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	<title>La Brújula Inquieta &#187; Africa</title>
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	<description>Blog con los relatos de nuestros viajes.</description>
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		<title>Morocco’s Dream X &#8211; Marrakech Medinaland</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Feb 2010 08:39:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Melchor Mombo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Marruecos]]></category>
		<category><![CDATA[Marrakech]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">El irremediable bullicio callejero, el machacante sonido de los claxon en continua busca de ser el más evidente, las constantes súplicas de los pedigüeños, surgidos de las más profundas cloacas de la Medina. La incesante insistencia de improvisados guías sobre el camino a seguir, el agrio olor de las calles, el acoso continuo de sedentarios comerciantes, el inquietante aspecto de los callejones, el indescifrable humo de puestos de comida y motocicletas, la presencia innegable de ambulantes vendedores de cabras. El recelo constante, la camaradería excesiva, el polvo aturdidor, las miradas esquivas… Las rutas salvajes y sus mundos quedan atrás, todo se nos muestra diáfano. Marca el regreso a la civilización.</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Marrakech">Marrakech</a> ha cambiado mucho en los seis años pasados desde mi anterior viaje. Lo que en aquel momento me fascinó, hoy ha desaparecido. Aquellas pinceladas autóctonas que tanto me enamoraron, se han convertido en fragmentos maquillados de un enorme parque temático que autoparodia a la propia ciudad. Marrakech es ahora el Disneyland del Magreb. Su único objetivo se centra en dar a los turistas low cost cualquier cosa que estos demanden. Espectáculos autóctonos, encantadores de serpientes, bailarinas de una danza del vientre que nunca tuvo tradición aquí y que ha sido importada de otros países, prostitución poco encubierta… Y todo ello, creando una corriente antagónica que no deja de crecer. Cada vez son más los barbudos que se muestran por sus calles. Cada vez más los integristas que no ven con buenos ojos lo que en la ciudad bereber está sucediendo. Y desembocará en algo. Seguro. Los analistas políticos deben haberlo detectado, no quiero dármelas de profeta. Si hay alguna ciudad en el mundo árabe que merezca el castigo de las Sodoma y Gomorra clásicas, estas es Marrakech.</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://4.bp.blogspot.com/_6Oo8aiRcbcs/S18mph00pgI/AAAAAAAABL0/4Wmx2FK9Llo/s1600/10%2BEl%2Bsol%2Bde%2BMarrakech%2Bnos%2Bdespide%2Bblog.jpg" alt="" width="630" height="472" /></p>
<p style="text-align: justify;">Pero sigo a lo mío. Que me desvío y no debo. Quien quiera comer en unas casetas, del estilo de las de la sevillana Feria de Abril, puede pasarse por la antaño espectacular <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Plaza_de_Yamaa_el_Fna">plaza de Djaa El Fna</a>. Allí mismo las encontrará. Quien busque los mil y un “<em>tisoros</em> <em>autínticos</em> de la familia”, los vendedores del zoco se los podrán ofrecer de entre las cientos de miles de piezas fabricadas entre China y la India que, periódicamente, desembarcan desde contenedores o camiones, llegados por las, antaño respetabilísimas, rutas de las especias. Aquel que quiera una pequeña cajita del apreciado azafrán, podrá agenciarse, a muy elevado precio, una coqueta caja repleta de pelo de mazorca de maíz con colorante, sin que ello provoque el menor problema de conciencia en el vendedor. Los legendarios adivinos jugando a la regla del cincuenta por ciento, acabarán por adivinar qué “shokran” ha venido en busca de olvidar su mala suerte en los asuntos del corazón. Y así hasta el infinito. En el mundo de la mentira, del enredo, de la “Katanga”, todo está permitido.</p>
<p style="text-align: justify;">Por suerte, aún quedan espacios en la ciudad donde ver la vida tal y como siempre ha transcurrido. O al menos sin esa pátina comercial que cubre todo lo demás. Lejos de los visitantes. Lejos, claro está, de las zonas “seguras” supervisadas por la temida policía turística. No se pueden permitir el lujo de que nadie amenace a su gallina de los huevos de oro.</p>
<p style="text-align: justify;">Tras dejar mochilas y polvo en nuestro riad, un coqueto establecimiento oculto en un recóndito callejón de la Medina, salimos a dar un paseo. Ente unas cosas y otras, hemos dejado atrás la hora de comer y nuestros estómagos nos demandan atención. A pesar de la advertencia de la madura marroquí que regenta el hotelito, obviamos los restaurantes de fiar y, bajo sorprendente sugerencia de Pablo, nos detenemos ante un grasiento puesto callejero. Entre encantados y sorprendidos de tenernos allí, los dos muchachos que los regentan, nos ofrecen croquetas de sardina con arroz. Nos encaja el precio y comparada con la mugre que hay a su alrededor, hasta nos parecen apetitosas. Uno de ellos sale hasta el vendedor de la otra esquina en busca de cuatro redondos panes y nos los rellenan. Adquirimos, en un cercano puesto, un surtido de aceitunas. Todo ello va a componer el delicioso menú de alto riesgo que estamos dispuestos a engullir. El total del festín asciende a poco más de dos euros. Tampoco se podía pedir mayor aventura a ese precio. Comemos, entre risas, acompañados por las miradas de los lugareños. Bromeamos sobre relampagueantes indisposiciones mientras nos dirigimos caminando hacia el sur de la Medina. Buscamos la gran plaza como ellos la denominan. Cruzamos el zoco y vuelvo a encontrarme con el único establecimiento que llamo mi atención en el anterior viaje; “La Fnac del Zoco”. El resto sigue como entonces. Cientos de miles de cacharros, prendas de vestir, alfombras, bisutería… Y todo en completo desorden. Me siento como en mi estudio y esto me recuerda que debo poner orden apenas vuelva. Por fin la plaza asoma al final de la subida. Lo que veo ya no me gusta, su bullicio ya no es natural. Todo está mucho más ordenado. Los turistas ocupan plazas en todos los alineados puestos que ofrecen la merienda-cena. El suelo está asfaltado. Todo es distinto. Subimos a la terraza de uno de los cafés que la circundan para que mis compañeros disfruten de la vista desde arriba. Un espantoso simulacro de té pagado a precio de oro, es el precio. Rodeados de gentes de todas las nacionalidades imaginables, observo que nada es lo que era. Me entretengo estudiando una posible foto que se ha formado a mi derecha. En tres mesas consecutivas, una árabe, una japonesa y una rubia europea toman té. Me parece curiosa. En cuanto levanto la cámara para conseguir mi Pulitzer, la árabe levanta una poblada ceja, me enseña los dientes y cubre su malcarado gesto con el libro que está leyendo. Entiendo el mensaje, cierro la Olympus y me quedo con las ganas. Al rato descendemos. Nos acercamos a “Les Jardins de la Koutoubia”, un cinco estrellas donde hemos quedado con Esther y “Moustache”. Tomaremos una copa y nos despediremos. Ellos se marchan mañana mismo. Regresan a “nuestro” desierto, a “nuestras” montañas, a “nuestra” aventura, a “nuestros” sueños…</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://4.bp.blogspot.com/_6Oo8aiRcbcs/S18mTkaIXsI/AAAAAAAABLs/Il2oI9NVbfo/s1600/10%2BViendo%2Bpasar%2Bla%2Bvida%2Bblog.jpg" alt="" width="472" height="630" /></p>
<p style="text-align: justify;">El hotel tiene todo lo inimaginable para satisfacer a – casi &#8211; cualquier cliente. Nos cuentan que a ochenta euros la noche, puedes disfrutar de una habitación doble en este lugar. Como los vuelos tampoco son caros, el que más y el que menos, puede montarse un fin de semana romántico para impresionar a su pareja o a su&#8230; Los vemos. A ambos tipos. A cien millas se les reconoce. Menudas pintas. Y los del inserso, que también vienen. Con el mismo rollo que a Benidorm o a Guadalest pero con moros. Y entiendo el cambio de la ciudad, que a la postre, no es más que el cambio del mundo. Pero, me quiero morir.</p>
<p style="text-align: justify;">Al día siguiente, seguimos con la visita. Mis compañeros quieren comprobar las famosas bondades de Marrakech. Tras otra visita al zoco, algunos palacios y el mercado de las especias, donde me aprovisiono para mis experimentos culinarios, nos dirigimos al cementerio judío. De camino, en uno de los callejones adyacentes, un pequeño de tres o cuatro años llama mi atención. Las niñas que le acompañan me cuentan que se llama Suleiman. Le pido una foto y accede. No sabe bien de qué se trata. Cuando se la muestro en la cámara digital, Suleiman se reconoce por la sudadera. No olvidaré su cara de asombro. Jamás se había visto. La señala, mira su sudadera, busca mi asentimiento. Le digo que sí, que es él. Alucina. Y yo con él. Es un descubrimiento. Debemos continuar. Nos sigue. A mí. Quiere volver a verse. Se la muestro. Así hasta cuatro veces. Después, sonriendo, nos deja marchar. Pero parte de él se viene conmigo. En mi corazón.</p>
<p style="text-align: justify;">Visitamos el cementerio judío. Hay unos tipos a la puerta que nos comentan que mantienen el cementerio. Visto lo visto, no se aplican demasiado. Nos dicen que a la salida deberemos ofrecer una cantidad como donativo. Asentimos. Es un gran espacio al aire libre. Resulta curioso ver esas tumbas. Las diferencias con las bereberes. Estos simplemente colocan una piedra sobre la tumba. Indican que no debe cavarse debajo, por higiene, por  prevención. En cambio los judíos &#8211; como los musulmanes o los cristianos &#8211; concedemos excesiva solemnidad a la muerte. Lógico si aceptamos que es parte de la estrategia para seguir viviendo, y muy bien, de esta pamplina. La visita dura apenas media hora y a la salida el tipo y sus amigos nos esperan. Como soy el que chapurreo francés, mis compañeros me dejan negociar. Le doy cincuenta dírhams – cinco euros – y me mira con mala cara. “¿Por los cuatro?” pregunta. Asiento con la cabeza. Me dice que los que acaban de salir le han dado eso mismo por persona. Le pido un recibo o justificante, me dice que no lo tiene. Insiste en que le dé algo más, le digo que tal vez la policía turística pueda informarnos de cual es la cuota adecuada. Le convenzo. Me da una palmada en la espalda y me lanza un improperio en árabe, pero como no lo entiendo, me resbala.</p>
<p style="text-align: justify;">Regresamos al riad. Tomamos ducha y cervezas. No por ese orden. Las cervezas en compañía, la ducha en solitario. Decidimos que como es la última noche, vamos a darnos un homenaje. Dani consulta las guías y elige un restaurante “Tai-Marroquí”. No sabemos qué puede salir de este mestizaje, pero no tenemos nada que perder. Está cerca de la gran plaza y, caminando, lo encontramos enseguida. Al entrar quedamos impresionados, decoración y camareras están a la altura esperada. También los precios. Bueno, estos algo más. Esperamos que la comida haga juego. Yo me arriesgo con los platos decorados con tres guindillas, mis compañeros con algo menos. Comeyogures que son. Bebemos Casablanca, una suave cerveza local de apacible paladar. La cena transcurre tranquila, rememorando lo vivido bajo suave música que un disc jockey brasileño nos ofrece. A nuestro alrededor, ni un solo cliente marroquí. Y mucho pijerío, es cierto. Tras el postre, el susto. La cena nos cuesta casi tanto como toda la comida de los diez anteriores días. Pero ha merecido la pena. Salimos. Un tipo nos ofrece costo. Yo no fumo, pero no me importaría iniciarme aquí. Como recelamos, lo dejamos correr. Y eso que él insiste. Ha estudiado en España y habla bien nuestro idioma. Pero pasamos. Entre unas cosas y otras, con el paseo, en nuestro regreso al riad, nos hemos perdido – culpa mía, que seguro me recriminan si no lo pongo –. Después de caminar sin rumbo en busca de un referente, comenzamos a circunvalar la Medina. La noche es cerrada y sus murallas acogen el sueño de innumerables personas sin techo. Nada de luz, solo la luna. Media, como aquí es preceptivo. Creemos llegar a una de las puertas que nos dará fácil acceso al riad. La cruzamos. Se nos aflojan las piernas. Un descampado rodeado de infectas chabolas. Perros ladrando, caballos campando sueltos a la luz de la luna, prostitutas en espera de clientes con sus chulos acechando y pobreza. Extrema… El lumpen de Marrakech al pleno. Todos los ojos se giran hacia nosotros. Les digo a los míos que sigamos caminando como si nada. Los otros miran sorprendidos. Nadie nos dice ni mu. Hay que estar muy loco o ser de la Interpol para meterse allí a esas horas. Eso nos salva. Y no, no somos de la Interpol. Ya de camino al riad, bromeamos con la cantidad de droga que, temiendo una redada, habrá desfilado por los inodoros esa noche.</p>
<p style="text-align: justify;">Aún nos da tiempo de tomar otra cerveza en lugar seguro y preparar nuestras mochilas. La aventura toca a su fin.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;"><strong><em>Epílogo.</em></strong></p>
<p style="text-align: justify;">Corremos por un zoco sorprendentemente limpio. Vamos a la caza de las últimas compras. Nadie quiere encontrar malas caras al regreso por haber olvidado un souvenir. Miramos a derecha e izquierda a aplicados comerciantes sacando de sus cachivaches, todo el polvo posible. Lo veo y no lo creo. Están limpiando. Siete siglos después. O más. De pronto la calle se estrecha. Hay policía por todas partes. Nos hacen pasar por un estrecho corredor. Solo a los extranjeros. Los del país se quedan. Intentamos averiguar qué sucede pero por toda respuesta nos hacen circular sin detenernos. Observo árabes con indumentarias de los emiratos a la espera. Junto a ellos, bellas mujeres musulmanas, de maquillados rostros y vestuario sobrio pero elegante. No me cuadra. O mejor dicho cuadra demasiado. Como hecho adrede. Frente a nosotros se abre una plaza. Y, en ella, el rodaje de una película. Intento sacar fotos. A través del angular una enorme mano militar me lo impide. Me disculpo. Nos siguen haciendo circular y no consigo más que ver, rodeadas de innumerables árabes, a cuatro occidentales. Vestidas como de colonial. Nada más. Compramos y emprendemos el camino de regreso.</p>
<p style="text-align: justify;">Ya en pleno vuelo, una pequeña noticia, sacada de un periódico en francés, me saca de dudas. Por problemas con la palabra “sexo” en su título, se traslada el rodaje, desde Abu Dhabi a Marrakech, de la segunda parte de “Sexo en Nueva York”. Cierro el diario. Cierro lo ojos y siento que hemos perdido la ocasión de oro para conseguir nuestros quince minutos de fama. Que lo sé seguro, que con tipos como nosotros, estas cuatro pavas hubieran caído.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;">Relato gracias a Melchor Mombo y su <a href="http://melchormombocompany.blogspot.com/">Melchor Mombo CO.</a></p>
