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Blog con los relatos de nuestros viajes.
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Archive for ‘Africa’ Category
Morocco’s Dream V – El país del fin del mundoLa quinta de las entregas. Así como sin querer, voy sumando páginas. Igual al final tengo algo que se parece a un libro. Marruecos (2009).
Amanece. O casi, porque todavía no asoma el sol. David abre un ojo, me ve vestir, resignado niega con la cabeza, lanza un “buenos días” y se da media vuelta ocultando bien en el saco su espléndida cabellera – el temor, casi perpetuo, de que los piojos tomen posesión de ella, lo tiene obsesionado. Problema de menos que tengo yo -. Duerme de nuevo cuando me deslizo fuera de la habitación. De hecho todos lo hacen. Solo Ibrahim y su leve cojera, producto de una polio infantil, preparan el día que se anuncia. Le saludo y salgo. Un frío viento que corta mi rostro me recibe. El silencio sobrevuela el pueblo. Camino por las polvorientas calles. Me siento Ramón Lobo en los dominios pashtún. Como se asemeja este lugar a lo que de Afganistán he visto a través de documentales o reportajes periodísticos. Lanzo fotos por doquier. Busco en vano gente que las anime. El adobe, presente en todas las construcciones, acaba por ser en exceso monótono. Solo un desvencijado rótulo de Coca-Cola rompe el cromatismo reinante. Consigue hacerme pensar si, con su omnipresencia, no será esta empresa la mejor tapadera de la CIA. Observo las construcciones. Es curioso el cambio de estilo entre las que vimos en el anterior valle y estas. Donde allí la piedra era el material básico, aquí lo es el barro. Y aunque las edificaciones tienen una apariencia similar, son muchas las pequeñas diferencias que lucen. En los próximos días comprobaré como, curiosamente, la arquitectura de los Ait Haddidou, tiene más puntos en contacto con la de los pueblos del desierto que con la del resto de tribus de estas montañas.
Los lugareños comienzan a asomar su perfil a la helada mañana. Cabizbajos, los hombres arrastran aburridos animales de un lugar a otro. Encorvadas mujeres trasladan grandes costales de leña sobre su espalda hasta sus hogares, buscan calor para la próxima noche. Todo es muy sencillo aquí. La vida en si, aunque dura, carece de la menor complicación. Una vez calientes y alimentados, se acabaron las obligaciones del día. Uno puede sentarse al calor del sol a esperar que caiga la noche observando a los otros deambular de un lado a otro en sus quehaceres cotidianos. Todo el mundo me saluda. Obviando a Joan, debo ser lo más extraño que han visto en el último año. Veo niños. Algunos. Seguro que anoche también había. El síndrome “muertos vivientes” no nos dejó comprobarlo. Un par de chavales me lanzan una sonrisa sincera. El mayor me espeta “A l’école”. Asiento con la cabeza. Les inmortalizo con mi cámara con sus mochilas a cuestas y enfundados en roídos gabanes. Como en un flash, pasa por mi cabeza acompañarlos. “Je peux aller avec vous?” sale de mis labios en un hosco francés. Ambos se miran, ríen y asienten. Nos ponemos en marcha. No está lejos me dicen. Ya me conozco yo esto. Para mi sorpresa, no lo está. Diez minutos después, en las afueras del pueblo, nos topamos con las austeras construcciones que componen su escuela. Varios barracones de material moderno y forma rectangular se sitúan en el interior de un vallado alrededor de un patio de piedras. Somos los primeros. Es temprano. He acudido con los más madrugadores. En breve van acudiendo el resto. Todos a mi alrededor me miran. “Menudo tipo raro”, pensarán. Les pido permiso para hacerles fotos. Algunos aceptan. Otros no. En especial las niñas. Y aunque no se apartan cuando las lanzo a sus amigos, cubren su rostro con las manos pesando que de esa forma van a volatilizarse. En las paredes exteriores de las aulas aparecen, pintados de forma muy rústica, algunos personajes Disney. En toscos bocadillos que salen de sus bocas, dicen en francés a los niños que no tengan miedo, que son muy gentiles. Imagino el temor reverencial que, entre las gentes, ha tenido la aparición de la escuela en el pueblo. No debe hacer mucho que estos niños gozan de este privilegio. Nos sentamos a la espera de los profesores. Los niños siguen llegando y pronto son más de veinte los que me rodean. Les muestro algunos de los dibujos que he realizado en estos días de viaje. Rápidamente me piden que plasme a Mickey Mouse. Por cierto que no es ese el nombre por el que aquí le conocen. Como no acabo de entender bien su pronunciación, consigo que todos se refieran a él como Mortimer Mouse, tal y como Disney quiso bautizarlo. Dibujo y dibujo en cuadernos, pizarras u hojas sueltas. Ríen y comparten sus risas conmigo. Me enseñan sus libros y cuando espero encontrar árabe o francés, me sorprendo viendo que muchos de ellos están escritos en bereber. Me alegra ver que de algún modo recuperan lo que es suyo, su cultura, su lengua. Es un paso para construir. A pesar de los árabes. Una de los chicas, atrevida, me pregunta por mi novia. Les enseño fotos. Muy galantes, me dicen lo guapa que ella es. No es nada