de provisiones de productos delirantes. A modo de precalentamiento y antes de regresar al albergue, unas copas en los locales de moda de los hutong, despiden la noche.

El día amanece con un cielo plomizo. Desayunamos el menú del albergue que se sirve en el bar adyacente. Cargamos con las mochilas de provisiones y dos botellas de dos litros de agua para la deshidratación. No tenemos preparación alguna para un trekking exigente y Dani está convencido de que este lo será. Aparece el microbús. En su puerta se acumulan los excursionistas. Somos una veintena. No parecen tampoco muy en forma. Dani insiste en que las apariencias engañan. Viajamos más de cien kilómetros hasta el lugar de inicio. Serpenteando por las cumbres de numerosas colinas, la silueta de la muralla resulta impresionante. La guía nos informa. Caminaremos algo más de siete kilómetros por la muralla. Cada uno a su aire. Cruzaremos veinte torres. La número veintiuno es el punto de encuentro. A las tres de la tarde. Desde allí, cerca de una hora de descenso hasta el lugar donde espera el bus para el regreso. Nos ponemos en marcha. El ascenso a la colina ya tiene su eso. El calor aprieta y además de los cuatro litros de agua que llevamos en las mochilas, tomamos los tres botellines pequeños que incluye el precio.

Comenzamos un auténtico sube y baja a través de una muralla que une las torres que se dibujan en el horizonte. Transportando mochilas con provisiones, algunas mujeres chinas emprenden la marcha a nuestro lado. Desde el primer instante mantienen el ritmo de los distintos viajeros y ofrecen sus productos de forma amable y tenaz. En origen, la muralla no era una, sino varias. Cada una de ellas circunvalaba una ciudad. No fue hasta mucho más adelante, y ante la amenaza de las tribus mongolas, que el emperador ordenó unir los distintos tramos hasta formar esta tremenda obra de ingeniería. Los desniveles que a lo largo del recorrido deberemos cubrir son de muy distinta índole. Desde zonas, pocas, donde una suave pendiente te lleva de una torre a otra, hasta otras en las que acometer la siguiente torre supone un esfuerzo notable con tramos de escalones de más de medio metro de altura y apenas quince centímetros de huella. Encontramos a pocos viandantes en nuestro camino y el paseo es interesante. En un momento del recorrido encontramos en una de las zonas más bellas, un equipo de rodaje que parece estar preparando un spot publicitario. Lentamente nos vamos desmarcando del resto de viajeros. No así de las chinas que siguen insistiendo en la venta de sus productos. Cada vez que nos ofrecen las botellas de agua, sacamos las nuestras mostrando que disponemos de repuestos y aprovechando para refrescar nuestras secas gargantas. Fotografiamos el espectacular monumento. Comentamos acerca de la dificultad de su construcción e incluso de su defensa.

Pensamos en como llegarían hasta allí los materiales de construcción. Todo nos parece majestuoso. Las torres por las que pasamos, también ocultan nativos que nos ofrecen agua y refrescos. Ante nuestra negativa, responden con una amable sonrisa. Da la sensación de que saben que, antes o después, los extranjeros irán a parar a sus garras. “Caerá en la torre diecisiete” parecen decir los ojos pícaros de un anciano vestido con ropas del ejercito rojo. Avanzamos sin descanso. Nos distanciamos del resto. Bromeamos con Dani al respecto del temible equipo con el que íbamos a “competir”. Tanto es así que en la torre veinte decidimos comprar a un lugareño, tres botes de cerveza bien fría y detenernos a comer. Según van llegando al lugar del picnic, los otros viajeros ríen al ver nuestro despliegue. Cuando la mayoría de ellos, apenas llevan un sándwich o una pieza de fruta, nosotros mostramos pan, cerveza, latas de conserva, salchichas, e incluso carne seca de vaca. Los comentarios, como no, vinculan el cuadro con la tópica imagen que de los españoles se tiene por el mundo. Algunas vendedoras chinas intentan colocarnos sus productos, pero con el estómago lleno y la satisfacción de casi haber acabado la ruta, y ante las risas de algunos compañeros de trayecto, somos nosotros lo que les tomamos el pelo a ellas ofreciéndoles lo que no hemos consumido. Nos queda un solo tramo para llegar a la última torre. Y es justo en él donde encontramos a viejos conocidos. Los tres suecos, con los que hemos ido coincidiendo a lo largo de la aventura, recostados sobre la muralla, resoplan de forma exagerada. En las gotas de sudor que perlan sus sienes, acierto a adivinar la silueta del logotipo de Justerini & Brooks.