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		<title>Morocco’s Dream IX – Apocalypsis Now</title>
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		<pubDate>Tue, 16 Feb 2010 08:07:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Melchor Mombo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Si teníamos la certeza, de que la noche de los muertos vivientes no fue otra que la llegada a Agoudal, es porque no habíamos disfrutado aún de la acogida que el Toubkal, la segunda montaña más alta de África solo por detrás de Kilimanjaro, iba a prodigarnos.</p>
<p style="text-align: justify;">Como con todo, lo mejor [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Si teníamos la certeza, de que la noche de los muertos vivientes no fue otra que la llegada a Agoudal, es porque no habíamos disfrutado aún de la acogida que el <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Monte_Tubqal">Toubkal</a>, la segunda montaña más alta de África solo por detrás de <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Kilimanjaro">Kilimanjaro</a>, iba a prodigarnos.</p>
<p style="text-align: justify;">Como con todo, lo mejor es comenzar por el principio. Despertamos en nuestra kasbah. Nos desperezamos envueltos de la singular escenografía propia de un sultán. El desayuno, esta vez, incluye algo más parecido a la leche de lo habitual. También tortilla bereber, menos “salvaje” de lo previsto, eso sí. La salida del valle del Draa es apacible y el sol calienta de forma moderada. Entre esto y que el viaje ya va tocando su fin, dedicamos parte de la ruta a dormitar apacibles. Cada uno con sus ensoñaciones. Todos con un ojo abierto. Siempre los hay a la caza de una instantánea bastarda para echar risas a costa de la víctima. De nuevo vamos a atravesar el Atlas. Más de mil kilómetros al sur de donde lo hicimos a la ida. En el <a href="http://ketari.nirudia.com/113">Tizin Tichka </a>nos desviamos hacia el <a href="http://www.ismalar.org/mapas/mapa.php?id=17">Lago Ifni</a>, es la cara sur del Toubkal, la no explotada, la virgen. Al otro lado hay tenderetes de refrescos, bereberes vendiendo falsos fósiles y enormes minerales rellenos de espectaculares gemas de resina. También están la mayor parte de los escenarios naturales de “Babel”, la película que perpetraron, a medias, Iñarritu y Arriaga. La que supuso su divorcio artístico. Pero ya digo, todo eso es al otro lado. Este es otro mundo. Solo la Naturaleza y la lucha del hombre por sobrevivir con ella, jamás en su contra. Los grupos tribales de esta zona, son menos belicosos, y sus mujeres, curiosamente solo ellas, muestran unos rasgos con ligeros toques asiáticos y piel bastante blanca. Unido ello a las formas de las edificaciones y la orografía que nos circunda, en muchos momentos nos parece estar en Nepal.</p>
<p style="text-align: justify;"><img class="aligncenter" src="http://2.bp.blogspot.com/_6Oo8aiRcbcs/S1b2dyZCblI/AAAAAAAABLc/vkKKQb27XmY/s1600/09%2BHuyendo%2Btras%2Bsu%2Bfechor%C3%ADa%2Bblog.jpg" alt="" width="472" height="630" /></p>
<p style="text-align: justify;">Esa noche dormiremos en una Gite d’Etape en Ifroutine. Pero este es el plan inicial y, como acostumbra, nuestro guía busca sorprendernos y, además, el destino tiene su propia baza en esta partida. Hemos llegado a este pueblo situado en las estribaciones del Toubkal bastante pronto y “Moustache”, nos pregunta socarrón si queremos “rock duro”. No lo dudamos mucho. Más bien nada. “Claro que sí” es la respuesta entre risas. Compramos una pata de cabra para colaborar en la cena y reemprendemos la marcha. La excitación nos invade cuando emprendemos el ascenso por un camino que cabras que apenas tiene la anchura suficiente para atrapar nuestro vehículo. En algún momento nos cruzamos con lugareños a pie. Y tienen que, literalmente, colgarse del barranco para dejarnos paso. Pienso en lo que puede ocurrir si nos encontramos con un vehículo de cara. Me giro a comentarlo jocoso con mis compañeros y, antes de que pueda soltar palabra, sus rostros sorprendidos me llevan a volverme rápido a mi espalda. Frente a nosotros, amenazador, un desvencijado camión, cargado de indistinguibles bereberes y cabras, nos cierra el paso. A nuestra izquierda una montaña casi cortada a pico, a nuestra derecha una caída de dos o trescientos metros, junto a nuestra nuez un par de testículos. Solo nosotros mudamos el rostro. Entre el acongojo y la curiosidad por saber como vamos a hacer, vivimos. No hay problema. El camión retrocede, ayudado por las indicaciones de todos los bereberes que han descendido de la caja, hasta llegar a un poste de la luz que, hormigonado, se sostiene en un ligero alero sobre la caída. Se sitúa sobre su soporte con parte de su trasera flotando sobre el precipicio. Comienzo a entender porque todos han descendido. “Moustache” coloca el todoterreno casi en vertical, dos de las ruedas se apoyan sobre la pared y, con mucha precaución, pasamos. Todo son saludos y beneplácitos. Ellos siguen su camino con las satisfechas cabras, nosotros ponemos rumbo a una meta que, cada vez más, aparece nítida en el horizonte.</p>
<p style="text-align: justify;">A trompicones, avanzamos. Sin quejas de las ruedas, y no les faltan motivos. Arracimadas en verticales laderas, grupos de casas contemplan nuestro paso. Observo lo inhóspito del lugar, la dificultad de vivir en un territorio como este, y no deja de admirarme la resistencia de estas gentes a abandonarlo. Otros, con mucho menos, se hubiesen rendido y lo habrían dejado correr.</p>
<p style="text-align: justify;"><img class="aligncenter" src="http://2.bp.blogspot.com/_6Oo8aiRcbcs/S1b2HTPE-_I/AAAAAAAABLU/Pf_qe56aJXA/s1600/09%2BImprescindible%2Bel%2Bcombustible%2Bpara%2Bcalentarse%2Bblog.jpg" alt="" width="472" height="630" /></p>
<p style="text-align: justify;">Por fin nuestro destino, más que nada, porque se acaba la pista. Veremos como damos la vuelta. Descendemos del auto. Nos estiramos. Nos observan como observaban los indios a los conquistadores extremeños. Nuestras barbas nos llevan a asemejarnos a éstos. Somos más pacíficos. “Moustache” pregunta en bereber a una muchacha. El hombre que podía alojarnos no está en el pueblo. No acertamos a averiguar mucho más. Decidimos dar la vuelta, pero nos ofrecen alojamiento. Es la casa de un bereber que vive en Francia y su hermano nos la cede. El precio a convenir. ¡Katanga! Miramos al tipo con un ojo entornado. Accedemos. La visitamos. Tiene una pila con agua, un agujero en el suelo y un salón con mullidas alfombras de ácaros en el que, bien organizados, cabemos los seis. Además hay una gran terraza con vistas al valle. Sin pensarlo mucho, nos lo quedamos. Nos ofrecen té para cerrar el trato. Sin cacahuetes. No debe ser costumbre aquí.</p>
<p style="text-align: justify;">Todavía faltan algunas horas para que anochezca y decido dar un paseo. Dani me acompaña. Después se nos une Pablo. Recorremos el pueblo. Chicas muy jóvenes, aunque por su vestimenta y la mugre sean difíciles de descifrar, trasladan grandes haces de leña de un lado a otro. Es el combustible. Eso y la comida diaria son las únicas preocupaciones que atender. Una de ellas, la que nos ha informado acerca del hombre de nuestro primer alojamiento, deja el haz en su casa y nos sigue. Me giro a mirarla, la saludo con un “Bonjour” y le muestro la cámara. Niega con su cabeza y se tapa con la mano. Bajo la cámara y me sonríe. De seguido, saca unas nueces de su bolsillo, coge una piedra y parte la cáscara de una de ellas. Me la ofrece. La tomo y le doy las gracias. Sonríe. Seguimos caminando y sigue tras nuestros pasos. La miramos. Vuelve a sonreir y a romper otra nuez. Me la ofrece y sonríe de nuevo. Dani bromea sobre que, tal vez, bajo la mugre hay una belleza dispuesta a darnos un masaje bereber. Y es cierto, no es fea la muchacha. Damos unos pasos y ella hace lo mismo. Así hasta que llegamos a la casa de nuevo. Entramos. Se queda en la puerta. Los comentarios jocosos acerca de mi capacidad de seducción no se hacen esperar. Dani mira por la ventana y la chica está allí, esperando, no sabemos bien qué. Hay más chanzas sobre el asunto. Dejamos pasar media hora en la que sacamos lo necesario de nuestros equipajes. Envío a Dani a averiguar si “mi novia” sigue allí. “Se ha marchado”, me dice y volvemos a la calle para proseguir nuestro paseo. No hay mucho más que hacer en este lugar. Durante la caminata, creemos averiguar que el nombre de la aldea es Tigdal. No estamos seguros. Respiramos el aire puro de estos tres mil metros de altura. Alguien sigue nuestros pasos. Ya no es la muchacha. El relevo lo han tomado las niñas del pueblo. Levanto la cámara y me dicen que no con gestos y en tamazight, su idioma. Levanto la mano disculpándome y continuamos. Vamos hasta la base del Toubkal. Es el primer cuatro mil que veo. No me parece tan impresionante. Desde allí, tocar la cumbre, es un paseo de un par de horas. No presenta demasiadas dificultades por esa cara y tenemos muchos metros avanzados. Regresamos charlando. Las niñas siguen al acecho. Comienza un juego del gato y el ratón. Se acercan y corren en cuanto alzo la cámara. Lo hacen falsamente despavoridas, gritando y riendo de forma encantadora. Así se repite varias veces durante nuestro paseo hasta que, sorprendentemente, las cazo. Huyen como alma que lleva el diablo esta vez maldiciéndonos mucho más en serio y lanzándonos piedras. Aguerridas estas bereberes. Mientras, los niños del pueblo, miran, indiferentes, a sus coetáneas. Ellos juegan al futbol con una desgastada pelota al borde del precipicio. Aún tenemos tiempo de hacer un rondo con ellos. Definitivamente, el fútbol une.</p>
<p style="text-align: justify;"><img class="aligncenter" src="http://3.bp.blogspot.com/_6Oo8aiRcbcs/S1b1slp89fI/AAAAAAAABLM/MI-vSSqhhys/s1600/09%2BSiempre%2Bentre%2Bla%2Bcuriosidad%2By%2Bel%2Btemor%2Bblog.jpg" alt="" width="472" height="630" /></p>
<p style="text-align: justify;">La noche cae. Todo queda a oscuras. Literalmente. No hay ni una pizca de luz. Y en silencio. Absoluto. No hay nadie en el exterior. La vida acaba en Tigdal de forma tan sencilla como se inicia. Sol y luna marcan de forma ineludible los ritmos. Pero nosotros no estamos para poesía. Nos hemos topado de bruces con un serio problema; asar la cabra. No hay cocina, no hay cachivaches para cocinar, no hay condimentos., no hay nada de nada… La solución, mis tres acompañantes. Son de la generación de los jóvenes castores y coleccionaban sus libritos. Los observo asombrado. Con golpes y patadas de karate, David destroza unas cajas de fruta, de esas de madera barata, que encontramos en un rincón de la casa. Pablo coge la bandeja del té que nos han servido y la usa como plancha. Y con su multiusos suiza, Dani destroza la cabra. Veinte minutos después, las irregulares porciones de carne humean sobre la bandeja. Unas medio crudas, otras medio quemadas, sin sal ni especias, Somos los cromañones de la vieja Europa. Degustamos el manjar bañándolo con escocés barato. Un whisky cuyos efectos potencia la altura, y que llevan a “Moustache” a mostrarnos lo mejor de su repertorio. Es tan brutal la actuación que le proponemos un debut oficial con abundante público. Lo dejamos para cuando nos visite.</p>
<p style="text-align: justify;">Ya de madrugada, acurrucados unos contra otros en busca de calor, oímos el viento ulular a través de las mal encajadas ventanas. Y este me susurra al oído que la aventura está a punto de llegar a su fin.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: justify;">﻿</p>
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		<title>Morocco’s Dream VIII &#8211; En busca del príncipe de las mil y una noches</title>
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		<pubDate>Tue, 09 Feb 2010 11:13:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Melchor Mombo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Solo quedan dos más. No sufráis. Marruecos (2009).</p>
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<p style="text-align: justify;">Muy cerca de Rissani, existe una kasbah, una de tantas que mantienen su inmutable forma desde hace más de un milenio. Con la única y anacrónica presencia de diminutos contadores de luz incrustados en sus paredes de barro, el resto de los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Solo quedan dos más. No sufráis. Marruecos (2009).</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;">Muy cerca de Rissani, existe una <a href="http://en.wikipedia.org/wiki/Kasbah">kasbah</a>, una de tantas que mantienen su inmutable forma desde hace más de un milenio. Con la única y anacrónica presencia de diminutos contadores de luz incrustados en sus paredes de barro, el resto de los elementos que la componen retiene ese aroma arcaico que nos hace dudar, si hasta allí hemos llegado aprovechando las virtudes de una máquina del tiempo. La kasbah se nos muestra como una ciudadela amurallada que engloba un grupo de recónditas viviendas. La muralla perimetral tiene diversas puertas que se cierran por las noches y que, hasta hace bien poco, seguían vigiladas por celosos guardianes. Atravesando una de sus puertas, encontramos, en un laberíntico juego de corredores, un mundo cerrado entre rústicas paredes que, de forma impensable, aíslan sobremanera del excesivo calor exterior. Sus habitantes, aunque amables, son recelosos de cualquier elemento ajeno a la comunidad. Por supuesto intentan evitar, incluso con amenazadores gritos, que la cámara fotográfica recoja cualquier pincelada, por ínfima que sea, de su particular mundo.</p>
