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Blog con los relatos de nuestros viajes.
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Archive for ‘enero 11th, 2010’
Morocco’s Dream III – Las tierras de los Amezigh“¡¡¡Allahu Akbar!!! ¡¡¡Allahu Akbar!!!” El canto del muecín nos saca de los brazos de Morfeo. ¡Por Dios o Alá! ¡¡Si solo son las cinco de la mañana!! Parafraseando al gran Obelix “¡¡¡Están locos estos musulmanes!!!” Los gallos afinan sus gargantas a fin de iniciar su diaria serenata. Los borricos responden en un peculiar intercambio de sonidos ininteligibles. Los pastores llevan sus rebaños de espabiladas cabras y adocenadas ovejas, en busca de pastos que comenzar a rumiar. Poco a poco el valle se despereza y todo aquello que la oscuridad no nos había dejado descubrir a nuestra llegada, se abre ahora a nosotros en todo su esplendor. Desayunamos. Té, un sospechoso café adornado con leche en polvo y unas aceitosas tortitas que cubrimos con mantequilla o mermelada al gusto. Nos pertrechamos para el día y nos ponemos en marcha. Veinticuatro kilómetros, entre la ida y la vuelta, hasta el nacimiento del Ahensal en el circo del monte Taglia. Es el río que recorre todo el valle. La excursión debe hacerse a pie o en mulo pues no hay paso alguno para vehículos a motor. Elegimos caminar. A eso, entre otras cosas, hemos venido. Botas de trekking y provisiones para el día. Un deslumbrante desfiladero se abre apenas salimos de la aldea y sus escarpadas paredes nos acompañarán todo el camino. En nuestra ruta, nos cruzamos con numerosos paisanos que con ajadas sandalias nos superan a velocidad de vértigo. La importancia de un buen calzado, pensamos. Avanzamos. Sin prisa pero sin bajar el ritmo impuesto por el que en cada momento está en cabeza. A nuestro paso numerosas aldeas florecen. Dedicadas a las tareas del campo o a la colada semanal, las mujeres bereberes nos saludan. Hay también hombres, pero su interés en el trabajo es mucho menor. Departen entre ellos o directamente ven transcurrir la vida desde esa posición semirecostada tan suya. Hay niños también. Decenas. Se divierten en nuestra compañía. Preguntamos por la escuela. Existe. Un par en todo el valle. No todos acuden a ella. Ya lo vemos. Nos siguen. Más o menos distantes. Algunos en exceso pesados con sus demandas. “Dirham, stilos, bonbon” es la cantinela que se repite de forma machacona hasta llegar a exasperarnos. Comparto algunos de mis lápices con ellos y lamento no haber traído más. Aquí te conviertes en Rey Mago con apenas nada.
Llama la atención que en cada uno de los asentamientos que dejamos atrás, una mezquita de aspecto reciente, se muestra como un elemento extraño entre la arquitectura local. Según parece, los integristas se han empeñado en convertir a todos los bereberes al Islam. Favor por favor. Que el monarca ceda en ciertas cuestiones ante los más radicales permite que estos hagan la vista gruesa ante algunos excesos del incipiente turismo. Sorprende la apatía que muestran los bereberes. De ancestral nombre Amezigh – hombre libre –, estás gentes son agnósticos por naturaleza. No menos sorprendente es el interés que los musulmanes pueden tener en convertirles a su religión cuando los desprecian sobremanera. Da la sensación de que existe una estrategia para acabar con la cultura de estas gentes y dejar como única opción posible el Islam y su forma de vida. La ausencia de tradición escrita en el mundo bereber puede ayudar a ello. Aunque sus mujeres son grandes narradoras de historias, no parece suficiente para sostener las tradiciones de este pueblo. Aún así, la sensación es la de que tal vez lo consigan con tribus pacíficas como las de estos valles, que tiene cierto interés en igualar su status al de los árabes, pero no lo pasarán nada bien para convertir a rifeños y Ait Haddidou, tribus ambas de tradición mucho más belicosa. Mención aparte merecen los enigmáticos tuaregs. Nunca han vivido en Marruecos, por mucho que los bereberes de las zonas más visitadas por el turismo, se vendan a las mujeres extranjeras como miembros de esa etnia. A los tuaregs se les encuentra en el sur de Argelia y Libia, en Mauritania, Chad, Níger o Mali. La vigilancia de los pozos de agua, el comercio de ganado, en especial camellos, y el contrabando de armas o vehículos robados son sus ocupaciones habituales. Pero me estoy desviando del tema. Solo quería decir que los tuaregs si leen y tienen una tradición escrita. Mayor aún es mi sorpresa cuando observo que no hay problema en destinar a un muecín a cada una de estas aldeas, con sueldo y vivienda, y en cambio, no hay un solo médico en todo el valle. Cuando pregunto a Esther qué sucede si alguien cae enfermo en este lugar, su