De la Plaza Roja a Tian’anmen (XVIII)votar

datePublicado el 18 de enero del 2012 por Melchor Mombo

B.S.O. David Bowie – China Girl (Single Version)

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

 

En las garras de Nomber One.

 

Nuestro penúltimo tren llega en su hora. En pocas horas abandonaremos el país para entrar en la inmensidad China. Borhoyn Tal, el último pueblo de Mongolia antes de la frontera es el primer destino. Veinte minutos de parada. Descendemos a estirar las piernas. Los lugareños ofrecen sus productos en el andén. Queremos cervezas pero el precio que nos piden supera los Tugriks que nos quedan. Sin problema. El negocio se adapta a nuestras posibilidades y el precio se ajusta a nuestros bolsillos. Se acabó la preocupación por el cambio. Desde la estación hay una vista general del pueblo. El panorama es desolador. Desvencijadas casas salpican un árido terreno. Aparte de los pocos lugareños que se han acercado a la estación, no hay ninguna otra señal de vida en sus calles. Recuerda a esas ciudades fantasmas que aparecen en algunos westerns contemporáneos. Una de las alternativas que manejamos durante la preparación del viaje nos llevaba desde el Gobi hasta allí en furgoneta. Pasar después la frontera por nuestros medios y tomar un tren chino al otro lado. Por fortuna no ha sido así. No me imagino de noche, en aquel lugar, buscando alojamiento. Mucho menos pasar al otro lado como espaldas mojadas. El silbato del tren me saca de mis ensoñaciones. En nada estamos en la frontera. Otras cuatro horas, solucionado el problema burocrático y estaremos en territorio chino. Creemos. Somos muy optimistas. No solo los controles son mucho más férreos, sino que además, no podemos descender del tren. Siete horas detenidos y solo un hecho destacable. La amplitud de vía varía entre ambos países, y con el pasaje en sus camaretas, los vagones son conducidos a enormes hangares trufados de mecánicos chinos. Sin la menor prisa, mediante grúas levantan los vagones y se produce el cambio de ruedas. Con los trámites finalizados, el tren reemprende la marcha. Es noche cerrada pero la luz de la luna y la propia de las poblaciones que recorremos nos confirman que, a todos los efectos, este es otro país. Desde la arquitectura al propio paisaje, encontramos una tierra más armónica, menos salvaje.

      Como siempre es temprano cuando descendemos en Datong. Datong es una ciudad industrial de escaso atractivo pero sus alrededores conservan algunas maravillosas obras de siglos pasados. Nos registramos en el hotel. Esto sí es un hotel y no otros. En la habitación hay incluso una provisión de preservativos. Lástima que el equipo lo conformemos tres tipos con más ganas de risas que de sexo. Miento, pero visto lo visto es una gran licencia poética. Mientras Dani soluciona la recepción del próximo billete de tren, comprado por internet a una agencia local, Pablo me acompaña a comprar una tarjeta para la cámara. Entramos en varios y caóticos grandes almacenes hasta que, entre risas, unas chicas nos indican un comercio de productos electrónicos. Vamos. Les muestro la cámara. Una tarjeta. Nadie tiene idea de otro idioma que no sea chino. Me llevan hasta un ordenador. Una especie de Google Translator mandarín permite teclear frases. Y entendernos. Poco. Pablo sale a responder una llamada de Dani. A su regreso, veinte jóvenes dependientes chinos me rodean riendo de forma descompasada. No hay interés en venderme la tarjeta. Lo están pasando de miedo. El taxi espera. Debemos marcharnos. Acaba la fiesta.

