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Blog con los relatos de nuestros viajes.
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Archive for ‘enero 26th, 2010’
Morocco’s Dream V – El país del fin del mundoLa quinta de las entregas. Así como sin querer, voy sumando páginas. Igual al final tengo algo que se parece a un libro. Marruecos (2009).
Amanece. O casi, porque todavía no asoma el sol. David abre un ojo, me ve vestir, resignado niega con la cabeza, lanza un “buenos días” y se da media vuelta ocultando bien en el saco su espléndida cabellera – el temor, casi perpetuo, de que los piojos tomen posesión de ella, lo tiene obsesionado. Problema de menos que tengo yo -. Duerme de nuevo cuando me deslizo fuera de la habitación. De hecho todos lo hacen. Solo Ibrahim y su leve cojera, producto de una polio infantil, preparan el día que se anuncia. Le saludo y salgo. Un frío viento que corta mi rostro me recibe. El silencio sobrevuela el pueblo. Camino por las polvorientas calles. Me siento Ramón Lobo en los dominios pashtún. Como se asemeja este lugar a lo que de Afganistán he visto a través de documentales o reportajes periodísticos. Lanzo fotos por doquier. Busco en vano gente que las anime. El adobe, presente en todas las construcciones, acaba por ser en exceso monótono. Solo un desvencijado rótulo de Coca-Cola rompe el cromatismo reinante. Consigue hacerme pensar si, con su omnipresencia, no será esta empresa la mejor tapadera de la CIA. Observo las construcciones. Es curioso el cambio de estilo entre las que vimos en el anterior valle y estas. Donde allí la piedra era el material básico, aquí lo es el barro. Y aunque las edificaciones tienen una apariencia similar, son muchas las pequeñas diferencias que lucen. En los próximos días comprobaré como, curiosamente, la arquitectura de los Ait Haddidou, tiene más puntos en contacto con la de los pueblos del desierto que con la del resto de tribus de estas montañas.
Los lugareños comienzan a asomar su perfil a la helada mañana. Cabizbajos, los hombres arrastran aburridos animales de un lugar a otro. Encorvadas mujeres trasladan grandes costales de leña sobre su espalda hasta sus hogares, buscan calor para la próxima noche. Todo es muy sencillo aquí. La vida en si, aunque dura, carece de la menor complicación. Una vez calientes y alimentados, se acabaron las obligaciones del día. Uno puede sentarse al calor del sol a esperar que caiga la noche observando a los otros deambular de un lado a otro en sus quehaceres cotidianos. Todo el mundo me saluda. Obviando a Joan, debo ser lo más extraño que han visto en el último año. Veo niños. Algunos. Seguro que anoche también había. El síndrome “muertos vivientes” no nos dejó comprobarlo. Un par de chavales me lanzan una sonrisa sincera. El mayor me espeta “A l’école”. Asiento con la cabeza. Les inmortalizo con mi cámara con sus mochilas a cuestas y enfundados en roídos gabanes. Como en un flash, pasa por mi cabeza acompañarlos. “Je peux aller avec vous?” sale de mis labios en un hosco francés. Ambos se miran, ríen y asienten. Nos ponemos en marcha. No está lejos me dicen. Ya me conozco yo esto. Para mi sorpresa, no lo está. Diez minutos después, en las afueras del pueblo, nos topamos con las austeras construcciones que componen su escuela. Varios barracones de material moderno y forma rectangular se sitúan en el interior de un vallado alrededor de un patio de piedras. Somos los primeros. Es temprano. He acudido con los más madrugadores. En breve van acudiendo el resto. Todos a mi alrededor me miran. “Menudo tipo raro”, pensarán. Les pido permiso para hacerles fotos. Algunos aceptan. Otros no. En especial las niñas. Y aunque no se apartan cuando las lanzo a sus amigos, cubren su rostro con las manos pesando que de esa forma van a volatilizarse. En las paredes exteriores de las aulas aparecen, pintados de forma muy