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Blog con los relatos de nuestros viajes.
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Archive for ‘febrero 19th, 2010’
Morocco’s Dream X – Marrakech MedinalandEl irremediable bullicio callejero, el machacante sonido de los claxon en continua busca de ser el más evidente, las constantes súplicas de los pedigüeños, surgidos de las más profundas cloacas de la Medina. La incesante insistencia de improvisados guías sobre el camino a seguir, el agrio olor de las calles, el acoso continuo de sedentarios comerciantes, el inquietante aspecto de los callejones, el indescifrable humo de puestos de comida y motocicletas, la presencia innegable de ambulantes vendedores de cabras. El recelo constante, la camaradería excesiva, el polvo aturdidor, las miradas esquivas… Las rutas salvajes y sus mundos quedan atrás, todo se nos muestra diáfano. Marca el regreso a la civilización. Marrakech ha cambiado mucho en los seis años pasados desde mi anterior viaje. Lo que en aquel momento me fascinó, hoy ha desaparecido. Aquellas pinceladas autóctonas que tanto me enamoraron, se han convertido en fragmentos maquillados de un enorme parque temático que autoparodia a la propia ciudad. Marrakech es ahora el Disneyland del Magreb. Su único objetivo se centra en dar a los turistas low cost cualquier cosa que estos demanden. Espectáculos autóctonos, encantadores de serpientes, bailarinas de una danza del vientre que nunca tuvo tradición aquí y que ha sido importada de otros países, prostitución poco encubierta… Y todo ello, creando una corriente antagónica que no deja de crecer. Cada vez son más los barbudos que se muestran por sus calles. Cada vez más los integristas que no ven con buenos ojos lo que en la ciudad bereber está sucediendo. Y desembocará en algo. Seguro. Los analistas políticos deben haberlo detectado, no quiero dármelas de profeta. Si hay alguna ciudad en el mundo árabe que merezca el castigo de las Sodoma y Gomorra clásicas, estas es Marrakech.
Pero sigo a lo mío. Que me desvío y no debo. Quien quiera comer en unas casetas, del estilo de las de la sevillana Feria de Abril, puede pasarse por la antaño espectacular plaza de Djaa El Fna. Allí mismo las encontrará. Quien busque los mil y un “tisoros autínticos de la familia”, los vendedores del zoco se los podrán ofrecer de entre las cientos de miles de piezas fabricadas entre China y la India que, periódicamente, desembarcan desde contenedores o camiones, llegados por las, antaño respetabilísimas, rutas de las especias. Aquel que quiera una pequeña cajita del apreciado azafrán, podrá agenciarse, a muy elevado precio, una coqueta caja repleta de pelo de mazorca de maíz con colorante, sin que ello provoque el menor problema de conciencia en el vendedor. Los legendarios adivinos jugando a la regla del cincuenta por ciento, acabarán por adivinar qué “shokran” ha venido en busca de olvidar su mala suerte en los asuntos del corazón. Y así hasta el infinito. En el mundo de la mentira, del enredo, de la “Katanga”, todo está permitido. Por suerte, aún quedan espacios en la ciudad donde ver la vida tal y como siempre ha transcurrido. O al menos sin esa pátina comercial que cubre todo lo demás. Lejos de los visitantes. Lejos, claro está, de las zonas “seguras” supervisadas por la temida policía turística. No se pueden permitir el lujo de que nadie amenace a su gallina de los huevos de oro. Tras dejar mochilas y polvo en nuestro riad, un coqueto establecimiento oculto en un recóndito callejón de la Medina, salimos a dar un paseo. Ente unas cosas y otras, hemos dejado atrás la hora de comer y nuestros estómagos nos demandan atención. A pesar de la advertencia de la madura marroquí que regenta el hotelito, obviamos los restaurantes de fiar y, bajo sorprendente sugerencia de Pablo, nos detenemos ante un grasiento puesto callejero. Entre encantados y sorprendidos de tenernos allí, los dos muchachos que los regentan, nos ofrecen croquetas de sardina con arroz. Nos encaja el precio y comparada con la mugre que hay a su alrededor, hasta nos parecen apetitosas. Uno de ellos sale hasta el vendedor de la otra esquina en busca de cuatro redondos panes y nos los rellenan. Adquirimos, en un cercano puesto, un surtido de aceitunas. Todo ello va a componer el delicioso menú de alto riesgo que estamos dispuestos a engullir. El total del festín asciende a poco más de dos euros. Tampoco