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Blog con los relatos de nuestros viajes.
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Archive for ‘Marruecos’ Category
Morocco’s Dream X – Marrakech MedinalandEl irremediable bullicio callejero, el machacante sonido de los claxon en continua busca de ser el más evidente, las constantes súplicas de los pedigüeños, surgidos de las más profundas cloacas de la Medina. La incesante insistencia de improvisados guías sobre el camino a seguir, el agrio olor de las calles, el acoso continuo de sedentarios comerciantes, el inquietante aspecto de los callejones, el indescifrable humo de puestos de comida y motocicletas, la presencia innegable de ambulantes vendedores de cabras. El recelo constante, la camaradería excesiva, el polvo aturdidor, las miradas esquivas… Las rutas salvajes y sus mundos quedan atrás, todo se nos muestra diáfano. Marca el regreso a la civilización. Marrakech ha cambiado mucho en los seis años pasados desde mi anterior viaje. Lo que en aquel momento me fascinó, hoy ha desaparecido. Aquellas pinceladas autóctonas que tanto me enamoraron, se han convertido en fragmentos maquillados de un enorme parque temático que autoparodia a la propia ciudad. Marrakech es ahora el Disneyland del Magreb. Su único objetivo se centra en dar a los turistas low cost cualquier cosa que estos demanden. Espectáculos autóctonos, encantadores de serpientes, bailarinas de una danza del vientre que nunca tuvo tradición aquí y que ha sido importada de otros países, prostitución poco encubierta… Y todo ello, creando una corriente antagónica que no deja de crecer. Cada vez son más los barbudos que se muestran por sus calles. Cada vez más los integristas que no ven con buenos ojos lo que en la ciudad bereber está sucediendo. Y desembocará en algo. Seguro. Los analistas políticos deben haberlo detectado, no quiero dármelas de profeta. Si hay alguna ciudad en el mundo árabe que merezca el castigo de las Sodoma y Gomorra clásicas, estas es Marrakech.
Pero sigo a lo mío. Que me desvío y no debo. Quien quiera comer en unas casetas, del estilo de las de la sevillana Feria de Abril, puede pasarse por la antaño espectacular plaza de Djaa El Fna. Allí mismo las encontrará. Quien busque los mil y un “tisoros autínticos de la familia”, los vendedores del zoco se los podrán ofrecer de entre las cientos de miles de piezas fabricadas entre China y la India que, periódicamente, desembarcan desde contenedores o camiones, llegados por las, antaño respetabilísimas, rutas de las especias. Aquel que quiera una pequeña cajita del apreciado azafrán, podrá agenciarse, a muy elevado precio, una coqueta caja repleta de pelo de mazorca de maíz con colorante, sin que ello provoque el menor problema de conciencia en el vendedor. Los legendarios adivinos jugando a la regla del cincuenta por ciento, acabarán por adivinar qué “shokran” ha venido en busca de olvidar su mala suerte en los asuntos del corazón. Y así hasta el infinito. En el mundo de la mentira, del enredo, de la “Katanga”, todo está permitido. Por suerte, aún quedan espacios en la ciudad donde ver la vida tal y como siempre ha transcurrido. O al menos sin esa pátina comercial que cubre todo lo demás. Lejos de los visitantes. Lejos, claro está, de las zonas “seguras” supervisadas por la temida policía turística. No se pueden permitir el lujo de que nadie amenace a su gallina de los huevos de oro. Tras dejar mochilas y polvo en nuestro riad, un coqueto establecimiento oculto en un recóndito callejón de la Medina, salimos a dar un paseo. Ente unas cosas y otras, hemos dejado atrás la hora de comer y nuestros estómagos nos demandan atención. A pesar de la advertencia de la madura marroquí que regenta el hotelito, obviamos los restaurantes de fiar y, bajo sorprendente sugerencia de Pablo, nos detenemos ante un grasiento puesto callejero. Entre encantados y sorprendidos de tenernos allí, los dos muchachos que los regentan, nos ofrecen croquetas de sardina con arroz. Nos encaja el precio y comparada con la mugre que hay a su alrededor, hasta nos parecen apetitosas. Uno de ellos sale hasta el vendedor de la otra esquina en busca de cuatro redondos panes y nos los rellenan. Adquirimos, en un cercano puesto, un surtido de aceitunas. Todo ello va a componer el delicioso menú de alto riesgo que estamos dispuestos a engullir. El total del festín asciende a poco más de dos euros. Tampoco se podía pedir mayor aventura a ese precio. Comemos, entre risas, acompañados por las miradas de los lugareños. Bromeamos sobre relampagueantes indisposiciones mientras nos dirigimos caminando hacia el sur de la Medina. Buscamos la gran plaza como ellos la denominan. Cruzamos el zoco y vuelvo a encontrarme con el único establecimiento que llamo mi atención en el anterior viaje; “La Fnac del Zoco”. El resto sigue como entonces. Cientos de miles de cacharros, prendas de vestir, alfombras, bisutería… Y todo en completo desorden. Me siento como en mi estudio y esto me recuerda que debo poner orden apenas vuelva. Por fin la plaza asoma al final de la subida. Lo que veo ya no me gusta, su bullicio ya no es natural. Todo está mucho más ordenado. Los turistas ocupan plazas en todos los alineados puestos que ofrecen la merienda-cena. El suelo está asfaltado. Todo es distinto. Subimos a la terraza de uno de los cafés que la circundan para que mis compañeros disfruten de la vista desde arriba. Un espantoso simulacro de té pagado a precio de oro, es el precio. Rodeados de gentes de todas las nacionalidades imaginables, observo que nada es lo que era. Me entretengo estudiando una posible foto que se ha formado a mi derecha. En tres mesas consecutivas, una árabe, una japonesa y una rubia europea toman té. Me parece curiosa. En cuanto levanto la cámara para conseguir mi Pulitzer, la árabe levanta una poblada ceja, me enseña los dientes y cubre su malcarado gesto con el libro que está leyendo. Entiendo el mensaje, cierro la Olympus y me quedo con las ganas. Al rato descendemos. Nos acercamos a “Les Jardins de la Koutoubia”, un cinco estrellas donde hemos quedado con Esther y “Moustache”. Tomaremos una copa y nos despediremos. Ellos se marchan mañana mismo. Regresan a “nuestro” desierto, a “nuestras” montañas, a “nuestra” aventura, a “nuestros” sueños…
El hotel tiene todo lo inimaginable para satisfacer a – casi – cualquier cliente. Nos cuentan que a ochenta euros la noche, puedes disfrutar de una habitación doble en este lugar. Como los vuelos tampoco son caros, el que más y el que menos, puede montarse un fin de semana romántico para impresionar a su pareja o a su… Los vemos. A ambos tipos. A cien millas se les reconoce. Menudas pintas. Y los del inserso, que también vienen. Con el mismo rollo que a Benidorm o a Guadalest pero con moros. Y entiendo el cambio de la ciudad, que a la postre, no es más que el cambio del mundo. Pero, me quiero morir. Al día siguiente, seguimos con la visita. Mis compañeros quieren comprobar las famosas bondades de Marrakech. Tras otra visita al zoco, algunos palacios y el mercado de las especias, donde me aprovisiono para mis experimentos culinarios, nos dirigimos al cementerio judío. De camino, en uno de los callejones adyacentes, un pequeño de tres o cuatro años llama mi atención. Las niñas que le acompañan me cuentan que se llama Suleiman. Le pido una foto y accede. No sabe bien de qué se trata. Cuando se la muestro en la cámara digital, Suleiman se reconoce por la sudadera. No olvidaré su cara de asombro. Jamás se había visto. La señala, mira su sudadera, busca mi asentimiento. Le