Archive for ‘enero 29th, 2010’

Más de mis aventuras (y de los muchachos).

Marruecos (2009).

Agoudal nos despide con la imagen de Joan. De pie, ante su sueño, rodeado de barro y piedras, de cables, tubos, paja, varillas de hierro y herramientas… Atrapado por encofrados, ventanas y puertas talladas con rico artesonado y todavía sin colocar… Hipotecado por la ilusión, por una utopía con visos de tardar en realizarse, por el empecinamiento de los justos… Algo recorre nuestras entrañas mientras el auto da marcha atrás para salir del recinto. Su figura se va empequeñeciendo paulatinamente. Nos sentimos a bordo de uno de esos “Black Hawk” que deja atrás sin remedio, a un marine desafortunado. Pero nos vamos como Mc Arthur, con la promesa de volver para la inauguración de un albergue que, a poco que la suerte le acompañe, las guías de viaje catalogarán de “lugar con encanto”.

No es solo la alargada sombra de Joan lo que dejamos atrás. Agoudal nos ha dado mucho y ahora queda ahí, a nuestra espalda, austera, orgullosa, ruda y pese a todo… Me permito un flash-back, ligero. La tarde anterior, convertidos en auténticos flautistas de Hamelín, hemos recorrido sus callejas y plazoletas acompañados de las risas, la emoción, la excitación incluso, de pequeños bereberes que seguían nuestros pasos como única actividad lúdica del semestre. Algunos me han reconocido por la visita a la escuela. Incluso pese a no llevar las oscuras gafas de sol y el pañuelo protector anudado a la cabeza. Ello ha creado cierta complicidad, y ahora, todos quieren formar parte de mi aventura. Hemos compartido mil y una fotos. Nos han acosado con preguntas hasta la extenuación. Hemos reído con ellos. Nos han emocionado sus inocentes rostros. Y como no, nos han tomado el pelo… Incluso con esto, han sido instantes muy especiales.

“Le dimanche à Bamako c’est le jour de les mariages”. Nuestra canción de guerra me saca del lugar en que me ha metido esta avalancha de recuerdos imperecederos. Amadou & Mariam, los populares músicos de Mali, la entonan. El todoterreno rueda sobre pistas imposibles en busca de nuestro próximo destino. Ni siquiera la rugosidad de la orografía hace saltar el drivepen que contiene la música que nos acompaña. Tras kilómetros de vertiginoso descenso sobre las nubes, atravesamos el Atlas a través de unas angostas gargantas. Pregunto si son las del Todra o el Dades inicialmente previstas. “Moustache”, por detrás de su eterno cigarrillo, masculla que no. No acabo de entender bien el nombre de éstas. No me importa. No necesita nombre algo que evidencia tanta belleza. Las recorremos a distintas alturas. En su parte baja, el río, escueto, culebrea por el fondo del estrecho valle. Las frondosas palmeras no nos dejan apenas vislumbrarlo. Las construcciones combinan sin pudor épocas y estilos. Los nuevos ricos, los Marroquís que viven en Europa, se construyen espantosas casas de ínfulas elegantes – más o menos como pasa aquí -, junto a ellas, las tradicionales edificaciones, más humildes pero también más atractivas, sirven de contrapunto a este paisaje ecléctico. No mucho más allá, colgando de paredes cortadas a pico, construcciones trogloditas contemplan impasibles al paso del tiempo.