nuevo. Un pequeño, de apenas cinco o seis años, me enseña la portada de uno de sus libritos. Bajo un título en francés, una chica toma el sol vestida con shorts y camiseta de tirantes. Él zagal me dice que es su novia. Asiento con la cabeza pero no parece suficiente. Para confirmármelo restriega el cuaderno por sus genitales en un gesto obsceno. Todos ríen su atrevimiento de forma escandalosa. De pronto hay silencio, llega la maestra. Se despiden de mí y corren hacia la puerta del aula. Me acerco. Saludo a aquella joven que cubre sus negros cabellos con un pañuelo. Charlamos brevemente. Me dice que se encarga de los de tercer año. Está claro que nada tiene que ver con nuestro sistema. Me comenta lo que cuesta escolarizar a aquellas gentes. Los chicos muy pronto han de hacerse cargo de los modestos rebaños familiares. A las chicas, con no demasiados años, se les encontrará un marido que se las lleve y alivie un poco la carga familiar. El grado de analfabetismo sigue siendo extremo en esas tierras. Le comento que me parece muy bien la recuperación escrita del bereber. Sonríe pero se le nota incómoda. Es posible que, aunque joven y más moderna que las demás mujeres del lugar, ya haya hablado demasiado tiempo con un desconocido. Lo intuyo, la saludo amable y salgo de allí. El pequeño al que había acompañado viene en mi busca. Me da las gracias por el Mickey dibujado, – realmente, falto de memoria, le he sacado mayor parecido a Super Ratón -. Camino de regreso al albergue los pensamientos se agolpan en mi cabeza. Estos minutos con los niños me llenan mucho. Me siento muy vivo. Reconozco que para mí, son mucho más satisfactorios que la visión de los grandiosos paisajes que estamos recorriendo. Cuando llego a la casa de Ibrahim todos están ya en marcha. Aprovecho que el desayuno no está todavía listo para acudir a la ducha del patio y sacarme algo de polvo de encima. Mi paseo exterior, con toalla y anorak como única indumentaria, ofrece a mis compañeros de fatigas una de las instantáneas del viaje. Un “robado“ que si no acaba de portada de Interviu, solo será por falta de visión comercial de sus responsables. Tras la ducha, desayuno. Al tradicional café (¿?) con leche (¿?), tortas y té, se une la tortilla bereber. No es muy distinta a la francesa. Tan solo dejan el huevo más crudo y añaden pimienta, comino y minúsculas porciones de pimiento rojo que le dan una textura y sabor especiales. Comemos en abundancia pues tenemos una pequeña marcha a través un pedregal hasta alcanzar la gruta de Akhiam. La sonrisa de Joan aparece tras la ventanilla de un auto. Confirmamos el pedido para la noche y salimos.
Haremos la primera parte del recorrido en el todoterreno. Salimos de Agoudal. La pista desaparece y parece que improvisemos la ruta. En pocos kilómetros, el paisaje se va volviendo lunar. Los escasos arbustos que hasta ahora habíamos visto, van desapareciendo. Aquí y allá salpican matorrales, nos convence de que no hemos cambiado de planeta. A nuestro paso por solitarias y paupérrimas casas, los niños nos saludan. Corren junto al coche agitando sus brazos en señal de bienvenida. Respondemos alzando la mano y con el corazón encogido. Duele que nuestra simple presencia provoque la felicidad a estas gentes de extrema pobreza. Pequeños de cabellos embadurnados con henna, apartan piedras de la ruta y extienden su mano en busca de algunos dírhams. Miro a “Moustache” de reojo. Permanece impasible. Hago como él. Saludo, sonrío y, para evitar las heridas, cubro mi corazón con una resistente cota de malla de aparente indiferencia. Nos detenemos. De allí al final iremos a pie. El paisaje es grandioso. Las erosionadas rocas toman caprichosas formas. En muchos momentos me siento en una de aquellas películas que John Ford rodara en el “Monument Valley”. Solo faltan Cochise y los suyos. Tras cuatro o cinco kilómetro de marcha, llegamos a la gruta. Es lugar de peregrinación pues la leyenda le atribuye poderes sobre la fecundidad. Me preocupo. Ya tengo dos cachorros y no sabría explicar un tercer embarazo. Me dicen que solo afecta a las féminas. Respiro aliviado. El lugar de las ofrendas nos lo confirma. Parece que ha habido allí un concierto de Miguel Bosé. Sujetadores y bragas de todos los estilos y tamaños forman una montaña de lencería femenina que pide a gritos una renovación estética. Nos internamos más en la gruta. El lugar es increíble. Paradójicamente y con mi claustrofobia a cuestas, solo pido que sigamos más y más hacia el corazón de la Tierra. Pasamos media hora en la oscuridad entre bromas y prudencia. Más tarde, ya en el exterior, disfrutamos de la monumentalidad del lugar. Comemos de regreso, en una verde llanura rodeada de ásperos roquedales. Es el único lugar con agua que hemos visto a lo largo del día. Durante los meses de verano, allí se instalan, con sus rebaños de camellos y cabras, los nómadas del desierto. Una pena perderse el espectáculo. Debe merecer y mucho la pena. Al imperceptible olor de las sardinas en aceite un par de jóvenes pastores desciende desde las alturas. Uno de ellos se muestra muy locuaz y nos reímos un rato con él. El otro, su