se podía pedir mayor aventura a ese precio. Comemos, entre risas, acompañados por las miradas de los lugareños. Bromeamos sobre relampagueantes indisposiciones mientras nos dirigimos caminando hacia el sur de la Medina. Buscamos la gran plaza como ellos la denominan. Cruzamos el zoco y vuelvo a encontrarme con el único establecimiento que llamo mi atención en el anterior viaje; “La Fnac del Zoco”. El resto sigue como entonces. Cientos de miles de cacharros, prendas de vestir, alfombras, bisutería… Y todo en completo desorden. Me siento como en mi estudio y esto me recuerda que debo poner orden apenas vuelva. Por fin la plaza asoma al final de la subida. Lo que veo ya no me gusta, su bullicio ya no es natural. Todo está mucho más ordenado. Los turistas ocupan plazas en todos los alineados puestos que ofrecen la merienda-cena. El suelo está asfaltado. Todo es distinto. Subimos a la terraza de uno de los cafés que la circundan para que mis compañeros disfruten de la vista desde arriba. Un espantoso simulacro de té pagado a precio de oro, es el precio. Rodeados de gentes de todas las nacionalidades imaginables, observo que nada es lo que era. Me entretengo estudiando una posible foto que se ha formado a mi derecha. En tres mesas consecutivas, una árabe, una japonesa y una rubia europea toman té. Me parece curiosa. En cuanto levanto la cámara para conseguir mi Pulitzer, la árabe levanta una poblada ceja, me enseña los dientes y cubre su malcarado gesto con el libro que está leyendo. Entiendo el mensaje, cierro la Olympus y me quedo con las ganas. Al rato descendemos. Nos acercamos a “Les Jardins de la Koutoubia”, un cinco estrellas donde hemos quedado con Esther y “Moustache”. Tomaremos una copa y nos despediremos. Ellos se marchan mañana mismo. Regresan a “nuestro” desierto, a “nuestras” montañas, a “nuestra” aventura, a “nuestros” sueños…
El hotel tiene todo lo inimaginable para satisfacer a – casi – cualquier cliente. Nos cuentan que a ochenta euros la noche, puedes disfrutar de una habitación doble en este lugar. Como los vuelos tampoco son caros, el que más y el que menos, puede montarse un fin de semana romántico para impresionar a su pareja o a su… Los vemos. A ambos tipos. A cien millas se les reconoce. Menudas pintas. Y los del inserso, que también vienen. Con el mismo rollo que a Benidorm o a Guadalest pero con moros. Y entiendo el cambio de la ciudad, que a la postre, no es más que el cambio del mundo. Pero, me quiero morir. Al día siguiente, seguimos con la visita. Mis compañeros quieren comprobar las famosas bondades de Marrakech. Tras otra visita al zoco, algunos palacios y el mercado de las especias, donde me aprovisiono para mis experimentos culinarios, nos dirigimos al cementerio judío. De camino, en uno de los callejones adyacentes, un pequeño de tres o cuatro años llama mi atención. Las niñas que le acompañan me cuentan que se llama Suleiman. Le pido una foto y accede. No sabe bien de qué se trata. Cuando se la muestro en la cámara digital, Suleiman se reconoce por la sudadera. No olvidaré su cara de asombro. Jamás se había visto. La señala, mira su sudadera, busca mi asentimiento. Le digo que sí, que es él. Alucina. Y yo con él. Es un descubrimiento. Debemos continuar. Nos sigue. A mí. Quiere volver a verse. Se la muestro. Así hasta cuatro veces. Después, sonriendo, nos deja marchar. Pero parte de él se viene conmigo. En mi corazón. Visitamos el cementerio judío. Hay unos tipos a la puerta que nos comentan que mantienen el cementerio. Visto lo visto, no se aplican demasiado. Nos dicen que a la salida deberemos ofrecer una cantidad como donativo. Asentimos. Es un gran espacio al aire libre. Resulta curioso ver esas tumbas. Las diferencias con las bereberes. Estos simplemente colocan una piedra sobre la tumba. Indican que no debe cavarse debajo, por higiene, por prevención. En cambio los judíos – como los musulmanes o los cristianos – concedemos excesiva solemnidad a la muerte. Lógico si aceptamos que es parte de la estrategia para seguir viviendo, y muy bien, de esta pamplina. La visita dura apenas media hora y a la salida el tipo y sus amigos nos esperan. Como soy el que chapurreo francés, mis compañeros me dejan negociar. Le doy cincuenta dírhams – cinco euros – y me mira con mala cara. “¿Por los cuatro?” pregunta. Asiento con la cabeza. Me dice que los que acaban de salir le han dado eso mismo por persona. Le pido un recibo o justificante, me