<p style="text-align: justify;">A la salida de la visita, y mientras montamos en nuestro vehículo, otro todoterreno, se detiene a nuestro lado. Diversas europeas salen de su interior y pasean risas y cuchicheos por los alrededores de la kasbah. “Moustache” reconoce a su chófer y se acerca a saludarlo. Es Hassan, uno de los tres Hassan que nuestro guía utiliza, como ocasionales conductores, cuando los grupos que debe acompañar son demasiado numerosos. Hassan se acerca a nosotros y nos tiende su mano. Es un bereber fashion. Su ropa, su cuidado corte de pelo, sus patillas afiladas y su perilla testimonial lo sitúan a mitad camino de un Cristiano Ronaldo del Atlas y el Omar Sharif de Lawrence de Arabia. Nos cuenta de su viaje y ríe las chanzas de “Moustache”. Mientras departimos, una de las chicas, desafortunada en el reparto universal de belleza, se le acerca con mirada lánguida y poco creíble aire seductor. Le pregunta una tontería arqueológica, pura excusa, y con la respuesta, más o menos inventada de Hassan, regresa junto a sus amigas pavoneándose de forma escandalosa. El bereber nos guiña un ojo. – <em>Is</em> mi novia. – nos dice. “Moustache” niega con la cabeza y le pregunta &#8211; ¿Pero a ti te gusta, Hassan? – Su respuesta es más que contundente – <em>Is mijor qui</em> cabra. &#8211; Reímos una maldad que esconde, tras ella, toda una filosofía de vida. Recuerdo entonces a la danesa del colmado – toda una belleza con poco que ver con esta chica salvo en su historia –. Pienso en la extrema situación que está viviendo por amor &#8211; el de ella hacia su bereber, porque lo que ella recibe poco o nada tiene que ver con este sentimiento -, y ya en ruta, iniciamos una conversación que derivará en afirmaciones delirantes, esas que esconden una realidad irrefutable; son numerosísimas las occidentales que, bajo una tapadera sociocultural, planean sus viajes a estos países en busca de un turismo sexual que se ofrece de forma encubierta bajo el sugerente epígrafe de “Las Mil y Una Noches”. Y no son pocos los chascos que se llevan. Entre otras cosas, porque en la cultura de estas gentes, el placer de la mujer es algo totalmente prescindible, con lo cual los breves encuentros sexuales dejan a más de una, con apenas quince segundos, a la “Luna de Valencia”.</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://1.bp.blogspot.com/_6Oo8aiRcbcs/S1SSMzLn8kI/AAAAAAAABLE/HFcjdsMvLUk/s1600/08%2BDeliciosos%2Bson%2Blos%2Bd%C3%A1tiles%2Bque%2Badquirimos%2Ba%2Beste%2Bvendedor%2Bambulante.jpg" alt="" width="354" height="472" /></p>
<p style="text-align: justify;">“Moustache” nos habla entonces de su libro online; “Las chicas Shokran” que – inserto publicitario – puede también comprarse físicamente a través de Internet. Dani se muestra muy puesto en la materia. Al parecer, durante la preparación del viaje, su documentación ha incluido leer este material. Esther nos explica que fue ella quien le dio el título definitivo después de ver, literalmente, a una española deshacerse lanzándole mil y un “Shokran” – gracias en árabe – por cualquier nimiedad a su “novio” local. Nuestro guía nos habla de ejemplos conocidos por él. Nos cuenta que ha prohibido a sus chóferes tener relaciones sexuales con las clientas y que, si bien esto le trae más de una réplica por parte de alguna “Shokran”, no es menos cierto que cuando alguna consigue su propósito, le crea un conflicto de dimensiones bíblicas que amenaza con dinamitar la estabilidad del grupo. Las “shokran” tienen la filosofía de la integración, de creer que han llegado al paraíso y que allí serán aceptadas como una más. Estas son las de convicción. Después están las que tan solo buscan echarse algo a los labios – sí, a esos &#8211; y que en su país de origen lo tienen algo crudo. “Es posible con tipos tan guapos como nosotros” comenta uno de los viajeros, del que silenciaré su nombre por si su chica se le ocurre leerme. Éstas, para mí, son falsas “Shokran”, pero al final también computan en las estadísticas. “Moustache” no conoce un solo caso que haya finalizado bien. Hasta donde él sabe, en sus veinticinco años de vida en el país, todos estos encuentros interraciales han hecho pala. “Cuando te casas con un marroquí, te casas con toda su familia”, nos comenta. “Y esto, a veces, es un engorro” añado yo. Todas piensan que su “Moha” es diferente. Cuando los ven melancólicos mirando al infinito – “<em>Istoy</em> con <em>diprisión, mi</em> voy a suicidar al <em>disierto</em>” &#8211; cuando les susurran todo lo que ellas quieren oír al oído – “yo no soy como los otros moritos” &#8211; , cuando las embarcan en aventuras económicas insospechadas – “<em>Is</em> un buen <em>nigocio</em>, poco <em>diniro</em> para <em>Ispanya</em>” -, en esos momentos, ninguna cree que ella pueda ser la siguiente víctima. Pero ocurre. Hay chicas que piden préstamos y se sumergen en sus trabajos para pagarlos religiosamente, mientras sus “novios” lucen el todoterreno nuevo que se han comprado e invitan a fiestas a todos sus amigos, con el dinero para ese terreno en el que iban a construir sus sueños. A una en concreto, le sacó sesenta mil euros para un albergue que nunca se puso en marcha. Nos hablan del amigo de un amigo, un adolescente que se lió con una chica belga. Nos explica que la famosa chica belga en cuestión, se vino a vivir al desierto, totalmente integrada, sí, pero una “chica belga” que ya vivió la guerra del catorce. Eso sí, entonces aún no pesaba los ciento setenta kilos que luce en la actualidad. Lo más hiriente es que en este caso, ella sabe muy bien que el muchacho solo quiere la nacionalidad, pero no está dispuesta a casarse y tan solo usa al chaval para su satisfacción sexual. A algunos les sale el tiro por la culata. Nos cuentan la historia de una brasileña de piel blanca y cabello rubio que tuvo una hija con un marroquí. Fue el momento en que todo cambió, se rompió el sueño y ella quiso huir. Se marchó, sí, pero sin la niña. Después de diversos chantajes y mucho dinero en danza, la única forma de recuperarla, fue a través de una operación militar llevada a cabo por mercenarios de su país. O la francesa que se quedó con el albergue de su marido pues resistió más que él, otra que se salió con la suya, y aún hoy, se “calza” todo aquello que se mueve por su radio de acción. Eso sí, en cualquier lugar del albergue menos en la cocina, ya que bajo la arena de ésta se encuentra el bereber enterrado y no es cuestión de soliviantar espíritus astados. Nos dicen que en las letras de los tribales cánticos, aquellos que al son del tambor y los crótalos, lanzan los bereberes en las fiestas que preparan para turistas, se incluyen frases como “mira que tetas tiene la del suéter rojo” o “está noche me paso por la piedra a las dos gemelas francesas”. Y se quedan tan panchos los tíos, mientras ellas, imbuidas por el espíritu del desierto, danzan frenéticas creyendo haber encontrado aquel paraíso del que habló John Milton… Lo dejo aquí, que cada una de estas historias, podría dar para un best-seller o miniserie de Antena 3, tan en boga ambas cosas entre las aventureras de pantuflas y ganchillo.</p>
<p style="text-align: justify;">Aunque pendiente de la conversación, no he dejado de disfrutar del paisaje por el que circulamos. El Draa es un espectacular y fértil valle con más de doscientos kilómetros de palmeral. Las gentes de esta zona, de piel más oscura que los bereberes de las montañas, basan su potente economía en el dátil. Dátil que será, única y exclusivamente, para consumo nacional. Cuando los probamos, entendemos porqué. Nada que ver con los provenientes de Túnez que consumimos en España. U eso que los que nosotros degustamos ni se acercan en calidad a los que, en el mercado, se cotizan a sesenta euros el kilo.</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://3.bp.blogspot.com/_6Oo8aiRcbcs/S1SR6t6iyWI/AAAAAAAABK8/4g9nmU_JGeM/s1600/08%2BKasbah.jpg" alt="" width="354" height="472" /></p>
<p style="text-align: justify;">Oculto por tantas palmeras, <a href="http://www.saharayatlas.com/kasbahtamnougaltnew.htm">Tamnoungalt</a> surge de pronto. Tamnoungalt es una concentración de kasbahs de diversas épocas que se ha convertido en escenario perfecto para muchas superproducciones americanas. La que pasaremos la noche, es del siglo XVI. A nuestra llegada al lugar, bajo la mirada poco atenta del maestro del pueblo, los niños juegan con centenares de paneles de corcho blanco. Es una imagen insólita y por momentos tenemos la sensación de que está nevando. Pronto averiguamos que se trata de los restos del rodaje de “Prince of Persia” que ha tenido lugar allí mismo durante varios días. Para mí desgracia, ha finalizado esa misma tarde y solo podemos ver algunos de los “props” utilizados. Me queda el consuelo de poder contar que, esa noche, dormiré en la misma habitación que hasta la víspera, ha ocupado Ben Kingsley. Otro calvo notable.</p>
<p style="text-align: justify;">Después de una reparadora ducha, lujo oriental comparado con lo vivido en lo que llevamos de viaje, visitamos una kasbah cercana. De la misma época que la que nos aloja, pero muchísimo más deteriorada, tiene el encanto de haber sido el escenario principal de “La Pasión de Cristo” la polémica cinta que dirigió Mel Gibson. Aunque el tiempo ha hecho mella en mi memoria, al recorrer el lugar, son diversas las escenas que acuden a mi mente. Es un espacio lleno de sugestión y no me extraña que el equipo del australiano se decidiera por él. En el exterior, “Moustache” nos espera junto al dueño de la edificación, Hassan – otro – se llama. Un tipo que gana buen dinero con su propiedad pero que, tal y como se maneja, tiene pinta de estar matando a su gallina de los huevos de oro.</p>
<p style="text-align: justify;">Ha caído la noche y mientras mis compañeros están de charla, subo hasta la terraza de la kasbah. Allí, enfundado en un chándal del Real Madrid, está Omar. Viendo ese escudo, no sé que hace un valencianista como yo dándole conversación. Pero es amable, poco prepotente y trabaja en el cine, en producción. Ya me tiene enganchado. Me cuenta mil y una historias, debe haber participado en todos los rodajes que en los últimos veinte años se han llevado a cabo en Marruecos. Es evidente que las facilidades que los reyes alauitas dan a los occidentales para rodar allí, y que ningún otro país del mundo árabe consiente, han creado una pequeña industria y proporcionan fuertes ingresos en forma de royalties. Omar me explica como emborrachó con dos cajas de vino a todos cuantos aparecen como integristas exaltados, en una de las escenas más conocidas de “Black Hawk derribado”, y como fue felicitado por ello por Ridley Scott. Mantiene una gran relación con el director inglés y me cuenta que hasta en cinco ocasiones ha rodado allí, y que en todas ellas él ha participado. Me habla de las noches fumando hachís discretamente, junto a Viggo Mortensen durante el rodaje de “Océanos de fuego (Hidalgo)”, o como todo el equipo de “Red de mentiras” fue a visitar el nacimiento de su primer hijo a un pequeño pueblo del desierto cercano a Merzouga. También me comenta que tiene un perro en casa que recogió Leonardo DiCaprio y se lo dio a él en custodia. Dice que le sigue mandando dinero para su mantenimiento… Al poco no sé cuanto hay de realidad y cuanto de ficción en su relato, pero bajo la estrellada noche de Tamnoungalt, y envuelto de ondulantes palmeras, soy capaz de creer que la maquinaria de los sueños, lleva días en marcha ofreciéndome una gran película que nunca voy a olvidar.</p>
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		<title>Morocco’s Dream VII &#8211; El día de los rituales</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Feb 2010 18:40:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Melchor Mombo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Africa]]></category>
		<category><![CDATA[Marruecos]]></category>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">El silencio sobrevuela la coqueta casa de estilo bereber. No intuyo vida a mi alrededor, salvo quizás por alguno solitario ronquido de traducción imposible y sentido impenetrable. Clarea el día y yo ya estoy en marcha. Tomo el libro que llevo en danza, la cámara y mi ropa. Salgo al patio. Me acabo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">El silencio sobrevuela la coqueta casa de estilo bereber. No intuyo vida a mi alrededor, salvo quizás por alguno solitario ronquido de traducción imposible y sentido impenetrable. Clarea el día y yo ya estoy en marcha. Tomo el libro que llevo en danza, la cámara y mi ropa. Salgo al patio. Me acabo de vestir al aire libre. Es fresco. Nada que ver con lo que uno imagina cuando piensa en un día en el desierto. Mientras acabo, decido qué voy a hacer. No sé porqué pierdo el tiempo, lo tengo más que claro.</p>
<p style="text-align: justify;">En pocos minutos la casa queda atrás en las afueras de un dormido Hassie Labied que atravieso al paso. El oasis me separa de las dunas pero daré un rodeo para evitar distracciones. Voy a disfrutar del amanecer. Quiero ver nacer el sol desde Erg Chebbi. Me gustará como ilumina paulatinamente el vecino país antes de acariciarme con su calor.</p>
<p style="text-align: justify;">Camino sin prisas, hay tiempo esta vez. Tomo una curiosa foto de la luna envuelta por palmeras. Dos francesas me adelantan. Me miran sorprendidas. Me envían un matutino saludo. Lo devuelvo. ¿Dónde queda aquello de más solo que en el desierto?</p>
<p style="text-align: justify;">Sigo adelante. Sin prisa. Todavía no despunta. La arena está fría, mucho más que la tarde anterior. Observo numerosas huellas. Recientes y menos. Cicatrices del fin de un modo de vida. Vehículos 4&#215;4, motos de cilindrada media, quaks, camellos con turistas, turistas sin camellos, falsos tuaregs, chicas Shokran – estas tendrán su propio capítulo &#8211; … Han convertido las dunas marroquís en su zona de ocio, en su parque temático. Los pequeños pueblos de los alrededores tienen como única ocupación el turismo, y el dinero que éste deja, es suficiente para tapar cualquier exceso. Incluso la muerte de algunos niños del pueblo, atropellados por descerebrados. Los más habituales, españoles. Turistas y descerebrados, digo. Todos conocemos de estos. Desde hace un tiempo, los niños ricos, han cambiado La Mancha de sus padres por este paradisíaco espacio. Aquí llevan a cabo sus partys, sus caprichos, sus locuras. Creen que es el cortijo propio y en él se sienten los amos del mundo. Piensan, no sin cierto fundamento, que con dinero todo está permitido, todo está pagado. Y todo esto trae cambios. Y se pierden matices. En especial para los que queremos que las cosas perduren. Y es triste. A lo mejor me equivoco, y somos pocos los que así soñamos. Igual este es el futuro de todo. Incluso de estos países. Si es así, que no me esperen en él.</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://2.bp.blogspot.com/_6Oo8aiRcbcs/S0d3_VhHzsI/AAAAAAAABJ0/8e4Q6ag_ED0/s1600/07%2BMujeres%2Bbeduinas.jpg" alt="" width="630" height="472" /></p>
