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De la Plaza Roja a Tian’anmen (XXI)

datePosted on 20:53, febrero 22nd, 2012 by Melchor Mombo

B.S.O. Manos De Topo – Haz tu Magia

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

 

(XXI)    Algo más que una Ciudad Prohibida.

 

¡No quiero ver más templos! Estoy harto. Y así lo comparto con mis compañeros. Pekín no son solo grandes edificaciones y me apetece, y mucho, callejear por los hutong. Quiero conocer, aún de forma superficial, la vida que emanan. Están conmigo y decidimos dedicar la mañana a ello. En la tarde, y como cierre a nuestro periplo, conoceremos el popular Mercado de la Seda.

Paseamos por los hutong. No internamos en sus angostas callejuelas. Respiramos su vida, nos adaptamos a su ritmo. Vivimos un Pekín muy alejado del de los hombres de negocios, de ese que es puntero en la economía de este siglo XXI. Lanzamos fotos a las callejas. A sus gentes. A sus costumbres. En una de estas, una anciana, que sentada frente a la puerta de su casa parlotea con sus vecinos, se me queda mirando. Sonrío e inclino levemente la cabeza. Otra sonrisa se dibuja en su desdentada boca. Me corresponde con otro gesto similar al mío. Sin saber cómo, sin usar una sola palabra, dos mundos, dos generaciones, han entrado en contacto de forma imperceptible pero muy intensa. Solo una sonrisa y un gesto han sido suficientes. Ella entiende cuanto aprecio ese instante de su mundo. Yo comprendo lo orgullosa que esta mujer se siente de su forma de vida.

Es mediodía y, en uno de los afamados restaurantes que en Pekín lo preparan, comemos pato laqueado. Todo es excesivamente turístico pero no dejo de reconocer que el manjar merece su fama. A la salida, y antes de encaminarnos hacia el Mercado de la Seda, pido visitar el antiguo barrio de las legaciones ubicado muy cerca de Tian’anmen. Mis compañeros, amables, acceden a mi capricho. Todos compartimos decepción ante un lugar que el cine inmortalizó en aquella versión de la rebelión de los Boxers titulada “55 días en Pekín”. Nada recuerda los escenarios de aquella película, escenarios que por cierto se recrearon cerca de Madrid, en los estudios de Samuel Bronston. El barrio es ahora uno más de los que ocupan el centro de Pekín pero con escaso encanto y solo las guías te permiten reconocer la ubicación de cada una de las embajadas y lugares claves de aquel enfrentamiento.

Tras pasar los pertinentes controles, tomamos el metro. Nos deja en el interior mismo del Mercado de la Seda. Contra lo que mi imaginación ha construido, este mercado no es más que un gigantesco centro comercial, en el que miles de productos de agolpan por doquier. Apenas ponemos pie fuera del vagón, menudas muchachas intentan arrastrarnos al interior de los habitáculos en lo que están empleadas. Pronto nuestros brazos, hombros, piernas, están cubierto de todo tipo de prendas. Nos escabullimos de entre aquella nube de pirañas para caer en la siguiente. Nos ofrecen absolutamente todo tipo de productos. Como una de las finalidades de la visita es esa misma, decidimos comenzar el regateo alrededor de los suvenires que pueden interesarnos. Pablo me pide ayuda. Haremos el número “poli bueno, poli malo”. Él establecerá el precio que quiere pagar y yo negociaré hasta llegar a él. Al poco rato nos damos cuenta del absurdo de todo aquello. Después de eternas peleas con aquellas dulces muchachas que se transfiguran en verdaderos diablos apenas el dinero aparece en la conversación, descubrimos que por cada precio fabuloso que conseguimos, hay alguien que está dispuesta a bajarlo  aún más. Después de haber salido sin rasguños del zoco de Estambul, de la Medina de Marrakech, de la zona de tenderetes de Old Delhi, de mil y un lugar más, siento que todos son aficionados al lado de estas delicadas jovencitas. Después de cerca de cinco horas de deambular por su interior, y cargados de tejanos Calvin Klein, de camisas La Martina, de relojes Cartier, de bolsos Carolina Herrera y de mil y un objeto inútil más, salimos sanos y salvos de aquella cámara de los horrores.

Cenamos esa noche en la misma calle. En algunos puntos de los hutong, carricoches con planchas añadidas, ofrecen pinchos de todo tipo y precios muchísimo más asequibles que los sufridos en días anteriores. Compramos cervezas en el propio albergue, y sentados en el suelo, cerveza va, pincho viene, vemos desfilar ante nuestros ojos a la desenfadada juventud pequinesa.

