Archive for ‘febrero 2nd, 2010’

El silencio sobrevuela la coqueta casa de estilo bereber. No intuyo vida a mi alrededor, salvo quizás por alguno solitario ronquido de traducción imposible y sentido impenetrable. Clarea el día y yo ya estoy en marcha. Tomo el libro que llevo en danza, la cámara y mi ropa. Salgo al patio. Me acabo de vestir al aire libre. Es fresco. Nada que ver con lo que uno imagina cuando piensa en un día en el desierto. Mientras acabo, decido qué voy a hacer. No sé porqué pierdo el tiempo, lo tengo más que claro.

En pocos minutos la casa queda atrás en las afueras de un dormido Hassie Labied que atravieso al paso. El oasis me separa de las dunas pero daré un rodeo para evitar distracciones. Voy a disfrutar del amanecer. Quiero ver nacer el sol desde Erg Chebbi. Me gustará como ilumina paulatinamente el vecino país antes de acariciarme con su calor.

Camino sin prisas, hay tiempo esta vez. Tomo una curiosa foto de la luna envuelta por palmeras. Dos francesas me adelantan. Me miran sorprendidas. Me envían un matutino saludo. Lo devuelvo. ¿Dónde queda aquello de más solo que en el desierto?

Sigo adelante. Sin prisa. Todavía no despunta. La arena está fría, mucho más que la tarde anterior. Observo numerosas huellas. Recientes y menos. Cicatrices del fin de un modo de vida. Vehículos 4×4, motos de cilindrada media, quaks, camellos con turistas, turistas sin camellos, falsos tuaregs, chicas Shokran – estas tendrán su propio capítulo – … Han convertido las dunas marroquís en su zona de ocio, en su parque temático. Los pequeños pueblos de los alrededores tienen como única ocupación el turismo, y el dinero que éste deja, es suficiente para tapar cualquier exceso. Incluso la muerte de algunos niños del pueblo, atropellados por descerebrados. Los más habituales, españoles. Turistas y descerebrados, digo. Todos conocemos de estos. Desde hace un tiempo, los niños ricos, han cambiado La Mancha de sus padres por este paradisíaco espacio. Aquí llevan a cabo sus partys, sus caprichos, sus locuras. Creen que es el cortijo propio y en él se sienten los amos del mundo. Piensan, no sin cierto fundamento, que con dinero todo está permitido, todo está pagado. Y todo esto trae cambios. Y se pierden matices. En especial para los que queremos que las cosas perduren. Y es triste. A lo mejor me equivoco, y somos pocos los que así soñamos. Igual este es el futuro de todo. Incluso de estos países. Si es así, que no me esperen en él.

Radiales rayos de sol me devuelven a las dunas. Apenas asoman, la arena toma de nuevo ese tono dorado que tanto disfruto. En pocos minutos el calor vuelve a picar. Me sobra el anorak. Lo anudo a mi cintura. Momentos únicos, para vivirlos. Fascinado, emprendo en regreso. Decido, ahora sí, cruzar por el oasis y aprovechar para verlo. Lejos de lo que imaginaba, las palmeras ocultan un entramado de acequias que surten de agua – escasa en mi visita – a las parceladas zonas de cultivo. Las gentes de Hassie Labied las aprovechan para autoabastecerse de productos básicos. Ni jaimas adornadas con sedas, ni orondas odaliscas de danza del vientre, ni aguerridos beduinos tomando el té. Un fondón Totti me saca de mis pensamientos mientras realiza sus ejercicios matutinos. Me saluda con un “bonjour”. Parpadeo un par de veces antes de darme cuenta de que no se trata de uno de los recurrentes espejismos de estas tierras. Un francés, con la camiseta “azzurra” y el nombre de Toti en la espalda, hace footing por las dunas. No puedo creerlo. Niego un par de veces con la cabeza antes regresar a la casa.

Hay vida. Algunos se desperezan, otros toman el matutino sol sentados junto a la puerta de entrada, los más preparan el desayuno. Y yo traigo hambre de lobo. Más de una hora pateando ayuda. Falta leche y me ofrezco voluntario para ir a comprar. No está lejos el colmado y muy fácil lo localizo. Conforme me acerco, una espigada joven de espléndida cabellera roja, me hace señales desde la puerta. No puedo creerlo. Ajusto mi pajarita, aliso mi esmoquin y camino hacia ella con aires de galán. Según me aproximo, compruebo que no se dirigía a mí, sino que colocaba un etéreo pañuelo de gasa sobre su cabeza. Eso sí, lo vi bien. Es pelirroja como los tulipanes, alta, casi tanto como yo, y blanca, bastante más que la leche que he ido a buscar. Además, lleva amarrado a su espalda un niño, un pequeño magrebí. Monta en una desvencijada bicicleta y con una sonrisa de desmayo – el mío, no el suyo – me da los buenos días en francés y sale dando elegantes pedaladas con sus eternas piernas. Regreso con la leche y el cotilleo. Quiero conocer su identidad. Esther me informa. Se trata de una danesa que intenta abrir un albergue con su pareja marroquí. Parece que se han quedado sin dinero y no les llega para acabarlo. Están en un momento crítico y viviendo en precario. Es un ejemplo perfecto de “Chica Shokran”. De nuevo este concepto cuya explicación, prometo no demorar.