En la puerta del hotel espera el taxi. Su chófer viste pantalón negro, camisa blanca de manga corta, corbata oscura y guantes blancos. Todo un dandy. Con la excusa de mis piernas, mis compañeros me ceden el asiento delantero. Soy el encargado de dar conversación a un tipo que habla, todavía, menos inglés que yo. El taxista me enseña su licencia. Señala el número. El uno. “Number One, Number One” me grita. Asiento con la cabeza mientras miro el interior del taxi. Impecable. Contiene numerosos gadgets que iremos descubriendo al largo del viaje. Las grutas de Yungang son el primer destino. “Number One” nos cita en un par de horas en el mismo lugar que desembarcamos. Apenas ponemos pie a tierra, sale disparado a rentabilizar la espera. Tras pagar un elevado precio por la visita, nos ponemos en marcha. Abre una zona de jardines y falsos templos históricos – que por momentos recuerdan la zona de Port Aventura dedicada a China -. Cuando casi nos tememos una decepción, parece la joya de la visita. Excavadas en la pared, cincuenta y tres cuevas contienen mil doscientas hornacinas budistas y cerca de cincuenta y un mil esculturas talladas en la propia piedra. Todo ello a lo largo de un kilómetro cuadrado de extensión. Hallamos desde Budas de quince metros de altura, a otros del tamaño de un pulgar. Algunas de las grutas son impresionantes. Un par de horas más tarde, y tras haber posado con numerosos chinos que quieren su foto de tipos raros, estamos en el punto de encuentro. Algunos taxistas ofrecen sus servicios. Declinamos la invitación. Parecen reconocernos y no insisten. Vendedores ambulantes nos acosan con sus productos. Les rechazamos con amabilidad hasta que su insistencia nos lleva al límite. Pero llega “Number One”. Comenzamos a conocer que tiene bien ganado el sobrenombre. Desciende del taxi, nos abre la puerta amable. Mientras montamos, abre el maletero y saca de él pequeños paquetes de galletitas que, además de ofrecernos, reparte entre los taxistas y vendedores que allí se encuentran. Todos contentos, todos deben favores a “Number One”. Él mantiene su status. Por eso la escasa insistencia de los otros chóferes.

El viaje hasta Xuang Kong si es algo más largo. Durante el recorrido uno de los gadgets pita cada cierto tiempo. “Number One” me mira y comenta sonriente “Photo”. Sé que no me está fotografiando pero no qué me dice. Mis compañeros, más duchos que yo en el arte de la conducción, intervienen. Es un detector de radares. “Photo, photo” insiste “Number One” señalando al exterior. Yo asiento con la cabeza. “Number One” ríe por su astucia. Jinglong se abre a nuestros ojos. Es un enorme cañón. Tan enorme como todo en este país. De una de sus paredes, a sesenta metros del suelo, cuelga, suspendido de la pared, el templo de Xuang Kong Si. Formado por cuarenta dependencias distintas que recorremos por completo, es una maravilla arquitectónica en cuya visita hay que dejar el vértigo a pie de ascenso.

Una etapa nos queda y no está lejos. En la ciudad de Ying County, enclavada en un precioso barrio tradicional, se ubica la Sakyamuni Pagoda. “Woodden Pagoda” como insiste “Number One”. La mayor pagoda de madera del mundo ha resistido el paso del tiempo e incluso la acción de dos terremotos. Su interior alberga un enorme Buda de doce metros y una escalera emocionante. Desde las ventanas de su parte alta, contemplamos toda la ciudad. Miles de pájaros vuelan sin motivo aparente alrededor de este delicado monumento.

De regreso a Datong, “Number One” cambia de ruta. Atravesamos una enorme ciudad de novísimas construcciones y muy poca gente en sus calles. Es una de esas urbes que el gobierno chino construye de forma antinatural, para habitarlas con peones que trabajen en cercanas factorías. Más nos parece el final de aquel viejo chiste “Pues yo ayer pasé por aquí y no estaba…”. Llegados a Datong la despedida de “Number One” está acorde con los servicios prestados. Sus últimas palabras son “Hotel? Bar Girls?”. “Hotel” respondemos resignados y sonriente se despide.

 

De la Plaza Roja a Tian’anmen (XVII)votar

datePublicado el 15 de enero del 2012 por Melchor Mombo

B.S.O. Heroes Del Silencio – Flor De Loto (Directo)

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

 

 

De timadores y otras hierbas mongolas (II).

 

