Archive for ‘enero 19th, 2010’

Abandonamos el valle. Las mochilas enfundadas en grandes sacos negros de basura. Augurio de que las pistas que vamos a recorrer ofrecerán más polvo que oro. Lo comprobaremos y de forma escandalosa a lo largo del día. Nos despedimos de Zaouia Ahensal y atravesamos un cercano mercado ambulante. Es el día de negocios bereberes. También la jornada en que un funcionario se acerca para gestionar cualquier trámite burocrático desde el único despacho oficial del valle. Gallos y cabras campan a sus anchas y no sé bien como los reconocerán sus dueños más tarde. Mi escasa pasión por los bichos me lleva a ser poco fisonomista con ellos. Al atravesar un pequeño puente quedamos bloqueados. Debemos esperar a que el chófer retire un ornamentado Chevrolet de la Gran Guerra para seguir adelante. A lomos de una mula, un tipo nos adelanta por la derecha. Compra acciones de la Standard Oil de forma descompasada a través de un móvil último modelo, al menos así lo parece por la pasión que invierte en la charla. Y es que todavía no lo he comentado, pero las antenas de telefonía inundan el país. En remotos lugares donde siguen sin tener luz eléctrica y el agua corriente es poco menos que infrecuente, no hay problema alguno en hallar cobertura. Se nos van acabando las excusas sobre porqué no llamamos a casa. Solucionado el tema del bloqueo y tras varios saludos, “salams” y manos al corazón, nos ponemos de nuevo en marcha. Entre mulas y paisanos, avanzamos renqueando. A lo largo del Parque Nacional del Tamga, el recorrido se convierte en una montaña rusa de dimensiones insospechadas. Subimos y bajamos. Bajamos y subimos. Curvas a derecha, más curvas a izquierda. Sorteamos grandes troncos y desmenuzadas rocas, todo caído de forma casual en mitad de las pistas. Cruzamos ríos apacibles y eso mismo es lo que nos lo permite. En época de lluvias, sus torrenciales caudales nos habrían obligado a dar media vuelta y buscar nueva ruta. Encontramos un puente de hierro arrastrado por las aguas que nos obliga a descender hasta el cauce y atravesarlo con el auto. Aunque nos dirigimos a Agoudal, no era este el lugar previsto inicialmente, los accesos a Tougfrine se han visto cortados por desprendimientos e inundaciones y sobre la marcha hemos variado el rumbo.

“Moustache” ameniza el viaje. Sigue charla que charla. Su faceta de showman, además de la de guía, viene dejando pinceladas sobre el lienzo virgen que es nuestro espíritu desde el primer instante. Ninguno del resto nos quedamos atrás a la hora de las réplicas, convirtiendo la travesía en la combinación perfecta entre una lección de geografía y una delirante escena de los Marx más locuaces. Él se muestra descreído, escéptico, algo desencantado y ligeramente pendenciero. En los próximos días iremos descubriendo que es pura fachada. Que en este hombre, curtido en mil batallas, hay un tipo de los que quieres a tu lado en la trinchera. Según confesión propia, transita por su tercera e intensísima vida. Tengo la repentina necesidad de preguntarle cuanto de gato hay en él. No lo hago. Tras de mí, en el auto, se agazapa Esther. También la observo. Mucho más comedida, risueña y abrumadoramente amable, ella sigue a caballo entre su vida occidental y la llamada de la aventura. Me da a mí que esta última será su opción definitiva. El órgano del amor, corazón para nosotros, hígado para los bereberes, tiene mucho que ver en ello.

Al pie de la Chatedral des Roches descansamos. Es una impresionante mole de piedra con forma de gran construcción en cuya base el amplio, y ahora poco profundo, Assif Melloul serpentea. Respiramos aire puro. Tanto que casi daña los pulmones. Reemprendemos la ruta y muchos kilómetros más allá, comemos el habitual menú de latas de conserva y pan. No es lo que se conoce por un festín pero le damos cierta alegría con un bote de ajos aliñados que cobijaba mi mochila desde casa.

Esa misma tarde pasamos por Imilchil. Encontramos en este pueblo de considerable tamaño, un impresionante despliegue militar. En todas las mesas de sus cafés y “restaurants”, militares y policías toman té. Aguardan pacientes que, en algún momento insospechado de las próximas semanas, Mohamed VI, el rey, pase por allí. Los hay a cientos, acampados por todas partes y con sus uniformes de gala. Calculo lo que en dírhams supone tal desfachatez faraónica. Apenas nada para las bien nutridas arcas de la corona, es cierto. Banderas del país adornan todas las casas y los lugareños desbrozan carreteras y repintan desconchados a la espera de su monarca. Saben que esta visita puede suponer, por una deferencia real, que las necesidades básicas pendientes, sean cubiertas de forma inmediata.

