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Blog con los relatos de nuestros viajes.
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Archive for ‘febrero 16th, 2010’
Morocco’s Dream IX – Apocalypsis NowSi teníamos la certeza, de que la noche de los muertos vivientes no fue otra que la llegada a Agoudal, es porque no habíamos disfrutado aún de la acogida que el Toubkal, la segunda montaña más alta de África solo por detrás de Kilimanjaro, iba a prodigarnos. Como con todo, lo mejor es comenzar por el principio. Despertamos en nuestra kasbah. Nos desperezamos envueltos de la singular escenografía propia de un sultán. El desayuno, esta vez, incluye algo más parecido a la leche de lo habitual. También tortilla bereber, menos “salvaje” de lo previsto, eso sí. La salida del valle del Draa es apacible y el sol calienta de forma moderada. Entre esto y que el viaje ya va tocando su fin, dedicamos parte de la ruta a dormitar apacibles. Cada uno con sus ensoñaciones. Todos con un ojo abierto. Siempre los hay a la caza de una instantánea bastarda para echar risas a costa de la víctima. De nuevo vamos a atravesar el Atlas. Más de mil kilómetros al sur de donde lo hicimos a la ida. En el Tizin Tichka nos desviamos hacia el Lago Ifni, es la cara sur del Toubkal, la no explotada, la virgen. Al otro lado hay tenderetes de refrescos, bereberes vendiendo falsos fósiles y enormes minerales rellenos de espectaculares gemas de resina. También están la mayor parte de los escenarios naturales de “Babel”, la película que perpetraron, a medias, Iñarritu y Arriaga. La que supuso su divorcio artístico. Pero ya digo, todo eso es al otro lado. Este es otro mundo. Solo la Naturaleza y la lucha del hombre por sobrevivir con ella, jamás en su contra. Los grupos tribales de esta zona, son menos belicosos, y sus mujeres, curiosamente solo ellas, muestran unos rasgos con ligeros toques asiáticos y piel bastante blanca. Unido ello a las formas de las edificaciones y la orografía que nos circunda, en muchos momentos nos parece estar en Nepal.
Esa noche dormiremos en una Gite d’Etape en Ifroutine. Pero este es el plan inicial y, como acostumbra, nuestro guía busca sorprendernos y, además, el destino tiene su propia baza en esta partida. Hemos llegado a este pueblo situado en las estribaciones del Toubkal bastante pronto y “Moustache”, nos pregunta socarrón si queremos “rock duro”. No lo dudamos mucho. Más bien nada. “Claro que sí” es la respuesta entre risas. Compramos una pata de cabra para colaborar en la cena y reemprendemos la marcha. La excitación nos invade cuando emprendemos el ascenso por un camino que cabras que apenas tiene la anchura suficiente para atrapar nuestro vehículo. En algún momento nos cruzamos con lugareños a pie. Y tienen que, literalmente, colgarse del barranco para dejarnos paso. Pienso en lo que puede ocurrir si nos encontramos con un vehículo de cara. Me giro a comentarlo jocoso con mis compañeros y, antes de que pueda soltar palabra, sus rostros sorprendidos me llevan a volverme rápido a mi espalda. Frente a nosotros, amenazador, un desvencijado camión, cargado de indistinguibles bereberes y cabras, nos cierra el paso. A nuestra izquierda una montaña casi cortada a pico, a nuestra derecha una caída de dos o trescientos metros, junto a nuestra nuez un par de testículos. Solo nosotros mudamos el rostro. Entre el acongojo y la curiosidad por saber como vamos a hacer, vivimos. No hay problema. El camión retrocede, ayudado por las indicaciones de todos los bereberes que han descendido de la caja, hasta llegar a un poste de la luz que, hormigonado, se sostiene en un ligero alero sobre la caída. Se sitúa sobre su soporte con parte de su trasera flotando sobre el precipicio. Comienzo a entender porque todos han descendido. “Moustache” coloca el todoterreno casi en vertical, dos de las ruedas se apoyan sobre la pared y, con mucha precaución, pasamos. Todo son saludos y beneplácitos. Ellos siguen su camino con las satisfechas cabras, nosotros ponemos rumbo a una meta que, cada vez más, aparece nítida en el horizonte. A trompicones, avanzamos. Sin quejas de las ruedas, y no les faltan motivos. Arracimadas en verticales laderas, grupos de casas contemplan nuestro paso. Observo lo inhóspito del lugar, la dificultad de vivir en un territorio como este, y no deja de admirarme la resistencia de estas gentes a abandonarlo. Otros, con mucho menos, se hubiesen rendido y lo habrían dejado correr.