Son las seis de la madrugada. El día es luminoso. Las nubes se recortan de forma maravillosa sobre el intenso azul. Un día magnífico para lanzar fotografías. No está mal que sea hoy, el día de nuestra partida. Así siempre tendremos excusa ante la escasa calidad de las instantáneas tomadas en los días anteriores. Cargados con mochilas y bolsas, nos dirigimos al taxi que espera. Hemos pactado un precio hasta el aeropuerto para evitarnos nuevas sorpresas. Recorremos Pekín desde prácticamente el centro hasta el aeropuerto. Apenas abandonados los hutong, los rascacielos nos envuelven ofreciéndonos la sensación de haber entrado en otra ciudad muy distinta a la recorrida en días anteriores. El frenesí con que la gente se desplaza de un sitio a otro, teléfono en una mano, cartera en la otra, nos ofrece la sensación de que en un mismo espacio coexisten distintas dimensiones con ritmos vitales bien diferenciados. Dos ciudades absolutamente independientes en su funcionamiento cuyo nexo de unión es la presencia de muchos de los habitantes de Beijing en las noches de Pekín.

El aeropuerto es enorme pero encontramos pronto nuestro mostrador. Antes precintamos mochilas – previo pago de una cantidad desorbitada para la vida del país –, mochilas de las que pronto nos despedimos hasta el mismo Madrid.

Después de diversas bromas acerca del atractivo del “Marqués” y del furor que ha causado su paso por Asia, esperamos pacientes la salida del vuelo. Volamos hasta Moscú con menor aburrimiento del previsto. Las diez horas transcurren con celeridad entre películas en inglés, lecturas en castellano y bromas internas en cualquier idioma. Ya en Moscú, pillamos nuestro primer retraso. El temporal impide salir el vuelo a la hora prevista. Paseamos inquietos por el aeropuerto. Seguimos comprando suvenires y despidiéndonos de las cervezas rusas, las mejores de todo el viaje. En uno de los paseos, reencuentro a los dos viajeros con los que, en mi viaje de ida, compartí vuelo. Nos contamos las anécdotas más jugosas del viaje. Si el nuestro ha sido fascinante, el de ellos no queda atrás. Finalmente embarcamos. En el vuelo a Madrid ya pesan las horas en pie. El cambio horario nos desembarca en Madrid a la una de la madrugada, pero para nosotros son ya más de veinticuatro horas las que llevamos en marcha.

Un taxi nos lleva hasta la casa de Pablo. Pequeña, coqueta y muy cómoda, nos parece el paraíso de los musulmanes. Tardamos en acostarnos, hay mucho que contar y Pablo quiere quedarse las fotos ya. Mientras el ordenador copia las imágenes, chips, tequila José Cuervo y música suave, acompañan nuestra última velada. Ya es muy tarde cuando nos dormimos y en apenas tres horas estamos de nuevo en pie. El tren sale temprano y, a mediodía, esperamos estar en casa. Después de veintitrés días por el mundo y de no haber perdido ni un solo de los enlaces previstos, ya nada parece que va a separarnos de casa… pero el destino suele ser bromista. Una vez descendidos del tren en Alicante, el coche de Dani se niega a arrancar. Después de haber recorrido más de treinta mil kilómetros en los más variopintos medios de transporte, estamos varados a apenas medio centenar de kilómetros de destino.

De la Plaza Roja a Tian’anmen (XX)

datePosted on 15:40, enero 30th, 2012 by Melchor Mombo

B.S.O. Soundtrack & Theme Orchestra – Theme From Pirates of the Caribbean: He’s a Pirate

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

 

La inmensidad de Tian’anmen.

 

Templos y palacios, palacios y templos, más templos y más palacios, más palacios y más templos… Harto ya. Muy harto de edificaciones chinas estoy. Llevamos toda la mañana de un lado a otro del casco antiguo de esta ciudad, contemplando arquitecturas que limitan su variedad a una de estas dos alternativas. Palacio de invierno, templo de la sabiduría, palacio de verano, templo de la eterna pereza, palacio de los besos avinagrados, templo de los eunucos liberados… mucho de estos nombres no son los reales, evidente, pero a mi se me antojan más que adecuados. He perdido definitivamente el interés por un estilo ornamental que hace horas ha dejado de sorprenderme.

