KaiserSoze Sábado, 12 de Junio del 2010 a las 22:34
Hola a todos, aunque parezca mentira el blog sigue en marcha e iremos actualizando siempre que podamos.
Con motivo de la final de la Champions League que se celebró en Madrid, José Ramón Valero (director de Avion Revue y socio de Aire) organizó una fantástica jornada de planespotting en el aeropuerto de Barajas aprovechando el inusual trafico que se produjo ese día. José Ramón consiguió que nos dejaran hacer fotos desde dentro del aeropuerto, cerca del puente de Paracuellos del Jarama.
Me alegra que el Aeropuerto de Barajas haya permitido realizar esta actividad y a ver si es el principio de una buena amistad con los spotters que suelen hacer fotos en Barajas. También quería darle las gracias a José Ramón Valero por todas las gestiones que realizo para que pudiéramos disfrutar de una agradable jornada.
Como ya sabeis en este enlace tenéis todas las fotos.
Salimos el viernes por la tarde y tras el habitual atasco de salida de Madrid conseguimos llegar a la A5 dirección Cáceres. Y sobre las 19:30 ya estábamos en nuestro hotel, el hotel Los Barruecos (si, si muy original ya lo se). Es un hotel de tres estrellas bastante normalito. Eso siendo benévolo porque el frío que pasamos… No había calefacción en los pasillos ya que se había roto la caldera. En las habitaciones había un aire acondicionado con bomba de calor que intentaba calentar un poco la habitación y que tenias que dejar encendido durante toda la noche si no querías morir de congelado. Pero bueno, no habíamos venido a disfrutar de la habitación sino a hacer fotografías. Además después de dormir en literas en el curso de Tabarca y sobrevivir a los ronquidos ajenos, lo de este hotel nos parecía un lujo. Cuando llegaron todos, hicimos la presentación del curso y pronto a dormir que al día siguiente teníamos que madrugar para hacer fotografía.
Y el sábado a las 6:30 empezamos el curso de verdad. Fue una pena que nos lloviera y en ocasiones llovía y mucho, pero las ganas de aprender y de hacer fotos era mayor que la lluvia que caía. Así que con una bolsa protegiendo la cámara allí estábamos todos, mojándonos y haciendo fotos. Cuando ya estábamos calados hasta los huesos nos fuimos al hotel e hicimos un par de practicas de iluminación de objetos. Por la tarde tuvimos más suerte y no llovía así que pudimos aprovechar un poco mas la tarde.
Y el domingo volvimos a madrugar y como no volvió a llover. Pero ya teníamos practica en lo de fotografiar bajo la lluvia así que no nos importó mucho. Sobre las 10 volvimos al hotel para que el profesor nos criticara unas cuantas fotos y despedir el curso. Finalmente, después de comer, volvimos a casa.
Pasamos un buen fin de semana. Sandra, debido a su estado, se quedo ‘disfrutando’ del hotel, yo me lo pasé mejor y disfrute mucho haciendo fotos a pesar del tiempo que hizo. El Monumento Natural de los Barruecos me pareció un lugar muy bonito y una de esas maravillas de la naturaleza que de vez en cuando nos regala. Así que los que podáis no lo dudéis e ir a disfrutar de este magnifico lugar.
Pues si, hace unos meses que Sandra y yo decidimos que nos íbamos a embarcar en uno de los viajes más importantes que podamos realizar en esta vida.
No nos vamos a ir a lugares lejanos ni vamos a estar muchos meses fuera de casa visitando lugares exóticos…
En nuestro viaje el lugar no tiene importancia, es más importante con quien lo vamos a realizar. En este viajes ya no vamos a ser dos, sino que incluimos a un tercer viajero…
Nuestro futuro hijo Pau!!!!! que nacerá a finales de Abril.
Os dejo aquí la ultima ecografía 3D para que veías lo guapo que es y como se parece a su padre bueno y un poquito a su madre.