hermano mayor, mucho más primitivo, se convertirá en el primer modelo de una improvisada campaña de publicidad que vamos a montar alrededor del sempiterno bote de ajos. Les damos la comida que nos queda. Todo. Excepto los ajos. No encontraremos por aquí. Quedan contentos. También nosotros. Mañana llegamos al pueblo de los guías y podremos comprar provisiones en la cercana Rissani. De regreso a Fort Apache, nos detenemos en una solitaria casa que, con un improvisado rótulo sobre la pared, se anuncia como albergue. Sillas y una mesa de plástico, borran el encanto que ofrece una jaima situada a modo de reclamo junto a la casa. Pedimos té. El muchacho lo prepara. Nos lo sirve con el acompañamiento de cacahuetes asados. Charlamos un rato con él y disfrutamos de las vistas. Desde esa ladera, se ve hermoso el valle. Al otro lado, las cabras hacen equilibrios por lugares insólitos y sin la aparente presencia de los pastores. A mi lado, veo a Dani sonreír. Miro el entorno e imagino la maldad. No hemos visto en todo el día un alma – descontando los pastores – ¿qué criterios de marketing han llevado a aquel muchacho a abrir su establecimiento en un lugar por el que, tal vez en semanas, no pase nadie? Morocco’s Dream IV – El resignado hombre de AgoudalAbandonamos el valle. Las mochilas enfundadas en grandes sacos negros de basura. Augurio de que las pistas que vamos a recorrer ofrecerán más polvo que oro. Lo comprobaremos y de forma escandalosa a lo largo del día. Nos despedimos de Zaouia Ahensal y atravesamos un cercano mercado ambulante. Es el día de negocios bereberes. También la jornada en que un funcionario se acerca para gestionar cualquier trámite burocrático desde el único despacho oficial del valle. Gallos y cabras campan a sus anchas y no sé bien como los reconocerán sus dueños más tarde. Mi escasa pasión por los bichos me lleva a ser poco fisonomista con ellos. Al atravesar un pequeño puente quedamos bloqueados. Debemos esperar a que el chófer retire un ornamentado Chevrolet de la Gran Guerra para seguir adelante. A lomos de una mula, un tipo nos adelanta por la derecha. Compra acciones de la Standard Oil de forma descompasada a través de un móvil último modelo, al menos así lo parece por la pasión que invierte en la charla. Y es que todavía no lo he comentado, pero las antenas de telefonía inundan el país. En remotos lugares donde siguen sin tener luz eléctrica y el agua corriente es poco menos que infrecuente, no hay problema alguno en hallar cobertura. Se nos van acabando las excusas sobre porqué no llamamos a casa. Solucionado el tema del bloqueo y tras varios saludos, “salams” y manos al corazón, nos ponemos de nuevo en marcha. Entre mulas y paisanos, avanzamos renqueando. A lo largo del Parque Nacional del Tamga, el recorrido se convierte en una montaña rusa de dimensiones insospechadas. Subimos y bajamos. Bajamos y subimos. Curvas a derecha, más curvas a izquierda. Sorteamos grandes troncos y desmenuzadas rocas, todo caído de forma casual en mitad de las pistas. Cruzamos ríos apacibles y eso mismo es lo que nos lo permite. En época de lluvias, sus torrenciales caudales nos habrían obligado a dar media vuelta y buscar nueva ruta. Encontramos un puente de hierro arrastrado por las aguas que nos obliga a descender hasta el cauce y atravesarlo con el auto. Aunque nos dirigimos a Agoudal, no era este el lugar previsto inicialmente, los accesos a Tougfrine se han visto cortados por desprendimientos e inundaciones y sobre la marcha hemos variado el rumbo. “Moustache” ameniza el viaje. Sigue charla que charla. Su faceta de showman, además de la de guía, viene dejando pinceladas sobre el lienzo virgen que es nuestro espíritu desde el primer instante. Ninguno del resto nos quedamos atrás a la hora de las réplicas, convirtiendo la travesía en la combinación perfecta entre una lección de geografía y una delirante escena de los Marx más locuaces. Él se muestra descreído, escéptico, algo desencantado y ligeramente pendenciero. En los próximos días iremos descubriendo que es pura fachada. Que en este hombre, curtido en mil batallas, hay un tipo de los que quieres a tu lado en la trinchera. Según confesión propia, transita por su tercera e intensísima vida. Tengo la repentina necesidad de preguntarle cuanto de gato hay en él. No lo hago. Tras de mí, en el auto, se agazapa Esther. También la observo. Mucho más comedida, risueña y abrumadoramente amable, ella sigue a caballo entre su vida occidental y la llamada de la aventura. Me da a mí que esta última será su opción definitiva. El órgano del amor, corazón para nosotros, hígado para los bereberes, tiene mucho que ver en ello. Al pie de la Chatedral des Roches descansamos. Es una impresionante mole de piedra con forma de gran construcción en cuya base el amplio, y ahora poco profundo, Assif Melloul serpentea. Respiramos aire puro. Tanto que casi daña los pulmones. Reemprendemos la ruta y muchos kilómetros más allá, comemos el habitual menú de latas de conserva y pan. No es lo que se conoce por un festín pero le damos cierta alegría con un bote de ajos aliñados que cobijaba mi mochila desde casa.
