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Blog con los relatos de nuestros viajes.
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Archive for ‘febrero 9th, 2010’
Morocco’s Dream VIII – En busca del príncipe de las mil y una nochesSolo quedan dos más. No sufráis. Marruecos (2009).
Muy cerca de Rissani, existe una kasbah, una de tantas que mantienen su inmutable forma desde hace más de un milenio. Con la única y anacrónica presencia de diminutos contadores de luz incrustados en sus paredes de barro, el resto de los elementos que la componen retiene ese aroma arcaico que nos hace dudar, si hasta allí hemos llegado aprovechando las virtudes de una máquina del tiempo. La kasbah se nos muestra como una ciudadela amurallada que engloba un grupo de recónditas viviendas. La muralla perimetral tiene diversas puertas que se cierran por las noches y que, hasta hace bien poco, seguían vigiladas por celosos guardianes. Atravesando una de sus puertas, encontramos, en un laberíntico juego de corredores, un mundo cerrado entre rústicas paredes que, de forma impensable, aíslan sobremanera del excesivo calor exterior. Sus habitantes, aunque amables, son recelosos de cualquier elemento ajeno a la comunidad. Por supuesto intentan evitar, incluso con amenazadores gritos, que la cámara fotográfica recoja cualquier pincelada, por ínfima que sea, de su particular mundo. A la salida de la visita, y mientras montamos en nuestro vehículo, otro todoterreno, se detiene a nuestro lado. Diversas europeas salen de su interior y pasean risas y cuchicheos por los alrededores de la kasbah. “Moustache” reconoce a su chófer y se acerca a saludarlo. Es Hassan, uno de los tres Hassan que nuestro guía utiliza, como ocasionales conductores, cuando los grupos que debe acompañar son demasiado numerosos. Hassan se acerca a nosotros y nos tiende su mano. Es un bereber fashion. Su ropa, su cuidado corte de pelo, sus patillas afiladas y su perilla testimonial lo sitúan a mitad camino de un Cristiano Ronaldo del Atlas y el Omar Sharif de Lawrence de Arabia. Nos cuenta de su viaje y ríe las chanzas de “Moustache”. Mientras departimos, una de las chicas, desafortunada en el reparto universal de belleza, se le acerca con mirada lánguida y poco creíble aire seductor. Le pregunta una tontería arqueológica, pura excusa, y con la respuesta, más o menos inventada de Hassan, regresa junto a sus amigas pavoneándose de forma escandalosa. El bereber nos guiña un ojo. – Is mi novia. – nos dice. “Moustache” niega con la cabeza y le pregunta – ¿Pero a ti te gusta, Hassan? – Su respuesta es más que contundente – Is mijor qui cabra. – Reímos una maldad que esconde, tras ella, toda una filosofía de vida. Recuerdo entonces a la danesa del colmado – toda una belleza con poco que ver con esta chica salvo en su historia –. Pienso en la extrema situación que está viviendo por amor – el de ella hacia su bereber, porque lo que ella recibe poco o nada tiene que ver con este sentimiento -, y ya en ruta, iniciamos una conversación que derivará en afirmaciones delirantes, esas que esconden una realidad irrefutable; son numerosísimas las occidentales que, bajo una tapadera sociocultural, planean sus viajes a estos países en busca de un turismo sexual que se ofrece de forma encubierta bajo el sugerente epígrafe de “Las Mil y Una Noches”. Y no son pocos los chascos que se llevan. Entre otras cosas, porque en la cultura de estas gentes, el placer de la mujer es algo totalmente prescindible, con lo cual los breves encuentros sexuales dejan a más de una, con apenas quince segundos, a la “Luna de Valencia”.