digo que sí, que es él. Alucina. Y yo con él. Es un descubrimiento. Debemos continuar. Nos sigue. A mí. Quiere volver a verse. Se la muestro. Así hasta cuatro veces. Después, sonriendo, nos deja marchar. Pero parte de él se viene conmigo. En mi corazón. Visitamos el cementerio judío. Hay unos tipos a la puerta que nos comentan que mantienen el cementerio. Visto lo visto, no se aplican demasiado. Nos dicen que a la salida deberemos ofrecer una cantidad como donativo. Asentimos. Es un gran espacio al aire libre. Resulta curioso ver esas tumbas. Las diferencias con las bereberes. Estos simplemente colocan una piedra sobre la tumba. Indican que no debe cavarse debajo, por higiene, por prevención. En cambio los judíos – como los musulmanes o los cristianos – concedemos excesiva solemnidad a la muerte. Lógico si aceptamos que es parte de la estrategia para seguir viviendo, y muy bien, de esta pamplina. La visita dura apenas media hora y a la salida el tipo y sus amigos nos esperan. Como soy el que chapurreo francés, mis compañeros me dejan negociar. Le doy cincuenta dírhams – cinco euros – y me mira con mala cara. “¿Por los cuatro?” pregunta. Asiento con la cabeza. Me dice que los que acaban de salir le han dado eso mismo por persona. Le pido un recibo o justificante, me dice que no lo tiene. Insiste en que le dé algo más, le digo que tal vez la policía turística pueda informarnos de cual es la cuota adecuada. Le convenzo. Me da una palmada en la espalda y me lanza un improperio en árabe, pero como no lo entiendo, me resbala. Regresamos al riad. Tomamos ducha y cervezas. No por ese orden. Las cervezas en compañía, la ducha en solitario. Decidimos que como es la última noche, vamos a darnos un homenaje. Dani consulta las guías y elige un restaurante “Tai-Marroquí”. No sabemos qué puede salir de este mestizaje, pero no tenemos nada que perder. Está cerca de la gran plaza y, caminando, lo encontramos enseguida. Al entrar quedamos impresionados, decoración y camareras están a la altura esperada. También los precios. Bueno, estos algo más. Esperamos que la comida haga juego. Yo me arriesgo con los platos decorados con tres guindillas, mis compañeros con algo menos. Comeyogures que son. Bebemos Casablanca, una suave cerveza local de apacible paladar. La cena transcurre tranquila, rememorando lo vivido bajo suave música que un disc jockey brasileño nos ofrece. A nuestro alrededor, ni un solo cliente marroquí. Y mucho pijerío, es cierto. Tras el postre, el susto. La cena nos cuesta casi tanto como toda la comida de los diez anteriores días. Pero ha merecido la pena. Salimos. Un tipo nos ofrece costo. Yo no fumo, pero no me importaría iniciarme aquí. Como recelamos, lo dejamos correr. Y eso que él insiste. Ha estudiado en España y habla bien nuestro idioma. Pero pasamos. Entre unas cosas y otras, con el paseo, en nuestro regreso al riad, nos hemos perdido – culpa mía, que seguro me recriminan si no lo pongo –. Después de caminar sin rumbo en busca de un referente, comenzamos a circunvalar la Medina. La noche es cerrada y sus murallas acogen el sueño de innumerables personas sin techo. Nada de luz, solo la luna. Media, como aquí es preceptivo. Creemos llegar a una de las puertas que nos dará fácil acceso al riad. La cruzamos. Se nos aflojan las piernas. Un descampado rodeado de infectas chabolas. Perros ladrando, caballos campando sueltos a la luz de la luna, prostitutas en espera de clientes con sus chulos acechando y pobreza. Extrema… El lumpen de Marrakech al pleno. Todos los ojos se giran hacia nosotros. Les digo a los míos que sigamos caminando como si nada. Los otros miran sorprendidos. Nadie nos dice ni mu. Hay que estar muy loco o ser de la Interpol para meterse allí a esas horas. Eso nos salva. Y no, no somos de la Interpol. Ya de camino al riad, bromeamos con la cantidad de droga que, temiendo una redada, habrá desfilado por los inodoros esa noche. Aún nos da tiempo de tomar otra cerveza en lugar seguro y preparar nuestras mochilas. La aventura toca a su fin.
Epílogo. Corremos por un zoco sorprendentemente limpio. Vamos a la caza de las últimas compras. Nadie quiere encontrar malas caras al regreso por haber olvidado un souvenir. Miramos a derecha e izquierda a aplicados comerciantes sacando de sus cachivaches, todo el polvo posible. Lo veo y no lo creo. Están limpiando. Siete siglos después. O más. De pronto la calle se estrecha. Hay policía por todas partes. Nos hacen pasar por un estrecho corredor. Solo a los extranjeros. Los del país se quedan. Intentamos averiguar qué sucede pero por toda respuesta nos hacen circular sin detenernos. Observo árabes con indumentarias de los emiratos a la espera. Junto a ellos, bellas mujeres musulmanas, de maquillados rostros y vestuario sobrio pero elegante. No me cuadra. O mejor dicho cuadra demasiado. Como hecho adrede. Frente a nosotros se abre una plaza. Y, en ella, el rodaje de una película. Intento sacar fotos. A través del angular una enorme mano militar me lo impide. Me disculpo. Nos siguen haciendo circular y no consigo más que ver, rodeadas de innumerables árabes, a cuatro occidentales. Vestidas como de colonial. Nada más. Compramos y emprendemos el camino de regreso. Ya en pleno vuelo, una pequeña noticia, sacada de un periódico en francés, me saca de dudas. Por problemas con la palabra “sexo” en su título, se traslada el rodaje, desde Abu Dhabi a Marrakech, de la segunda parte de “Sexo en Nueva York”. Cierro el diario. Cierro lo ojos y siento que hemos perdido la ocasión de oro para conseguir nuestros quince minutos de fama. Que lo sé seguro, que con tipos como nosotros, estas cuatro pavas hubieran caído.
Relato gracias a Melchor Mombo y su Melchor Mombo CO. Morocco’s Dream IX – Apocalypsis NowSi teníamos la certeza, de que la noche de los muertos vivientes no fue otra que la llegada a Agoudal, es porque no habíamos disfrutado aún de la acogida que el Toubkal, la segunda montaña más alta de África solo por detrás de Kilimanjaro, iba a prodigarnos. Como con todo, lo mejor es comenzar por el principio. Despertamos en nuestra kasbah. Nos desperezamos envueltos de la singular escenografía propia de un sultán. El desayuno, esta vez, incluye algo más parecido a la leche de lo habitual. También tortilla bereber, menos “salvaje” de lo previsto, eso sí. La salida del valle del Draa es apacible y el sol calienta de forma moderada. Entre esto y que el viaje ya va tocando su fin, dedicamos parte de la ruta a dormitar apacibles. Cada uno con sus ensoñaciones. Todos con un ojo abierto. Siempre los hay a la caza de una instantánea bastarda para echar risas a costa de la víctima. De nuevo vamos a atravesar el Atlas. Más de mil kilómetros al sur de donde lo hicimos a la ida. En el Tizin Tichka nos desviamos hacia el Lago Ifni, es la cara sur del Toubkal, la no explotada, la virgen. Al otro lado hay tenderetes de refrescos, bereberes vendiendo falsos fósiles y enormes minerales rellenos de espectaculares gemas de resina. También están la mayor parte de los escenarios naturales de “Babel”, la película que perpetraron, a medias, Iñarritu y Arriaga. La que supuso su divorcio artístico. Pero ya digo, todo eso es al otro lado. Este es otro mundo. Solo la Naturaleza y la lucha del hombre por sobrevivir con ella, jamás en su contra. Los grupos tribales de esta zona, son menos belicosos, y sus mujeres, curiosamente solo ellas, muestran unos rasgos con ligeros toques asiáticos y piel bastante blanca. Unido ello a las formas de las edificaciones y la orografía que nos circunda, en muchos momentos nos parece estar en Nepal.