Así que os podréis imaginar que la aportación por mi parte a este blog se basará en los viajecitos al parque de columpios, al cine a ver películas de dibujos, a faunia y al zoo, etc… Aunque esperamos poder realizar nuestro primer viaje los tres juntos (en el de Praga ya éramos tres pero ese no cuenta) en un tiempo no muy lejano…
Melchor Mombo Viernes, 19 de Febrero del 2010 a las 09:39
El irremediable bullicio callejero, el machacante sonido de los claxon en continua busca de ser el más evidente, las constantes súplicas de los pedigüeños, surgidos de las más profundas cloacas de la Medina. La incesante insistencia de improvisados guías sobre el camino a seguir, el agrio olor de las calles, el acoso continuo de sedentarios comerciantes, el inquietante aspecto de los callejones, el indescifrable humo de puestos de comida y motocicletas, la presencia innegable de ambulantes vendedores de cabras. El recelo constante, la camaradería excesiva, el polvo aturdidor, las miradas esquivas… Las rutas salvajes y sus mundos quedan atrás, todo se nos muestra diáfano. Marca el regreso a la civilización.
Marrakech ha cambiado mucho en los seis años pasados desde mi anterior viaje. Lo que en aquel momento me fascinó, hoy ha desaparecido. Aquellas pinceladas autóctonas que tanto me enamoraron, se han convertido en fragmentos maquillados de un enorme parque temático que autoparodia a la propia ciudad. Marrakech es ahora el Disneyland del Magreb. Su único objetivo se centra en dar a los turistas low cost cualquier cosa que estos demanden. Espectáculos autóctonos, encantadores de serpientes, bailarinas de una danza del vientre que nunca tuvo tradición aquí y que ha sido importada de otros países, prostitución poco encubierta… Y todo ello, creando una corriente antagónica que no deja de crecer. Cada vez son más los barbudos que se muestran por sus calles. Cada vez más los integristas que no ven con buenos ojos lo que en la ciudad bereber está sucediendo. Y desembocará en algo. Seguro. Los analistas políticos deben haberlo detectado, no quiero dármelas de profeta. Si hay alguna ciudad en el mundo árabe que merezca el castigo de las Sodoma y Gomorra clásicas, estas es Marrakech.
Pero sigo a lo mío. Que me desvío y no debo. Quien quiera comer en unas casetas, del estilo de las de la sevillana Feria de Abril, puede pasarse por la antaño espectacular plaza de Djaa El Fna. Allí mismo las encontrará. Quien busque los mil y un “tisorosautínticos de la familia”, los vendedores del zoco se los podrán ofrecer de entre las cientos de miles de piezas fabricadas entre China y la India que, periódicamente, desembarcan desde contenedores o camiones, llegados por las, antaño respetabilísimas, rutas de las especias. Aquel que quiera una pequeña cajita del apreciado azafrán, podrá agenciarse, a muy elevado precio, una coqueta caja repleta de pelo de mazorca de maíz con colorante, sin que ello provoque el menor problema de conciencia en el vendedor. Los legendarios adivinos jugando a la regla del cincuenta por ciento, acabarán por adivinar qué “shokran” ha venido en busca de olvidar su mala suerte en los asuntos del corazón. Y así hasta el infinito. En el mundo de la mentira, del enredo, de la “Katanga”, todo está permitido.
Por suerte, aún quedan espacios en la ciudad donde ver la vida tal y como siempre ha transcurrido. O al menos sin esa pátina comercial que cubre todo lo demás. Lejos de los visitantes. Lejos, claro está, de las zonas “seguras” supervisadas por la temida policía turística. No se pueden permitir el lujo de que nadie amenace a su gallina de los huevos de oro.