Con mayor celeridad de la imaginada, estamos al otro lado. Hacemos un alto en una ciudad mediana para comprar provisiones. Son las puertas del desierto. No del desierto clásico, aquel que conocemos por películas y tebeos, sino de la Hamada. Desaparecida la civilización salvo por escasas salpicaduras aquí y allá, desaparecida la vegetación, sustituida por matojos secos y algún grupúsculo de palmeras en busca del agua revitalizadora, un antiguo fuerte de la Legión francesa, nos abre paso a un pedregal oscuro y áspero que se convierte en el mejor aliado de los dedicados al recauchutaje de ruedas. Muchos kilómetros más allá, Merzouga nos recibe con el mejor de los despliegues. Pronto nos damos cuenta de que tanto honor no es para nosotros. El rey está a punto de llegar. Intentamos huir lo más rápido posible del lugar pero todas las salidas están cortadas. Lo que me repatea hacer con el “campechano”, voy a tener que tragármelo, bien masticadito, con el monarca alauita. Cubriendo todo el recorrido, policías y militares se alternan a una distancia de poco más de cinco o seis metros. En carretera también, pero allí, para ahorrar efectivos, “solo” cada cincuenta metros. Un rápido cálculo. Hay cuarenta militares ocupados por cada kilómetro que Mohammed VI vaya a recorrer. Otro alarde.

Aguardamos tomando una Coca-Cola dulzona y no muy fría, mientras observamos el entusiasmo de los lugareños. Lanzamos algunas fotos, pero la mirada de acero que un policía me envía, me lleva a responder manos en alto y con un gutural gritito de “Presse, Presse!”. Oculto mi cámara con rapidez. La velocidad del paso de la comitiva deja a la de Mr. Marshall en mantillas. Nadie ve a un monarca que, a ochenta kilómetros por hora y tras unos cristales ahumados, se le supone saludando a su pueblo. Y después de esto, nadie se mueve. ¿Qué ocurre? ¿Por qué no se largan y nos dejan seguir? En pocos instantes lo entiendo. Un nuevo paso del convoy, esta vez en dirección opuesta a la anterior, da por finalizada la visita real. Todo vuelve a adquirir cierta normalidad. Policías y militares relajan sus tensos músculos. Los Walkie-Talkies dejan paso a tazas de té. Jóvenes prostitutas pasean su mercancía sin mostrarla demasiado. De vestir moderado para un occidental, no consiguen evitar que hombres y mujeres tradicionales, cuchicheen a su paso. Siguen el despliegue pues saben que ahí hay negocio seguro. La ciudad recobra su pulso tras la aceleración provocada por el evento.

Salimos de Merzouga en dirección a Hassie Labied. Es el pueblo donde tienen su hogar Esther y “Moustache”. La Hamada se hace interminable a la espera de las dunas. No sé mis compañeros, pero para mí, y pese a pecar de turista dominguero, este viaje cobrará todo su sentido visitando ese lugar. Hay pocas zonas de dunas en Marruecos, algo más de doscientos kilómetros cuadrados. Una ínfima porción del total. Aunque ocupen solo el treinta por ciento del Sáhara, conociendo que ese total son nueve millones de kilómetros cuadrados, la arena abarca una extensión que equivale a cinco Españas.

De la nada, al fondo, extrañas montañas siluetean el horizonte. Su color es muy peculiar. Alejadas del gris marengo que muestran las que hasta ese momento nos envuelven, lucen un amarillo intenso de dorados reflejos que el sol se encarga de remarcar. Conforme nos vamos acercando, comprobamos que se trata de las esperadas dunas. De alturas desiguales – algunas alcanzan hasta los cien metros – componen un festival de olas de polvo de sinuosas formas. Aquella imagen es apabullante. Mucho más cuando, poco después, detenemos el coche junto a ellas. El fin de la hamada y el inicio de las dunas está tan claramente delimitado, que alguien comenta jocoso que, por las mañanas, una brigada de limpieza local, se dedica a barrer la arena para que no sobrepase su delimitada frontera. “Moustache” nos dice que elijamos un lugar, no hay apenas viento y comeremos allí mismo. Mientras preparan el picnic caminamos por la arena. No tiene nada que ver con la que conocemos de nuestras playas. Es mucho más fina, te deslizas sobre ella. Además, a pesar del sol, está fría. Las ligeras ráfagas de viento, la cambian constantemente de sitio sin darle tiempo a que se caliente. No sé como será durante el verano, pero imagino que poco o nada debe cambiar.