rústica, algunos personajes Disney. En toscos bocadillos que salen de sus bocas, dicen en francés a los niños que no tengan miedo, que son muy gentiles. Imagino el temor reverencial que, entre las gentes, ha tenido la aparición de la escuela en el pueblo. No debe hacer mucho que estos niños gozan de este privilegio. Nos sentamos a la espera de los profesores. Los niños siguen llegando y pronto son más de veinte los que me rodean. Les muestro algunos de los dibujos que he realizado en estos días de viaje. Rápidamente me piden que plasme a Mickey Mouse. Por cierto que no es ese el nombre por el que aquí le conocen. Como no acabo de entender bien su pronunciación, consigo que todos se refieran a él como Mortimer Mouse, tal y como Disney quiso bautizarlo. Dibujo y dibujo en cuadernos, pizarras u hojas sueltas. Ríen y comparten sus risas conmigo. Me enseñan sus libros y cuando espero encontrar árabe o francés, me sorprendo viendo que muchos de ellos están escritos en bereber. Me alegra ver que de algún modo recuperan lo que es suyo, su cultura, su lengua. Es un paso para construir. A pesar de los árabes. Una de los chicas, atrevida, me pregunta por mi novia. Les enseño fotos. Muy galantes, me dicen lo guapa que ella es. No es nada nuevo. Un pequeño, de apenas cinco o seis años, me enseña la portada de uno de sus libritos. Bajo un título en francés, una chica toma el sol vestida con shorts y camiseta de tirantes. Él zagal me dice que es su novia. Asiento con la cabeza pero no parece suficiente. Para confirmármelo restriega el cuaderno por sus genitales en un gesto obsceno. Todos ríen su atrevimiento de forma escandalosa. De pronto hay silencio, llega la maestra. Se despiden de mí y corren hacia la puerta del aula. Me acerco. Saludo a aquella joven que cubre sus negros cabellos con un pañuelo. Charlamos brevemente. Me dice que se encarga de los de tercer año. Está claro que nada tiene que ver con nuestro sistema. Me comenta lo que cuesta escolarizar a aquellas gentes. Los chicos muy pronto han de hacerse cargo de los modestos rebaños familiares. A las chicas, con no demasiados años, se les encontrará un marido que se las lleve y alivie un poco la carga familiar. El grado de analfabetismo sigue siendo extremo en esas tierras. Le comento que me parece muy bien la recuperación escrita del bereber. Sonríe pero se le nota incómoda. Es posible que, aunque joven y más moderna que las demás mujeres del lugar, ya haya hablado demasiado tiempo con un desconocido. Lo intuyo, la saludo amable y salgo de allí. El pequeño al que había acompañado viene en mi busca. Me da las gracias por el Mickey dibujado, – realmente, falto de memoria, le he sacado mayor parecido a Super Ratón -. Camino de regreso al albergue los pensamientos se agolpan en mi cabeza. Estos minutos con los niños me llenan mucho. Me siento muy vivo. Reconozco que para mí, son mucho más satisfactorios que la visión de los grandiosos paisajes que estamos recorriendo. Cuando llego a la casa de Ibrahim todos están ya en marcha. Aprovecho que el desayuno no está todavía listo para acudir a la ducha del patio y sacarme algo de polvo de encima. Mi paseo exterior, con toalla y anorak como única indumentaria, ofrece a mis compañeros de fatigas una de las instantáneas del viaje. Un “robado“ que si no acaba de portada de Interviu, solo será por falta de visión comercial de sus responsables. Tras la ducha, desayuno. Al tradicional café (¿?) con leche (¿?), tortas y té, se une la tortilla bereber. No es muy distinta a la francesa. Tan solo dejan el huevo más crudo y añaden pimienta, comino y minúsculas porciones de pimiento rojo que le dan una textura y sabor especiales. Comemos en abundancia pues tenemos una pequeña marcha a través un pedregal hasta alcanzar la gruta de Akhiam. La sonrisa de Joan aparece tras la ventanilla de un auto. Confirmamos el pedido para la noche y salimos.