Es temprano cuando Andy nos propone montar a caballo. Pensamos que ha reflexionado acerca de nuestros pensamientos de la víspera pero no se refiere a eso. Habla de caballos y los míticos jinetes mongoles. Le comentamos que montamos en el desierto y sorprendida nos dice que está en su planificación y que debemos hacerlo. Más por no discutir que por otra cosa, decidimos repetir experiencia. Creyéndonos expertos jinetes, abordamos los caballos que un pequeño mongol ha puesto a nuestra disposición. Los animales son más grandes que los del sur e iniciado el paseo comprobamos que no es la única diferencia. Son de yeso. O lo parecen. No sé si temerosos de que suframos un accidente o por cualquier otro motivo oculto, los caballos, tres viejos ejemplares que resoplan de forma exagerada cada vez que la ladera se empina, nos llevan al paso por medio valle. Sin el posible galope, el recorrido resulta tedioso. Al finalizar éste, saboreamos dulces muy amargos y otros derivados de la leche en la tienda de una familia mongol. Es el colofón turístico a la excursión. Andy puede estar satisfecha de nuestra disciplina. Somos magníficos clientes. Sin más nos apremia a regresar a Ulan Bator. Sorprendidos le comentamos que teníamos contratada la estancia hasta después de comer y que todavía son las diez. Sus órdenes son llevarnos al albergue y recoger a otro cliente en menos de una hora. No lo podemos creer. Por no complicar más las cosas decidimos regresar. Nos ofrece la posibilidad de seguir allí y que por la tarde un coche venga a recogernos pero esto supone un nuevo suplemento monetario. Nos negamos. El regreso es rápido hasta la llegada a Ulan Bator. También silencioso. Ni si quiera Andy charla con el chófer como el día anterior. Sospechamos que algo ha ocurrido – o no – durante la noche en su tienda, pero ya no nos importa lo más mínimo. En la ciudad nos topamos con una retención que nos hace avanzar a paso de tortuga. La carretera pasa junto al mercado negro, y la lentitud de la caravana nos permite observar el funcionamiento de uno de los sitios más peligrosos de la capital mongola. A primera vista no lo parece. Al menos de día. Un enorme mercado al aire libre compuesto por contenedores situados uno al lado de otro que hacen las funciones de locales comerciales y donde puede encontrarse de todo, es su descripción. Hay miles de “latas”.  Como miles de coches y decenas de miles de personas. Es impresionante. Cada una de ellas tiene centenares de objetos más o menos útiles expuestos en su exterior. Imagino que al finalizar el día, solo hay que cerrar la lata y el lugar será similar al muelle de carga de un importante puerto. Tal vez, un lugar tan abarrotado de gente y objetos, puede ser el espacio ideal para un “Pickpocket” pero no parece probable otro tipo de asalto. De todos modos, nos quedan pocas ganas de comprobarlo.

Poco después estamos ante el albergue. Nos despedimos de una Andy cuya sonrisa ha pasado, en apenas veinticuatro horas, de resplandeciente a detestable. Se marchan presurosos pero parece que no van a llegar a tiempo a por el nuevo cliente.

Organizamos mochilas y tomamos una ducha. Al día siguiente salimos en dirección a China y nos queda el resto del día para seguir visitando la ciudad. Mientras estoy bajo el agua, llaman a la puerta. Dani abre, y ante sus ojos, aparece de nuevo Andy. Oigo como charlan en el exterior. Salgo. Nos comenta que el patrón de la chica pide más dinero por no sé qué conceptos de los que hemos hecho uso. Nos miramos los tres indignados. Comento que no me supone nada poner diez o doce euros más pero que moralmente me parece que ha sobrepasado cualquier límite. Pablo y Dani se muestran de acuerdo y así se lo transmitimos a una Andy que espera nerviosa en el exterior. Le decimos que si su jefe tiene algún problema más le esperamos allí mismo. De nuevo la sonrisa en su rostro. Esta vez nos parece sincera. Creo que está feliz de que alguien le ponga las cosas claras al tirano. Evidentemente, el patrón no aparece. La que regresa es ella. Todo está aclarado, nos dice. Y tras despedirse de nuevo, pizpireta se marcha.

Tenemos el Museo Paleontológico por ver ya que su horario no se adaptó a nuestro primer día en la ciudad. Vamos con la ilusión de ver si supera lo visto en el Gobi. No es así. Ni por asomo. Éste, sin ser nada del otro mundo, tiene salas interesantes. Caminando por una de ellas escuchamos una voz familiar. No lo podemos creer. Nuestro subconsciente nos está jugando una mala pasada. No es así. En la sala adyacente, Andy y su nuevo cliente visitan el museo. Divertida nos lo presenta. Es un sonriente hindú que al paso que va, necesitará una tortilla de paracetamol para acabar su día. Nos despedimos, esta vez sí, definitivamente y seguimos con nuestro periplo. Ya casi es hora de comer y decidimos darnos un homenaje que, desde Ekaterimburgo, tenemos casi olvidado. Encontramos una franquicia de Budweiser en la que sirven comida internacional.