En ruta, la oscuridad se desliza sobre nuestro vehículo. Se ha convertido en espectral a nuestra llegada a destino. Agoudal pasa por ser el pueblo más alto de la cordillera. Situado a casi dos mil cuatrocientos metros de altura es un lugar poco conocido del Atlas más profundo. Aunque el albergue en el que vamos a alojarnos está a la entrada del pueblo, “Moustache” decide darnos un paseo nocturno por sus callejuelas. Iluminados por los faros del todoterreno encontramos un dantesco espectáculo. Los bereberes del lugar son solo furtivas sombras a nuestro paso. Con sus largas y deshilachadas chilabas, con enormes jerséis, chalecos de camuflaje, chaquetones de pana, gorras, pasminas, o turbantes, cualquier cosa que les ofrezca algo de cobijo, y con todo ello cubierto por el fino polvo del que están compuestas sus calles, asemejan personajes recién salidos de una producción de George A. Romero. Las gentes de Agoudal pasan su tiempo, con los rostros semiocultos para evitar polvo, viento y frío, observando transcurrir la vida sin apenas cruzar palabra entre ellos. Algo de terror si consigue provocarnos el paseo y pensamos en atrancar puertas y ventanas apenas pisemos nuestro Fort Apache particular.

Y allí vive Joan. En Fort Apache. O lo que es lo mismo, en el albergue de Ibrahim del que es reciente socio. Ambos nos esperan sentados junto a la estufa. Con sus anoraks y gorros de lana puestos consumen uno tras otro, cigarrillos de importación. Uno aguarda a sus únicos clientes del día, el otro una charla intrascendente con algún europeo que le permita aflorar “una sonrisa con encanto” que lleva demasiado tiempo inédita. Joan me recuerda a Joe Sacco, el dibujante que ha inventado un género convirtiendo el reportaje periodístico en tebeo. Es de Barcelona – Joan , no Sacco – y está allí convencido de acabar con buen tino una deliciosa locura que se inició hace dos años. En un viaje con su pareja, apareció en aquel lugar y decidió construirse su pirámide particular. Está levantando un coqueto albergue para turistas a medias con Ibrahim. El bereber ha puesto el terreno, por algo es uno de los hombres “fuertes” del pueblo, y el catalán ha invertido su vida en la construcción. Pronto descubriremos que no es una metáfora. Que vive al límite de sus fuerzas, y no solo físicas, también psicológicas. Aquello está siendo una prueba de riesgo que ríase usted de los Realitys televisivos.

El té, las aceitunas y los cacahuetes asados – espantosa combinación que acaba enganchando – ya han hecho su habitual aparición sobre la mesa. Sacamos las botellas Mac Gregor – solo Dios sabe en que destilaría ha pasado su infancia – y pedimos alguna Coca-Cola magrebí. “Moustache” inicia una de sus disertaciones acerca del estilo de vida marroquí y Joan ríe por primera vez en mucho tiempo, mientras asiente con la cabeza a todos los disparates que nuestro guía narra. Junto a nosotros, Ibrahim y uno de sus hermanos, ríen también por afinidad, mientras van acabando de forma poco disimulada con nuestra provisión de whisky. Joan explica que ha tenido que quedarse a vivir allí. Cada vez que regresaba a Barcelona, los albañiles desaparecían de su albergue. Nos narra que algunos de los problemas también han venido dados por haber contratados árabes, algo que no ha hecho demasiada gracia en este pueblo, núcleo duro de los Ait Haddidou. Aún así está esperanzado. En las últimas semanas su hotelito ha experimentado un importante avance y su mujer, desde Barcelona, ya prepara con esmero el desembarco del interiorismo. Seguro que, a poco que se lo trabaje, será un lugar muy cuco. Sobre todo visto el pésimo gusto estético de los marroquíes. Se muestra feliz de tener alguien con quien departir esa noche y nos pide que lo pongamos al día de los sucesos más relevantes de la vieja Europa. Está dispuesto a hacer, el día siguiente, cuatro horas de viaje con el fin de comprarnos cervezas y más whisky para completar el resto de la travesía. Nos parece una idea magnífica. Volveremos con bastante sed después de la excursión prevista.

Cenamos una harira de verduras, y una espléndida Tagine de cordero que nos ha preparado el propio Ibrahim. La verdura está exquisita y si tienes suerte y no te cae de pleno el hueso, el cordero es tierno. El mismo Joan reconoce que esa noche le ha salido más que especial. Y eso que para él, aquello se ha convertido en el monótono menú diario.

Lo olvidaba. El albergue de Ibrahim presenta una gran novedad. Su retrete no es turco sino occidental – lo que ellos llaman wáter inglés –. Mis doloridas rodillas agradecen el respiro.