Tras dejar mochilas y polvo en nuestro riad, un coqueto establecimiento oculto en un recóndito callejón de la Medina, salimos a dar un paseo. Ente unas cosas y otras, hemos dejado atrás la hora de comer y nuestros estómagos nos demandan atención. A pesar de la advertencia de la madura marroquí que regenta el hotelito, obviamos los restaurantes de fiar y, bajo sorprendente sugerencia de Pablo, nos detenemos ante un grasiento puesto callejero. Entre encantados y sorprendidos de tenernos allí, los dos muchachos que los regentan, nos ofrecen croquetas de sardina con arroz. Nos encaja el precio y comparada con la mugre que hay a su alrededor, hasta nos parecen apetitosas. Uno de ellos sale hasta el vendedor de la otra esquina en busca de cuatro redondos panes y nos los rellenan. Adquirimos, en un cercano puesto, un surtido de aceitunas. Todo ello va a componer el delicioso menú de alto riesgo que estamos dispuestos a engullir. El total del festín asciende a poco más de dos euros. Tampoco se podía pedir mayor aventura a ese precio. Comemos, entre risas, acompañados por las miradas de los lugareños. Bromeamos sobre relampagueantes indisposiciones mientras nos dirigimos caminando hacia el sur de la Medina. Buscamos la gran plaza como ellos la denominan. Cruzamos el zoco y vuelvo a encontrarme con el único establecimiento que llamo mi atención en el anterior viaje; “La Fnac del Zoco”. El resto sigue como entonces. Cientos de miles de cacharros, prendas de vestir, alfombras, bisutería… Y todo en completo desorden. Me siento como en mi estudio y esto me recuerda que debo poner orden apenas vuelva. Por fin la plaza asoma al final de la subida. Lo que veo ya no me gusta, su bullicio ya no es natural. Todo está mucho más ordenado. Los turistas ocupan plazas en todos los alineados puestos que ofrecen la merienda-cena. El suelo está asfaltado. Todo es distinto. Subimos a la terraza de uno de los cafés que la circundan para que mis compañeros disfruten de la vista desde arriba. Un espantoso simulacro de té pagado a precio de oro, es el precio. Rodeados de gentes de todas las nacionalidades imaginables, observo que nada es lo que era. Me entretengo estudiando una posible foto que se ha formado a mi derecha. En tres mesas consecutivas, una árabe, una japonesa y una rubia europea toman té. Me parece curiosa. En cuanto levanto la cámara para conseguir mi Pulitzer, la árabe levanta una poblada ceja, me enseña los dientes y cubre su malcarado gesto con el libro que está leyendo. Entiendo el mensaje, cierro la Olympus y me quedo con las ganas. Al rato descendemos. Nos acercamos a “Les Jardins de la Koutoubia”, un cinco estrellas donde hemos quedado con Esther y “Moustache”. Tomaremos una copa y nos despediremos. Ellos se marchan mañana mismo. Regresan a “nuestro” desierto, a “nuestras” montañas, a “nuestra” aventura, a “nuestros” sueños…
El hotel tiene todo lo inimaginable para satisfacer a – casi – cualquier cliente. Nos cuentan que a ochenta euros la noche, puedes disfrutar de una habitación doble en este lugar. Como los vuelos tampoco son caros, el que más y el que menos, puede montarse un fin de semana romántico para impresionar a su pareja o a su… Los vemos. A ambos tipos. A cien millas se les reconoce. Menudas pintas. Y los del inserso, que también vienen. Con el mismo rollo que a Benidorm o a Guadalest pero con moros. Y entiendo el cambio de la ciudad, que a la postre, no es más que el cambio del mundo. Pero, me quiero morir.
Al día siguiente, seguimos con la visita. Mis compañeros quieren comprobar las famosas bondades de Marrakech. Tras otra visita al zoco, algunos palacios y el mercado de las especias, donde me aprovisiono para mis experimentos culinarios, nos dirigimos al cementerio judío. De camino, en uno de los callejones adyacentes, un pequeño de tres o cuatro años llama mi atención. Las niñas que le acompañan me cuentan que se llama Suleiman. Le pido una foto y accede. No sabe bien de qué se trata. Cuando se la muestro en la cámara digital, Suleiman se reconoce por la sudadera. No olvidaré su cara de asombro. Jamás se había visto. La señala, mira su sudadera, busca mi asentimiento. Le digo que sí, que es él. Alucina. Y yo con él. Es un descubrimiento. Debemos continuar. Nos sigue. A mí. Quiere volver a verse. Se la muestro. Así hasta cuatro veces. Después, sonriendo, nos deja marchar. Pero parte de él se viene conmigo. En mi corazón.