<p style="text-align: justify;">Radiales rayos de sol me devuelven a las dunas. Apenas asoman, la arena toma de nuevo ese tono dorado que tanto disfruto. En pocos minutos el calor vuelve a picar. Me sobra el anorak. Lo anudo a mi cintura. Momentos únicos, para vivirlos. Fascinado, emprendo en regreso. Decido, ahora sí, cruzar por el oasis y aprovechar para verlo. Lejos de lo que imaginaba, las palmeras ocultan un entramado de acequias que surten de agua – escasa en mi visita – a las parceladas zonas de cultivo. Las gentes de Hassie Labied las aprovechan para autoabastecerse de productos básicos. Ni jaimas adornadas con sedas, ni orondas odaliscas de danza del vientre, ni aguerridos beduinos tomando el té. Un fondón Totti me saca de mis pensamientos mientras realiza sus ejercicios matutinos. Me saluda con un “bonjour”. Parpadeo un par de veces antes de darme cuenta de que no se trata de uno de los recurrentes espejismos de estas tierras. Un francés, con la camiseta “azzurra” y el nombre de Toti en la espalda, hace footing por las dunas. No puedo creerlo. Niego un par de veces con la cabeza antes regresar a la casa.</p>
<p style="text-align: justify;">Hay vida. Algunos se desperezan, otros toman el matutino sol sentados junto a la puerta de entrada, los más preparan el desayuno. Y yo traigo hambre de lobo. Más de una hora pateando ayuda. Falta leche y me ofrezco voluntario para ir a comprar. No está lejos el colmado y muy fácil lo localizo. Conforme me acerco, una espigada joven de espléndida cabellera roja, me hace señales desde la puerta. No puedo creerlo. Ajusto mi pajarita, aliso mi esmoquin y camino hacia ella con aires de galán. Según me aproximo, compruebo que no se dirigía a mí, sino que colocaba un etéreo pañuelo de gasa sobre su cabeza. Eso sí, lo vi bien. Es pelirroja como los tulipanes, alta, casi tanto como yo, y blanca, bastante más que la leche que he ido a buscar. Además, lleva amarrado a su espalda un niño, un pequeño magrebí. Monta en una desvencijada bicicleta y con una sonrisa de desmayo &#8211; el mío, no el suyo – me da los buenos días en francés y sale dando elegantes pedaladas con sus eternas piernas. Regreso con la leche y el cotilleo. Quiero conocer su identidad. Esther me informa. Se trata de una danesa que intenta abrir un albergue con su pareja marroquí. Parece que se han quedado sin dinero y no les llega para acabarlo. Están en un momento crítico y viviendo en precario. Es un ejemplo perfecto de “Chica Shokran”. De nuevo este concepto cuya explicación, prometo no demorar.</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://2.bp.blogspot.com/_6Oo8aiRcbcs/S0d2R6dNuPI/AAAAAAAABJs/x8vSSFsvDy4/s1600/07%2BMercado%2Ben%2BRissani.jpg" alt="" width="630" height="472" /></p>
<p style="text-align: justify;">Tras el desayuno nos encaminamos a <a href="http://www.guiarte.com/destinos/africa/poblacion_marruecos_rissani.html">Rissani</a>. Hay antojo de paella – me han lanzado el guante y lo he aceptado sin dudar &#8211; y vamos a la improbable busca de los ingredientes. También sardinas, es otro antojo. Comer sardinas y paella de pollo en el desierto. Menudo festín. Menudos pirados. Rissani es el enclave por la que los alauitas, antepasados del actual monarca, entraron en el país desde el desierto. Ello la convierte en una ciudad especial. Su mercado es inenarrable. Las telarañas componen enormes velos que separan espacios sin que nadie se moleste en adecentar el lugar. Seguramente porque a nadie debe parecerle mal la compañía de los arácnidos. Sanguinolentos pedazos de carne se muestran desperdigados por encima de los mostradores a la espera de los voluntariosos compradores. Pieles e carnero, pedazos de grasa, especias, dátiles, productos de limpieza y unos baratos juguetes que se muestran fuera de lugar, son parte del atrezzo. Las verduras, de no demasiado buen aspecto, se amontonan de forma desordenada a diestra y siniestra. Mujeres beduinas envueltas en negros velos, muestran solo sus ojos, su ojo o incluso ningún ojo, mientras llenan sus anacrónicos capazos de provisiones. Impresiona verlas, sobre todo en grupo. En uno de nuestros vaivenes, nos cruzamos con varias de ella. Unos almendrados ojos de color aceituna cruzan su mirada con la mía. Hacía varios siglos que no veía nada tan seductor. Un espacio abierto, cerca del mercado, se convierte en la zona de compraventa de animales. Hay turistas allí. Un grupo de ingleses que observan curiosos las transacciones, con una monótona banda sonora de balidos. De nuevo en un espacio cubierto, bañados por aleatorios rayos de sol que atraviesan un tejado, de desvencijadas planchas de corroído metal, doscientos ojos, desde cien amontonadas cabezas de carnero me miran sin ninguna curiosidad. Yo si la tengo, y algo de aprensión. La mirada del tendero y sus acompañantes y, sobre todo, las disuasorias palabras de un chaval que nos acompaña, borran de mi cabeza la idea de lanzar la anhelada foto. Es de premio pero me la pierdo. Salimos con un pollo de sospechoso color, unas judías verdes, unos maltratados tomates y algo parecido a unos pimientos. Serán los ingredientes con los que elaboraré la paella.</p>
<p style="text-align: justify;">Hacer una paella con hojas de palmera como combustible y un intermitente viento del desierto que arrastra pequeñas ráfagas de arena, no deja de ser una proeza. La falta de algunos de los ingredientes habituales, no ayuda. La actitud cervecera acaba por hacer que el experimento sea casi un desastre. De sabor aceptable, atacar primero las sardinas, deja demasiado tiempo de reposo al arroz. Aún así, mis compañeros y nuestros anfitriones son gente educada y acaban absolutamente con todo. Raspas de sardinas incluidas.</p>
<p style="text-align: justify;">Esa tarde, en ruta hacia Khamilia nos detenemos en Merzouga. Desde el interior del coche “Moustache” llama al barbero local. Trabaja con una sospechosa navaja en el interior de un reducido establecimiento y le responde indiferente. “Moustache” desciende del vehículo y es entonces cuando el marroquí le reconoce. – Creí <em>qui</em> <em>iras</em> un moro <em>dil</em> mierda. – Ríe el estilista. &#8211; Vamos a Khamilia. A ver a los negros. – responde nuestro guía. Se saludan efusivamente e intercambian algunas palabras en bereber. Nuevo saludo y “Moustache” regresa a bordo. La noche está cayendo y la curiosidad aumenta. Me apetece mucho conocer este pueblo compuesto, íntegramente, por descendientes de los esclavos sudaneses que los árabes trajeron en su invasión del país. La villa está oscura cuando llegamos. No hay nadie en las calles. Me siento algo decepcionado. “Moustache” no se inmuta. Aparca junto a una jaima donde una española, acompañada por su guitarra y por un tipo de aspecto alternativo, canta canción protesta. Un espigado negro sale a saludar. Una breve conversación y nuestro guía nos hace gestos para que nos acerquemos. Entramos en una de las casas. Es pequeña y con un amplio interior. El espacio está cubierto de alfombras y sus paredes tapizadas de pinturas de aire naif. Representan músicos en plena actuación. Nos descalzamos, nos sentamos en el suelo. La muchacha de la jaima – apenas una niña – y el tipo de la entrada nos sirven té y cacahuetes. Nos miramos sin saber qué va a ocurrir. De pronto, siete u ocho africanos de largo talle y completamente vestidos de blanco se deslizan al interior. Tambores, crótalos y panderos comienzan a sonar por sorpresa. Es el atronador inicio del espectáculo. Estamos boquiabiertos. El espacio magnifica el sonido. Durante cerca de una hora tocarán y bailarán para nosotros. También nos harán bailar con ellos. De pie ya no los veo tan altos, ni tan delgados, pero aún así, impresionan, que yo aún recuerdo las caras de Michael Caine y Stanley Baker en Zulú. La muchacha se muestra completamente integrada, debe vivir allí, con alguno de aquellos sudaneses. Lo que no sé que pinta es el “gato de porcelana” que la acompaña. Cuando comento, en tono jocoso, que he hallado mi lugar en el mundo, me responde que no lo diga ni en broma, que aquel es el lugar, que engancha.</p>
<p style="text-align: justify;">A una señal del guía, acaba la fiesta. Los negros dejan de tocar. Lógico, se van los espectadores. Compramos uno de sus CD y “Moustache” nos sugiere que les demos cien dírhams – diez euros – por el té y la actuación. De regreso pregunto a nuestro guía porque era tan reacio a ir a Khamilia, a mi me ha parecido un momento mágico. Me contesta que hacía algunos años que no pasaba por allí. Desde hace un tiempo, autobuses de turistas domingueros, se detienen en este lugar. No buscan lo que nosotros hemos disfrutado, y mucho, hace un instante. Quieren diversión a costa de estas gentes. Y ese espectáculo, pagado con pocos euros, incluye ver a los negros cantar y bailar, entre otras, la incatalogable “Macarena”.</p>
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		<title>Morocco’s Dream VI &#8211; El país del fin del mundo</title>
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		<pubDate>Fri, 29 Jan 2010 11:00:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Melchor Mombo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Marruecos]]></category>
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<p>Más de mis aventuras (y de los muchachos).</p>
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<p style="display: inline !important;">Marruecos (2009).</p>
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<p style="text-align: justify;">Agoudal nos despide con la imagen de Joan. De pie, ante su sueño, rodeado de barro y piedras, de cables, tubos, paja, varillas de hierro y herramientas… Atrapado por encofrados, ventanas y puertas talladas con rico artesonado y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em> </em></p>
<p><em>Más de mis aventuras (y de los muchachos).</em></p>
<p><em><span style="font-style: normal;"><em> </em></span></em></p>
<p><em><em> </em></em></p>
<p><em><em> </em></p>
<p><em></p>
<p style="display: inline !important;">Marruecos (2009).</p>
<p></em></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-style: normal;">Agoudal nos despide con la imagen de Joan. De pie, ante su sueño, rodeado de barro y piedras, de cables, tubos, paja, varillas de hierro y herramientas… Atrapado por encofrados, ventanas y puertas talladas con rico artesonado y todavía sin colocar… Hipotecado por la ilusión, por una utopía con visos de tardar en realizarse, por el empecinamiento de los justos… Algo recorre nuestras entrañas mientras el auto da marcha atrás para salir del recinto. Su figura se va empequeñeciendo paulatinamente. Nos sentimos a bordo de uno de esos “Black Hawk” que deja atrás sin remedio, a un marine desafortunado. Pero nos vamos como Mc Arthur, con la promesa de volver para la inauguración de un albergue que, a poco que la suerte le acompañe, las guías de viaje catalogarán de “lugar con encanto”.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-style: normal;">No es solo la alargada sombra de Joan lo que dejamos atrás. Agoudal nos ha dado mucho y ahora queda ahí, a nuestra espalda, austera, orgullosa, ruda y pese a todo… Me permito un flash-back, ligero. La tarde anterior, convertidos en auténticos flautistas de Hamelín, hemos recorrido sus callejas y plazoletas acompañados de las risas, la emoción, la excitación incluso, de pequeños bereberes que seguían nuestros pasos como única actividad lúdica del semestre. Algunos me han reconocido por la visita a la escuela. Incluso pese a no llevar las oscuras gafas de sol y el pañuelo protector anudado a la cabeza. Ello ha creado cierta complicidad, y ahora, todos quieren formar parte de mi aventura. Hemos compartido mil y una fotos. Nos han acosado con preguntas hasta la extenuación. Hemos reído con ellos. Nos han emocionado sus inocentes rostros. Y como no, nos han tomado el pelo… Incluso con esto, han sido instantes muy especiales.</span></p>
<p style="text-align: center;"><span style="font-style: normal;"><img class="aligncenter" src="http://4.bp.blogspot.com/_6Oo8aiRcbcs/Szsxh0LL22I/AAAAAAAABJc/1Nq3Zddc3_Q/s1600/06%2BLa%2Binmensidad%2Bdel%2Bdesierto.jpg" alt="" width="472" height="354" /></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-style: normal;">“Le dimanche à Bamako c’est le jour de les mariages”. Nuestra canción de guerra me saca del lugar en que me ha metido esta avalancha de recuerdos imperecederos. Amadou &amp; Mariam, los populares músicos de Mali, la entonan. El todoterreno rueda sobre pistas imposibles en busca de nuestro próximo destino. Ni siquiera la rugosidad de la orografía hace saltar el drivepen que contiene la música que nos acompaña. Tras kilómetros de vertiginoso descenso sobre las nubes, atravesamos el Atlas a través de unas angostas gargantas. Pregunto si son las del Todra o el Dades inicialmente previstas. “Moustache”, por detrás de su eterno cigarrillo, masculla que no. No acabo de entender bien el nombre de éstas. No me importa. No necesita nombre algo que evidencia tanta belleza. Las recorremos a distintas alturas. En su parte baja, el río, escueto, culebrea por el fondo del estrecho valle. Las frondosas palmeras no nos dejan apenas vislumbrarlo. Las construcciones combinan sin pudor épocas y estilos. Los nuevos ricos, los Marroquís que viven en Europa, se construyen espantosas casas de ínfulas elegantes – más o menos como pasa aquí -, junto a ellas, las tradicionales edificaciones, más humildes pero también más atractivas, sirven de contrapunto a este paisaje ecléctico. No mucho más allá, colgando de paredes cortadas a pico, construcciones trogloditas contemplan impasibles al paso del tiempo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-style: normal;">Con mayor celeridad de la imaginada, estamos al otro lado. Hacemos un alto en una ciudad mediana para comprar provisiones. Son las puertas del desierto. No del desierto clásico, aquel que conocemos por películas y tebeos, sino de la Hamada. Desaparecida la civilización salvo por escasas salpicaduras aquí y allá, desaparecida la vegetación, sustituida por matojos secos y algún grupúsculo de palmeras en busca del agua revitalizadora, un antiguo fuerte de la Legión francesa, nos abre paso a un pedregal oscuro y áspero que se convierte en el mejor aliado de los dedicados al recauchutaje de ruedas. Muchos kilómetros más allá, Merzouga nos recibe con el mejor de los despliegues. Pronto nos damos cuenta de que tanto honor no es para nosotros. El rey está a punto de llegar. Intentamos huir lo más rápido posible del lugar pero todas las salidas están cortadas. Lo que me repatea hacer con el “campechano”, voy a tener que tragármelo, bien masticadito, con el monarca alauita. Cubriendo todo el recorrido, policías y militares se alternan a una distancia de poco más de cinco o seis metros. En carretera también, pero allí, para ahorrar efectivos, “solo” cada cincuenta metros. Un rápido cálculo. Hay cuarenta militares ocupados por cada kilómetro que Mohammed VI vaya a recorrer. Otro alarde.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-style: normal;">Aguardamos tomando una Coca-Cola dulzona y no muy fría, mientras observamos el entusiasmo de los lugareños. Lanzamos algunas fotos, pero la mirada de acero que un policía me envía, me lleva a responder manos en alto y con un gutural gritito de “Presse, Presse!”. Oculto mi cámara con rapidez. La velocidad del paso de la comitiva deja a la de Mr. Marshall en mantillas. Nadie ve a un monarca que, a ochenta kilómetros por hora y tras unos cristales ahumados, se le supone saludando a su pueblo. Y después de esto, nadie se mueve. ¿Qué ocurre? ¿Por qué no se largan y nos dejan seguir? En pocos instantes lo entiendo. Un nuevo paso del convoy, esta vez en dirección opuesta a la anterior, da por finalizada la visita real. Todo vuelve a adquirir cierta normalidad. Policías y militares relajan sus tensos músculos. Los Walkie-Talkies dejan paso a tazas de té. Jóvenes prostitutas pasean su mercancía sin mostrarla demasiado. De vestir moderado para un occidental, no consiguen evitar que hombres y mujeres tradicionales, cuchicheen a su paso. Siguen el despliegue pues saben que ahí hay negocio seguro. La ciudad recobra su pulso tras la aceleración provocada por el evento.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-style: normal;">Salimos de Merzouga en dirección a Hassie Labied. Es el pueblo donde tienen su hogar Esther y “Moustache”. La Hamada se hace interminable a la espera de las dunas. No sé mis compañeros, pero para mí, y pese a pecar de turista dominguero, este viaje cobrará todo su sentido visitando ese lugar. Hay pocas zonas de dunas en Marruecos, algo más de doscientos kilómetros cuadrados. Una ínfima porción del total. Aunque ocupen solo el treinta por ciento del Sáhara, conociendo que ese total son nueve millones de kilómetros cuadrados, la arena abarca una extensión que equivale a cinco Españas.</span></p>