Elegante y llena de miembros del gobierno y ejecutivos, nos parece el lugar perfecto para camuflar lo vivido en días pasados. Todo va bien hasta el momento de decidir la bebida. Por supuesto, no queremos parecer insensibles y demandamos tres enormes Bud’s. El camarero niega con la cabeza. No se sirve alcohol los viernes. Le insistimos en que debe estar equivocado, es el miércoles el día que no hay alcohol. Lo sabemos bien pues lo sufrimos – a medias – en Dalanzadgad. No, insiste, en Ulan Bator es los viernes. Apelamos al sentido común. No hemos cobrado, no hay peligro de que gastemos todo en alcohol y nuestras mujeres deban prostituirse para alimentar a nuestros hijos, somos extranjeros y no deberían aplicarnos leyes del país, el local, siendo una franquicia que representa a una cerveza, debería presionar al gobierno, buena parte del cual está allí mismo, para conseguir una bula… Es inútil, al poco tres grandes Coca-Colas ocupan la mesa. Por si fuera poco, junto a nosotros, cuelga de la pared un gran poster que muestra, por países, las marcas más populares de cerveza del mundo. Toda una tortura. Salimos saciados pero con una pizca de indignación. Decidimos tomar un café en una franquicia. “Silk Road Bar & Grill” es un lugar agradable del que lo que más nos sorprende es el vino que ofrecen; “Silk Road” es un caldo de unas conocidas bodegas alicantinas.

Dedicamos la tarde a las compras en grandes almacenes. Es el primer lugar donde encontramos mayoría de occidentales. Los viajes organizados tienen estos lugares como parada obligatoria. Al poco estoy aburrido de ver camisetas, láminas, vasos, bolsos… me dedico a vagar por las distintas plantas hasta que mis amigos finalizan su compra. En el camino de regreso decidimos que ya está bien de Mongolia. Para la noche, compraremos provisiones y cenaremos solos en la terraza de la habitación. Con un clima fresco pero agradable, con algo de pollo, conservas y cerveza – en los supermercados sí nos venden alcohol siempre que lo saquemos camuflado – pasamos nuestra última noche en Ulan Bator. Los tópicos han caído. No hemos sufrido ningún asalto y los intentos de timo han quedado en nada. Estamos bastante curtidos para nuestra entrada en China. Al menos eso pensamos.

De la Plaza Roja a Tian’anmen (XVI)votar

datePublicado el 9 de enero del 2012 por Melchor Mombo

B.S.O. Asian Zen – Spa of Asia

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

 

De timadores y otras hierbas mongolas (I).

 

La última noche en Dalanzadgad es delirante. Tras tres jornadas en el Gobi esperamos dormir en algún sitio donde al menos haya una ducha, por asquerosa que esta sea. Ni por esas. La negociación entre Steve y los encargados de los hostales es árida y realmente no sabemos por qué. Tras pasar media tarde visitando campamentos de gers para turistas, hoteles, hostales, y cualquier otra posibilidad  de alojamiento, Steve confiesa el problema. El dinero que tenían para gastos casi se ha agotado. Sabemos que no es problema nuestro, pagamos buenos dólares por la excursión, pero el apuro de los jóvenes nos hace reflexionar. Hablamos de rascar nuestros bolsillos y pagar la diferencia antes que seguir de un sitio a otro hasta encontrar un precio imposible incluso en el desierto. Los dos mongoles se niegan. Finalmente encontramos un campamento de gers recién estrenado. No hay ducha. Sí un sorprendente lavabo de agua rellenable en el mismo interior de la tienda que unido a la estridente decoración, absolutamente fuera de lugar, le da un desmesurado tono kitsch. Es temprano y decidimos hacer turismo por la ciudad. Con excusas más o menos creíbles, Steve nos hace desistir de cualquiera de nuestras propuestas. Finalmente y tras algo de debate, acabamos en el plan que él propone; un cibercafé. En un multiespacio que parece, además, oficina de correos y banco, hay media docena de ordenadores de la guerra de Cuba. Igual de algo más atrás. Mientras Steve es abducido por el Facebook, repasamos alternativamente las cuentas de correo por si hay algo urgente que podemos solucionar desde Dalanzadgad. Casi una hora después, en el exterior del local, cansados de esperar al mongol mientras somos el centro de atracción de los lugareños, convencemos al chófer para que lo haga salir y regresar al campamento. Otra noche de Red Label – comprado bajo mano en un supermercado, a pesar de ser miércoles, día de cobro en Dalanzadgad y por tanto día de prohibición de venta de alcohol – cierra nuestro periplo por el desierto. Curioso es el estudio de mercado que la gente de White Label hace en estos momentos en el Gobi. Dos botellas vendidas en poco menos de tres días, visto el precio que se marcan, debe ser consecuencia de un fenómeno paranormal.