Esa noche dormiremos en una Gite d’Etape en Ifroutine. Pero este es el plan inicial y, como acostumbra, nuestro guía busca sorprendernos y, además, el destino tiene su propia baza en esta partida. Hemos llegado a este pueblo situado en las estribaciones del Toubkal bastante pronto y “Moustache”, nos pregunta socarrón si queremos “rock duro”. No lo dudamos mucho. Más bien nada. “Claro que sí” es la respuesta entre risas. Compramos una pata de cabra para colaborar en la cena y reemprendemos la marcha. La excitación nos invade cuando emprendemos el ascenso por un camino que cabras que apenas tiene la anchura suficiente para atrapar nuestro vehículo. En algún momento nos cruzamos con lugareños a pie. Y tienen que, literalmente, colgarse del barranco para dejarnos paso. Pienso en lo que puede ocurrir si nos encontramos con un vehículo de cara. Me giro a comentarlo jocoso con mis compañeros y, antes de que pueda soltar palabra, sus rostros sorprendidos me llevan a volverme rápido a mi espalda. Frente a nosotros, amenazador, un desvencijado camión, cargado de indistinguibles bereberes y cabras, nos cierra el paso. A nuestra izquierda una montaña casi cortada a pico, a nuestra derecha una caída de dos o trescientos metros, junto a nuestra nuez un par de testículos. Solo nosotros mudamos el rostro. Entre el acongojo y la curiosidad por saber como vamos a hacer, vivimos. No hay problema. El camión retrocede, ayudado por las indicaciones de todos los bereberes que han descendido de la caja, hasta llegar a un poste de la luz que, hormigonado, se sostiene en un ligero alero sobre la caída. Se sitúa sobre su soporte con parte de su trasera flotando sobre el precipicio. Comienzo a entender porque todos han descendido. “Moustache” coloca el todoterreno casi en vertical, dos de las ruedas se apoyan sobre la pared y, con mucha precaución, pasamos. Todo son saludos y beneplácitos. Ellos siguen su camino con las satisfechas cabras, nosotros ponemos rumbo a una meta que, cada vez más, aparece nítida en el horizonte. A trompicones, avanzamos. Sin quejas de las ruedas, y no les faltan motivos. Arracimadas en verticales laderas, grupos de casas contemplan nuestro paso. Observo lo inhóspito del lugar, la dificultad de vivir en un territorio como este, y no deja de admirarme la resistencia de estas gentes a abandonarlo. Otros, con mucho menos, se hubiesen rendido y lo habrían dejado correr.
Por fin nuestro destino, más que nada, porque se acaba la pista. Veremos como damos la vuelta. Descendemos del auto. Nos estiramos. Nos observan como observaban los indios a los conquistadores extremeños. Nuestras barbas nos llevan a asemejarnos a éstos. Somos más pacíficos. “Moustache” pregunta en bereber a una muchacha. El hombre que podía alojarnos no está en el pueblo. No acertamos a averiguar mucho más. Decidimos dar la vuelta, pero nos ofrecen alojamiento. Es la casa de un bereber que vive en Francia y su hermano nos la cede. El precio a convenir. ¡Katanga! Miramos al tipo con un ojo entornado. Accedemos. La visitamos. Tiene una pila con agua, un agujero en el suelo y un salón con mullidas alfombras de ácaros en el que, bien organizados, cabemos los seis. Además hay una gran terraza con vistas al valle. Sin pensarlo mucho, nos lo quedamos. Nos ofrecen té para cerrar el trato. Sin cacahuetes. No debe ser costumbre aquí. Todavía faltan algunas horas para que anochezca y decido dar un paseo. Dani me acompaña. Después se nos une Pablo. Recorremos el pueblo. Chicas muy jóvenes, aunque por su vestimenta y la mugre sean difíciles de descifrar, trasladan grandes haces de leña de un lado a otro. Es el combustible. Eso y la comida diaria son las únicas preocupaciones que atender. Una de ellas, la que nos ha informado acerca del hombre de nuestro primer alojamiento, deja el haz en su casa y nos sigue. Me giro a mirarla, la saludo con un “Bonjour” y le muestro la cámara. Niega con su cabeza y se tapa con la mano. Bajo la cámara y me sonríe. De seguido, saca unas nueces de su bolsillo, coge una piedra y parte la cáscara de una de ellas. Me la ofrece. La tomo y le doy las gracias. Sonríe. Seguimos caminando y sigue tras nuestros pasos. La miramos. Vuelve a sonreir y a romper otra nuez. Me la ofrece y sonríe de nuevo. Dani bromea sobre que, tal vez, bajo la mugre hay una belleza dispuesta a darnos un masaje bereber. Y es cierto, no es fea la muchacha. Damos unos pasos y ella hace lo mismo. Así hasta que llegamos a la casa de nuevo. Entramos. Se queda en la puerta. Los comentarios jocosos acerca de mi capacidad de seducción no se hacen esperar. Dani mira por la ventana y la chica está allí, esperando, no sabemos bien qué. Hay más chanzas sobre el asunto. Dejamos pasar media hora en la que sacamos lo necesario de nuestros equipajes. Envío a Dani a averiguar si “mi novia” sigue allí. “Se ha marchado”, me dice y volvemos a la calle para proseguir nuestro paseo. No hay mucho más que hacer en este lugar. Durante la caminata, creemos averiguar que el nombre de la aldea es Tigdal. No estamos seguros. Respiramos el aire puro de estos tres mil metros de altura. Alguien sigue nuestros pasos. Ya no es la muchacha. El relevo lo han tomado las niñas del pueblo. Levanto la cámara y me dicen que no con gestos y en tamazight, su idioma. Levanto la mano disculpándome y continuamos. Vamos hasta la base del Toubkal. Es el primer cuatro mil que veo. No me parece tan impresionante. Desde allí, tocar la cumbre, es un paseo de un par de horas. No presenta demasiadas dificultades por esa cara y tenemos muchos metros avanzados. Regresamos charlando. Las niñas siguen al acecho. Comienza un juego del gato y el ratón. Se acercan y corren en cuanto alzo la cámara. Lo hacen falsamente despavoridas, gritando y riendo de forma encantadora. Así se repite varias veces durante nuestro paseo hasta que, sorprendentemente, las cazo. Huyen como alma que lleva el diablo esta vez maldiciéndonos mucho más en serio y lanzándonos piedras. Aguerridas estas bereberes. Mientras, los niños del pueblo, miran, indiferentes, a sus coetáneas. Ellos juegan al futbol con una desgastada pelota al borde del precipicio. Aún tenemos tiempo de hacer un rondo con ellos. Definitivamente, el fútbol une.