“Moustache” nos habla entonces de su libro online; “Las chicas Shokran” que – inserto publicitario – puede también comprarse físicamente a través de Internet. Dani se muestra muy puesto en la materia. Al parecer, durante la preparación del viaje, su documentación ha incluido leer este material. Esther nos explica que fue ella quien le dio el título definitivo después de ver, literalmente, a una española deshacerse lanzándole mil y un “Shokran” – gracias en árabe – por cualquier nimiedad a su “novio” local. Nuestro guía nos habla de ejemplos conocidos por él. Nos cuenta que ha prohibido a sus chóferes tener relaciones sexuales con las clientas y que, si bien esto le trae más de una réplica por parte de alguna “Shokran”, no es menos cierto que cuando alguna consigue su propósito, le crea un conflicto de dimensiones bíblicas que amenaza con dinamitar la estabilidad del grupo. Las “shokran” tienen la filosofía de la integración, de creer que han llegado al paraíso y que allí serán aceptadas como una más. Estas son las de convicción. Después están las que tan solo buscan echarse algo a los labios – sí, a esos – y que en su país de origen lo tienen algo crudo. “Es posible con tipos tan guapos como nosotros” comenta uno de los viajeros, del que silenciaré su nombre por si su chica se le ocurre leerme. Éstas, para mí, son falsas “Shokran”, pero al final también computan en las estadísticas. “Moustache” no conoce un solo caso que haya finalizado bien. Hasta donde él sabe, en sus veinticinco años de vida en el país, todos estos encuentros interraciales han hecho pala. “Cuando te casas con un marroquí, te casas con toda su familia”, nos comenta. “Y esto, a veces, es un engorro” añado yo. Todas piensan que su “Moha” es diferente. Cuando los ven melancólicos mirando al infinito – “Istoy con diprisión, mi voy a suicidar al disierto” – cuando les susurran todo lo que ellas quieren oír al oído – “yo no soy como los otros moritos” – , cuando las embarcan en aventuras económicas insospechadas – “Is un buen nigocio, poco diniro para Ispanya” -, en esos momentos, ninguna cree que ella pueda ser la siguiente víctima. Pero ocurre. Hay chicas que piden préstamos y se sumergen en sus trabajos para pagarlos religiosamente, mientras sus “novios” lucen el todoterreno nuevo que se han comprado e invitan a fiestas a todos sus amigos, con el dinero para ese terreno en el que iban a construir sus sueños. A una en concreto, le sacó sesenta mil euros para un albergue que nunca se puso en marcha. Nos hablan del amigo de un amigo, un adolescente que se lió con una chica belga. Nos explica que la famosa chica belga en cuestión, se vino a vivir al desierto, totalmente integrada, sí, pero una “chica belga” que ya vivió la guerra del catorce. Eso sí, entonces aún no pesaba los ciento setenta kilos que luce en la actualidad. Lo más hiriente es que en este caso, ella sabe muy bien que el muchacho solo quiere la nacionalidad, pero no está dispuesta a casarse y tan solo usa al chaval para su satisfacción sexual. A algunos les sale el tiro por la culata. Nos cuentan la historia de una brasileña de piel blanca y cabello rubio que tuvo una hija con un marroquí. Fue el momento en que todo cambió, se rompió el sueño y ella quiso huir. Se marchó, sí, pero sin la niña. Después de diversos chantajes y mucho dinero en danza, la única forma de recuperarla, fue a través de una operación militar llevada a cabo por mercenarios de su país. O la francesa que se quedó con el albergue de su marido pues resistió más que él, otra que se salió con la suya, y aún hoy, se “calza” todo aquello que se mueve por su radio de acción. Eso sí, en cualquier lugar del albergue menos en la cocina, ya que bajo la arena de ésta se encuentra el bereber enterrado y no es cuestión de soliviantar espíritus astados. Nos dicen que en las letras de los tribales cánticos, aquellos que al son del tambor y los crótalos, lanzan los bereberes en las fiestas que preparan para turistas, se incluyen frases como “mira que tetas tiene la del suéter rojo” o “está noche me paso por la piedra a las dos gemelas francesas”. Y se quedan tan panchos los tíos, mientras ellas, imbuidas por el espíritu del desierto, danzan frenéticas creyendo haber encontrado aquel paraíso del que habló John Milton… Lo dejo aquí, que cada una de estas historias, podría dar para un best-seller o miniserie de Antena 3, tan en boga ambas cosas entre las aventureras de pantuflas y ganchillo. Aunque pendiente de la conversación, no he dejado de disfrutar del paisaje por el que circulamos. El Draa es un espectacular y fértil valle con más de doscientos kilómetros de palmeral. Las gentes de esta zona, de piel más oscura que los bereberes de las montañas, basan su potente economía en el dátil. Dátil que será, única y exclusivamente, para consumo nacional. Cuando los probamos, entendemos porqué. Nada que ver con los provenientes de Túnez que consumimos en España. U eso que los que nosotros degustamos ni se acercan en calidad a los que, en el mercado, se cotizan a sesenta euros el kilo.