Haremos la primera parte del recorrido en el todoterreno. Salimos de Agoudal. La pista desaparece y parece que improvisemos la ruta. En pocos kilómetros, el paisaje se va volviendo lunar. Los escasos arbustos que hasta ahora habíamos visto, van desapareciendo. Aquí y allá salpican matorrales, nos convence de que no hemos cambiado de planeta. A nuestro paso por solitarias y paupérrimas casas, los niños nos saludan. Corren junto al coche agitando sus brazos en señal de bienvenida. Respondemos alzando la mano y con el corazón encogido. Duele que nuestra simple presencia provoque la felicidad a estas gentes de extrema pobreza. Pequeños de cabellos embadurnados con henna, apartan piedras de la ruta y extienden su mano en busca de algunos dírhams. Miro a “Moustache” de reojo. Permanece impasible. Hago como él. Saludo, sonrío y, para evitar las heridas, cubro mi corazón con una resistente cota de malla de aparente indiferencia. Nos detenemos. De allí al final iremos a pie. El paisaje es grandioso. Las erosionadas rocas toman caprichosas formas. En muchos momentos me siento en una de aquellas películas que John Ford rodara en el “Monument Valley”. Solo faltan Cochise y los suyos. Tras cuatro o cinco kilómetro de marcha, llegamos a la gruta. Es lugar de peregrinación pues la leyenda le atribuye poderes sobre la fecundidad. Me preocupo. Ya tengo dos cachorros y no sabría explicar un tercer embarazo. Me dicen que solo afecta a las féminas. Respiro aliviado. El lugar de las ofrendas nos lo confirma. Parece que ha habido allí un concierto de Miguel Bosé. Sujetadores y bragas de todos los estilos y tamaños forman una montaña de lencería femenina que pide a gritos una renovación estética. Nos internamos más en la gruta. El lugar es increíble. Paradójicamente y con mi claustrofobia a cuestas, solo pido que sigamos más y más hacia el corazón de la Tierra. Pasamos media hora en la oscuridad entre bromas y prudencia. Más tarde, ya en el exterior, disfrutamos de la monumentalidad del lugar. Comemos de regreso, en una verde llanura rodeada de ásperos roquedales. Es el único lugar con agua que hemos visto a lo largo del día. Durante los meses de verano, allí se instalan, con sus rebaños de camellos y cabras, los nómadas del desierto. Una pena perderse el espectáculo. Debe merecer y mucho la pena. Al imperceptible olor de las sardinas en aceite un par de jóvenes pastores desciende desde las alturas. Uno de ellos se muestra muy locuaz y nos reímos un rato con él. El otro, su hermano mayor, mucho más primitivo, se convertirá en el primer modelo de una improvisada campaña de publicidad que vamos a montar alrededor del sempiterno bote de ajos. Les damos la comida que nos queda. Todo. Excepto los ajos. No encontraremos por aquí. Quedan contentos. También nosotros. Mañana llegamos al pueblo de los guías y podremos comprar provisiones en la cercana Rissani. De regreso a Fort Apache, nos detenemos en una solitaria casa que, con un improvisado rótulo sobre la pared, se anuncia como albergue. Sillas y una mesa de plástico, borran el encanto que ofrece una jaima situada a modo de reclamo junto a la casa. Pedimos té. El muchacho lo prepara. Nos lo sirve con el acompañamiento de cacahuetes asados. Charlamos un rato con él y disfrutamos de las vistas. Desde esa ladera, se ve hermoso el valle. Al otro lado, las cabras hacen equilibrios por lugares insólitos y sin la aparente presencia de los pastores. A mi lado, veo a Dani sonreír. Miro el entorno e imagino la maldad. No hemos visto en todo el día un alma – descontando los pastores – ¿qué criterios de marketing han llevado a aquel muchacho a abrir su establecimiento en un lugar por el que, tal vez en semanas, no pase nadie? |