La noche cae. Todo queda a oscuras. Literalmente. No hay ni una pizca de luz. Y en silencio. Absoluto. No hay nadie en el exterior. La vida acaba en Tigdal de forma tan sencilla como se inicia. Sol y luna marcan de forma ineludible los ritmos. Pero nosotros no estamos para poesía. Nos hemos topado de bruces con un serio problema; asar la cabra. No hay cocina, no hay cachivaches para cocinar, no hay condimentos., no hay nada de nada… La solución, mis tres acompañantes. Son de la generación de los jóvenes castores y coleccionaban sus libritos. Los observo asombrado. Con golpes y patadas de karate, David destroza unas cajas de fruta, de esas de madera barata, que encontramos en un rincón de la casa. Pablo coge la bandeja del té que nos han servido y la usa como plancha. Y con su multiusos suiza, Dani destroza la cabra. Veinte minutos después, las irregulares porciones de carne humean sobre la bandeja. Unas medio crudas, otras medio quemadas, sin sal ni especias, Somos los cromañones de la vieja Europa. Degustamos el manjar bañándolo con escocés barato. Un whisky cuyos efectos potencia la altura, y que llevan a “Moustache” a mostrarnos lo mejor de su repertorio. Es tan brutal la actuación que le proponemos un debut oficial con abundante público. Lo dejamos para cuando nos visite. Ya de madrugada, acurrucados unos contra otros en busca de calor, oímos el viento ulular a través de las mal encajadas ventanas. Y este me susurra al oído que la aventura está a punto de llegar a su fin.
Morocco’s Dream VIII – En busca del príncipe de las mil y una nochesSolo quedan dos más. No sufráis. Marruecos (2009).
Muy cerca de Rissani, existe una kasbah, una de tantas que mantienen su inmutable forma desde hace más de un milenio. Con la única y anacrónica presencia de diminutos contadores de luz incrustados en sus paredes de barro, el resto de los elementos que la componen retiene ese aroma arcaico que nos hace dudar, si hasta allí hemos llegado aprovechando las virtudes de una máquina del tiempo. La kasbah se nos muestra como una ciudadela amurallada que engloba un grupo de recónditas viviendas. La muralla perimetral tiene diversas puertas que se cierran por las noches y que, hasta hace bien poco, seguían vigiladas por celosos guardianes. Atravesando una de sus puertas, encontramos, en un laberíntico juego de corredores, un mundo cerrado entre rústicas paredes que, de forma impensable, aíslan sobremanera del excesivo calor exterior. Sus habitantes, aunque amables, son recelosos de cualquier elemento ajeno a la comunidad. Por supuesto intentan evitar, incluso con amenazadores gritos, que la cámara fotográfica recoja cualquier pincelada, por ínfima que sea, de su particular mundo. A la salida de la visita, y mientras montamos en nuestro vehículo, otro todoterreno, se detiene a nuestro lado. Diversas europeas salen de su interior y pasean risas y cuchicheos por los alrededores de la kasbah. “Moustache” reconoce a su chófer y se acerca a saludarlo. Es Hassan, uno de los tres Hassan que nuestro guía utiliza, como ocasionales conductores, cuando los grupos que debe acompañar son demasiado numerosos. Hassan se acerca a nosotros y nos tiende su mano. Es un bereber fashion. Su ropa, su cuidado corte de pelo, sus patillas afiladas y su perilla testimonial lo sitúan a mitad camino de un Cristiano Ronaldo del Atlas y el Omar Sharif de Lawrence de Arabia. Nos cuenta de su viaje y ríe las chanzas de “Moustache”. Mientras departimos, una de las chicas, desafortunada en el reparto universal de belleza, se le acerca con mirada lánguida y poco creíble aire seductor. Le pregunta una tontería arqueológica, pura excusa, y con la respuesta, más o menos inventada de Hassan, regresa junto a sus amigas pavoneándose de forma escandalosa. El bereber nos guiña un ojo. – Is mi novia. – nos dice. “Moustache” niega con la cabeza y le pregunta – ¿Pero a ti te gusta, Hassan? – Su respuesta es más que contundente – Is mijor qui cabra. – Reímos una maldad que esconde, tras ella, toda una filosofía de vida. Recuerdo entonces a la danesa del colmado – toda una belleza con poco que ver con esta chica salvo en su historia –. Pienso en la extrema situación que está viviendo por amor – el de ella hacia su bereber, porque lo que ella recibe poco o nada tiene que ver con este sentimiento -, y ya en ruta, iniciamos una conversación que derivará en afirmaciones delirantes, esas que esconden una realidad irrefutable; son numerosísimas las occidentales que, bajo una tapadera sociocultural, planean sus viajes a estos países en busca de un turismo sexual que se ofrece de forma encubierta bajo el sugerente epígrafe de “Las Mil y Una Noches”. Y no son pocos los chascos que se llevan. Entre otras cosas, porque en la cultura de estas gentes, el placer de la mujer es algo totalmente prescindible, con lo cual los breves encuentros sexuales dejan a más de una, con apenas quince segundos, a la “Luna de Valencia”.