Esa misma tarde pasamos por Imilchil. Encontramos en este pueblo de considerable tamaño, un impresionante despliegue militar. En todas las mesas de sus cafés y “restaurants”, militares y policías toman té. Aguardan pacientes que, en algún momento insospechado de las próximas semanas, Mohamed VI, el rey, pase por allí. Los hay a cientos, acampados por todas partes y con sus uniformes de gala. Calculo lo que en dírhams supone tal desfachatez faraónica. Apenas nada para las bien nutridas arcas de la corona, es cierto. Banderas del país adornan todas las casas y los lugareños desbrozan carreteras y repintan desconchados a la espera de su monarca. Saben que esta visita puede suponer, por una deferencia real, que las necesidades básicas pendientes, sean cubiertas de forma inmediata. En ruta, la oscuridad se desliza sobre nuestro vehículo. Se ha convertido en espectral a nuestra llegada a destino. Agoudal pasa por ser el pueblo más alto de la cordillera. Situado a casi dos mil cuatrocientos metros de altura es un lugar poco conocido del Atlas más profundo. Aunque el albergue en el que vamos a alojarnos está a la entrada del pueblo, “Moustache” decide darnos un paseo nocturno por sus callejuelas. Iluminados por los faros del todoterreno encontramos un dantesco espectáculo. Los bereberes del lugar son solo furtivas sombras a nuestro paso. Con sus largas y deshilachadas chilabas, con enormes jerséis, chalecos de camuflaje, chaquetones de pana, gorras, pasminas, o turbantes, cualquier cosa que les ofrezca algo de cobijo, y con todo ello cubierto por el fino polvo del que están compuestas sus calles, asemejan personajes recién salidos de una producción de George A. Romero. Las gentes de Agoudal pasan su tiempo, con los rostros semiocultos para evitar polvo, viento y frío, observando transcurrir la vida sin apenas cruzar palabra entre ellos. Algo de terror si consigue provocarnos el paseo y pensamos en atrancar puertas y ventanas apenas pisemos nuestro Fort Apache particular. Y allí vive Joan. En Fort Apache. O lo que es lo mismo, en el albergue de Ibrahim del que es reciente socio. Ambos nos esperan sentados junto a la estufa. Con sus anoraks y gorros de lana puestos consumen uno tras otro, cigarrillos de importación. Uno aguarda a sus únicos clientes del día, el otro una charla intrascendente con algún europeo que le permita aflorar “una sonrisa con encanto” que lleva demasiado tiempo inédita. Joan me recuerda a Joe Sacco, el dibujante que ha inventado un género convirtiendo el reportaje periodístico en tebeo. Es de Barcelona – Joan , no Sacco – y está allí convencido de acabar con buen tino una deliciosa locura que se inició hace dos años. En un viaje con su pareja, apareció en aquel lugar y decidió construirse su pirámide particular. Está levantando un coqueto albergue para turistas a medias con Ibrahim. El bereber ha puesto el terreno, por algo es uno de los hombres “fuertes” del pueblo, y el catalán ha invertido su vida en la construcción. Pronto descubriremos que no es una metáfora. Que vive al límite de sus fuerzas, y no solo físicas, también psicológicas. Aquello está siendo una prueba de riesgo que ríase usted de los Realitys televisivos.
El té, las aceitunas y los cacahuetes asados – espantosa combinación que acaba enganchando – ya han hecho su habitual aparición sobre la mesa. Sacamos las botellas Mac Gregor – solo Dios sabe en que destilaría ha pasado su infancia – y pedimos alguna Coca-Cola magrebí. “Moustache” inicia una de sus disertaciones acerca del estilo de vida marroquí y Joan ríe por primera vez en mucho tiempo, mientras asiente con la cabeza a todos los disparates que nuestro guía narra. Junto a nosotros, Ibrahim y uno de sus hermanos, ríen también por afinidad, mientras van acabando de forma poco disimulada con nuestra provisión de whisky. Joan explica que ha tenido que quedarse a vivir allí. Cada vez que regresaba a Barcelona, los albañiles desaparecían de su albergue. Nos narra que algunos de los problemas también han venido dados por haber contratados árabes, algo que no ha hecho demasiada gracia en este pueblo, núcleo duro de los Ait Haddidou. Aún así está esperanzado. En las últimas semanas su hotelito ha experimentado un importante avance y su mujer, desde Barcelona, ya prepara con esmero el desembarco del interiorismo. Seguro que, a poco que se lo trabaje, será un lugar muy cuco. Sobre todo visto el pésimo gusto estético de los marroquíes. Se muestra feliz de tener alguien con quien departir esa noche y nos pide que lo pongamos al día de los sucesos más relevantes de la vieja Europa. Está dispuesto a hacer, el día siguiente, cuatro horas de viaje con el fin de comprarnos cervezas y más whisky para completar el resto de la travesía. Nos parece una idea magnífica. Volveremos con bastante sed después de la excursión prevista. Cenamos una harira de verduras, y una espléndida Tagine de cordero que nos ha preparado el propio Ibrahim. La verdura está exquisita y si tienes suerte y no te cae de pleno el hueso, el cordero es tierno. El mismo Joan reconoce que esa noche le ha salido más que especial. Y eso que para él, aquello se ha convertido en el monótono menú diario. Lo olvidaba. El albergue de Ibrahim presenta una gran novedad. Su retrete no es turco sino occidental – lo que ellos llaman wáter inglés –. Mis doloridas rodillas agradecen el respiro. Morocco’s Dream III – Las tierras de los Amezigh“¡¡¡Allahu Akbar!!! ¡¡¡Allahu Akbar!!!” El canto del muecín nos saca de los brazos de Morfeo. ¡Por Dios o Alá! ¡¡Si solo son las cinco de la mañana!! Parafraseando al gran Obelix “¡¡¡Están locos estos musulmanes!!!” Los gallos afinan sus gargantas a fin de iniciar su diaria serenata. Los borricos responden en un peculiar intercambio de sonidos ininteligibles. Los pastores llevan sus rebaños de espabiladas cabras y adocenadas ovejas, en busca de pastos que comenzar a rumiar. Poco a poco el valle se despereza y todo aquello que la oscuridad no nos había dejado descubrir a nuestra llegada, se abre ahora a nosotros en todo su esplendor. Desayunamos. Té, un sospechoso café adornado con leche en polvo y unas aceitosas tortitas que cubrimos con mantequilla o mermelada al gusto. Nos pertrechamos para el día y nos ponemos en marcha. Veinticuatro kilómetros, entre la ida y la vuelta, hasta el nacimiento del Ahensal en el circo del monte Taglia. Es el río que recorre todo el valle. La excursión debe hacerse a pie o en mulo pues no hay paso alguno para vehículos a motor. Elegimos caminar. A eso, entre otras cosas, hemos venido. Botas de trekking y provisiones para el día. Un deslumbrante desfiladero se abre apenas salimos de la aldea y sus escarpadas paredes nos acompañarán todo el camino. En nuestra ruta, nos cruzamos con numerosos paisanos que con ajadas sandalias nos superan a velocidad de vértigo. La importancia de un buen calzado, pensamos. Avanzamos. Sin prisa pero sin bajar el ritmo impuesto por el que en cada momento está en cabeza. A nuestro paso numerosas aldeas florecen. Dedicadas a las tareas del campo o a la colada semanal, las mujeres bereberes nos saludan. Hay también hombres, pero su interés en el trabajo es mucho menor. Departen entre ellos o directamente ven transcurrir la vida desde esa posición semirecostada tan suya. Hay niños también. Decenas. Se divierten en nuestra compañía. Preguntamos por la escuela. Existe. Un par en todo el valle. No todos acuden a ella. Ya lo vemos. Nos siguen. Más o menos distantes. Algunos en exceso pesados con sus demandas. “Dirham, stilos, bonbon” es la cantinela que se repite de forma machacona hasta llegar a exasperarnos. Comparto algunos de mis lápices con ellos y lamento no haber traído más. Aquí te conviertes en Rey Mago con apenas nada.