Como no, es temprano cuando nos despedimos de nuestros compañeros de fatigas. Volamos a Ulan Bator sin incidencias donde nos espera Andy, simpática y parlanchina mongola de la misma compañía que Steve. Se encargará, junto con otro chófer, mucho más seco y misterioso que el anterior, de llevarnos al Terelj, el parque natural del norte del país y nuestra última etapa en Mongolia. Después de los días en el desierto, la sonrisa de Andy ilumina el vehículo. Esta vez sí, esta vez vamos en un cómodo todoterreno. Y hay además algo semejante a una carretera durante buena parte del recorrido. El paisaje cambia según nos dirigimos al norte. El parque no está lejos y decidimos desviarnos antes de llegar hasta el lugar donde otea el horizonte una desmesurada figura metálica del gran rey de los mongoles; Gengis Khan. Concebido para ser en un futuro un parque temático sobre la vida de los mongoles, parece que quedará tan solo en la escultura ecuestre. Ni los tiempos son para inversiones, ni el extremado clima de la zona permite convertir aquello en una zona de ocio más de un par de meses al año. La figura es impresionante y su pedestal es un complejo con restaurante tiendas y servicios. La cabeza del caballo es un mirador que permite una bellísima panorámica del valle. A nuestra espalda, Gengis Khan nos mira. No imagino que pensará de este trío que en sus rostros ya da muestras de fatiga.

Acabada la visita, el chófer comenta algo con Andy que ella nos transmite. Debemos abonar la gasolina de la veintena de kilómetros que nos hemos desviado para esta visita. De mala gana lo hacemos. Creemos haber pagado lo suficiente a su jefe para que nos cubra este tipo de “caprichos”.

Ya en el valle que aloja el Parque Natural, nos desplazamos, al igual que hicimos con Steve, de un lugar a otro en busca de alojamiento. Pasamos varias horas de este modo sin conseguir acomodo en ninguno de ellos. Después de discusiones sin fin, acabamos por, de mala gana, claudicar. Pagaremos la diferencia del alojamiento a cambio de detenernos ya y poder aprovechar el día. El lugar es un campamento turístico infectado de japoneses. Nos alojamos en uno de los gers mientras Andy y el chófer lo hacen en otro. Decidimos salir a dar una vuelta por las suaves montañas de alrededor. Algo más de una hora de trekking por un paisaje espectacular y regreso al campamento. Queremos ducharnos pero ha habido un problema, entendemos que con la electricidad, y si la bomba no funciona, no hay agua. Dani propone aprovechar para comprar cervezas en el campamento vecino. No estoy con ánimo. Necesito algo de espacio y soledad. Lo entienden y, él y Pablo, emprenden camino. Me quedo a la puerta del ger con la lectura de la novela pendiente. Pocos minutos después aparece Andy. Me pregunta por mis amigos. Bromeo que han regresado a Ulan Bator. No lo toma bien. La noto preocupada. Me comenta que es peligroso alejarse. Alucino con sus palabras. Insiste en si van a tardar mucho. Le digo que no lo sé. Me dice que está aburrida. La miro y un pensamiento malicioso pasa por mi cabeza. No es muy guapa pero serviría. No tarda en puntualizar que es católica y que está estudiando para misionera. ¿Me habrá leído el pensamiento? Sigue muy pesada con la excursión de mis compañeros. Le digo que no se preocupe y que no tardarán en regresar para evitar que siga en sus trece.