“Moustache” nos habla entonces de su libro online; “Las chicas Shokran” que – inserto publicitario – puede también comprarse físicamente a través de Internet. Dani se muestra muy puesto en la materia. Al parecer, durante la preparación del viaje, su documentación ha incluido leer este material. Esther nos explica que fue ella quien le dio el título definitivo después de ver, literalmente, a una española deshacerse lanzándole mil y un “Shokran” – gracias en árabe – por cualquier nimiedad a su “novio” local. Nuestro guía nos habla de ejemplos conocidos por él. Nos cuenta que ha prohibido a sus chóferes tener relaciones sexuales con las clientas y que, si bien esto le trae más de una réplica por parte de alguna “Shokran”, no es menos cierto que cuando alguna consigue su propósito, le crea un conflicto de dimensiones bíblicas que amenaza con dinamitar la estabilidad del grupo. Las “shokran” tienen la filosofía de la integración, de creer que han llegado al paraíso y que allí serán aceptadas como una más. Estas son las de convicción. Después están las que tan solo buscan echarse algo a los labios – sí, a esos – y que en su país de origen lo tienen algo crudo. “Es posible con tipos tan guapos como nosotros” comenta uno de los viajeros, del que silenciaré su nombre por si su chica se le ocurre leerme. Éstas, para mí, son falsas “Shokran”, pero al final también computan en las estadísticas. “Moustache” no conoce un solo caso que haya finalizado bien. Hasta donde él sabe, en sus veinticinco años de vida en el país, todos estos encuentros interraciales han hecho pala. “Cuando te casas con un marroquí, te casas con toda su familia”, nos comenta. “Y esto, a veces, es un engorro” añado yo. Todas piensan que su “Moha” es diferente. Cuando los ven melancólicos mirando al infinito – “Istoy con diprisión, mi voy a suicidar al disierto” – cuando les susurran todo lo que ellas quieren oír al oído – “yo no soy como los otros moritos” – , cuando las embarcan en aventuras económicas insospechadas – “Is un buen nigocio, poco diniro para Ispanya” -, en esos momentos, ninguna cree que ella pueda ser la siguiente víctima. Pero ocurre. Hay chicas que piden préstamos y se sumergen en sus trabajos para pagarlos religiosamente, mientras sus “novios” lucen el todoterreno nuevo que se han comprado e invitan a fiestas a todos sus amigos, con el dinero para ese terreno en el que iban a construir sus sueños. A una en concreto, le sacó sesenta mil euros para un albergue que nunca se puso en marcha. Nos hablan del amigo de un amigo, un adolescente que se lió con una chica belga. Nos explica que la famosa chica belga en cuestión, se vino a vivir al desierto, totalmente integrada, sí, pero una “chica belga” que ya vivió la guerra del catorce. Eso sí, entonces aún no pesaba los ciento setenta kilos que luce en la actualidad. Lo más hiriente es que en este caso, ella sabe muy bien que el muchacho solo quiere la nacionalidad, pero no está dispuesta a casarse y tan solo usa al chaval para su satisfacción sexual. A algunos les sale el tiro por la culata. Nos cuentan la historia de una brasileña de piel blanca y cabello rubio que tuvo una hija con un marroquí. Fue el momento en que todo cambió, se rompió el sueño y ella quiso huir. Se marchó, sí, pero sin la niña. Después de diversos chantajes y mucho dinero en danza, la única forma de recuperarla, fue a través de una operación militar llevada a cabo por mercenarios de su país. O la francesa que se quedó con el albergue de su marido pues resistió más que él, otra que se salió con la suya, y aún hoy, se “calza” todo aquello que se mueve por su radio de acción. Eso sí, en cualquier lugar del albergue menos en la cocina, ya que bajo la arena de ésta se encuentra el bereber enterrado y no es cuestión de soliviantar espíritus astados. Nos dicen que en las letras de los tribales cánticos, aquellos que al son del tambor y los crótalos, lanzan los bereberes en las fiestas que preparan para turistas, se incluyen frases como “mira que tetas tiene la del suéter rojo” o “está noche me paso por la piedra a las dos gemelas francesas”. Y se quedan tan panchos los tíos, mientras ellas, imbuidas por el espíritu del desierto, danzan frenéticas creyendo haber encontrado aquel paraíso del que habló John Milton… Lo dejo aquí, que cada una de estas historias, podría dar para un best-seller o miniserie de Antena 3, tan en boga ambas cosas entre las aventureras de pantuflas y ganchillo. Aunque pendiente de la conversación, no he dejado de disfrutar del paisaje por el que circulamos. El Draa es un espectacular y fértil valle con más de doscientos kilómetros de palmeral. Las gentes de esta zona, de piel más oscura que los bereberes de las montañas, basan su potente economía en el dátil. Dátil que será, única y exclusivamente, para consumo nacional. Cuando los probamos, entendemos porqué. Nada que ver con los provenientes de Túnez que consumimos en España. U eso que los que nosotros degustamos ni se acercan en calidad a los que, en el mercado, se cotizan a sesenta euros el kilo.
Oculto por tantas palmeras, Tamnoungalt surge de pronto. Tamnoungalt es una concentración de kasbahs de diversas épocas que se ha convertido en escenario perfecto para muchas superproducciones americanas. La que pasaremos la noche, es del siglo XVI. A nuestra llegada al lugar, bajo la mirada poco atenta del maestro del pueblo, los niños juegan con centenares de paneles de corcho blanco. Es una imagen insólita y por momentos tenemos la sensación de que está nevando. Pronto averiguamos que se trata de los restos del rodaje de “Prince of Persia” que ha tenido lugar allí mismo durante varios días. Para mí desgracia, ha finalizado esa misma tarde y solo podemos ver algunos de los “props” utilizados. Me queda el consuelo de poder contar que, esa noche, dormiré en la misma habitación que hasta la víspera, ha ocupado Ben Kingsley. Otro calvo notable. Después de una reparadora ducha, lujo oriental comparado con lo vivido en lo que llevamos de viaje, visitamos una kasbah cercana. De la misma época que la que nos aloja, pero muchísimo más deteriorada, tiene el encanto de haber sido el escenario principal de “La Pasión de Cristo” la polémica cinta que dirigió Mel Gibson. Aunque el tiempo ha hecho mella en mi memoria, al recorrer el lugar, son diversas las escenas que acuden a mi mente. Es un espacio lleno de sugestión y no me extraña que el equipo del australiano se decidiera por él. En el exterior, “Moustache” nos espera junto al dueño de la edificación, Hassan – otro – se llama. Un tipo que gana buen dinero con su propiedad pero que, tal y como se maneja, tiene pinta de estar matando a su gallina de los huevos de oro. Ha caído la noche y mientras mis compañeros están de charla, subo hasta la terraza de la kasbah. Allí, enfundado en un chándal del Real Madrid, está Omar. Viendo ese escudo, no sé que hace un valencianista como yo dándole conversación. Pero es amable, poco prepotente y trabaja en el cine, en producción. Ya me tiene enganchado. Me cuenta mil y una historias, debe haber participado en todos los rodajes que en los últimos veinte años se han llevado a cabo en Marruecos. Es evidente que las facilidades que los reyes alauitas dan a los occidentales para rodar allí, y que ningún otro país del mundo árabe consiente, han creado una pequeña industria y proporcionan fuertes ingresos en forma de royalties. Omar me explica como emborrachó con dos cajas de vino a todos cuantos aparecen como integristas exaltados, en una de las escenas más conocidas de “Black Hawk derribado”, y como fue felicitado por ello por Ridley Scott. Mantiene una gran relación con el director inglés y me cuenta que hasta en cinco ocasiones ha rodado allí, y que en todas ellas él ha participado. Me habla de las noches fumando hachís discretamente, junto a Viggo Mortensen durante el rodaje de “Océanos de fuego (Hidalgo)”, o como todo el equipo de “Red de mentiras” fue a visitar el nacimiento de su primer hijo a un pequeño pueblo del desierto cercano a Merzouga. También me comenta que tiene un perro en casa que recogió Leonardo DiCaprio y se lo dio a él en custodia. Dice que le sigue mandando dinero para su mantenimiento… Al poco no sé cuanto hay de realidad y cuanto de ficción en su relato, pero bajo la estrellada noche de Tamnoungalt, y envuelto de ondulantes palmeras, soy capaz de creer que la maquinaria de los sueños, lleva días en marcha ofreciéndome una gran película que nunca voy a olvidar. Morocco’s Dream VII – El día de los ritualesEl silencio sobrevuela la coqueta casa de estilo bereber. No intuyo vida a mi alrededor, salvo quizás por alguno solitario ronquido de traducción imposible y sentido impenetrable. Clarea el día y yo ya estoy en marcha. Tomo el libro que llevo en danza, la cámara y mi ropa. Salgo al patio. Me acabo de vestir al aire libre. Es fresco. Nada que ver con lo que uno imagina cuando piensa en un día en el desierto. Mientras acabo, decido qué voy a hacer. No sé porqué pierdo el tiempo, lo tengo más que claro. En pocos minutos la casa queda atrás en las afueras de un dormido Hassie Labied que atravieso al paso. El oasis me separa de las dunas pero daré un rodeo para evitar distracciones. Voy a disfrutar del amanecer. Quiero ver nacer el sol desde Erg Chebbi. Me gustará como ilumina paulatinamente el vecino país antes de acariciarme con su calor. Camino sin prisas, hay tiempo esta vez. Tomo una curiosa foto de la luna envuelta por palmeras. Dos francesas me adelantan. Me miran sorprendidas. Me envían un matutino saludo. Lo devuelvo. ¿Dónde queda aquello de más solo que en el desierto? Sigo adelante. Sin prisa. Todavía no despunta. La arena está fría, mucho más que la tarde anterior. Observo numerosas huellas. Recientes y menos. Cicatrices del fin de un modo de vida. Vehículos 4×4, motos de cilindrada media, quaks, camellos con turistas, turistas sin camellos, falsos tuaregs, chicas Shokran – estas tendrán su propio capítulo – … Han convertido las dunas marroquís en su zona de ocio, en su parque temático. Los pequeños pueblos de los alrededores tienen como única ocupación el turismo, y el dinero que éste deja, es suficiente para tapar cualquier exceso. Incluso la muerte de algunos niños del pueblo, atropellados por descerebrados. Los más habituales, españoles. Turistas y descerebrados, digo. Todos conocemos de estos. Desde hace un tiempo, los niños ricos, han cambiado La Mancha de sus padres por este paradisíaco espacio. Aquí llevan a cabo sus partys, sus caprichos, sus locuras. Creen que es el cortijo propio y en él se sienten los amos del mundo. Piensan, no sin cierto fundamento, que con dinero todo está permitido, todo está pagado. Y todo esto trae cambios. Y se pierden matices. En especial para los que queremos que las cosas perduren. Y es triste. A lo mejor me equivoco, y somos pocos los que así soñamos. Igual este es el futuro de todo. Incluso de estos países. Si es así, que no me esperen en él.