Llama la atención que en cada uno de los asentamientos que dejamos atrás, una mezquita de aspecto reciente, se muestra como un elemento extraño entre la arquitectura local. Según parece, los integristas se han empeñado en convertir a todos los bereberes al Islam. Favor por favor. Que el monarca ceda en ciertas cuestiones ante los más radicales permite que estos hagan la vista gruesa ante algunos excesos del incipiente turismo. Sorprende la apatía que muestran los bereberes. De ancestral nombre Amezigh – hombre libre –, estás gentes son agnósticos por naturaleza. No menos sorprendente es el interés que los musulmanes pueden tener en convertirles a su religión cuando los desprecian sobremanera. Da la sensación de que existe una estrategia para acabar con la cultura de estas gentes y dejar como única opción posible el Islam y su forma de vida. La ausencia de tradición escrita en el mundo bereber puede ayudar a ello. Aunque sus mujeres son grandes narradoras de historias, no parece suficiente para sostener las tradiciones de este pueblo. Aún así, la sensación es la de que tal vez lo consigan con tribus pacíficas como las de estos valles, que tiene cierto interés en igualar su status al de los árabes, pero no lo pasarán nada bien para convertir a rifeños y Ait Haddidou, tribus ambas de tradición mucho más belicosa. Mención aparte merecen los enigmáticos tuaregs. Nunca han vivido en Marruecos, por mucho que los bereberes de las zonas más visitadas por el turismo, se vendan a las mujeres extranjeras como miembros de esa etnia. A los tuaregs se les encuentra en el sur de Argelia y Libia, en Mauritania, Chad, Níger o Mali. La vigilancia de los pozos de agua, el comercio de ganado, en especial camellos, y el contrabando de armas o vehículos robados son sus ocupaciones habituales. Pero me estoy desviando del tema. Solo quería decir que los tuaregs si leen y tienen una tradición escrita. Mayor aún es mi sorpresa cuando observo que no hay problema en destinar a un muecín a cada una de estas aldeas, con sueldo y vivienda, y en cambio, no hay un solo médico en todo el valle. Cuando pregunto a Esther qué sucede si alguien cae enfermo en este lugar, su melancólica respuesta es el socorrido “Inshallah” – si Dios quiere -. En una tierra en donde las necesidades básicas no están ni de lejos cubiertas, donde la mortalidad infantil sigue siendo mucho más que alta, no tienes en cambio, problema alguno para convertirte al Islam. Está claro que cada uno tiene sus prioridades. Me estremezco cuando me cuentan que hace un par de años, en un pequeño pueblo relativamente cercano a este, una hambruna agravada por el frío, acabó con la vida de cuarenta y dos niños. Nada hubiera pasado si una periodista española no hubiese destapado el escándalo. Tampoco es que las cosas hayan cambiado mucho por ello. Después de expulsarla del país, el gobierno, bajo orden del rey, se vio obligado a indemnizar a las víctimas. Seis mil euros por niño fue el precio. Una cantidad que dejó a los damnificados como unas castañuelas, y a otras gentes del pueblo lamentando no haber perdido a ninguno de sus hijos. Seguimos nuestra marcha. La pista se convierte en abrupta. Hay incluso un paso que me recuerda aquel del que siempre caía un porteador en una escena que se repetía en todas las películas del glorioso Tarzán de Weissmüller. No cae nadie. Descendemos con precaución de las alturas. Cruzamos el río. Varias veces. En uno y otro sentido. En busca del mejor paso. Baja con escasa agua pero eso no impide que nos mojemos y bien. En cada paso, al menos uno. Mientras maldecimos y hacemos un dobladillo al pantalón, unos paisanos realizan la misma operación dándonos la sensación de que caminan sobre las aguas. Una vez más, quedamos con cara de acelga.