Visitamos el cementerio judío. Hay unos tipos a la puerta que nos comentan que mantienen el cementerio. Visto lo visto, no se aplican demasiado. Nos dicen que a la salida deberemos ofrecer una cantidad como donativo. Asentimos. Es un gran espacio al aire libre. Resulta curioso ver esas tumbas. Las diferencias con las bereberes. Estos simplemente colocan una piedra sobre la tumba. Indican que no debe cavarse debajo, por higiene, por prevención. En cambio los judíos – como los musulmanes o los cristianos – concedemos excesiva solemnidad a la muerte. Lógico si aceptamos que es parte de la estrategia para seguir viviendo, y muy bien, de esta pamplina. La visita dura apenas media hora y a la salida el tipo y sus amigos nos esperan. Como soy el que chapurreo francés, mis compañeros me dejan negociar. Le doy cincuenta dírhams – cinco euros – y me mira con mala cara. “¿Por los cuatro?” pregunta. Asiento con la cabeza. Me dice que los que acaban de salir le han dado eso mismo por persona. Le pido un recibo o justificante, me dice que no lo tiene. Insiste en que le dé algo más, le digo que tal vez la policía turística pueda informarnos de cual es la cuota adecuada. Le convenzo. Me da una palmada en la espalda y me lanza un improperio en árabe, pero como no lo entiendo, me resbala.
Regresamos al riad. Tomamos ducha y cervezas. No por ese orden. Las cervezas en compañía, la ducha en solitario. Decidimos que como es la última noche, vamos a darnos un homenaje. Dani consulta las guías y elige un restaurante “Tai-Marroquí”. No sabemos qué puede salir de este mestizaje, pero no tenemos nada que perder. Está cerca de la gran plaza y, caminando, lo encontramos enseguida. Al entrar quedamos impresionados, decoración y camareras están a la altura esperada. También los precios. Bueno, estos algo más. Esperamos que la comida haga juego. Yo me arriesgo con los platos decorados con tres guindillas, mis compañeros con algo menos. Comeyogures que son. Bebemos Casablanca, una suave cerveza local de apacible paladar. La cena transcurre tranquila, rememorando lo vivido bajo suave música que un disc jockey brasileño nos ofrece. A nuestro alrededor, ni un solo cliente marroquí. Y mucho pijerío, es cierto. Tras el postre, el susto. La cena nos cuesta casi tanto como toda la comida de los diez anteriores días. Pero ha merecido la pena. Salimos. Un tipo nos ofrece costo. Yo no fumo, pero no me importaría iniciarme aquí. Como recelamos, lo dejamos correr. Y eso que él insiste. Ha estudiado en España y habla bien nuestro idioma. Pero pasamos. Entre unas cosas y otras, con el paseo, en nuestro regreso al riad, nos hemos perdido – culpa mía, que seguro me recriminan si no lo pongo –. Después de caminar sin rumbo en busca de un referente, comenzamos a circunvalar la Medina. La noche es cerrada y sus murallas acogen el sueño de innumerables personas sin techo. Nada de luz, solo la luna. Media, como aquí es preceptivo. Creemos llegar a una de las puertas que nos dará fácil acceso al riad. La cruzamos. Se nos aflojan las piernas. Un descampado rodeado de infectas chabolas. Perros ladrando, caballos campando sueltos a la luz de la luna, prostitutas en espera de clientes con sus chulos acechando y pobreza. Extrema… El lumpen de Marrakech al pleno. Todos los ojos se giran hacia nosotros. Les digo a los míos que sigamos caminando como si nada. Los otros miran sorprendidos. Nadie nos dice ni mu. Hay que estar muy loco o ser de la Interpol para meterse allí a esas horas. Eso nos salva. Y no, no somos de la Interpol. Ya de camino al riad, bromeamos con la cantidad de droga que, temiendo una redada, habrá desfilado por los inodoros esa noche.