Inquieta se marcha. Comienza a hacer bastante frío y enciendo la estufa del ger. Sigo con la lectura en el interior. Al poco entra el chófer. No habla ni palabra de otro idioma que no sea mongol. Por sus gruñidos tampoco parece que domine este. Se sienta en otro de los camastros de la tienda. Cierro el libro. Se acabó la lectura, la introspección, la soledad… Me observa. Intento hacerme entender. Es difícil. Le pregunto por su vida, si está casado. No sé qué es lo que entiende cuando me señalo el anillo pero al intentar acercarme a mostrarle fotos de mi familia, se pone en pie con cara de pánico. Me da la sensación que piensa que quiero algo más íntimo y está a punto de salir despavorido. Regreso a mi sitio. Mi desesperación no es todavía tan grande. La no conversación continúa durante minutos que parecen horas. Intento la charla pero permanece indiferente. Me siento el John Dunbar de Bailando con Lobos en su primer encuentro con los sioux. ¡Qué impotencia! En ese instante entra Andy. Ignora al chófer y sigue con su cantinela. Allí estoy yo soportando a un mongol asustadizo y a una pesada muchacha que se aburren. Por suerte, mis compañeros regresan con un regalo en forma de cerveza. Enterados de lo sucedido en su ausencia se ríen de mis aspiraciones de tranquilidad. Andy sigue con su cantinela y a las mentes de Dani y Pablo viene la misma idea que ya rondó mi cabeza. Seguro que el propio chófer lo ha pensado al entrar en su ger. A la única que no se le ocurre es a ella. “Póker” dice con una sonrisa que comienza a ser detestable. Como si de un tahúr se tratara, saca un juego de naipes de su bolsillo y comienza a barajar. Pablo se niega a participar de la pantomima. Dani, divertido decide jugar. Yo les acompaño pero alguien tiene que explicarme de qué va el juego. Dos lecciones rápidas y estamos en marcha. Dos partidas más rápidas todavía y estoy fuera y sin un Tugrik. Suerte que no jugamos en serio. La señorita católica no lo permite. La partida acaba en un enfrentamiento Dani-Chófer que, si la memoria no me falla, acaba ganando el mongol. La noche ha caído y, ya sin compañía ajena, vivimos una nueva velada de charla.

De la Plaza Roja A Tian’Anmen (XV)votar

datePublicado el 28 de diciembre del 2011 por Melchor Mombo

B.S.O Corcobado y Manta Ray – Getsemaní

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

 

Gobi (II).

 

La nada. El desierto. Nunca un vocablo tuvo mayor correspondencia con la realidad. Jamás, en mí ya extensa vida, había estado en un lugar del mundo donde, tras un giro completo sobre mí mismo, el resultado fuese la nada.

Esto es lo que hallamos apenas salidos del desfiladero y de camino hacia nuestro nuevo destino. Kilómetros y más kilómetros donde tan solo el suelo que pisamos es corpóreo. No hay vegetación. No hay piedras, ni postes de teléfono, ni caminos, ni huellas, ni animales… No hay nada. El paisaje se extiende tanto en el tiempo que quedan pocas ganas de bromear. Se escucha tan solo algún quejido cuando alguno de nosotros, medio adormecido, golpea con su cuerpo contra las aristas de la furgoneta. El resto, silencio. Brazos se extienden en busca de botellas de agua que hidraten nuestras ásperas bocas. De vez en cuando algún leve comentario y un esbozo de sonrisa. Más por cumplir que por convicción. Después de varias horas de viaje en las que hemos recorrido poco más de cien kilómetros, en la distancia, a ambos lados, divisamos cordilleras montañosas. Sobre la negra silueta de una ellas, una enorme silueta de amarillo pálido se dibuja. Al acercarnos, comprobamos que se trata de dunas. Verdaderas montañas de arena. Estamos cerca de destino… solo que todavía no sabemos cuál es. El chófer se detiene ante un grupo de tres o cuatro gers que hallamos en el camino. Steve y él descienden. Nos piden que permanezcamos en el vehículo. Desde la distancia les vemos gesticular. Poco después están de regreso. No parece que aquel sea nuestro hotel. Nos ponemos de nuevo en marcha sin más explicaciones. Nuevo grupo de tiendas. Nueva negociación. Sin éxito. Una vez más en marcha. Por fin, en el cuarto lugar en el que nos detenemos, el mongol nos da permiso para acomodarnos. Cuatro gers, una motocicleta y un grupo de camellos, sin saberlo, posan frente a Khongoryn Els, la cordillera de arena. Todavía hay luz y decidimos dar un paseo hasta las dunas. Algo menos de un kilómetro de un osario de camello. Agradable, a pesar de todo. Llegamos a la duna pero la falta de sol invita a regresar en la mañana.

Poco más hay que hacer en el lugar. Ni nosotros ni los nómadas. Dedican sus días a ver pasar la vida, sin más ocupación que la de charlar con los ocasionales viajeros. Somos elementos atípicos en su mundo y como tal nos miran. Los niños, varios, observan curiosos desde la distancia. Tengo las de ganar en este juego. Aprovechando los últimos minutos de luz, saco cuaderno y pinceles. Me siento a dibujar. Poco a poco, los pequeños me rodean. Cuchichean. Dibujo a una de ellas, al chófer y paisajes. Risas. Soy el ídolo local. Entro en la tienda. Saco caramelos y bolígrafos que llevo en la mochila. El regalo les hace felices. Con qué poco, me digo. Al día siguiente seguirán con los bolígrafos en la mano, a pesar de no tener ni una hoja de papel donde usarlos.