dice que no lo tiene. Insiste en que le dé algo más, le digo que tal vez la policía turística pueda informarnos de cual es la cuota adecuada. Le convenzo. Me da una palmada en la espalda y me lanza un improperio en árabe, pero como no lo entiendo, me resbala. Regresamos al riad. Tomamos ducha y cervezas. No por ese orden. Las cervezas en compañía, la ducha en solitario. Decidimos que como es la última noche, vamos a darnos un homenaje. Dani consulta las guías y elige un restaurante “Tai-Marroquí”. No sabemos qué puede salir de este mestizaje, pero no tenemos nada que perder. Está cerca de la gran plaza y, caminando, lo encontramos enseguida. Al entrar quedamos impresionados, decoración y camareras están a la altura esperada. También los precios. Bueno, estos algo más. Esperamos que la comida haga juego. Yo me arriesgo con los platos decorados con tres guindillas, mis compañeros con algo menos. Comeyogures que son. Bebemos Casablanca, una suave cerveza local de apacible paladar. La cena transcurre tranquila, rememorando lo vivido bajo suave música que un disc jockey brasileño nos ofrece. A nuestro alrededor, ni un solo cliente marroquí. Y mucho pijerío, es cierto. Tras el postre, el susto. La cena nos cuesta casi tanto como toda la comida de los diez anteriores días. Pero ha merecido la pena. Salimos. Un tipo nos ofrece costo. Yo no fumo, pero no me importaría iniciarme aquí. Como recelamos, lo dejamos correr. Y eso que él insiste. Ha estudiado en España y habla bien nuestro idioma. Pero pasamos. Entre unas cosas y otras, con el paseo, en nuestro regreso al riad, nos hemos perdido – culpa mía, que seguro me recriminan si no lo pongo –. Después de caminar sin rumbo en busca de un referente, comenzamos a circunvalar la Medina. La noche es cerrada y sus murallas acogen el sueño de innumerables personas sin techo. Nada de luz, solo la luna. Media, como aquí es preceptivo. Creemos llegar a una de las puertas que nos dará fácil acceso al riad. La cruzamos. Se nos aflojan las piernas. Un descampado rodeado de infectas chabolas. Perros ladrando, caballos campando sueltos a la luz de la luna, prostitutas en espera de clientes con sus chulos acechando y pobreza. Extrema… El lumpen de Marrakech al pleno. Todos los ojos se giran hacia nosotros. Les digo a los míos que sigamos caminando como si nada. Los otros miran sorprendidos. Nadie nos dice ni mu. Hay que estar muy loco o ser de la Interpol para meterse allí a esas horas. Eso nos salva. Y no, no somos de la Interpol. Ya de camino al riad, bromeamos con la cantidad de droga que, temiendo una redada, habrá desfilado por los inodoros esa noche. Aún nos da tiempo de tomar otra cerveza en lugar seguro y preparar nuestras mochilas. La aventura toca a su fin.
Epílogo. Corremos por un zoco sorprendentemente limpio. Vamos a la caza de las últimas compras. Nadie quiere encontrar malas caras al regreso por haber olvidado un souvenir. Miramos a derecha e izquierda a aplicados comerciantes sacando de sus cachivaches, todo el polvo posible. Lo veo y no lo creo. Están limpiando. Siete siglos después. O más. De pronto la calle se estrecha. Hay policía por todas partes. Nos hacen pasar por un estrecho corredor. Solo a los extranjeros. Los del país se quedan. Intentamos averiguar qué sucede pero por toda respuesta nos hacen circular sin detenernos. Observo árabes con indumentarias de los emiratos a la espera. Junto a ellos, bellas mujeres musulmanas, de maquillados rostros y vestuario sobrio pero elegante. No me cuadra. O mejor dicho cuadra demasiado. Como hecho adrede. Frente a nosotros se abre una plaza. Y, en ella, el rodaje de una película. Intento sacar fotos. A través del angular una enorme mano militar me lo impide. Me disculpo. Nos siguen haciendo circular y no consigo más que ver, rodeadas de innumerables árabes, a cuatro occidentales. Vestidas como de colonial. Nada más. Compramos y emprendemos el camino de regreso. Ya en pleno vuelo, una pequeña noticia, sacada de un periódico en francés, me saca de dudas. Por problemas con la palabra “sexo” en su título, se traslada el rodaje, desde Abu Dhabi a Marrakech, de la segunda parte de “Sexo en Nueva York”. Cierro el diario. Cierro lo ojos y siento que hemos perdido la ocasión de oro para conseguir nuestros quince minutos de fama. Que lo sé seguro, que con tipos como nosotros, estas cuatro pavas hubieran caído.
Relato gracias a Melchor Mombo y su Melchor Mombo CO. |