Aún nos da tiempo de tomar otra cerveza en lugar seguro y preparar nuestras mochilas. La aventura toca a su fin.
Epílogo.
Corremos por un zoco sorprendentemente limpio. Vamos a la caza de las últimas compras. Nadie quiere encontrar malas caras al regreso por haber olvidado un souvenir. Miramos a derecha e izquierda a aplicados comerciantes sacando de sus cachivaches, todo el polvo posible. Lo veo y no lo creo. Están limpiando. Siete siglos después. O más. De pronto la calle se estrecha. Hay policía por todas partes. Nos hacen pasar por un estrecho corredor. Solo a los extranjeros. Los del país se quedan. Intentamos averiguar qué sucede pero por toda respuesta nos hacen circular sin detenernos. Observo árabes con indumentarias de los emiratos a la espera. Junto a ellos, bellas mujeres musulmanas, de maquillados rostros y vestuario sobrio pero elegante. No me cuadra. O mejor dicho cuadra demasiado. Como hecho adrede. Frente a nosotros se abre una plaza. Y, en ella, el rodaje de una película. Intento sacar fotos. A través del angular una enorme mano militar me lo impide. Me disculpo. Nos siguen haciendo circular y no consigo más que ver, rodeadas de innumerables árabes, a cuatro occidentales. Vestidas como de colonial. Nada más. Compramos y emprendemos el camino de regreso.
Ya en pleno vuelo, una pequeña noticia, sacada de un periódico en francés, me saca de dudas. Por problemas con la palabra “sexo” en su título, se traslada el rodaje, desde Abu Dhabi a Marrakech, de la segunda parte de “Sexo en Nueva York”. Cierro el diario. Cierro lo ojos y siento que hemos perdido la ocasión de oro para conseguir nuestros quince minutos de fama. Que lo sé seguro, que con tipos como nosotros, estas cuatro pavas hubieran caído.
Melchor Mombo Martes, 16 de Febrero del 2010 a las 09:07
Si teníamos la certeza, de que la noche de los muertos vivientes no fue otra que la llegada a Agoudal, es porque no habíamos disfrutado aún de la acogida que el Toubkal, la segunda montaña más alta de África solo por detrás de Kilimanjaro, iba a prodigarnos.
Como con todo, lo mejor es comenzar por el principio. Despertamos en nuestra kasbah. Nos desperezamos envueltos de la singular escenografía propia de un sultán. El desayuno, esta vez, incluye algo más parecido a la leche de lo habitual. También tortilla bereber, menos “salvaje” de lo previsto, eso sí. La salida del valle del Draa es apacible y el sol calienta de forma moderada. Entre esto y que el viaje ya va tocando su fin, dedicamos parte de la ruta a dormitar apacibles. Cada uno con sus ensoñaciones. Todos con un ojo abierto. Siempre los hay a la caza de una instantánea bastarda para echar risas a costa de la víctima. De nuevo vamos a atravesar el Atlas. Más de mil kilómetros al sur de donde lo hicimos a la ida. En el Tizin Tichka nos desviamos hacia el Lago Ifni, es la cara sur del Toubkal, la no explotada, la virgen. Al otro lado hay tenderetes de refrescos, bereberes vendiendo falsos fósiles y enormes minerales rellenos de espectaculares gemas de resina. También están la mayor parte de los escenarios naturales de “Babel”, la película que perpetraron, a medias, Iñarritu y Arriaga. La que supuso su divorcio artístico. Pero ya digo, todo eso es al otro lado. Este es otro mundo. Solo la Naturaleza y la lucha del hombre por sobrevivir con ella, jamás en su contra. Los grupos tribales de esta zona, son menos belicosos, y sus mujeres, curiosamente solo ellas, muestran unos rasgos con ligeros toques asiáticos y piel bastante blanca. Unido ello a las formas de las edificaciones y la orografía que nos circunda, en muchos momentos nos parece estar en Nepal.