La noche no es muy distinta de las que pasamos en el desierto en Marruecos. A la luz de las velas solo queda la posibilidad de “desvirgar” la botella de Red Label y charlar. Charlar del bien y del mal, del sexo de los ángeles, de cualquier tema sin transcendencia que pase por nuestras obnubiladas mentes. Le dedicamos horas. Steve y el chófer participan. La políglota conversación gira en torno a la idiosincrasia del pueblo mongol y la propia. Las preguntas de Steve van de la religión, a otras menos prosaicas sobre las mujeres españolas. El orgullo como nación, inexistente en nuestro caso, es algo muy arraigado en las almas mongolas. Gengis Khan sigue siendo un mito. Un gran rey. Vista la dificultad que implica el país, le creemos. Mucho más tarde, bajo un espectacular manto estrellado, hacemos uso de la inmensa toilette que se expande ante nuestros ojos mientras identificamos los astros. Nos sentimos felices.

El día se abre. El sol nos atrapa escalando la duna. Si no fuese porque ya viví algo similar en el Sahara, me hubiese rendido. No lo hago. Corono tras mis jóvenes compañeros. Fotos. Disfrutamos del paisaje. La arena es distinta a la de Marruecos. Mucho más blanca. Mucho más fina. En algunos lugares se apelmaza y hay tramos donde es tan dura que no cuesta caminar sobre ella. Ya en el campamento, agotados, el chófer comenta que para ir por las dunas, lo mejor es descalzarse. A buenas horas…

Tras un pausado paseo en camello, reemprendemos la marcha. El nuevo destino es Bayanzag; el cementerio de los dinosaurios. El lugar, enclavado en pleno Gobi, estéticamente recuerda una versión reducida del Gran Cañón. El rojo de su tierra destaca entre la blanca arena que lo rodea, convirtiéndolo casi en una aparición fantasmagórica. Paseamos por los estrechos desfiladeros que componen esta escultura de la Naturaleza y hallamos a nuestro paso fósiles. Muchos. Según parece, una tormenta de arena atrapo en este lugar a numerosos dinosaurios y acabó por enterrarles. A principios de los años veinte del pasado siglo, mientras buscaba fósiles humanos, la expedición capitaneada por Roy Chapman Andrews – el personaje inspirador de Indiana Jones -, se topó, de forma casual, con este lugar. Aquí encontraron los primeros huevos de dinosaurio.

Seguimos viaje. Unos kilómetros más adelante el chófer saca medio cuerpo por la ventanilla de la furgoneta. Lo hace en varias ocasiones. Nos preguntamos qué sucede. En una zona llana se detiene. Descendemos. Hemos pinchado. En menos que cuesta narrarlo ha cambiado la rueda y ha reparado la dañada – con un boquete de varios centímetros -. Entendemos porqué estos coches son tan apreciados en este territorio. Alguien con nociones de mecánica puede apañarse con cierta facilidad, cosa que con los todoterrenos actuales no sucede. Chófer y mecánico por el mismo precio. El mismo no, nos comenta Steve. El chófer gana el doble que él. Tampoco va a poder  retirarse con su sueldo. Antes de subir de nuevo, nos muestran los faros delanteros. Llenos hasta arriba de agua. Daños colaterales del tramo que ayer hicimos por el cauce de un río.

Se acerca el mediodía. Steve propone comer en una ciudad cercana. Hay un restaurante, dice. Nos parece bien. Realmente nos parece magnífico… hasta que llegamos. La susodicha ciudad es un pequeño pueblo. Las casas son precarias plantas bajas. Y lo del restaurante suena a broma. Entramos en la vivienda de una señora, nos acomodamos en su comedor. Prepara unos espantosos fideos melosos con diminutas tiras de carne tremendamente dura. ¿Y para beber? Té. “¿No tiene cerveza?” pregunta Pablo. Ni responden. Poco después, bajo la curiosa vigilancia de algunas lugareñas, comemos. Algunas nos acompañan, otras simplemente nos observan. Pienso que, además de restaurante local, tal vez sea también el teatro y nosotros mismos, el espectáculo del año. Las numerosas fotos que a la salida nos piden los nativos, confirma nuestro nuevo status de miembros del Star System.

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