Más aldeas, más casas aisladas, más pastores, más mujeres con niños a su espalda. La forma de vida no debe haber cambiado gran cosa desde la Edad Media. Cerca ya de destino, en uno de estos asentamientos, sobre una ventana cubierta por una plancha metálica con el signo bereber pintado en ella, encontramos un rótulo que nos indica que aquello es “Chez Mohammed. La boutique”. Es el bar del valle. Con suerte podremos disfrutar de una Coca-Cola del Magreb a temperatura ambiente. No es nuestro día. Mohammed está indispuesto y no ha abierto su establecimiento. Seguimos nuestra ruta con una curiosidad insatisfecha ¿Cómo demonios llega hasta allí el repartidor? Los lugares de interés se suceden. Las cámaras lanzan mil y una fotografías. Existe también una competición interna sobre quién atrapará a quién en el momento más delicado. Hay risas compartidas con sudores. Es noviembre, hace frío, pero el sol quema cuando te encuentra. Me descuelgo un poco del grupo, intento lanzar una fotografía a una niña. Se oculta. No quiere fotos. Miedo tal vez. En mi pésimo francés, le susurro un “tu est une petite très belle”. La hace sonreír. Sonreír y posar. Gané. No lo dudo y saco la foto. Un zagal toma mis gafas de sol y se las coloca vacilando. Le lanzo la instantánea. De repente todos quieren posar y me encuentro más solicitado que la Leibowitz. Alcanzo al grupo. Les comento jocoso el incidente. El primer temor en aquella pequeña. Esther tuerce el gesto. “Qué ocurre?” pregunto. Las niñas bereberes son presas del “turismo” sexual que adinerados árabes de las ciudades practican en estos primitivos valles. Aunque sé que existen bastardos en todas partes, me cuesta tragar saliva. Pregunto qué es lo que hacen los padres al respecto. La respuesta es tan simple como contundente. Pactar el precio. A nuestro regreso a la gîte, conocemos por fin a la esposa del dueño. Es una mujer menuda con una tímida sonrisa que no oculta su desajustada dentadura. Se desplaza vivaracha con un pequeño a su espalda. Es el octavo de sus hijos. Por fin un niño. Antes que él, siete jovencitas entre los trece y los dos años corretean por el entorno divertidas de nuestra presencia. Suerte que el tipo por fin colocó la “Y”. El problema es que él no se siente responsable. Son las mujeres las que por dar o no un varón, se convierten en buenas o malas hembras. Siete mujeres son siete quebraderos de cabeza para este hombre. Ha de pactar siete matrimonios de conveniencia. Suerte que, a pesar de todo, por su contacto con extranjeros, es mucho más abierto de miras que la mayoría. Las dos chicas mayores, siguen estudios en la escuela del cercano pueblo y no han tenido que contraer matrimonio como otras preadolescentes del pueblo. Cuando, con la noche sobre nosotros, por fin nos reencontramos con las “suites”, los colchones modelo “Papel de fumar Bambú” que nos aguardan, nos parecen un lugar en el paraíso muyaidín. Al contrario que la víspera, ya no hay una tormenta de exabruptos sobre el etílico sueño de los franceses. Solo nos dejamos caer, con la vana esperanza de que el muecín sufra un repentino e irremediable ataque de afonía. Moroccos Dream II – Mi corazón de las tinieblas, ¿estará en el corazón de estos montes?Viajamos. Hacia el norte. En busca de las primeras estribaciones del Atlas. Es el punto desde el que, alejados de cualquier pincelada de civilización, emprenderemos nuestro verdadera aventura. Las carreteras se estrechan, las señales de tráfico desaparecen. Los coches dejan de ser elementos propios de este inhóspito entorno. De la reverberación provocada por el calor surgen desvencijados carros arrastrados por bestias anónimas, insolentes dromedarios que mascan sin cesar con aspecto impasible o derrengadas mulas, con imposibles cargas que acarician las nubes. Todo, todo es distinto a lo visto… excepto las gentes. Siempre hay mujeres y hombres caminando por estas rutas. Nuestro auto reduce la velocidad, ya no sobrepasamos los sesenta. Las vías no lo permiten por su propio estado. Quizás, de este modo, se ahorren el señalizarlo. “Dios, Patria y Rey” es el lema que, en árabe, aparece escrito por doquier. En paredes, en depósitos de agua, en mojones kilométricos, incluso sobre la magenta tierra de algunas laderas… Nuestro guía nos cuenta la anécdota del niño que al cambiar “Rey” por “Barça” fue enviado a prisión. La intervención del presidente culé ante el monarca marroquí consiguió la liberación del pequeño. No todo malo debía tener este hombre. Hablo del Braveheart catalán, que del alauita ya tendré tiempo de mentarlo a lo largo de estas crónicas.
Pisamos Azilal, pueblo del idolatrado mediofondista Said Aouita. La temperatura ha bajado pero apenas lo percibimos todavía. En una de las carnicerías callejeras compramos una pata de cabra. Nuestro menú para la noche. Durante el arduo regateo, nos convertimos en la atracción del día. Los niños se arremolinan en torno nuestro. Todos saludan, todos quieren ser testigos de la visita de los tipos raros. “Moustache” reparte “Salams” a diestra y siniestra. No sé si realmente les conoce o tan solo corresponde a las muestras de afecto de estas gentes. Por fin, con la cabra – su pata solo – envuelta en papel de estraza y algunas fotos prematuras, montamos de nuevo en el auto. Nos detenemos a comer apenas recorridos unos kilómetros. Latas de conserva – sardinas y atún – , pan, aceitunas y provisión de cerveza marroquí es lo que “Moustache” y Esther han adquirido para la ruta. Dejaremos para las noches la monótona trilogía marroquí; “Cous Cous”, “Tagine” y pinchos. Durante el picnic, no cesan, arriba y abajo, de circular paisanos que, tras un devoto saludo, esconden la esperanza de conseguir algo solido que echarse a la panza. Compartimos “bocata” de sardinas con un muchacho de catorce o quince años. Viene hasta nosotros desde una modesta kasbah. Su aspecto es el de alguien al que le ha pasado un mercancías por encima y su breve vocabulario se limita a un escueto “Oui” cada vez que presiente que nos dirigimos a él. Su retraso es evidente. Me entristece pensar el tipo de vida que debe llevar, aunque él parezca feliz en su miseria. Me alegra que compartamos nuestro picnic con él. En la distancia, una mujer, acompañado de una pequeña de apenas dos o tres años, le llama. El chico corre hacia ellos y descubro que, por si fuera poco, padece una trompicada cojera. A su modo, les explica lo sucedido. Regresa con la misma celeridad con la que partió. Esta vez la niña corre tras él, insegura. Temo que uno u otro van a caer de bruces tal es su traqueteo. Finalmente nada. Llega hasta nosotros. La niña no. Permanece a cierta distancia. Miedo. Ciertamente lo damos. Al poco queda claro lo que el zagal quiere. Le ofrecemos un paquete de galletas de chocolate y le pedimos que lo comparta con la pequeña. Al grito de “Oui” emprende el retorno al galope y, en efecto, muestra su preocupación por la pequeña a la que acaricia y entrega galletas. Es su desvencijado héroe. Que suerte tienen algunas. Cuando me doy cuenta el picnic está recogido y estamos de nuevo en marcha.