Oculto por tantas palmeras, Tamnoungalt surge de pronto. Tamnoungalt es una concentración de kasbahs de diversas épocas que se ha convertido en escenario perfecto para muchas superproducciones americanas. La que pasaremos la noche, es del siglo XVI. A nuestra llegada al lugar, bajo la mirada poco atenta del maestro del pueblo, los niños juegan con centenares de paneles de corcho blanco. Es una imagen insólita y por momentos tenemos la sensación de que está nevando. Pronto averiguamos que se trata de los restos del rodaje de “Prince of Persia” que ha tenido lugar allí mismo durante varios días. Para mí desgracia, ha finalizado esa misma tarde y solo podemos ver algunos de los “props” utilizados. Me queda el consuelo de poder contar que, esa noche, dormiré en la misma habitación que hasta la víspera, ha ocupado Ben Kingsley. Otro calvo notable. Después de una reparadora ducha, lujo oriental comparado con lo vivido en lo que llevamos de viaje, visitamos una kasbah cercana. De la misma época que la que nos aloja, pero muchísimo más deteriorada, tiene el encanto de haber sido el escenario principal de “La Pasión de Cristo” la polémica cinta que dirigió Mel Gibson. Aunque el tiempo ha hecho mella en mi memoria, al recorrer el lugar, son diversas las escenas que acuden a mi mente. Es un espacio lleno de sugestión y no me extraña que el equipo del australiano se decidiera por él. En el exterior, “Moustache” nos espera junto al dueño de la edificación, Hassan – otro – se llama. Un tipo que gana buen dinero con su propiedad pero que, tal y como se maneja, tiene pinta de estar matando a su gallina de los huevos de oro. Ha caído la noche y mientras mis compañeros están de charla, subo hasta la terraza de la kasbah. Allí, enfundado en un chándal del Real Madrid, está Omar. Viendo ese escudo, no sé que hace un valencianista como yo dándole conversación. Pero es amable, poco prepotente y trabaja en el cine, en producción. Ya me tiene enganchado. Me cuenta mil y una historias, debe haber participado en todos los rodajes que en los últimos veinte años se han llevado a cabo en Marruecos. Es evidente que las facilidades que los reyes alauitas dan a los occidentales para rodar allí, y que ningún otro país del mundo árabe consiente, han creado una pequeña industria y proporcionan fuertes ingresos en forma de royalties. Omar me explica como emborrachó con dos cajas de vino a todos cuantos aparecen como integristas exaltados, en una de las escenas más conocidas de “Black Hawk derribado”, y como fue felicitado por ello por Ridley Scott. Mantiene una gran relación con el director inglés y me cuenta que hasta en cinco ocasiones ha rodado allí, y que en todas ellas él ha participado. Me habla de las noches fumando hachís discretamente, junto a Viggo Mortensen durante el rodaje de “Océanos de fuego (Hidalgo)”, o como todo el equipo de “Red de mentiras” fue a visitar el nacimiento de su primer hijo a un pequeño pueblo del desierto cercano a Merzouga. También me comenta que tiene un perro en casa que recogió Leonardo DiCaprio y se lo dio a él en custodia. Dice que le sigue mandando dinero para su mantenimiento… Al poco no sé cuanto hay de realidad y cuanto de ficción en su relato, pero bajo la estrellada noche de Tamnoungalt, y envuelto de ondulantes palmeras, soy capaz de creer que la maquinaria de los sueños, lleva días en marcha ofreciéndome una gran película que nunca voy a olvidar. |