Finalizada la comida, Esther y “Moustache” nos proponen que, mientras ellos se adecentan un poco tras tantos días en estado semisalvaje, realicemos una pequeña excursión. Nos señalan el punto más alto de las dunas. Nos indican que, tal y como está el cielo, límpido y sin apenas nubes, desde allí tenemos una espectacular puesta de sol. Nos aconsejan que caminemos sobre las crestas pues así nos será más fácil alcanzar la cumbre. Tenemos una media hora a buen paso y unos cuarenta y cinco minutos hasta que el astro rey se oculte. Vamos con ventaja. Ellos nos esperarán en casa, han decidido que ya no somos solo clientes sino amigos y, si queremos, nos olvidaremos del albergue por esa noche y nos alojaremos en su hogar. Nos parece una gran idea. Dos grandes ideas si contamos la del paseo.

Cogemos lo imprescindible y nos ponemos en marcha. Dani y yo en cabeza. Pablo y David, detrás. La cresta de las dunas es dura y no es difícil caminar por ella, pero en algún momento, se alejan tanto de nuestro destino, que decidimos acortar. Subiendo por las laderas, la arena está suelta y los pies se hunden por completo. Es más difícil avanzar, mucho más. Y aunque nos permite acortar metros, comenzamos a pensar que no es lo más aconsejable. No dejamos de charlar de lo que está suponiendo la experiencia. No dejamos de hacerlo y comenzamos a resoplar. Veinte minutos después, los rezagados nos han alcanzado, comenzamos a notar la asfixia en nuestros pulmones. En especial yo. Estoy fundido. Ya no soy ningún jovenzuelo y arrastrar mis, incluida la mochila, casi cien kilos cuesta arriba, supone un gran esfuerzo. Poco a poco, comienzo a hacer la goma. Me quedo, les alcanzo, me vuelvo a quedar, les alcanzo de nuevo. Tampoco su grupo es tan compacto. David, que se pasa los días luciendo tipo en la piscina y es el que en mejor forma aparenta estar, se destaca en cabeza. Pablo y Dani le siguen de cerca. Pero ya nadie habla. Solo se oye resoplar. Y algún exabrupto. Éstos cuando das un paso y te deslizas tres metros hacia atrás por efecto de la arena. No hacemos más que patear y la cumbre aparece cada vez más lejana. El sol se está acercando peligrosamente a las montañas y dentro de poco será de noche. Seguimos. Sudamos. Maldecimos. Las bocas se secan. Bebemos. Nos refresca y nos alivia de la carga en las mochilas. David corona. Cae derrengado. Dani y Pablo le siguen de cerca pero el último tramo esta siendo infernal. Yo estoy a cincuenta metros, pero parecen quinientas millas. Me dejo caer y provoco la instantánea de la subida. Dani capta mi imagen “Platoon” y después mi “muerte” en el desierto. Recobro el aliento mientras recojo arena en un pequeño tarro para las peticiones. Creo que puedo llegar. Dani y Pablo también están ya arriba. Subo los últimos metros con más cabeza. Ya no me empeño en correr sino en asegurar pie. Un esfuerzo más. Escupo arena. Un escarabajo pasa a mi lado y acierto a ver como sonríe el muy cabrón. Por fin les alcanzo. Los cuatro disfrutamos en silencio de la caída del sol. A nuestra espalda, Argelia, frente a nosotros, el Edén. El momento es más íntimo que espectacular. Cada uno tiene sus dedicatorias privadas. Son solo unos gloriosos minutos. Un placer reservado a privilegiados. Pero no está todo ahí. Aún queda una parte. Divertida. Nos descalzamos para emprender el descenso. Jamás había experimentado esa sensación. Lanzas el cuerpo atrás y te dejas llevar. Tus piernas se hunden hasta más allá de las rodillas y lo que en subida han supuesto muchos minutos, en bajada son apenas segundos. La sensación es difícil de transmitir. Al pie de las dunas, junto al oasis que protege el pueblo, cuatro españolas están siendo fotografiadas por su guía. Nos saludan, les respondemos. Coquetas, intentan entablar contacto y nuestra escasa respuesta, acaba con todas las posibilidades de que estropeemos el día.