Siento que la suma del cansancio, los días fuera de casa y la falta de sueño han acabado por dejarme en un estado catatónico que me impide disfrutar en plenitud del Gran Arte. Sobre el mapa las distancias no son grandes, en esta inmensidad todo es agotador. La zona que recorremos cobija solo a cuatro de los veinte millones de habitantes que tiene la urbe. No parece mucho pero hablamos al menos de la población de Madrid y, por la escasa altura de los edificios, de una extensión bastante mayor.

Es mediodía y nuestros estómagos dan el primer aviso. Cambiamos de plan y decidimos dejar la Ciudad Prohibida para la tarde. La propuesta ahora es visitar el popular mercado de los pinchos. Parece buena opción. Caminamos un par de kilómetros siguiendo la ruta que el plano marca. En una calleja, no muy alejada de grandes avenidas comerciales, se ubican decenas de tenderetes ofreciendo sus productos. Cualquier animal, de pequeño o gran tamaño, es candidato a acabar ensartado, entero o en porciones, en una varilla de madera. Empaladas cucarachas como el pulgar de un camionero, nos observan con tristes rostros. Otro tanto podemos contar de saltamontes, grillos, escorpiones, estrellas de mar e hipocampos… También cosas más “normales” como ternera, pollo, pescado, mejillones, Hay incluso algunos elementos difíciles de identificar a primera vista. Un extenso surtido no apto para todos los paladares. Humo y olores se mezclan en los corredores que serpentean entre los distintos puestos por momentos azuzando las glándulas salivares, por momentos convirtiendo la experiencia en algo más desagradable. Junto a la comida puestos con suvenires, bebidas, ropas e incluso algunos tan peculiares que ofrecen tarántulas disecadas.

Decidimos picar algo y tomar unas cervezas antes de seguir el eterno recorrido. Comenzamos por lo más convencional regándolo con cervezas de distintas marcas. Comer entre aquella muchedumbre que no nos quita ojo, con los comerciantes ofreciendo sin descanso sus productos, con las risas provocadas por nuestros propios comentarios, acaba siendo una divertida experiencia. En la euforia provocada por la suma de sensaciones, Dani, en uno de los puestos, pide tres mejillones a la plancha. Veinte yuanes – unos dos euros – por la tapa, por muy chinos que sean los moluscos, parece caro. La sorpresa es mayor. Al depositar los veinte yuanes sobre el mostrador, el vendedor nos dice que ese es el precio por cada uno. Negamos. No es eso lo que pone en su rótulo. Él afirma. Se inicia el conflicto. La conversación chino-castellano se convierte en un despropósito que no ayuda en nada a la resolución del caso. La tensión crece. La solución es fácil. Pensamos. Nos devuelve nuestros veinte yuanes y se queda con su género. Entendemos que el tipo dice que ha puesto la salsa y no hay marcha atrás. Tenemos que pagarle el importe íntegro. Su actitud comienza a rozar la mala educación. También la nuestra por la falta de entendimiento. Amenaza con llamar a la policía. Le decimos que adelante que sean ellos quienes lo solucionen. No hay ni un movimiento por su parte. Acabamos por comer uno solo de los mejillones a cambio de lo pagado y, bajo el peso de sus maldiciones, dejamos el tenderete a nuestras espaldas.

A pesar del desagradable percance, seguimos con nuestra peculiar degustación. Llega la hora de arriesgar algo más. Dani se empeña en que probemos otro tipo de delicatesen. Alacranes. Pablo da un paso atrás. Argumenta que en Valladolid se toman en adobo y nunca fritos. Dani me mira. Asiento. Elegimos. Cuatro de ellos, ensartados el uno sobre el otro, mueven sus patas mientras entran en el baño de aceite hiviendo. No escuchamos sus gritos pero podemos imaginarlos. En unos minutos el “chef”, con una sonrisa amplia como el Yang-Tse y unos ojos que solo son dos guiones, nos pasa el pincho. Dani, tan lanzado él, me cede el turno. “Comienza tú” dice. Lo miro. Miro a Pablo y el asco en su cara. Casi pánico. Pido que tengan lista una cerveza por si debo tragar rápido. Llevo el pincho a mi boca. Atrapo el alacrán con mis labios. Noto la forma del arácnido en mi boca. Su coraza, sus patas, la cola… Al morder cruje. Mastico. Pablo tiene su momento de gloria cuando comenta qué habrá pasado con el veneno. Comienzo a saborearlo. Sigo masticando y busco comparaciones. Su sabor es parecido a una gamba frita. La piel de ésta es similar a la armadura de éste. Me gusta, pero no digo nada. Cedo el testigo a Dani. Me mira. Bebo cerveza. Sonrío. Con gesto único come el suyo. Pablo ha conseguido documentos gráficos de ambos momentos. Cordiales, le ofrecemos que pruebe. Lo rechaza. A pesar de que ambos comentamos que no está nada mal. Pero no cuela. Como mi segunda pieza y Dani remata el pincho. Otra cerveza y la búsqueda de uno de mollejas en el que partícipe Pablo cierra el ágape.