<p style="text-align: center;"><span style="font-style: normal;"><img class="aligncenter" src="http://2.bp.blogspot.com/_6Oo8aiRcbcs/SzsxSp1iIEI/AAAAAAAABJU/UtpKW4C9pQU/s1600/06%2BEsperando%2Bal%2Brey.jpg" alt="" width="354" height="472" /></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-style: normal;">De la nada, al fondo, extrañas montañas siluetean el horizonte. Su color es muy peculiar. Alejadas del gris marengo que muestran las que hasta ese momento nos envuelven, lucen un amarillo intenso de dorados reflejos que el sol se encarga de remarcar. Conforme nos vamos acercando, comprobamos que se trata de las esperadas dunas. De alturas desiguales &#8211; algunas alcanzan hasta los cien metros – componen un festival de olas de polvo de sinuosas formas. Aquella imagen es apabullante. Mucho más cuando, poco después, detenemos el coche junto a ellas. El fin de la hamada y el inicio de las dunas está tan claramente delimitado, que alguien comenta jocoso que, por las mañanas, una brigada de limpieza local, se dedica a barrer la arena para que no sobrepase su delimitada frontera. “Moustache” nos dice que elijamos un lugar, no hay apenas viento y comeremos allí mismo. Mientras preparan el picnic caminamos por la arena. No tiene nada que ver con la que conocemos de nuestras playas. Es mucho más fina, te deslizas sobre ella. Además, a pesar del sol, está fría. Las ligeras ráfagas de viento, la cambian constantemente de sitio sin darle tiempo a que se caliente. No sé como será durante el verano, pero imagino que poco o nada debe cambiar.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-style: normal;">Finalizada la comida, Esther y “Moustache” nos proponen que, mientras ellos se adecentan un poco tras tantos días en estado semisalvaje, realicemos una pequeña excursión. Nos señalan el punto más alto de las dunas. Nos indican que, tal y como está el cielo, límpido y sin apenas nubes, desde allí tenemos una espectacular puesta de sol. Nos aconsejan que caminemos sobre las crestas pues así nos será más fácil alcanzar la cumbre. Tenemos una media hora a buen paso y unos cuarenta y cinco minutos hasta que el astro rey se oculte. Vamos con ventaja. Ellos nos esperarán en casa, han decidido que ya no somos solo clientes sino amigos y, si queremos, nos olvidaremos del albergue por esa noche y nos alojaremos en su hogar. Nos parece una gran idea. Dos grandes ideas si contamos la del paseo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-style: normal;">Cogemos lo imprescindible y nos ponemos en marcha. Dani y yo en cabeza. Pablo y David, detrás. La cresta de las dunas es dura y no es difícil caminar por ella, pero en algún momento, se alejan tanto de nuestro destino, que decidimos acortar. Subiendo por las laderas, la arena está suelta y los pies se hunden por completo. Es más difícil avanzar, mucho más. Y aunque nos permite acortar metros, comenzamos a pensar que no es lo más aconsejable. No dejamos de charlar de lo que está suponiendo la experiencia. No dejamos de hacerlo y comenzamos a resoplar. Veinte minutos después, los rezagados nos han alcanzado, comenzamos a notar la asfixia en nuestros pulmones. En especial yo. Estoy fundido. Ya no soy ningún jovenzuelo y arrastrar mis, incluida la mochila, casi cien kilos cuesta arriba, supone un gran esfuerzo. Poco a poco, comienzo a hacer la goma. Me quedo, les alcanzo, me vuelvo a quedar, les alcanzo de nuevo. Tampoco su grupo es tan compacto. David, que se pasa los días luciendo tipo en la piscina y es el que en mejor forma aparenta estar, se destaca en cabeza. Pablo y Dani le siguen de cerca. Pero ya nadie habla. Solo se oye resoplar. Y algún exabrupto. Éstos cuando das un paso y te deslizas tres metros hacia atrás por efecto de la arena. No hacemos más que patear y la cumbre aparece cada vez más lejana. El sol se está acercando peligrosamente a las montañas y dentro de poco será de noche. Seguimos. Sudamos. Maldecimos. Las bocas se secan. Bebemos. Nos refresca y nos alivia de la carga en las mochilas. David corona. Cae derrengado. Dani y Pablo le siguen de cerca pero el último tramo esta siendo infernal. Yo estoy a cincuenta metros, pero parecen quinientas millas. Me dejo caer y provoco la instantánea de la subida. Dani capta mi imagen “Platoon” y después mi “muerte” en el desierto. Recobro el aliento mientras recojo arena en un pequeño tarro para las peticiones. Creo que puedo llegar. Dani y Pablo también están ya arriba. Subo los últimos metros con más cabeza. Ya no me empeño en correr sino en asegurar pie. Un esfuerzo más. Escupo arena. Un escarabajo pasa a mi lado y acierto a ver como sonríe el muy cabrón. Por fin les alcanzo. Los cuatro disfrutamos en silencio de la caída del sol. A nuestra espalda, Argelia, frente a nosotros, el Edén. El momento es más íntimo que espectacular. Cada uno tiene sus dedicatorias privadas. Son solo unos gloriosos minutos. Un placer reservado a privilegiados. Pero no está todo ahí. Aún queda una parte. Divertida. Nos descalzamos para emprender el descenso. Jamás había experimentado esa sensación. Lanzas el cuerpo atrás y te dejas llevar. Tus piernas se hunden hasta más allá de las rodillas y lo que en subida han supuesto muchos minutos, en bajada son apenas segundos. La sensación es difícil de transmitir. Al pie de las dunas, junto al oasis que protege el pueblo, cuatro españolas están siendo fotografiadas por su guía. Nos saludan, les respondemos. Coquetas, intentan entablar contacto y nuestra escasa respuesta, acaba con todas las posibilidades de que estropeemos el día.</span></p>
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		<title>Morocco’s Dream V &#8211; El país del fin del mundo</title>
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		<pubDate>Tue, 26 Jan 2010 09:10:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Melchor Mombo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Africa]]></category>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">La quinta de las entregas. Así como sin querer, voy sumando páginas. Igual al final tengo algo que se parece a un libro.</p>
<p style="text-align: justify;">Marruecos (2009).</p>
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<p style="text-align: justify;">Amanece. O casi, porque todavía no asoma el sol. David abre un ojo, me ve vestir, resignado niega con la cabeza, lanza un “buenos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><em>La quinta de las entregas. Así como sin querer, voy sumando páginas. Igual al final tengo algo que se parece a un libro.</em></p>
<p style="text-align: justify;">Marruecos (2009).</p>
<p style="text-align: justify;"><strong><em> </em></strong></p>
<p style="text-align: justify;">Amanece. O casi, porque todavía no asoma el sol. David abre un ojo, me ve vestir, resignado niega con la cabeza, lanza un “buenos días” y se da media vuelta ocultando bien en el saco su espléndida cabellera &#8211; el temor, casi perpetuo, de que los piojos tomen posesión de ella, lo tiene obsesionado. Problema de menos que tengo yo -. Duerme de nuevo cuando me deslizo fuera de la habitación. De hecho todos lo hacen. Solo Ibrahim y su leve cojera, producto de una polio infantil, preparan el día que se anuncia. Le saludo y salgo. Un frío viento que corta mi rostro me recibe. El silencio sobrevuela el pueblo. Camino por las polvorientas calles. Me siento Ramón Lobo en los dominios pashtún. Como se asemeja este lugar a lo que de Afganistán he visto a través de documentales o reportajes periodísticos. Lanzo fotos por doquier. Busco en vano gente que las anime. El adobe, presente en todas las construcciones, acaba por ser en exceso monótono. Solo un desvencijado rótulo de Coca-Cola rompe el cromatismo reinante. Consigue hacerme pensar si, con su omnipresencia, no será esta empresa la mejor tapadera de la CIA.</p>
<p style="text-align: justify;">Observo las construcciones. Es curioso el cambio de estilo entre las que vimos en el anterior valle y estas. Donde allí la piedra era el material básico, aquí lo es el barro. Y aunque las edificaciones tienen una apariencia similar, son muchas las pequeñas diferencias que lucen. En los próximos días comprobaré como, curiosamente, la arquitectura de los Ait Haddidou, tiene más puntos en contacto con la de los pueblos del desierto que con la del resto de tribus de estas montañas.</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://4.bp.blogspot.com/_6Oo8aiRcbcs/SzHi_RrTKAI/AAAAAAAABIM/pDIgNcIc1y4/s1600/05%2BSalam%2BMesi%C3%A9.jpg" alt="" width="354" height="472" /></p>
<p style="text-align: justify;">Los lugareños comienzan a asomar su perfil a la helada mañana. Cabizbajos, los hombres arrastran aburridos animales de un lugar a otro. Encorvadas mujeres trasladan grandes costales de leña sobre su espalda hasta sus hogares, buscan calor para la próxima noche. Todo es muy sencillo aquí. La vida en si, aunque dura, carece de la menor complicación. Una vez calientes y alimentados, se acabaron las obligaciones del día. Uno puede sentarse al calor del sol a esperar que caiga la noche observando a los otros deambular de un lado a otro en sus quehaceres cotidianos. Todo el mundo me saluda. Obviando a Joan, debo ser lo más extraño que han visto en el último año. Veo niños. Algunos. Seguro que anoche también había. El síndrome “muertos vivientes” no nos dejó comprobarlo. Un par de chavales me lanzan una sonrisa sincera. El mayor me espeta “A l’école”. Asiento con la cabeza. Les inmortalizo con mi cámara con sus mochilas a cuestas y enfundados en roídos gabanes. Como en un flash, pasa por mi cabeza acompañarlos. “Je peux aller avec vous?” sale de mis labios en un hosco francés. Ambos se miran, ríen y asienten. Nos ponemos en marcha. No está lejos me dicen. Ya me conozco yo esto. Para mi sorpresa, no lo está. Diez minutos después, en las afueras del pueblo, nos topamos con las austeras construcciones que componen su escuela. Varios barracones de material moderno y forma rectangular se sitúan en el interior de un vallado alrededor de un patio de piedras. Somos los primeros. Es temprano. He acudido con los más madrugadores. En breve van acudiendo el resto. Todos a mi alrededor me miran. “Menudo tipo raro”, pensarán. Les pido permiso para hacerles fotos. Algunos aceptan. Otros no. En especial las niñas. Y aunque no se apartan cuando las lanzo a sus amigos, cubren su rostro con las manos pesando que de esa forma van a volatilizarse. En las paredes exteriores de las aulas aparecen, pintados de forma muy rústica, algunos personajes Disney. En toscos bocadillos que salen de sus bocas, dicen en francés a los niños que no tengan miedo, que son muy gentiles. Imagino el temor reverencial que, entre las gentes, ha tenido la aparición de la escuela en el pueblo. No debe hacer mucho que estos niños gozan de este privilegio. Nos sentamos a la espera de los profesores. Los niños siguen llegando y pronto son más de veinte los que me rodean. Les muestro algunos de los dibujos que he realizado en estos días de viaje. Rápidamente me piden que plasme a Mickey Mouse. Por cierto que no es ese el nombre por el que aquí le conocen. Como no acabo de entender bien su pronunciación, consigo que todos se refieran a él como <a href="http://es.disney.wikia.com/wiki/Mortimer_Mouse">Mortimer Mouse</a>, tal y como Disney quiso bautizarlo. Dibujo y dibujo en cuadernos, pizarras u hojas sueltas. Ríen y comparten sus risas conmigo. Me enseñan sus libros y cuando espero encontrar árabe o francés, me sorprendo viendo que muchos de ellos están escritos en bereber. Me alegra ver que de algún modo recuperan lo que es suyo, su cultura, su lengua. Es un paso para construir. A pesar de los árabes. Una de los chicas, atrevida, me pregunta por mi novia. Les enseño fotos. Muy galantes, me dicen lo guapa que ella es. No es nada nuevo. Un pequeño, de apenas cinco o seis años, me enseña la portada de uno de sus libritos. Bajo un título en francés, una chica toma el sol vestida con shorts y camiseta de tirantes. Él zagal me dice que es su novia. Asiento con la cabeza pero no parece suficiente. Para confirmármelo restriega el cuaderno por sus genitales en un gesto obsceno. Todos ríen su atrevimiento de forma escandalosa. De pronto hay silencio, llega la maestra. Se despiden de mí y corren hacia la puerta del aula. Me acerco. Saludo a aquella joven que cubre sus negros cabellos con un pañuelo. Charlamos brevemente. Me dice que se encarga de los de tercer año. Está claro que nada tiene que ver con nuestro sistema. Me comenta lo que cuesta escolarizar a aquellas gentes. Los chicos muy pronto han de hacerse cargo de los modestos rebaños familiares. A las chicas, con no demasiados años, se les encontrará un marido que se las lleve y alivie un poco la carga familiar. El grado de analfabetismo sigue siendo extremo en esas tierras. Le comento que me parece muy bien la recuperación escrita del bereber. Sonríe pero se le nota incómoda. Es posible que, aunque joven y más moderna que las demás mujeres del lugar, ya haya hablado demasiado tiempo con un desconocido. Lo intuyo, la saludo amable y salgo de allí. El pequeño al que había acompañado viene en mi busca. Me da las gracias por el Mickey dibujado, &#8211; realmente, falto de memoria, le he sacado mayor parecido a <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/S%C3%BAper_Rat%C3%B3n">Super Ratón</a> -. Camino de regreso al albergue los pensamientos se agolpan en mi cabeza. Estos minutos con los niños me llenan mucho. Me siento muy vivo. Reconozco que para mí, son mucho más satisfactorios que la visión de los grandiosos paisajes que estamos recorriendo.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando llego a la casa de Ibrahim todos están ya en marcha. Aprovecho que el desayuno no está todavía listo para acudir a la ducha del patio y sacarme algo de polvo de encima. Mi paseo exterior, con toalla y anorak como única indumentaria, ofrece a mis compañeros de fatigas una de las instantáneas del viaje. Un “robado“ que si no acaba de portada de Interviu, solo será por falta de visión comercial de sus responsables. Tras la ducha, desayuno. Al tradicional café (¿?) con leche (¿?), tortas y té, se une la tortilla bereber. No es muy distinta a la francesa. Tan solo dejan el huevo más crudo y añaden pimienta, comino y minúsculas porciones de pimiento rojo que le dan una textura y sabor especiales. Comemos en abundancia pues tenemos una pequeña marcha a través un pedregal hasta alcanzar la gruta de Akhiam. La sonrisa de Joan aparece tras la ventanilla de un auto. Confirmamos el pedido para la noche y salimos.</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://2.bp.blogspot.com/_6Oo8aiRcbcs/SzHitCZChmI/AAAAAAAABIE/CT9wczNdFlM/s1600/05%2BEl%2Borgullo%2Bde%2Blos%2BAit%2BHaddidou.jpg" alt="" width="472" height="354" /></p>