Tras el desayuno nos encaminamos a Rissani. Hay antojo de paella – me han lanzado el guante y lo he aceptado sin dudar – y vamos a la improbable busca de los ingredientes. También sardinas, es otro antojo. Comer sardinas y paella de pollo en el desierto. Menudo festín. Menudos pirados. Rissani es el enclave por la que los alauitas, antepasados del actual monarca, entraron en el país desde el desierto. Ello la convierte en una ciudad especial. Su mercado es inenarrable. Las telarañas componen enormes velos que separan espacios sin que nadie se moleste en adecentar el lugar. Seguramente porque a nadie debe parecerle mal la compañía de los arácnidos. Sanguinolentos pedazos de carne se muestran desperdigados por encima de los mostradores a la espera de los voluntariosos compradores. Pieles e carnero, pedazos de grasa, especias, dátiles, productos de limpieza y unos baratos juguetes que se muestran fuera de lugar, son parte del atrezzo. Las verduras, de no demasiado buen aspecto, se amontonan de forma desordenada a diestra y siniestra. Mujeres beduinas envueltas en negros velos, muestran solo sus ojos, su ojo o incluso ningún ojo, mientras llenan sus anacrónicos capazos de provisiones. Impresiona verlas, sobre todo en grupo. En uno de nuestros vaivenes, nos cruzamos con varias de ella. Unos almendrados ojos de color aceituna cruzan su mirada con la mía. Hacía varios siglos que no veía nada tan seductor. Un espacio abierto, cerca del mercado, se convierte en la zona de compraventa de animales. Hay turistas allí. Un grupo de ingleses que observan curiosos las transacciones, con una monótona banda sonora de balidos. De nuevo en un espacio cubierto, bañados por aleatorios rayos de sol que atraviesan un tejado, de desvencijadas planchas de corroído metal, doscientos ojos, desde cien amontonadas cabezas de carnero me miran sin ninguna curiosidad. Yo si la tengo, y algo de aprensión. La mirada del tendero y sus acompañantes y, sobre todo, las disuasorias palabras de un chaval que nos acompaña, borran de mi cabeza la idea de lanzar la anhelada foto. Es de premio pero me la pierdo. Salimos con un pollo de sospechoso color, unas judías verdes, unos maltratados tomates y algo parecido a unos pimientos. Serán los ingredientes con los que elaboraré la paella.

Hacer una paella con hojas de palmera como combustible y un intermitente viento del desierto que arrastra pequeñas ráfagas de arena, no deja de ser una proeza. La falta de algunos de los ingredientes habituales, no ayuda. La actitud cervecera acaba por hacer que el experimento sea casi un desastre. De sabor aceptable, atacar primero las sardinas, deja demasiado tiempo de reposo al arroz. Aún así, mis compañeros y nuestros anfitriones son gente educada y acaban absolutamente con todo. Raspas de sardinas incluidas.

Esa tarde, en ruta hacia Khamilia nos detenemos en Merzouga. Desde el interior del coche “Moustache” llama al barbero local. Trabaja con una sospechosa navaja en el interior de un reducido establecimiento y le responde indiferente. “Moustache” desciende del vehículo y es entonces cuando el marroquí le reconoce. – Creí qui iras un moro dil mierda. – Ríe el estilista. – Vamos a Khamilia. A ver a los negros. – responde nuestro guía. Se saludan efusivamente e intercambian algunas palabras en bereber. Nuevo saludo y “Moustache” regresa a bordo. La noche está cayendo y la curiosidad aumenta. Me apetece mucho conocer este pueblo compuesto, íntegramente, por descendientes de los esclavos sudaneses que los árabes trajeron en su invasión del país. La villa está oscura cuando llegamos. No hay nadie en las calles. Me siento algo decepcionado. “Moustache” no se inmuta. Aparca junto a una jaima donde una española, acompañada por su guitarra y por un tipo de aspecto alternativo, canta canción protesta. Un espigado negro sale a saludar. Una breve conversación y nuestro guía nos hace gestos para que nos acerquemos. Entramos en una de las casas. Es pequeña y con un amplio interior. El espacio está cubierto de alfombras y sus paredes tapizadas de pinturas de aire naif. Representan músicos en plena actuación. Nos descalzamos, nos sentamos en el suelo. La muchacha de la jaima – apenas una niña – y el tipo de la entrada nos sirven té y cacahuetes. Nos miramos sin saber qué va a ocurrir. De pronto, siete u ocho africanos de largo talle y completamente vestidos de blanco se deslizan al interior. Tambores, crótalos y panderos comienzan a sonar por sorpresa. Es el atronador inicio del espectáculo. Estamos boquiabiertos. El espacio magnifica el sonido. Durante cerca de una hora tocarán y bailarán para nosotros. También nos harán bailar con ellos. De pie ya no los veo tan altos, ni tan delgados, pero aún así, impresionan, que yo aún recuerdo las caras de Michael Caine y Stanley Baker en Zulú. La muchacha se muestra completamente integrada, debe vivir allí, con alguno de aquellos sudaneses. Lo que no sé que pinta es el “gato de porcelana” que la acompaña. Cuando comento, en tono jocoso, que he hallado mi lugar en el mundo, me responde que no lo diga ni en broma, que aquel es el lugar, que engancha.

A una señal del guía, acaba la fiesta. Los negros dejan de tocar. Lógico, se van los espectadores. Compramos uno de sus CD y “Moustache” nos sugiere que les demos cien dírhams – diez euros – por el té y la actuación. De regreso pregunto a nuestro guía porque era tan reacio a ir a Khamilia, a mi me ha parecido un momento mágico. Me contesta que hacía algunos años que no pasaba por allí. Desde hace un tiempo, autobuses de turistas domingueros, se detienen en este lugar. No buscan lo que nosotros hemos disfrutado, y mucho, hace un instante. Quieren diversión a costa de estas gentes. Y ese espectáculo, pagado con pocos euros, incluye ver a los negros cantar y bailar, entre otras, la incatalogable “Macarena”.