Los paisajes se atropellan. La pista se hace incómoda. A una verde zona montañosa que nos recuerda muy bien nuestro entorno, le sucede otra de árido aspecto recorrida por enormes surcos que semejan cicatrices. Los valles son eternos y las montañas de ascenso suave. La vegetación de pronto está inédita. Todo es pura roca. Y hace frío. Intenso. Cortante. Seguimos. Piedras azabaches sustituyen a la tierra violácea. En lo alto, en lo más alto de la pista, nos detenemos. Estamos a unos tres mil metros. No nos lo parece. Solo por el frío. “Moustache”, secundado por algunos expedicionarios, me gasta la broma de ponerse en marcha y dejarme allí. No quedo solo. Dani está conmigo. Como dos gilipollas vemos al coche descender el sinuoso puerto hasta que desaparece de nuestra vista. Bromeamos sobre la forma de calentarnos uno al otro. Incluso montamos una improvisada “jaima” con unos restos de plásticos abandonados. Risas. Regresan. Nos recogen. Más risas hasta que nos comenta que difícilmente hubiéramos sobrevivido a la noche en ese paraje. Pienso ahora en las gentes que encontramos de camino. La de artimañas que deben planear para las improvisadas situaciones que vivirán durante sus rutas. Me estremezco. El descenso es rápido pero la noche cae con mayor celeridad. Todavía no son las seis y solo la luz de los faros ilumina la ruta. Semioculto entre los pliegues del valle, aparece Zaouia Ahansal. Lo intuimos, porque no hay luz eléctrica y nuestros ojos aún no se han acostumbrado a la oscuridad. Es la aldea donde pasaremos la noche. Nos parece el fin del mundo. No lo es. Vendrá más adelante. La primera sorpresa de la “gîte d’etape” – albergue de etapa – en la que preveíamos alojarnos, es la de que el cónsul de Francia y unos acompañantes ocupan nuestras habitaciones. No nos importa. Hay alternativa y, sobretodo, nos quedan cervezas y whisky. No necesitamos mucho más. Charlamos a la luz de un candil en el exterior del albergue mientras soportamos estoicamente los cánticos regionales de la Bretaña y los últimos chascarrillos de la ropa interior de Sarkozy. Poco después, cargados de falso Borgoña y Blanc-Sec de Essaouira, los diplomáticos se retiran sin dar muestras de serlo. Han perdido la batalla. Nuestro horario es otro y no nos rendiremos hasta acabar con el whisky. Sabe mucho mejor después de que hayan decidido dejar de emular a su primera dama. Somnoliento, el dueño de la “gîte” nos informa que la cena espera. En un austero comedor y con la ínfima luz que un rústico camping gas nos ofrece, degustamos la harira – una espléndida sopa de verduras que recordaremos todo el viaje – y nuestra famosa pata de cabra cocinada simplemente al vapor. No está mal, aunque yo añoro el estimulante toque de unas especias. Mucho más en este país. Lo como de buen talante cuando Esther nos comenta que se trata de un menú más que especial para estas gentes. Su dieta habitual se limita a unas sopas de pan en el recalentado té. Hoy será un día de fiesta para ellos. No nos acabaremos toda la carne y podrán degustar nuestras sobras. Sentado en el exterior, en el silencio de la noche, miro al cielo. Jamás había visto un mullido tapiz cubierto de estrellas como aquel. Me siento como Bowman al final de la odisea espacial de Kubrick. Recostado en el suelo lo disfruto y, por primera vez desde que emprendí el viaje, dejo de preguntarme qué estoy haciendo allí. Morocco’s Dream – Salam aleikum. Aleikum salam.Nos miramos. Reímos o sonreímos, cada cual según su talante. Sin el menor disimulo podríamos haber obviado este trámite, y en cambio, aquí estamos, a la espera. Y eso que no hay demasiada preocupación entre estas gentes por cerrar los accesos al país. Al menos aquí en Marrakech. En algún momento incluso lo pienso. Sería divertido. También un sofoco si nos ligan. Pero es que comenzamos a desesperar. La parsimonia, que habitualmente se atribuye a las gentes del magreb, no deja pasar la oportunidad de, apenas puesto pie en tierra, ofrecernos sus primeras muestras. La cola para el control de pasaportes se eterniza, y nuestras ansias por comenzar de verdad el viaje, se espolean. Junto a nosotros, como en un extraño ritual espontáneo, maduras parejas francesas que ríen de forma estruendosa – desmintiendo el tópico de que solo los hispanos somos ruidosos – se mezclan sin pudor con disfuncionales familias en busca del tiempo perdido, marroquís de aspecto falsamente chic que, de regreso a casa, quieren mostrar su transformación europeizante, o grupos de chicas que muestran un supuesto aire aventurero basado, casi exclusivamente, en las últimas novedades de vestuario “Quechua”. Esto, es evidente, no garantiza haber seguido las básicas lecciones del manual de los jóvenes castores. Para nuestra sorpresa, son el grupo más numeroso y muy pronto descubrimos el porqué. Por aquello de las risas, jugamos sin que ellas sean conscientes, a seductores. No hay nada que hacer, su búsqueda del edén no pasa por entablar relaciones con cuatro “spagnolettos” en el