<p style="text-align: justify;">Haremos la primera parte del recorrido en el todoterreno. Salimos de Agoudal. La pista desaparece y parece que improvisemos la ruta. En pocos kilómetros, el paisaje se va volviendo lunar. Los escasos arbustos que hasta ahora habíamos visto, van desapareciendo. Aquí y allá salpican matorrales, nos convence de que no hemos cambiado de planeta. A nuestro paso por solitarias y paupérrimas casas, los niños nos saludan. Corren junto al coche agitando sus brazos en señal de bienvenida. Respondemos alzando la mano y con el corazón encogido. Duele que nuestra simple presencia provoque la felicidad a estas gentes de extrema pobreza. Pequeños de cabellos embadurnados con henna, apartan piedras de la ruta y extienden su mano en busca de algunos dírhams. Miro a “Moustache” de reojo. Permanece impasible. Hago como él. Saludo, sonrío y, para evitar las heridas, cubro mi corazón con una resistente cota de malla de aparente indiferencia.</p>
<p style="text-align: justify;">Nos detenemos. De allí al final iremos a pie. El paisaje es grandioso. Las erosionadas rocas toman caprichosas formas. En muchos momentos me siento en una de aquellas películas que <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/John_Ford_(director_de_cine)">John Ford</a> rodara en el “Monument Valley”. Solo faltan Cochise y los suyos. Tras cuatro o cinco kilómetro de marcha, llegamos a la gruta. Es lugar de peregrinación pues la leyenda le atribuye poderes sobre la fecundidad. Me preocupo. Ya tengo dos cachorros y no sabría explicar un tercer embarazo. Me dicen que solo afecta a las féminas. Respiro aliviado. El lugar de las ofrendas nos lo confirma. Parece que ha habido allí un concierto de Miguel Bosé. Sujetadores y bragas de todos los estilos y tamaños forman una montaña de lencería femenina que pide a gritos una renovación estética. Nos internamos más en la gruta. El lugar es increíble. Paradójicamente y con mi claustrofobia a cuestas, solo pido que sigamos más y más hacia el corazón de la Tierra. Pasamos media hora en la oscuridad entre bromas y prudencia. Más tarde, ya en el exterior, disfrutamos de la monumentalidad del lugar.</p>
<p style="text-align: justify;">Comemos de regreso, en una verde llanura rodeada de ásperos roquedales. Es el único lugar con agua que hemos visto a lo largo del día. Durante los meses de verano, allí se instalan, con sus rebaños de camellos y cabras, los nómadas del desierto. Una pena perderse el espectáculo. Debe merecer y mucho la pena. Al imperceptible olor de las sardinas en aceite un par de jóvenes pastores desciende desde las alturas. Uno de ellos se muestra muy locuaz y nos reímos un rato con él. El otro, su hermano mayor, mucho más primitivo, se convertirá en el primer modelo de una improvisada campaña de publicidad que vamos a montar alrededor del sempiterno bote de ajos. Les damos la comida que nos queda. Todo. Excepto los ajos. No encontraremos por aquí. Quedan contentos. También nosotros. Mañana llegamos al pueblo de los guías y podremos comprar provisiones en la cercana <a href="http://www.guiarte.com/destinos/africa/poblacion_marruecos_rissani.html">Rissani</a>.</p>
<p style="text-align: justify;">De regreso a <a href="http://www.filmaffinity.com/es/film679123.html">Fort Apache</a>, nos detenemos en una solitaria casa que, con un improvisado rótulo sobre la pared, se anuncia como albergue. Sillas y una mesa de plástico, borran el encanto que ofrece una jaima situada a modo de reclamo junto a la casa. Pedimos té. El muchacho lo prepara. Nos lo sirve con el acompañamiento de cacahuetes asados. Charlamos un rato con él y disfrutamos de las vistas. Desde esa ladera, se ve hermoso el valle. Al otro lado, las cabras hacen equilibrios por lugares insólitos y sin la aparente presencia de los pastores. A mi lado, veo a Dani sonreír. Miro el entorno e imagino la maldad. No hemos visto en todo el día un alma – descontando los pastores &#8211; ¿qué criterios de marketing han llevado a aquel muchacho a abrir su establecimiento en un lugar por el que, tal vez en semanas, no pase nadie?</p>
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		<title>Morocco’s Dream IV &#8211; El resignado hombre de Agoudal</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Jan 2010 10:55:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Melchor Mombo</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Abandonamos el valle. Las mochilas enfundadas en grandes sacos negros de basura. Augurio de que las pistas que vamos a recorrer ofrecerán más polvo que oro. Lo comprobaremos y de forma escandalosa a lo largo del día. Nos despedimos de Zaouia Ahensal y atravesamos un cercano mercado ambulante. Es el día de negocios bereberes. También la jornada en que un funcionario se acerca para gestionar cualquier trámite burocrático desde el único despacho oficial del valle. Gallos y cabras campan a sus anchas y no sé bien como los reconocerán sus dueños más tarde. Mi escasa pasión por los bichos me lleva a ser poco fisonomista con ellos. Al atravesar un pequeño puente quedamos bloqueados. Debemos esperar a que el chófer retire un ornamentado Chevrolet de la Gran Guerra para seguir adelante. A lomos de una mula, un tipo nos adelanta por la derecha. Compra acciones de la Standard Oil de forma descompasada a través de un móvil último modelo, al menos así lo parece por la pasión que invierte en la charla. Y es que todavía no lo he comentado, pero las antenas de telefonía inundan el país. En remotos lugares donde siguen sin tener luz eléctrica y el agua corriente es poco menos que infrecuente, no hay problema alguno en hallar cobertura. Se nos van acabando las excusas sobre porqué no llamamos a casa. Solucionado el tema del bloqueo y tras varios saludos, “salams” y manos al corazón, nos ponemos de nuevo en marcha. Entre mulas y paisanos, avanzamos renqueando. A lo largo del Parque Nacional del Tamga, el recorrido se convierte en una montaña rusa de dimensiones insospechadas. Subimos y bajamos. Bajamos y subimos. Curvas a derecha, más curvas a izquierda. Sorteamos grandes troncos y desmenuzadas rocas, todo caído de forma casual en mitad de las pistas. Cruzamos ríos apacibles y eso mismo es lo que nos lo permite. En época de lluvias, sus torrenciales caudales nos habrían obligado a dar media vuelta y buscar nueva ruta. Encontramos un puente de hierro arrastrado por las aguas que nos obliga a descender hasta el cauce y atravesarlo con el auto. Aunque nos dirigimos a Agoudal, no era este el lugar previsto inicialmente, los accesos a Tougfrine se han visto cortados por desprendimientos e inundaciones y sobre la marcha hemos variado el rumbo.</p>
<p style="text-align: center;"><a href="null"><img class="aligncenter" src="http://1.bp.blogspot.com/_6Oo8aiRcbcs/SyyVkxafsbI/AAAAAAAABHQ/KZh4AdopNB8/s1600/04%2BYo%2Bestuve%2Ben%2BAfganist%C3%A1n.jpg" alt="" width="472" height="354" /></a></p>
<p style="text-align: justify;">“Moustache” ameniza el viaje. Sigue charla que charla. Su faceta de showman, además de la de guía, viene dejando pinceladas sobre el lienzo virgen que es nuestro espíritu desde el primer instante. Ninguno del resto nos quedamos atrás a la hora de las réplicas, convirtiendo la travesía en la combinación perfecta entre una lección de geografía y una delirante escena de los Marx más locuaces. Él se muestra descreído, escéptico, algo desencantado y ligeramente pendenciero. En los próximos días iremos descubriendo que es pura fachada. Que en este hombre, curtido en mil batallas, hay un tipo de los que quieres a tu lado en la trinchera. Según confesión propia, transita por su tercera e intensísima vida. Tengo la repentina necesidad de preguntarle cuanto de gato hay en él. No lo hago. Tras de mí, en el auto, se agazapa Esther. También la observo. Mucho más comedida, risueña y abrumadoramente amable, ella sigue a caballo entre su vida occidental y la llamada de la aventura. Me da a mí que esta última será su opción definitiva. El órgano del amor, corazón para nosotros, hígado para los bereberes, tiene mucho que ver en ello.</p>
<p style="text-align: justify;">Al pie de la Chatedral des Roches descansamos. Es una impresionante mole de piedra con forma de gran construcción en cuya base el amplio, y ahora poco profundo, Assif Melloul serpentea. Respiramos aire puro. Tanto que casi daña los pulmones. Reemprendemos la ruta y muchos kilómetros más allá, comemos el habitual menú de latas de conserva y pan. No es lo que se conoce por un festín pero le damos cierta alegría con un bote de ajos aliñados que cobijaba mi mochila desde casa.</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://2.bp.blogspot.com/_6Oo8aiRcbcs/SyyUUDrfpMI/AAAAAAAABHI/vjoxTYrLa6s/s1600/04%2BLas%2Bsufridas%2Bpostales%2Bdel%2Balbergue%2Bde%2BIbrahim.jpg" alt="" width="480" height="354" /></p>
<p style="text-align: justify;">Esa misma tarde pasamos por Imilchil. Encontramos en este pueblo de considerable tamaño, un impresionante despliegue militar. En todas las mesas de sus cafés y “restaurants”, militares y policías toman té. Aguardan pacientes que, en algún momento insospechado de las próximas semanas, Mohamed VI, el rey, pase por allí. Los hay a cientos, acampados por todas partes y con sus uniformes de gala. Calculo lo que en dírhams supone tal desfachatez faraónica. Apenas nada para las bien nutridas arcas de la corona, es cierto. Banderas del país adornan todas las casas y los lugareños desbrozan carreteras y repintan desconchados a la espera de su monarca. Saben que esta visita puede suponer, por una deferencia real, que las necesidades básicas pendientes, sean cubiertas de forma inmediata.</p>
<p style="text-align: justify;">En ruta, la oscuridad se desliza sobre nuestro vehículo. Se ha convertido en espectral a nuestra llegada a destino. Agoudal pasa por ser el pueblo más alto de la cordillera. Situado a casi dos mil cuatrocientos metros de altura es un lugar poco conocido del Atlas más profundo. Aunque el albergue en el que vamos a alojarnos está a la entrada del pueblo, “Moustache” decide darnos un paseo nocturno por sus callejuelas. Iluminados por los faros del todoterreno encontramos un dantesco espectáculo. Los bereberes del lugar son solo furtivas sombras a nuestro paso. Con sus largas y deshilachadas chilabas, con enormes jerséis, chalecos de camuflaje, chaquetones de pana, gorras, pasminas, o turbantes, cualquier cosa que les ofrezca algo de cobijo, y con todo ello cubierto por el fino polvo del que están compuestas sus calles, asemejan personajes recién salidos de una producción de George A. Romero. Las gentes de Agoudal pasan su tiempo, con los rostros semiocultos para evitar polvo, viento y frío, observando transcurrir la vida sin apenas cruzar palabra entre ellos. Algo de terror si consigue provocarnos el paseo y pensamos en atrancar puertas y ventanas apenas pisemos nuestro Fort Apache particular.</p>
<p style="text-align: justify;">Y allí vive Joan. En Fort Apache. O lo que es lo mismo, en el albergue de Ibrahim del que es reciente socio. Ambos nos esperan sentados junto a la estufa. Con sus anoraks y gorros de lana puestos consumen uno tras otro, cigarrillos de importación. Uno aguarda a sus únicos clientes del día, el otro una charla intrascendente con algún europeo que le permita aflorar “una sonrisa con encanto” que lleva demasiado tiempo inédita. Joan me recuerda a Joe Sacco, el dibujante que ha inventado un género convirtiendo el reportaje periodístico en tebeo. Es de Barcelona &#8211; Joan , no Sacco &#8211; y está allí convencido de acabar con buen tino una deliciosa locura que se inició hace dos años. En un viaje con su pareja, apareció en aquel lugar y decidió construirse su pirámide particular. Está levantando un coqueto albergue para turistas a medias con Ibrahim. El bereber ha puesto el terreno, por algo es uno de los hombres “fuertes” del pueblo, y el catalán ha invertido su vida en la construcción. Pronto descubriremos que no es una metáfora. Que vive al límite de sus fuerzas, y no solo físicas, también psicológicas. Aquello está siendo una prueba de riesgo que ríase usted de los Realitys televisivos.</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://1.bp.blogspot.com/_6Oo8aiRcbcs/SyyTceHJtII/AAAAAAAABHA/LCU5g4rebgw/s1600/04%2BEsperando%2Bla%2Bhora%2Bde%2Bentrar%2Ben%2Bla%2Bescuela.jpg" alt="" width="472" height="354" /></p>