melancólica respuesta es el socorrido “Inshallah” – si Dios quiere -. En una tierra en donde las necesidades básicas no están ni de lejos cubiertas, donde la mortalidad infantil sigue siendo mucho más que alta, no tienes en cambio, problema alguno para convertirte al Islam. Está claro que cada uno tiene sus prioridades. Me estremezco cuando me cuentan que hace un par de años, en un pequeño pueblo relativamente cercano a este, una hambruna agravada por el frío, acabó con la vida de cuarenta y dos niños. Nada hubiera pasado si una periodista española no hubiese destapado el escándalo. Tampoco es que las cosas hayan cambiado mucho por ello. Después de expulsarla del país, el gobierno, bajo orden del rey, se vio obligado a indemnizar a las víctimas. Seis mil euros por niño fue el precio. Una cantidad que dejó a los damnificados como unas castañuelas, y a otras gentes del pueblo lamentando no haber perdido a ninguno de sus hijos. Seguimos nuestra marcha. La pista se convierte en abrupta. Hay incluso un paso que me recuerda aquel del que siempre caía un porteador en una escena que se repetía en todas las películas del glorioso Tarzán de Weissmüller. No cae nadie. Descendemos con precaución de las alturas. Cruzamos el río. Varias veces. En uno y otro sentido. En busca del mejor paso. Baja con escasa agua pero eso no impide que nos mojemos y bien. En cada paso, al menos uno. Mientras maldecimos y hacemos un dobladillo al pantalón, unos paisanos realizan la misma operación dándonos la sensación de que caminan sobre las aguas. Una vez más, quedamos con cara de acelga.
Más aldeas, más casas aisladas, más pastores, más mujeres con niños a su espalda. La forma de vida no debe haber cambiado gran cosa desde la Edad Media. Cerca ya de destino, en uno de estos asentamientos, sobre una ventana cubierta por una plancha metálica con el signo bereber pintado en ella, encontramos un rótulo que nos indica que aquello es “Chez Mohammed. La boutique”. Es el bar del valle. Con suerte podremos disfrutar de una Coca-Cola del Magreb a temperatura ambiente. No es nuestro día. Mohammed está indispuesto y no ha abierto su establecimiento. Seguimos nuestra ruta con una curiosidad insatisfecha ¿Cómo demonios llega hasta allí el repartidor? Los lugares de interés se suceden. Las cámaras lanzan mil y una fotografías. Existe también una competición interna sobre quién atrapará a quién en el momento más delicado. Hay risas compartidas con sudores. Es noviembre, hace frío, pero el sol quema cuando te encuentra. Me descuelgo un poco del grupo, intento lanzar una fotografía a una niña. Se oculta. No quiere fotos. Miedo tal vez. En mi pésimo francés, le susurro un “tu est une petite très belle”. La hace sonreír. Sonreír y posar. Gané. No lo dudo y saco la foto. Un zagal toma mis gafas de sol y se las coloca vacilando. Le lanzo la instantánea. De repente todos quieren posar y me encuentro más solicitado que la Leibowitz. Alcanzo al grupo. Les comento jocoso el incidente. El primer temor en aquella pequeña. Esther tuerce el gesto. “Qué ocurre?” pregunto. Las niñas bereberes son presas del “turismo” sexual que adinerados árabes de las ciudades practican en estos primitivos valles. Aunque sé que existen bastardos en todas partes, me cuesta tragar saliva. Pregunto qué es lo que hacen los padres al respecto. La respuesta es tan simple como contundente. Pactar el precio. A nuestro regreso a la gîte, conocemos por fin a la esposa del dueño. Es una mujer menuda con una tímida sonrisa que no oculta su desajustada dentadura. Se desplaza vivaracha con un pequeño a su espalda. Es el octavo de sus hijos. Por fin un niño. Antes que él, siete jovencitas entre los trece y los dos años corretean por el entorno divertidas de nuestra presencia. Suerte que el tipo por fin colocó la “Y”. El problema es que él no se siente responsable. Son las mujeres las que por dar o no un varón, se convierten en buenas o malas hembras. Siete mujeres son siete quebraderos de cabeza para este hombre. Ha de pactar siete matrimonios de conveniencia. Suerte que, a pesar de todo, por su contacto con extranjeros, es mucho más abierto de miras que la mayoría. Las dos chicas mayores, siguen estudios en la escuela del cercano pueblo y no han tenido que contraer matrimonio como otras preadolescentes del pueblo. Cuando, con la noche sobre nosotros, por fin nos reencontramos con las “suites”, los colchones modelo “Papel de fumar Bambú” que nos aguardan, nos parecen un lugar en el paraíso muyaidín. Al contrario que la víspera, ya no hay una tormenta de exabruptos sobre el etílico sueño de los franceses. Solo nos dejamos caer, con la vana esperanza de que el muecín sufra un repentino e irremediable ataque de afonía. |