fastuoso reino del hijo del Caid. Buscan material autóctono para su retorno a la tierra, y tendremos sobradas muestras de ello a lo largo del periplo. En esas, a nuestra espalda, un descuidado botón liberado de su ojal, deja entrever los encajes rojos de un relleno sujetador que nos hace suspirar. Y es que hay cosas que no cambian. Desde su garita, el policía me hace un gesto impaciente con su enguantada mano. Un francés de malos modos y excesiva prisa, se cuela desde la fila adyacente. A pesar de que una de las chicas que aguarda paciente detrás nuestro muestra su disconformidad con gritos de “Muerte al gabacho”, éste se hace el sueco – por aquello de la confusión de nacionalidades – y valida su pasaporte antes de que yo haya podido dar un paso. Me da igual. No pienso discutir. He decidido dejar atrás el ritmo occidental. El muy utilizado por estos lares “La prisa mata”, se convierte, grabado a fuego entre mis omoplatos, en lema del viaje. Sellados los pasaportes y con las mochilas a cuestas, salimos del aeropuerto. La temperatura no es en exceso alta pero este sol quema de lo lindo. Una rápida ojeada nos permite descubrir a nuestro guía detrás de un enorme bigote. Utilizando el apelativo con el que, después compruebo, sus más íntimos bereberes se dirigen a él, como “Moustache” os lo presento. A su lado, más discreta, su pareja, Esther, dulce contrapunto a este hombre de una tierra salvaje. Ya mismo intentamos colocar nuestras mochilas sobre su vehículo, un Toyota 4×4 de origen y destino marroquí – segunda división en cuanto aquello de las calidades – y damos, sin más preámbulo, nuestras primeras muestras de impericia. Solucionado el problema, Las mochilas abrochadas y con todos a bordo, emprendemos la marcha. Mi envergadura me adjudica el espacio del copiloto. Desde allí y desde ese instante, seré testigo directo de las más o menos disparatadas disertaciones que nuestro guía, fuera de presupuesto, va a ofrecernos durante todo el viaje. Nos ponemos en marcha. La mayor parte de las carreteras en Marruecos no son buenas, pero si lo fueran, el peligro no haría sino aumentar. Los marroquíes conducen de forma temeraria, imprudente y un punto disparatada. No son extraños los cambios de sentido inesperados e incluso la presencia de vehículos en dirección opuesta. Es cierto que no se les puede pedir mucho más. De las dos habituales formas de conseguir el carnet de conducir, a través de un examen o directamente comprándolo a un funcionario conocido, es esta segunda la que goza de mayor popularidad. Aquellos que lo han conseguido del modo reglamentario, presumen de ello como si de un master en astrofísica por Harvard se tratase.
A ambos lados de la vía, en imaginarios arcenes que nunca existieron, numerosas viandantes van en una u otra dirección sin que nadie, salvo ellos mismos – y también lo dudo – parezca tener nada claro ni su lugar de origen, ni hacia donde se encaminan. Ante un gesto con la mano de estas gentes, indicando el número de pasajeros que necesitan ser transportados, los coches con plazas vacías se detienen a recogerlos. Alguno de estos particulares autoestopistas, no tiene inconveniente en cambiar su sentido previsto y encaminarse en dirección opuesta a la que se dirigían, con tal de evitar la cansina caminata. Un gesto mostrando la palma de la mano abierta por parte del conductor de nuestro vehículo indica que vamos completos y el demandante, en señal de agradecimiento, lleva su mano al corazón y espera el paso del siguiente auto. De repente una serie de señales contiguas nos indica de forma paulatina que nos detengamos. Se trata de un control de carretera. Elegantes gendarmes de etnia árabe nos aguardan a ambos lados de la vía. Detenidos, un suboficial se acerca. Vamos a comprobar de primera mano que el tópico de la “mordida” no lo es tanto. El arrogante árabe se dirige muy áspero a “Moustache”. Lo hace en su idioma y con un “Salam Aleikhum” que parece cualquier cosa menos una bienvenida. Nuestro guía responde al saludo, pero cuando este continúa su cháchara en árabe, nuestro guía le dice que no le entiende. El policía mira el interior del vehículo. Cinco europeos y el chófer, que en principio le provoca dudas, con muchas posibilidades de serlo también. Pregunta que idiomas habla. – Español y francés – responde. El árabe sigue mirando hacia nosotros. Comienza a dudar que pueda conseguir los estipulados veinte dírhams – 2 euros -. Demanda en francés los papeles del vehículo y el permiso de conducir. Intenta atribuirnos una delirante infracción de tráfico. Inicia un tira y afloja en el que muestra una chulería cercana a la de su admirada guardia civil – de antaño – y ante la dificultad de meternos mano, decide dejarnos seguir. No es práctico aceptar sobornos delante de tantos extranjeros y por esta vez salimos bien librados. En los siguientes kilómetros tendremos tiempo suficiente para conocer diversas experiencias de tipos que no salieron tan bien parados. Pues eso, que ya estamos en Marruecos. |