<p style="text-align: justify;">El té, las aceitunas y los cacahuetes asados – espantosa combinación que acaba enganchando &#8211; ya han hecho su habitual aparición sobre la mesa. Sacamos las botellas Mac Gregor – solo Dios sabe en que destilaría ha pasado su infancia &#8211; y pedimos alguna Coca-Cola magrebí. “Moustache” inicia una de sus disertaciones acerca del estilo de vida marroquí y Joan ríe por primera vez en mucho tiempo, mientras asiente con la cabeza a todos los disparates que nuestro guía narra. Junto a nosotros, Ibrahim y uno de sus hermanos, ríen también por afinidad, mientras van acabando de forma poco disimulada con nuestra provisión de whisky. Joan explica que ha tenido que quedarse a vivir allí. Cada vez que regresaba a Barcelona, los albañiles desaparecían de su albergue. Nos narra que algunos de los problemas también han venido dados por haber contratados árabes, algo que no ha hecho demasiada gracia en este pueblo, núcleo duro de los Ait Haddidou. Aún así está esperanzado. En las últimas semanas su hotelito ha experimentado un importante avance y su mujer, desde Barcelona, ya prepara con esmero el desembarco del interiorismo. Seguro que, a poco que se lo trabaje, será un lugar muy cuco. Sobre todo visto el pésimo gusto estético de los marroquíes. Se muestra feliz de tener alguien con quien departir esa noche y nos pide que lo pongamos al día de los sucesos más relevantes de la vieja Europa. Está dispuesto a hacer, el día siguiente, cuatro horas de viaje con el fin de comprarnos cervezas y más whisky para completar el resto de la travesía. Nos parece una idea magnífica. Volveremos con bastante sed después de la excursión prevista.</p>
<p style="text-align: justify;">Cenamos una harira de verduras, y una espléndida Tagine de cordero que nos ha preparado el propio Ibrahim. La verdura está exquisita y si tienes suerte y no te cae de pleno el hueso, el cordero es tierno. El mismo Joan reconoce que esa noche le ha salido más que especial. Y eso que para él, aquello se ha convertido en el monótono menú diario.</p>
<p style="text-align: justify;">Lo olvidaba. El albergue de Ibrahim presenta una gran novedad. Su retrete no es turco sino occidental – lo que ellos llaman wáter inglés –. Mis doloridas rodillas agradecen el respiro.</p>
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		<title>Morocco’s Dream III &#8211; Las tierras de los Amezigh</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Jan 2010 15:36:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Melchor Mombo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">“¡¡¡Allahu Akbar!!! ¡¡¡Allahu Akbar!!!” El canto del muecín nos saca de los brazos de Morfeo. ¡Por Dios o Alá! ¡¡Si solo son las cinco de la mañana!! Parafraseando al gran Obelix “¡¡¡Están locos estos musulmanes!!!”</p>
<p style="text-align: justify;">Los gallos afinan sus gargantas a fin de iniciar su diaria serenata. Los borricos responden en un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">“¡¡¡Allahu Akbar!!! ¡¡¡Allahu Akbar!!!” El canto del muecín nos saca de los brazos de Morfeo. ¡Por Dios o Alá! ¡¡Si solo son las cinco de la mañana!! Parafraseando al gran Obelix “¡¡¡Están locos estos musulmanes!!!”</p>
<p style="text-align: justify;">Los gallos afinan sus gargantas a fin de iniciar su diaria serenata. Los borricos responden en un peculiar intercambio de sonidos ininteligibles. Los pastores llevan sus rebaños de espabiladas cabras y adocenadas ovejas, en busca de pastos que comenzar a rumiar. Poco a poco el valle se despereza y todo aquello que la oscuridad no nos había dejado descubrir a nuestra llegada, se abre ahora a nosotros en todo su esplendor.</p>
<p style="text-align: justify;">Desayunamos. Té, un sospechoso café adornado con leche en polvo y unas aceitosas tortitas que cubrimos con mantequilla o mermelada al gusto. Nos pertrechamos para el día y nos ponemos en marcha. Veinticuatro kilómetros, entre la ida y la vuelta, hasta el nacimiento del Ahensal en el circo del monte Taglia. Es el río que recorre todo el valle. La excursión debe hacerse a pie o en mulo pues no hay paso alguno para vehículos a motor. Elegimos caminar. A eso, entre otras cosas, hemos venido. Botas de trekking y provisiones para el día. Un deslumbrante desfiladero se abre apenas salimos de la aldea y sus escarpadas paredes nos acompañarán todo el camino. En nuestra ruta, nos cruzamos con numerosos paisanos que con ajadas sandalias nos superan a velocidad de vértigo. La importancia de un buen calzado, pensamos.</p>
<p style="text-align: justify;">Avanzamos. Sin prisa pero sin bajar el ritmo impuesto por el que en cada momento está en cabeza. A nuestro paso numerosas aldeas florecen. Dedicadas a las tareas del campo o a la colada semanal, las mujeres bereberes nos saludan. Hay también hombres, pero su interés en el trabajo es mucho menor. Departen entre ellos o directamente ven transcurrir la vida desde esa posición semirecostada tan suya. Hay niños también. Decenas. Se divierten en nuestra compañía. Preguntamos por la escuela. Existe. Un par en todo el valle. No todos acuden a ella. Ya lo vemos. Nos siguen. Más o menos distantes. Algunos en exceso pesados con sus demandas. “Dirham, stilos, bonbon” es la cantinela que se repite de forma machacona hasta llegar a exasperarnos. Comparto algunos de mis lápices con ellos y lamento no haber traído más. Aquí te conviertes en Rey Mago con apenas nada.</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://2.bp.blogspot.com/_6Oo8aiRcbcs/SyIyaWXISrI/AAAAAAAABGc/1mnJgaK2nV4/s1600/03%2BTodos%2Bquieren%2Bpermanecer%2Ben%2Bmi%2Bviaje.jpg" alt="" width="472" height="354" /></p>
<p style="text-align: justify;">Llama la atención que en cada uno de los asentamientos que dejamos atrás, una mezquita de aspecto reciente, se muestra como un elemento extraño entre la arquitectura local. Según parece, los integristas se han empeñado en convertir a todos los bereberes al Islam. Favor por favor. Que el monarca ceda en ciertas cuestiones ante los más radicales permite que estos hagan la vista gruesa ante algunos excesos del incipiente turismo. Sorprende la apatía que muestran los bereberes. De ancestral nombre <a href="http://http://es.wikipedia.org/wiki/Etnia_bereber">Amezigh</a> – hombre libre –, estás gentes son agnósticos por naturaleza. No menos sorprendente es el interés que los musulmanes pueden tener en convertirles a su religión cuando los desprecian sobremanera. Da la sensación de que existe una estrategia para acabar con la cultura de estas gentes y dejar como única opción posible el Islam y su forma de vida. La ausencia de tradición escrita en el mundo bereber puede ayudar a ello. Aunque sus mujeres son grandes narradoras de historias, no parece suficiente para sostener las tradiciones de este pueblo. Aún así, la sensación es la de que tal vez lo consigan con tribus pacíficas como las de estos valles, que tiene cierto interés en igualar su status al de los árabes, pero no lo pasarán nada bien para convertir a rifeños y Ait Haddidou, tribus ambas de tradición mucho más belicosa. Mención aparte merecen los enigmáticos tuaregs. Nunca han vivido en Marruecos, por mucho que los bereberes de las zonas más visitadas por el turismo, se vendan a las mujeres extranjeras como miembros de esa etnia. A los tuaregs se les encuentra en el sur de Argelia y Libia, en Mauritania, Chad, Níger o Mali. La vigilancia de los pozos de agua, el comercio de ganado, en especial camellos, y el contrabando de armas o vehículos robados son sus ocupaciones habituales. Pero me estoy desviando del tema. Solo quería decir que los tuaregs si leen y tienen una tradición escrita.</p>
<p style="text-align: justify;">Mayor aún es mi sorpresa cuando observo que no hay problema en destinar a un muecín a cada una de estas aldeas, con sueldo y vivienda, y en cambio, no hay un solo médico en todo el valle. Cuando pregunto a Esther qué sucede si alguien cae enfermo en este lugar, su melancólica respuesta es el socorrido “Inshallah” – si Dios quiere -. En una tierra en donde las necesidades básicas no están ni de lejos cubiertas, donde la mortalidad infantil sigue siendo mucho más que alta, no tienes en cambio, problema alguno para convertirte al Islam. Está claro que cada uno tiene sus prioridades. Me estremezco cuando me cuentan que hace un par de años, en un pequeño pueblo relativamente cercano a este, una hambruna agravada por el frío, acabó con la vida de cuarenta y dos niños. Nada hubiera pasado si una periodista española no hubiese destapado el escándalo. Tampoco es que las cosas hayan cambiado mucho por ello. Después de expulsarla del país, el gobierno, bajo orden del rey, se vio obligado a indemnizar a las víctimas. Seis mil euros por niño fue el precio. Una cantidad que dejó a los damnificados como unas castañuelas, y a otras gentes del pueblo lamentando no haber perdido a ninguno de sus hijos.</p>
<p style="text-align: justify;">Seguimos nuestra marcha. La pista se convierte en abrupta. Hay incluso un paso que me recuerda aquel del que siempre caía un porteador en una escena que se repetía en todas las películas del glorioso Tarzán de Weissmüller. No cae nadie. Descendemos con precaución de las alturas. Cruzamos el río. Varias veces. En uno y otro sentido. En busca del mejor paso. Baja con escasa agua pero eso no impide que nos mojemos y bien. En cada paso, al menos uno. Mientras maldecimos y hacemos un dobladillo al pantalón, unos paisanos realizan la misma operación dándonos la sensación de que caminan sobre las aguas. Una vez más, quedamos con cara de acelga.</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://3.bp.blogspot.com/_6Oo8aiRcbcs/SyIxDqWoK6I/AAAAAAAABGU/MQQl_kh9lH8/s1600/03%2BEl%2Babrasador%2Bastro%2Bafricano.jpg" alt="" width="354" height="472" /></p>
<p style="text-align: justify;">Más aldeas, más casas aisladas, más pastores, más mujeres con niños a su espalda. La forma de vida no debe haber cambiado gran cosa desde la Edad Media. Cerca ya de destino, en uno de estos asentamientos, sobre una ventana cubierta por una plancha metálica con el signo bereber pintado en ella, encontramos un rótulo que nos indica que aquello es “Chez Mohammed. La boutique”. Es el bar del valle. Con suerte podremos disfrutar de una Coca-Cola del Magreb a temperatura ambiente. No es nuestro día. Mohammed está indispuesto y no ha abierto su establecimiento. Seguimos nuestra ruta con una curiosidad insatisfecha ¿Cómo demonios llega hasta allí el repartidor? Los lugares de interés se suceden. Las cámaras lanzan mil y una fotografías. Existe también una competición interna sobre quién atrapará a quién en el momento más delicado. Hay risas compartidas con sudores. Es noviembre, hace frío, pero el sol quema cuando te encuentra. Me descuelgo un poco del grupo, intento lanzar una fotografía a una niña. Se oculta. No quiere fotos. Miedo tal vez. En mi pésimo francés, le susurro un “tu est une petite très belle”. La hace sonreír. Sonreír y posar. Gané. No lo dudo y saco la foto. Un zagal toma mis gafas de sol y se las coloca vacilando. Le lanzo la instantánea. De repente todos quieren posar y me encuentro más solicitado que <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Annie_Leibovitz">la Leibowitz</a>. Alcanzo al grupo. Les comento jocoso el incidente. El primer temor en aquella pequeña. Esther tuerce el gesto. “Qué ocurre?” pregunto. Las niñas bereberes son presas del “turismo” sexual que adinerados árabes de las ciudades practican en estos primitivos valles. Aunque sé que existen bastardos en todas partes, me cuesta tragar saliva. Pregunto qué es lo que hacen los padres al respecto. La respuesta es tan simple como contundente. Pactar el precio.</p>
<p style="text-align: justify;">A nuestro regreso a la gîte, conocemos por fin a la esposa del dueño. Es una mujer menuda con una tímida sonrisa que no oculta su desajustada dentadura. Se desplaza vivaracha con un pequeño a su espalda. Es el octavo de sus hijos. Por fin un niño. Antes que él, siete jovencitas entre los trece y los dos años corretean por el entorno divertidas de nuestra presencia. Suerte que el tipo por fin colocó la “Y”. El problema es que él no se siente responsable. Son las mujeres las que por dar o no un varón, se convierten en buenas o malas hembras. Siete mujeres son siete quebraderos de cabeza para este hombre. Ha de pactar siete matrimonios de conveniencia. Suerte que, a pesar de todo, por su contacto con extranjeros, es mucho más abierto de miras que la mayoría. Las dos chicas mayores, siguen estudios en la escuela del cercano pueblo y no han tenido que contraer matrimonio como otras preadolescentes del pueblo.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando, con la noche sobre nosotros, por fin nos reencontramos con las “suites”, los colchones modelo “Papel de fumar Bambú” que nos aguardan, nos parecen un lugar en el paraíso muyaidín. Al contrario que la víspera, ya no hay una tormenta de exabruptos sobre el etílico sueño de los franceses. Solo nos dejamos caer, con la vana esperanza de que el muecín sufra un repentino e irremediable ataque de afonía.</p>
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		<title>Moroccos Dream II &#8211; Mi corazón de las tinieblas, ¿estará en el corazón de estos montes?</title>
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		<pubDate>Sun, 03 Jan 2010 11:48:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Melchor Mombo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Viajamos. Hacia el norte. En busca de las primeras estribaciones del Atlas. Es el punto desde el que, alejados de cualquier pincelada de civilización, emprenderemos nuestro verdadera aventura.</p>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Viajamos. Hacia el norte. En busca de las primeras estribaciones del Atlas. Es el punto desde el que, alejados de cualquier pincelada de civilización, emprenderemos nuestro verdadera aventura.</p>
<p style="text-align: justify;">Las carreteras se estrechan, las señales de tráfico desaparecen. Los coches dejan de ser elementos propios de este inhóspito entorno. De la reverberación provocada por el calor surgen desvencijados carros arrastrados por bestias anónimas, insolentes dromedarios que mascan sin cesar con aspecto impasible o derrengadas mulas, con imposibles cargas que acarician las nubes. Todo, todo es distinto a lo visto… excepto las gentes. Siempre hay mujeres y hombres caminando por estas rutas.</p>
<p style="text-align: justify;">Nuestro auto reduce la velocidad, ya no sobrepasamos los sesenta. Las vías no lo permiten por su propio estado. Quizás, de este modo, se ahorren el señalizarlo. “Dios, Patria y Rey” es el lema que, en árabe, aparece escrito por doquier. En paredes, en depósitos de agua, en mojones kilométricos, incluso sobre la magenta tierra de algunas laderas… Nuestro guía nos cuenta la anécdota del niño que al cambiar “Rey” por “Barça” fue enviado a prisión. La intervención del presidente culé ante el monarca marroquí consiguió la liberación del pequeño. No todo malo debía tener este hombre. Hablo del Braveheart catalán, que del alauita ya tendré tiempo de mentarlo a lo largo de estas crónicas.</p>