Radiales rayos de sol me devuelven a las dunas. Apenas asoman, la arena toma de nuevo ese tono dorado que tanto disfruto. En pocos minutos el calor vuelve a picar. Me sobra el anorak. Lo anudo a mi cintura. Momentos únicos, para vivirlos. Fascinado, emprendo en regreso. Decido, ahora sí, cruzar por el oasis y aprovechar para verlo. Lejos de lo que imaginaba, las palmeras ocultan un entramado de acequias que surten de agua – escasa en mi visita – a las parceladas zonas de cultivo. Las gentes de Hassie Labied las aprovechan para autoabastecerse de productos básicos. Ni jaimas adornadas con sedas, ni orondas odaliscas de danza del vientre, ni aguerridos beduinos tomando el té. Un fondón Totti me saca de mis pensamientos mientras realiza sus ejercicios matutinos. Me saluda con un “bonjour”. Parpadeo un par de veces antes de darme cuenta de que no se trata de uno de los recurrentes espejismos de estas tierras. Un francés, con la camiseta “azzurra” y el nombre de Toti en la espalda, hace footing por las dunas. No puedo creerlo. Niego un par de veces con la cabeza antes regresar a la casa. Hay vida. Algunos se desperezan, otros toman el matutino sol sentados junto a la puerta de entrada, los más preparan el desayuno. Y yo traigo hambre de lobo. Más de una hora pateando ayuda. Falta leche y me ofrezco voluntario para ir a comprar. No está lejos el colmado y muy fácil lo localizo. Conforme me acerco, una espigada joven de espléndida cabellera roja, me hace señales desde la puerta. No puedo creerlo. Ajusto mi pajarita, aliso mi esmoquin y camino hacia ella con aires de galán. Según me aproximo, compruebo que no se dirigía a mí, sino que colocaba un etéreo pañuelo de gasa sobre su cabeza. Eso sí, lo vi bien. Es pelirroja como los tulipanes, alta, casi tanto como yo, y blanca, bastante más que la leche que he ido a buscar. Además, lleva amarrado a su espalda un niño, un pequeño magrebí. Monta en una desvencijada bicicleta y con una sonrisa de desmayo – el mío, no el suyo – me da los buenos días en francés y sale dando elegantes pedaladas con sus eternas piernas. Regreso con la leche y el cotilleo. Quiero conocer su identidad. Esther me informa. Se trata de una danesa que intenta abrir un albergue con su pareja marroquí. Parece que se han quedado sin dinero y no les llega para acabarlo. Están en un momento crítico y viviendo en precario. Es un ejemplo perfecto de “Chica Shokran”. De nuevo este concepto cuya explicación, prometo no demorar.
Tras el desayuno nos encaminamos a Rissani. Hay antojo de paella – me han lanzado el guante y lo he aceptado sin dudar – y vamos a la improbable busca de los ingredientes. También sardinas, es otro antojo. Comer sardinas y paella de pollo en el desierto. Menudo festín. Menudos pirados. Rissani es el enclave por la que los alauitas, antepasados del actual monarca, entraron en el país desde el desierto. Ello la convierte en una ciudad especial. Su mercado es inenarrable. Las telarañas componen enormes velos que separan espacios sin que nadie se moleste en adecentar el lugar. Seguramente porque a nadie debe parecerle mal la compañía de los arácnidos. Sanguinolentos pedazos de carne se muestran desperdigados por encima de los mostradores a la espera de los voluntariosos compradores. Pieles e carnero, pedazos de grasa, especias, dátiles, productos de limpieza y unos baratos juguetes que se muestran fuera de lugar, son parte del atrezzo. Las verduras, de no demasiado buen aspecto, se amontonan de forma desordenada a diestra y siniestra. Mujeres beduinas envueltas en negros velos, muestran solo sus ojos, su ojo o incluso ningún ojo, mientras llenan sus anacrónicos capazos de provisiones. Impresiona verlas, sobre todo en grupo. En uno de nuestros vaivenes, nos cruzamos con varias de ella. Unos almendrados ojos de color aceituna cruzan su mirada con la mía. Hacía varios siglos que no veía nada tan seductor. Un espacio abierto, cerca del mercado, se convierte en la zona de compraventa de animales. Hay turistas allí. Un grupo de ingleses que observan curiosos las transacciones, con una monótona banda sonora de balidos. De nuevo en un espacio cubierto, bañados por aleatorios rayos de sol que atraviesan un tejado, de desvencijadas planchas de corroído metal, doscientos ojos, desde cien amontonadas cabezas de carnero me miran sin ninguna curiosidad. Yo si la tengo, y algo de aprensión. La mirada del tendero y sus acompañantes y, sobre todo, las disuasorias palabras de un chaval que nos acompaña, borran de mi cabeza la idea de lanzar la anhelada foto. Es de premio pero me la pierdo. Salimos con un pollo de sospechoso color, unas judías verdes, unos maltratados tomates y algo parecido a unos pimientos. Serán los ingredientes con los que elaboraré la paella. Hacer una paella con hojas de palmera como combustible y un intermitente viento del desierto que arrastra pequeñas ráfagas de arena, no deja de ser una proeza. La falta de algunos de los ingredientes habituales, no ayuda. La actitud cervecera acaba por hacer que el experimento sea casi un desastre. De sabor aceptable, atacar primero las sardinas, deja demasiado tiempo de reposo al arroz. Aún así, mis compañeros y nuestros anfitriones son gente educada y acaban absolutamente con todo. Raspas de sardinas incluidas. Esa tarde, en ruta hacia Khamilia nos detenemos en Merzouga. Desde el interior del coche “Moustache” llama al barbero local. Trabaja con una sospechosa navaja en el interior de un reducido establecimiento y le responde indiferente. “Moustache” desciende del vehículo y es entonces cuando el marroquí le reconoce. – Creí qui iras un moro dil mierda. – Ríe el estilista. – Vamos a Khamilia. A ver a los negros. – responde nuestro guía. Se saludan efusivamente e intercambian algunas palabras en bereber. Nuevo saludo y “Moustache” regresa a bordo. La noche está cayendo y la curiosidad aumenta. Me apetece mucho conocer este pueblo compuesto, íntegramente, por descendientes de los esclavos sudaneses que los árabes trajeron en su invasión del país. La villa está oscura cuando llegamos. No hay nadie en las calles. Me siento algo decepcionado. “Moustache” no se inmuta. Aparca junto a una jaima donde una española, acompañada por su guitarra y por un tipo de aspecto alternativo, canta canción protesta. Un espigado negro sale a saludar. Una breve conversación y nuestro guía nos hace gestos para que nos acerquemos. Entramos en una de las casas. Es pequeña y con un amplio interior. El espacio está cubierto de alfombras y sus paredes tapizadas de pinturas de aire naif. Representan músicos en plena actuación. Nos descalzamos, nos sentamos en el suelo. La muchacha de la jaima – apenas una niña – y el tipo de la entrada nos sirven té y cacahuetes. Nos miramos sin saber qué va a ocurrir. De pronto, siete u ocho africanos de largo talle y completamente vestidos de blanco se deslizan al interior. Tambores, crótalos y panderos comienzan a sonar por sorpresa. Es el atronador inicio del espectáculo. Estamos boquiabiertos. El espacio magnifica el sonido. Durante cerca de una hora tocarán y bailarán para nosotros. También nos harán bailar con ellos. De pie ya no los veo tan altos, ni tan delgados, pero aún así, impresionan, que yo aún recuerdo las caras de Michael Caine y Stanley Baker en Zulú. La muchacha se muestra completamente integrada, debe vivir allí, con alguno de aquellos sudaneses. Lo que no sé que pinta es el “gato de porcelana” que la acompaña. Cuando comento, en tono jocoso, que he hallado mi lugar en el mundo, me responde que no lo diga ni en broma, que aquel es el lugar, que engancha. A una señal del guía, acaba la fiesta. Los negros dejan de tocar. Lógico, se van los espectadores. Compramos uno de sus CD y “Moustache” nos sugiere que les demos cien dírhams – diez euros – por el té y la actuación. De regreso pregunto a nuestro guía porque era tan reacio a ir a Khamilia, a mi me ha parecido un momento mágico. Me contesta que hacía algunos años que no pasaba por allí. Desde hace un tiempo, autobuses de turistas domingueros, se detienen en este lugar. No buscan lo que nosotros hemos disfrutado, y mucho, hace un instante. Quieren diversión a costa de estas gentes. Y ese espectáculo, pagado con pocos euros, incluye ver a los negros cantar y bailar, entre otras, la incatalogable “Macarena”. Morocco’s Dream VI – El país del fin del mundo