Por fin nuestro destino, más que nada, porque se acaba la pista. Veremos como damos la vuelta. Descendemos del auto. Nos estiramos. Nos observan como observaban los indios a los conquistadores extremeños. Nuestras barbas nos llevan a asemejarnos a éstos. Somos más pacíficos. “Moustache” pregunta en bereber a una muchacha. El hombre que podía alojarnos no está en el pueblo. No acertamos a averiguar mucho más. Decidimos dar la vuelta, pero nos ofrecen alojamiento. Es la casa de un bereber que vive en Francia y su hermano nos la cede. El precio a convenir. ¡Katanga! Miramos al tipo con un ojo entornado. Accedemos. La visitamos. Tiene una pila con agua, un agujero en el suelo y un salón con mullidas alfombras de ácaros en el que, bien organizados, cabemos los seis. Además hay una gran terraza con vistas al valle. Sin pensarlo mucho, nos lo quedamos. Nos ofrecen té para cerrar el trato. Sin cacahuetes. No debe ser costumbre aquí. Todavía faltan algunas horas para que anochezca y decido dar un paseo. Dani me acompaña. Después se nos une Pablo. Recorremos el pueblo. Chicas muy jóvenes, aunque por su vestimenta y la mugre sean difíciles de descifrar, trasladan grandes haces de leña de un lado a otro. Es el combustible. Eso y la comida diaria son las únicas preocupaciones que atender. Una de ellas, la que nos ha informado acerca del hombre de nuestro primer alojamiento, deja el haz en su casa y nos sigue. Me giro a mirarla, la saludo con un “Bonjour” y le muestro la cámara. Niega con su cabeza y se tapa con la mano. Bajo la cámara y me sonríe. De seguido, saca unas nueces de su bolsillo, coge una piedra y parte la cáscara de una de ellas. Me la ofrece. La tomo y le doy las gracias. Sonríe. Seguimos caminando y sigue tras nuestros pasos. La miramos. Vuelve a sonreir y a romper otra nuez. Me la ofrece y sonríe de nuevo. Dani bromea sobre que, tal vez, bajo la mugre hay una belleza dispuesta a darnos un masaje bereber. Y es cierto, no es fea la muchacha. Damos unos pasos y ella hace lo mismo. Así hasta que llegamos a la casa de nuevo. Entramos. Se queda en la puerta. Los comentarios jocosos acerca de mi capacidad de seducción no se hacen esperar. Dani mira por la ventana y la chica está allí, esperando, no sabemos bien qué. Hay más chanzas sobre el asunto. Dejamos pasar media hora en la que sacamos lo necesario de nuestros equipajes. Envío a Dani a averiguar si “mi novia” sigue allí. “Se ha marchado”, me dice y volvemos a la calle para proseguir nuestro paseo. No hay mucho más que hacer en este lugar. Durante la caminata, creemos averiguar que el nombre de la aldea es Tigdal. No estamos seguros. Respiramos el aire puro de estos tres mil metros de altura. Alguien sigue nuestros pasos. Ya no es la muchacha. El relevo lo han tomado las niñas del pueblo. Levanto la cámara y me dicen que no con gestos y en tamazight, su idioma. Levanto la mano disculpándome y continuamos. Vamos hasta la base del Toubkal. Es el primer cuatro mil que veo. No me parece tan impresionante. Desde allí, tocar la cumbre, es un paseo de un par de horas. No presenta demasiadas dificultades por esa cara y tenemos muchos metros avanzados. Regresamos charlando. Las niñas siguen al acecho. Comienza un juego del gato y el ratón. Se acercan y corren en cuanto alzo la cámara. Lo hacen falsamente despavoridas, gritando y riendo de forma encantadora. Así se repite varias veces durante nuestro paseo hasta que, sorprendentemente, las cazo. Huyen como alma que lleva el diablo esta vez maldiciéndonos mucho más en serio y lanzándonos piedras. Aguerridas estas bereberes. Mientras, los niños del pueblo, miran, indiferentes, a sus coetáneas. Ellos juegan al futbol con una desgastada pelota al borde del precipicio. Aún tenemos tiempo de hacer un rondo con ellos. Definitivamente, el fútbol une.
La noche cae. Todo queda a oscuras. Literalmente. No hay ni una pizca de luz. Y en silencio. Absoluto. No hay nadie en el exterior. La vida acaba en Tigdal de forma tan sencilla como se inicia. Sol y luna marcan de forma ineludible los ritmos. Pero nosotros no estamos para poesía. Nos hemos topado de bruces con un serio problema; asar la cabra. No hay cocina, no hay cachivaches para cocinar, no hay condimentos., no hay nada de nada… La solución, mis tres acompañantes. Son de la generación de los jóvenes castores y coleccionaban sus libritos. Los observo asombrado. Con golpes y patadas de karate, David destroza unas cajas de fruta, de esas de madera barata, que encontramos en un rincón de la casa. Pablo coge la bandeja del té que nos han servido y la usa como plancha. Y con su multiusos suiza, Dani destroza la cabra. Veinte minutos después, las irregulares porciones de carne humean sobre la bandeja. Unas medio crudas, otras medio quemadas, sin sal ni especias, Somos los cromañones de la vieja Europa. Degustamos el manjar bañándolo con escocés barato. Un whisky cuyos efectos potencia la altura, y que llevan a “Moustache” a mostrarnos lo mejor de su repertorio. Es tan brutal la actuación que le proponemos un debut oficial con abundante público. Lo dejamos para cuando nos visite. Ya de madrugada, acurrucados unos contra otros en busca de calor, oímos el viento ulular a través de las mal encajadas ventanas. Y este me susurra al oído que la aventura está a punto de llegar a su fin.
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