<p style="text-align: justify;"><img class="aligncenter" src="http://1.bp.blogspot.com/_6Oo8aiRcbcs/Sxf1os9ps2I/AAAAAAAABF8/3QONjxcu7Kc/s1600/Marroc%2B002.jpg" alt="" width="472" height="354" /></p>
<p style="text-align: justify;">Pisamos <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Tadla-Azilal">Azilal</a>, pueblo del idolatrado mediofondista Said Aouita. La temperatura ha bajado pero apenas lo percibimos todavía. En una de las carnicerías callejeras compramos una pata de cabra. Nuestro menú para la noche. Durante el arduo regateo, nos convertimos en la atracción del día. Los niños se arremolinan en torno nuestro. Todos saludan, todos quieren ser testigos de la visita de los tipos raros. “Moustache” reparte “Salams” a diestra y siniestra. No sé si realmente les conoce o tan solo corresponde a las muestras de afecto de estas gentes. Por fin, con la cabra – su pata solo &#8211; envuelta en papel de estraza y algunas fotos prematuras, montamos de nuevo en el auto. Nos detenemos a comer apenas recorridos unos kilómetros. Latas de conserva – sardinas y atún &#8211; , pan, aceitunas y provisión de cerveza marroquí es lo que “Moustache” y Esther han adquirido para la ruta. Dejaremos para las noches la monótona trilogía marroquí; “Cous Cous”, “Tagine” y pinchos.</p>
<p style="text-align: justify;">Durante el picnic, no cesan, arriba y abajo, de circular paisanos que, tras un devoto saludo, esconden la esperanza de conseguir algo solido que echarse a la panza. Compartimos “bocata” de sardinas con un muchacho de catorce o quince años. Viene hasta nosotros desde una modesta kasbah. Su aspecto es el de alguien al que le ha pasado un mercancías por encima y su breve vocabulario se limita a un escueto “Oui” cada vez que presiente que nos dirigimos a él. Su retraso es evidente. Me entristece pensar el tipo de vida que debe llevar, aunque él parezca feliz en su miseria. Me alegra que compartamos nuestro picnic con él. En la distancia, una mujer, acompañado de una pequeña de apenas dos o tres años, le llama. El chico corre hacia ellos y descubro que, por si fuera poco, padece una trompicada cojera. A su modo, les explica lo sucedido. Regresa con la misma celeridad con la que partió. Esta vez la niña corre tras él, insegura. Temo que uno u otro van a caer de bruces tal es su traqueteo. Finalmente nada. Llega hasta nosotros. La niña no. Permanece a cierta distancia. Miedo. Ciertamente lo damos. Al poco queda claro lo que el zagal quiere. Le ofrecemos un paquete de galletas de chocolate y le pedimos que lo comparta con la pequeña. Al grito de “Oui” emprende el retorno al galope y, en efecto, muestra su preocupación por la pequeña a la que acaricia y entrega galletas. Es su desvencijado héroe. Que suerte tienen algunas. Cuando me doy cuenta el picnic está recogido y estamos de nuevo en marcha.</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://3.bp.blogspot.com/_6Oo8aiRcbcs/Sxf0-MXlAwI/AAAAAAAABF0/k4QKu5vPUmA/s1600/Marroc%2B001.jpg" alt="" width="472" height="354" /></p>
<p style="text-align: justify;">Los paisajes se atropellan. La pista se hace incómoda. A una verde zona montañosa que nos recuerda muy bien nuestro entorno, le sucede otra de árido aspecto recorrida por enormes surcos que semejan cicatrices. Los valles son eternos y las montañas de ascenso suave. La vegetación de pronto está inédita. Todo es pura roca. Y hace frío. Intenso. Cortante. Seguimos. Piedras azabaches sustituyen a la tierra violácea. En lo alto, en lo más alto de la pista, nos detenemos. Estamos a unos tres mil metros. No nos lo parece. Solo por el frío. “Moustache”, secundado por algunos expedicionarios, me gasta la broma de ponerse en marcha y dejarme allí. No quedo solo. Dani está conmigo. Como dos gilipollas vemos al coche descender el sinuoso puerto hasta que desaparece de nuestra vista. Bromeamos sobre la forma de calentarnos uno al otro. Incluso montamos una improvisada “jaima” con unos restos de plásticos abandonados. Risas. Regresan. Nos recogen. Más risas hasta que nos comenta que difícilmente hubiéramos sobrevivido a la noche en ese paraje. Pienso ahora en las gentes que encontramos de camino. La de artimañas que deben planear para las improvisadas situaciones que vivirán durante sus rutas. Me estremezco. El descenso es rápido pero la noche cae con mayor celeridad. Todavía no son las seis y solo la luz de los faros ilumina la ruta. Semioculto entre los pliegues del valle, aparece Zaouia Ahansal. Lo intuimos, porque no hay luz eléctrica y nuestros ojos aún no se han acostumbrado a la oscuridad. Es la aldea donde pasaremos la noche. Nos parece el fin del mundo. No lo es. Vendrá más adelante.</p>
<p style="text-align: justify;">La primera sorpresa de la “gîte d’etape” – albergue de etapa  &#8211; en la que preveíamos alojarnos, es la de que el cónsul de Francia y unos acompañantes ocupan nuestras habitaciones. No nos importa. Hay alternativa y, sobretodo, nos quedan cervezas y whisky. No necesitamos mucho más. Charlamos a la luz de un candil en el exterior del albergue mientras soportamos estoicamente los cánticos regionales de la Bretaña y los últimos chascarrillos de la ropa interior de Sarkozy. Poco después, cargados de falso Borgoña y Blanc-Sec de Essaouira, los diplomáticos se retiran sin dar muestras de serlo. Han perdido la batalla. Nuestro horario es otro y no nos rendiremos hasta acabar con el whisky. Sabe mucho mejor después de que hayan decidido dejar de emular a su primera dama. Somnoliento, el dueño de la “gîte” nos informa que la cena espera. En un austero comedor y con la ínfima luz que un rústico camping gas nos ofrece, degustamos la <a href="http://cocinadelmundo.com/receta-Harira">harira</a> – una espléndida sopa de verduras que recordaremos todo el viaje – y nuestra famosa pata de cabra cocinada simplemente al vapor. No está mal, aunque yo añoro el estimulante toque de unas especias. Mucho más en este país. Lo como de buen talante cuando Esther nos comenta que se trata de un menú más que especial para estas gentes. Su dieta habitual se limita a unas sopas de pan en el recalentado té. Hoy será un día de fiesta para ellos. No nos acabaremos toda la carne y podrán degustar nuestras sobras.</p>
<p style="text-align: justify;">Sentado en el exterior, en el silencio de la noche, miro al cielo. Jamás había visto un mullido tapiz cubierto de estrellas como aquel. Me siento como Bowman al final de la odisea espacial de Kubrick. Recostado en el suelo lo disfruto y, por primera vez desde que emprendí el viaje, dejo de preguntarme qué estoy haciendo allí.</p>
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		<title>Morocco’s Dream &#8211; Salam aleikum. Aleikum salam.</title>
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		<pubDate>Tue, 29 Dec 2009 15:45:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Melchor Mombo</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Nos miramos. Reímos o sonreímos, cada cual según su talante. Sin el menor disimulo podríamos haber obviado este trámite, y en cambio, aquí estamos, a la espera. Y eso que no hay demasiada preocupación entre estas gentes por cerrar los accesos al país. Al menos aquí en <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Marrakech">Marrakech</a>. En algún momento incluso lo pienso. Sería divertido. También un sofoco si nos ligan. Pero es que comenzamos a desesperar. La parsimonia, que habitualmente se atribuye a las gentes del <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Magreb">magreb</a>, no deja pasar la oportunidad de, apenas puesto pie en tierra, ofrecernos sus primeras muestras. La cola para el control de pasaportes se eterniza, y nuestras ansias por comenzar de verdad el viaje, se espolean.</p>
<p style="text-align: justify;">Junto a nosotros, como en un extraño ritual espontáneo, maduras parejas francesas que ríen de forma estruendosa &#8211; desmintiendo el tópico de que solo los hispanos somos ruidosos &#8211; se mezclan sin pudor con disfuncionales familias en busca del tiempo perdido, marroquís de aspecto falsamente chic que, de regreso a casa, quieren mostrar su transformación europeizante, o grupos de chicas que muestran un supuesto aire aventurero basado, casi exclusivamente, en las últimas novedades de vestuario “Quechua”. Esto, es evidente, no garantiza haber seguido las básicas lecciones del manual de los jóvenes castores. Para nuestra sorpresa, son el grupo más numeroso y muy pronto descubrimos el porqué. Por aquello de las risas, jugamos sin que ellas sean conscientes, a seductores. No hay nada que hacer, su búsqueda del edén no pasa por entablar relaciones con cuatro “spagnolettos” en el fastuoso reino del hijo del Caid. Buscan material autóctono para su retorno a la tierra, y tendremos sobradas muestras de ello a lo largo del periplo. En esas, a nuestra espalda, un descuidado botón liberado de su ojal, deja entrever los encajes rojos de un relleno sujetador que nos hace suspirar. Y es que hay cosas que no cambian.</p>
<p style="text-align: center;"><a href="null"><img class="aligncenter" src="http://2.bp.blogspot.com/_6Oo8aiRcbcs/SxTwt2-c8iI/AAAAAAAABDk/N2DlLcoovGU/s1600/Primeras+sonrisas,+siempre+los+ni%C3%B1os.jpg" alt="" width="354" height="472" /></a></p>
<p style="text-align: justify;">Desde su garita, el policía me hace un gesto impaciente con su enguantada mano. Un francés de malos modos y excesiva prisa, se cuela desde la fila adyacente. A pesar de que una de las chicas que aguarda paciente detrás nuestro muestra su disconformidad con gritos de “Muerte al gabacho”, éste se hace el sueco – por aquello de la confusión de nacionalidades &#8211; y valida su pasaporte antes de que yo haya podido dar un paso. Me da igual. No pienso discutir. He decidido dejar atrás el ritmo occidental. El muy utilizado por estos lares “La prisa mata”, se convierte, grabado a fuego entre mis omoplatos, en lema del viaje.</p>
<p style="text-align: justify;">Sellados los pasaportes y con las mochilas a cuestas, salimos del aeropuerto. La temperatura no es en exceso alta pero este sol quema de lo lindo. Una rápida ojeada nos permite descubrir a nuestro guía detrás de un enorme bigote. Utilizando el apelativo con el que, después compruebo, sus más íntimos <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Etnia_bereber">bereberes</a> se dirigen a él, como “Moustache” os lo presento. A su lado, más discreta, su pareja, Esther, dulce contrapunto a este hombre de una tierra salvaje.</p>
<p style="text-align: justify;">Ya mismo intentamos colocar nuestras mochilas sobre su vehículo, un Toyota 4&#215;4 de origen y destino marroquí – segunda división en cuanto aquello de las calidades – y damos, sin más preámbulo, nuestras primeras muestras de impericia. Solucionado el problema, Las mochilas abrochadas y con todos a bordo, emprendemos la marcha. Mi envergadura me adjudica el espacio del copiloto. Desde allí y desde ese instante, seré testigo directo de las más o menos disparatadas disertaciones que nuestro guía, fuera de presupuesto, va a ofrecernos durante todo el viaje.</p>
<p style="text-align: justify;">Nos ponemos en marcha. La mayor parte de las carreteras en Marruecos no son buenas, pero si lo fueran, el peligro no haría sino aumentar. Los marroquíes conducen de forma temeraria, imprudente y un punto disparatada. No son extraños los cambios de sentido inesperados e incluso la presencia de vehículos en dirección opuesta. Es cierto que no se les puede pedir mucho más. De las dos habituales formas de conseguir el carnet de conducir, a través de un examen o directamente comprándolo a un funcionario conocido, es esta segunda la que goza de mayor popularidad. Aquellos que lo han conseguido del modo reglamentario, presumen de ello como si de un master en astrofísica por Harvard se tratase.</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://1.bp.blogspot.com/_6Oo8aiRcbcs/SxTv0_aDCHI/AAAAAAAABDc/2RghzRPlTY8/s1600/Como+en+casa.jpg" alt="" width="472" height="354" /></p>
<p style="text-align: justify;">A ambos lados de la vía, en imaginarios arcenes que nunca existieron, numerosas viandantes van en una u otra dirección sin que nadie, salvo ellos mismos – y también lo dudo &#8211; parezca tener nada claro ni su lugar de origen, ni hacia donde se encaminan. Ante un gesto con la mano de estas gentes, indicando el número de pasajeros que necesitan ser transportados, los coches con plazas vacías se detienen a recogerlos. Alguno de estos particulares autoestopistas, no tiene inconveniente en cambiar su sentido previsto y encaminarse en dirección opuesta a la que se dirigían, con tal de evitar la cansina caminata. Un gesto mostrando la palma de la mano abierta por parte del conductor de nuestro vehículo indica que vamos completos y el demandante, en señal de agradecimiento, lleva su mano al corazón y espera el paso del siguiente auto.</p>
<p style="text-align: justify;">De repente una serie de señales contiguas nos indica de forma paulatina que nos detengamos. Se trata de un control de carretera. Elegantes gendarmes de etnia árabe nos aguardan a ambos lados de la vía. Detenidos, un suboficial se acerca. Vamos a comprobar de primera mano que el tópico de la “mordida” no lo es tanto. El arrogante árabe se dirige muy áspero a “Moustache”. Lo hace en su idioma y con un “Salam Aleikhum” que parece cualquier cosa menos una bienvenida. Nuestro guía responde al saludo, pero cuando este continúa su cháchara en árabe, nuestro guía le dice que no le entiende. El policía mira el interior del vehículo. Cinco europeos y el chófer, que en principio le provoca dudas, con muchas posibilidades de serlo también. Pregunta que idiomas habla. – Español y francés – responde. El árabe sigue mirando hacia nosotros. Comienza a dudar que pueda conseguir los estipulados veinte dírhams – 2 euros -. Demanda en francés los papeles del vehículo y el permiso de conducir. Intenta atribuirnos una delirante infracción de tráfico. Inicia un tira y afloja en el que muestra una chulería cercana a la de su admirada guardia civil &#8211; de antaño – y ante la dificultad de meternos mano, decide dejarnos seguir. No es práctico aceptar sobornos delante de tantos extranjeros y por esta vez salimos bien librados. En los siguientes kilómetros tendremos tiempo suficiente para conocer diversas experiencias de tipos que no salieron tan bien parados.</p>
<p style="text-align: justify;">Pues eso, que ya estamos en Marruecos.</p>
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