Esa noche dormiremos en una Gite d’Etape en Ifroutine. Pero este es el plan inicial y, como acostumbra, nuestro guía busca sorprendernos y, además, el destino tiene su propia baza en esta partida. Hemos llegado a este pueblo situado en las estribaciones del Toubkal bastante pronto y “Moustache”, nos pregunta socarrón si queremos “rock duro”. No lo dudamos mucho. Más bien nada. “Claro que sí” es la respuesta entre risas. Compramos una pata de cabra para colaborar en la cena y reemprendemos la marcha. La excitación nos invade cuando emprendemos el ascenso por un camino que cabras que apenas tiene la anchura suficiente para atrapar nuestro vehículo. En algún momento nos cruzamos con lugareños a pie. Y tienen que, literalmente, colgarse del barranco para dejarnos paso. Pienso en lo que puede ocurrir si nos encontramos con un vehículo de cara. Me giro a comentarlo jocoso con mis compañeros y, antes de que pueda soltar palabra, sus rostros sorprendidos me llevan a volverme rápido a mi espalda. Frente a nosotros, amenazador, un desvencijado camión, cargado de indistinguibles bereberes y cabras, nos cierra el paso. A nuestra izquierda una montaña casi cortada a pico, a nuestra derecha una caída de dos o trescientos metros, junto a nuestra nuez un par de testículos. Solo nosotros mudamos el rostro. Entre el acongojo y la curiosidad por saber como vamos a hacer, vivimos. No hay problema. El camión retrocede, ayudado por las indicaciones de todos los bereberes que han descendido de la caja, hasta llegar a un poste de la luz que, hormigonado, se sostiene en un ligero alero sobre la caída. Se sitúa sobre su soporte con parte de su trasera flotando sobre el precipicio. Comienzo a entender porque todos han descendido. “Moustache” coloca el todoterreno casi en vertical, dos de las ruedas se apoyan sobre la pared y, con mucha precaución, pasamos. Todo son saludos y beneplácitos. Ellos siguen su camino con las satisfechas cabras, nosotros ponemos rumbo a una meta que, cada vez más, aparece nítida en el horizonte.
A trompicones, avanzamos. Sin quejas de las ruedas, y no les faltan motivos. Arracimadas en verticales laderas, grupos de casas contemplan nuestro paso. Observo lo inhóspito del lugar, la dificultad de vivir en un territorio como este, y no deja de admirarme la resistencia de estas gentes a abandonarlo. Otros, con mucho menos, se hubiesen rendido y lo habrían dejado correr.
Por fin nuestro destino, más que nada, porque se acaba la pista. Veremos como damos la vuelta. Descendemos del auto. Nos estiramos. Nos observan como observaban los indios a los conquistadores extremeños. Nuestras barbas nos llevan a asemejarnos a éstos. Somos más pacíficos. “Moustache” pregunta en bereber a una muchacha. El hombre que podía alojarnos no está en el pueblo. No acertamos a averiguar mucho más. Decidimos dar la vuelta, pero nos ofrecen alojamiento. Es la casa de un bereber que vive en Francia y su hermano nos la cede. El precio a convenir. ¡Katanga! Miramos al tipo con un ojo entornado. Accedemos. La visitamos. Tiene una pila con agua, un agujero en el suelo y un salón con mullidas alfombras de ácaros en el que, bien organizados, cabemos los seis. Además hay una gran terraza con vistas al valle. Sin pensarlo mucho, nos lo quedamos. Nos ofrecen té para cerrar el trato. Sin cacahuetes. No debe ser costumbre aquí.