Más de mis aventuras (y de los muchachos).
Marruecos (2009). Agoudal nos despide con la imagen de Joan. De pie, ante su sueño, rodeado de barro y piedras, de cables, tubos, paja, varillas de hierro y herramientas… Atrapado por encofrados, ventanas y puertas talladas con rico artesonado y todavía sin colocar… Hipotecado por la ilusión, por una utopía con visos de tardar en realizarse, por el empecinamiento de los justos… Algo recorre nuestras entrañas mientras el auto da marcha atrás para salir del recinto. Su figura se va empequeñeciendo paulatinamente. Nos sentimos a bordo de uno de esos “Black Hawk” que deja atrás sin remedio, a un marine desafortunado. Pero nos vamos como Mc Arthur, con la promesa de volver para la inauguración de un albergue que, a poco que la suerte le acompañe, las guías de viaje catalogarán de “lugar con encanto”. No es solo la alargada sombra de Joan lo que dejamos atrás. Agoudal nos ha dado mucho y ahora queda ahí, a nuestra espalda, austera, orgullosa, ruda y pese a todo… Me permito un flash-back, ligero. La tarde anterior, convertidos en auténticos flautistas de Hamelín, hemos recorrido sus callejas y plazoletas acompañados de las risas, la emoción, la excitación incluso, de pequeños bereberes que seguían nuestros pasos como única actividad lúdica del semestre. Algunos me han reconocido por la visita a la escuela. Incluso pese a no llevar las oscuras gafas de sol y el pañuelo protector anudado a la cabeza. Ello ha creado cierta complicidad, y ahora, todos quieren formar parte de mi aventura. Hemos compartido mil y una fotos. Nos han acosado con preguntas hasta la extenuación. Hemos reído con ellos. Nos han emocionado sus inocentes rostros. Y como no, nos han tomado el pelo… Incluso con esto, han sido instantes muy especiales.
“Le dimanche à Bamako c’est le jour de les mariages”. Nuestra canción de guerra me saca del lugar en que me ha metido esta avalancha de recuerdos imperecederos. Amadou & Mariam, los populares músicos de Mali, la entonan. El todoterreno rueda sobre pistas imposibles en busca de nuestro próximo destino. Ni siquiera la rugosidad de la orografía hace saltar el drivepen que contiene la música que nos acompaña. Tras kilómetros de vertiginoso descenso sobre las nubes, atravesamos el Atlas a través de unas angostas gargantas. Pregunto si son las del Todra o el Dades inicialmente previstas. “Moustache”, por detrás de su eterno cigarrillo, masculla que no. No acabo de entender bien el nombre de éstas. No me importa. No necesita nombre algo que evidencia tanta belleza. Las recorremos a distintas alturas. En su parte baja, el río, escueto, culebrea por el fondo del estrecho valle. Las frondosas palmeras no nos dejan apenas vislumbrarlo. Las construcciones combinan sin pudor épocas y estilos. Los nuevos ricos, los Marroquís que viven en Europa, se construyen espantosas casas de ínfulas elegantes – más o menos como pasa aquí -, junto a ellas, las tradicionales edificaciones, más humildes pero también más atractivas, sirven de contrapunto a este paisaje ecléctico. No mucho más allá, colgando de paredes cortadas a pico, construcciones trogloditas contemplan impasibles al paso del tiempo. Con mayor celeridad de la imaginada, estamos al otro lado. Hacemos un alto en una ciudad mediana para comprar provisiones. Son las puertas del desierto. No del desierto clásico, aquel que conocemos por películas y tebeos, sino de la Hamada. Desaparecida la civilización salvo por escasas salpicaduras aquí y allá, desaparecida la vegetación, sustituida por matojos secos y algún grupúsculo de palmeras en busca del agua revitalizadora, un antiguo fuerte de la Legión francesa, nos abre paso a un pedregal oscuro y áspero que se convierte en el mejor aliado de los dedicados al recauchutaje de ruedas. Muchos kilómetros más allá, Merzouga nos recibe con el mejor de los despliegues. Pronto nos damos cuenta de que tanto honor no es para nosotros. El rey está a punto de llegar. Intentamos huir lo más rápido posible del lugar pero todas las salidas están cortadas. Lo que me repatea hacer con el “campechano”, voy a tener que tragármelo, bien masticadito, con el monarca alauita. Cubriendo todo el recorrido, policías y militares se alternan a una distancia de poco más de cinco o seis metros. En carretera también, pero allí, para ahorrar efectivos, “solo” cada cincuenta metros. Un rápido cálculo. Hay cuarenta militares ocupados por cada kilómetro que Mohammed VI vaya a recorrer. Otro alarde. Aguardamos tomando una Coca-Cola dulzona y no muy fría, mientras observamos el entusiasmo de los lugareños. Lanzamos algunas fotos, pero la mirada de acero que un policía me envía, me lleva a responder manos en alto y con un gutural gritito de “Presse, Presse!”. Oculto mi cámara con rapidez. La velocidad del paso de la comitiva deja a la de Mr. Marshall en mantillas. Nadie ve a un monarca que, a ochenta kilómetros por hora y tras unos cristales ahumados, se le supone saludando a su pueblo. Y después de esto, nadie se mueve. ¿Qué ocurre? ¿Por qué no se largan y nos dejan seguir? En pocos instantes lo entiendo. Un nuevo paso del convoy, esta vez en dirección opuesta a la anterior, da por finalizada la visita real. Todo vuelve a adquirir cierta normalidad. Policías y militares relajan sus tensos músculos. Los Walkie-Talkies dejan paso a tazas de té. Jóvenes prostitutas pasean su mercancía sin mostrarla demasiado. De vestir moderado para un occidental, no consiguen evitar que hombres y mujeres tradicionales, cuchicheen a su paso. Siguen el despliegue pues saben que ahí hay negocio seguro. La ciudad recobra su pulso tras la aceleración provocada por el evento. Salimos de Merzouga en dirección a Hassie Labied. Es el pueblo donde tienen su hogar Esther y “Moustache”. La Hamada se hace interminable a la espera de las dunas. No sé mis compañeros, pero para mí, y pese a pecar de turista dominguero, este viaje cobrará todo su sentido visitando ese lugar. Hay pocas zonas de dunas en Marruecos, algo más de doscientos kilómetros cuadrados. Una ínfima porción del total. Aunque ocupen solo el treinta por ciento del Sáhara, conociendo que ese total son nueve millones de kilómetros cuadrados, la arena abarca una extensión que equivale a cinco Españas.