Todavía faltan algunas horas para que anochezca y decido dar un paseo. Dani me acompaña. Después se nos une Pablo. Recorremos el pueblo. Chicas muy jóvenes, aunque por su vestimenta y la mugre sean difíciles de descifrar, trasladan grandes haces de leña de un lado a otro. Es el combustible. Eso y la comida diaria son las únicas preocupaciones que atender. Una de ellas, la que nos ha informado acerca del hombre de nuestro primer alojamiento, deja el haz en su casa y nos sigue. Me giro a mirarla, la saludo con un “Bonjour” y le muestro la cámara. Niega con su cabeza y se tapa con la mano. Bajo la cámara y me sonríe. De seguido, saca unas nueces de su bolsillo, coge una piedra y parte la cáscara de una de ellas. Me la ofrece. La tomo y le doy las gracias. Sonríe. Seguimos caminando y sigue tras nuestros pasos. La miramos. Vuelve a sonreir y a romper otra nuez. Me la ofrece y sonríe de nuevo. Dani bromea sobre que, tal vez, bajo la mugre hay una belleza dispuesta a darnos un masaje bereber. Y es cierto, no es fea la muchacha. Damos unos pasos y ella hace lo mismo. Así hasta que llegamos a la casa de nuevo. Entramos. Se queda en la puerta. Los comentarios jocosos acerca de mi capacidad de seducción no se hacen esperar. Dani mira por la ventana y la chica está allí, esperando, no sabemos bien qué. Hay más chanzas sobre el asunto. Dejamos pasar media hora en la que sacamos lo necesario de nuestros equipajes. Envío a Dani a averiguar si “mi novia” sigue allí. “Se ha marchado”, me dice y volvemos a la calle para proseguir nuestro paseo. No hay mucho más que hacer en este lugar. Durante la caminata, creemos averiguar que el nombre de la aldea es Tigdal. No estamos seguros. Respiramos el aire puro de estos tres mil metros de altura. Alguien sigue nuestros pasos. Ya no es la muchacha. El relevo lo han tomado las niñas del pueblo. Levanto la cámara y me dicen que no con gestos y en tamazight, su idioma. Levanto la mano disculpándome y continuamos. Vamos hasta la base del Toubkal. Es el primer cuatro mil que veo. No me parece tan impresionante. Desde allí, tocar la cumbre, es un paseo de un par de horas. No presenta demasiadas dificultades por esa cara y tenemos muchos metros avanzados. Regresamos charlando. Las niñas siguen al acecho. Comienza un juego del gato y el ratón. Se acercan y corren en cuanto alzo la cámara. Lo hacen falsamente despavoridas, gritando y riendo de forma encantadora. Así se repite varias veces durante nuestro paseo hasta que, sorprendentemente, las cazo. Huyen como alma que lleva el diablo esta vez maldiciéndonos mucho más en serio y lanzándonos piedras. Aguerridas estas bereberes. Mientras, los niños del pueblo, miran, indiferentes, a sus coetáneas. Ellos juegan al futbol con una desgastada pelota al borde del precipicio. Aún tenemos tiempo de hacer un rondo con ellos. Definitivamente, el fútbol une.
La noche cae. Todo queda a oscuras. Literalmente. No hay ni una pizca de luz. Y en silencio. Absoluto. No hay nadie en el exterior. La vida acaba en Tigdal de forma tan sencilla como se inicia. Sol y luna marcan de forma ineludible los ritmos. Pero nosotros no estamos para poesía. Nos hemos topado de bruces con un serio problema; asar la cabra. No hay cocina, no hay cachivaches para cocinar, no hay condimentos., no hay nada de nada… La solución, mis tres acompañantes. Son de la generación de los jóvenes castores y coleccionaban sus libritos. Los observo asombrado. Con golpes y patadas de karate, David destroza unas cajas de fruta, de esas de madera barata, que encontramos en un rincón de la casa. Pablo coge la bandeja del té que nos han servido y la usa como plancha. Y con su multiusos suiza, Dani destroza la cabra. Veinte minutos después, las irregulares porciones de carne humean sobre la bandeja. Unas medio crudas, otras medio quemadas, sin sal ni especias, Somos los cromañones de la vieja Europa. Degustamos el manjar bañándolo con escocés barato. Un whisky cuyos efectos potencia la altura, y que llevan a “Moustache” a mostrarnos lo mejor de su repertorio. Es tan brutal la actuación que le proponemos un debut oficial con abundante público. Lo dejamos para cuando nos visite.
Ya de madrugada, acurrucados unos contra otros en busca de calor, oímos el viento ulular a través de las mal encajadas ventanas. Y este me susurra al oído que la aventura está a punto de llegar a su fin.
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