De la nada, al fondo, extrañas montañas siluetean el horizonte. Su color es muy peculiar. Alejadas del gris marengo que muestran las que hasta ese momento nos envuelven, lucen un amarillo intenso de dorados reflejos que el sol se encarga de remarcar. Conforme nos vamos acercando, comprobamos que se trata de las esperadas dunas. De alturas desiguales – algunas alcanzan hasta los cien metros – componen un festival de olas de polvo de sinuosas formas. Aquella imagen es apabullante. Mucho más cuando, poco después, detenemos el coche junto a ellas. El fin de la hamada y el inicio de las dunas está tan claramente delimitado, que alguien comenta jocoso que, por las mañanas, una brigada de limpieza local, se dedica a barrer la arena para que no sobrepase su delimitada frontera. “Moustache” nos dice que elijamos un lugar, no hay apenas viento y comeremos allí mismo. Mientras preparan el picnic caminamos por la arena. No tiene nada que ver con la que conocemos de nuestras playas. Es mucho más fina, te deslizas sobre ella. Además, a pesar del sol, está fría. Las ligeras ráfagas de viento, la cambian constantemente de sitio sin darle tiempo a que se caliente. No sé como será durante el verano, pero imagino que poco o nada debe cambiar. Finalizada la comida, Esther y “Moustache” nos proponen que, mientras ellos se adecentan un poco tras tantos días en estado semisalvaje, realicemos una pequeña excursión. Nos señalan el punto más alto de las dunas. Nos indican que, tal y como está el cielo, límpido y sin apenas nubes, desde allí tenemos una espectacular puesta de sol. Nos aconsejan que caminemos sobre las crestas pues así nos será más fácil alcanzar la cumbre. Tenemos una media hora a buen paso y unos cuarenta y cinco minutos hasta que el astro rey se oculte. Vamos con ventaja. Ellos nos esperarán en casa, han decidido que ya no somos solo clientes sino amigos y, si queremos, nos olvidaremos del albergue por esa noche y nos alojaremos en su hogar. Nos parece una gran idea. Dos grandes ideas si contamos la del paseo. Cogemos lo imprescindible y nos ponemos en marcha. Dani y yo en cabeza. Pablo y David, detrás. La cresta de las dunas es dura y no es difícil caminar por ella, pero en algún momento, se alejan tanto de nuestro destino, que decidimos acortar. Subiendo por las laderas, la arena está suelta y los pies se hunden por completo. Es más difícil avanzar, mucho más. Y aunque nos permite acortar metros, comenzamos a pensar que no es lo más aconsejable. No dejamos de charlar de lo que está suponiendo la experiencia. No dejamos de hacerlo y comenzamos a resoplar. Veinte minutos después, los rezagados nos han alcanzado, comenzamos a notar la asfixia en nuestros pulmones. En especial yo. Estoy fundido. Ya no soy ningún jovenzuelo y arrastrar mis, incluida la mochila, casi cien kilos cuesta arriba, supone un gran esfuerzo. Poco a poco, comienzo a hacer la goma. Me quedo, les alcanzo, me vuelvo a quedar, les alcanzo de nuevo. Tampoco su grupo es tan compacto. David, que se pasa los días luciendo tipo en la piscina y es el que en mejor forma aparenta estar, se destaca en cabeza. Pablo y Dani le siguen de cerca. Pero ya nadie habla. Solo se oye resoplar. Y algún exabrupto. Éstos cuando das un paso y te deslizas tres metros hacia atrás por efecto de la arena. No hacemos más que patear y la cumbre aparece cada vez más lejana. El sol se está acercando peligrosamente a las montañas y dentro de poco será de noche. Seguimos. Sudamos. Maldecimos. Las bocas se secan. Bebemos. Nos refresca y nos alivia de la carga en las mochilas. David corona. Cae derrengado. Dani y Pablo le siguen de cerca pero el último tramo esta siendo infernal. Yo estoy a cincuenta metros, pero parecen quinientas millas. Me dejo caer y provoco la instantánea de la subida. Dani capta mi imagen “Platoon” y después mi “muerte” en el desierto. Recobro el aliento mientras recojo arena en un pequeño tarro para las peticiones. Creo que puedo llegar. Dani y Pablo también están ya arriba. Subo los últimos metros con más cabeza. Ya no me empeño en correr sino en asegurar pie. Un esfuerzo más. Escupo arena. Un escarabajo pasa a mi lado y acierto a ver como sonríe el muy cabrón. Por fin les alcanzo. Los cuatro disfrutamos en silencio de la caída del sol. A nuestra espalda, Argelia, frente a nosotros, el Edén. El momento es más íntimo que espectacular. Cada uno tiene sus dedicatorias privadas. Son solo unos gloriosos minutos. Un placer reservado a privilegiados. Pero no está todo ahí. Aún queda una parte. Divertida. Nos descalzamos para emprender el descenso. Jamás había experimentado esa sensación. Lanzas el cuerpo atrás y te dejas llevar. Tus piernas se hunden hasta más allá de las rodillas y lo que en subida han supuesto muchos minutos, en bajada son apenas segundos. La sensación es difícil de transmitir. Al pie de las dunas, junto al oasis que protege el pueblo, cuatro españolas están siendo fotografiadas por su guía. Nos saludan, les respondemos. Coquetas, intentan entablar contacto y nuestra escasa respuesta, acaba con todas las posibilidades de que estropeemos el día.
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