Después de comer, caminamos hasta el Jardín Imperial; un espectacular parque que envuelve una colina en cuya cima se sitúa otro templo más. En estos jardines son numerosos los ancianos que cantan, bailan, realizan tai-chi o cualquier otra actividad que se les antoje. Caminamos cerca de ellos despertando su curiosidad. Mucho más de lo que ellos ya consiguen despertar la nuestra. Se cuenta que dicha colina está formada por la tierra que se desplazó para la construcción de una Ciudad Prohibida que, desde el mirador que hay junto al elevado templo, se extiende a nuestros pies. Tras el descenso, cruzamos una avenida que nos interna en la Ciudad Prohibida. La entrada por la que pensábamos acceder, justo frente al Jardín Imperial, se está utilizando estos días solo como salida. Bordeamos el complejo haciéndonos una idea mucho más aproximada de las dimensiones que los aposentos del emperador y su corte tienen. No extraña que pasase la mayor parte del tiempo aislado. Si es que se puede estar aislado en un espacio de este tamaño. Cuando por fin accedemos al interior, fastuosas construcciones se abren a nuestro paso. Son muy bellas, solo echamos de menos un mayor cuidado en los interiores. Es escaso el mobiliario que se conserva, eso sí, fascinante. Son varias las horas que nos lleva recorrer los distintos habitáculos que la componen. Cuando por fin finalizamos el recorrido, salimos al exterior atravesando un par de robustas murallas sucesivas que desembocan frente a la inmensidad de la Plaza más famosa de toda China; Tian’anmen. El lugar es tan grandioso que apenas se distingue su final. Túneles subterráneos llevan desde el perímetro de la plaza  lo que sería la parte central. Para acceder a esta zona pasamos escáneres y minuciosos controles. Ya en el exterior observamos que la muchedumbre ocupa toda la plaza. En el centro de ésta, una colorida escultura da cuenta de las celebraciones que se están llevando a cabo esos días. Se cumplen noventa años del Partido Comunista Chino. De ello da fe la gran fotografía del rostro de Mao Tse Tung que preside la plaza colgando paradójicamente, de los muros de la que fue residencia del último emperador de China.  De algún modo, aunque sea de forma metafórica, este lugar marca el fin de nuestro fabuloso viaje.

De la Plaza Roja a Tian’anmen (XIX)

datePosted on 19:28, enero 25th, 2012 by Melchor Mombo

B.S.O. A Camp – Chinatown

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

Gran Muralla.

 

Pocas horas en nuestro último tren. Eternas. En una primera a la que nada ha de envidiar la tercera rusa. Nos espera un huésped. Duerme desde no sabemos dónde. A nuestra llegada abre su ojo. Es todo cuanto intercambiaremos en el resto del viaje.

Es primera hora de la tarde, descendemos en la multitudinaria estación. Beijing es desmesurada. Más de veinte millones de personas tamizan sus calles. Avisados por las experiencias de otros viajeros, marcamos un máximo a pagar en los taxis. El regateo consiguiente, unido al pegajoso calor que empapa nuestras ropas y al cansancio acumulado, nos lleva a un punto de crispación que provoca la primera y única discusión entre nosotros a lo largo de toda la aventura. Nada serio, por supuesto. Desde la distancia, divertido incluso. Rechazamos cualquier oferta de transporte, incluso la de una dama extranjera de buen ver, que desea compartir taxi. Encontramos la recóndita estación de metro. El abarrotado subterráneo pekinés nos traslada hasta los aledaños del hutong en que se ubica el albergue reservado. Los hutong – cuya traducción literal es callejón – conforman el centro de la ciudad tradicional. Situados muy cerca de la Ciudad Prohibida, son los barrios donde se mantiene la milenaria forma de vida china. Al mismo tiempo han transmutado en zona chic de la ciudad. Albergues, tiendas alternativas y una rica vida nocturna cubren puerta a puerta los principales hutong.

No es sencillo descifrar la dirección del hostal pero, el sentido de la orientación de Dani, nos lleva a toparnos con él. La habitación es espartana; camas cómodas y una ducha. No pedimos más. Todos los huéspedes que aloja el lugar, son extranjeros. Viajeros más o menos experimentados en busca de su propia aventura vital. Entre unas cosas y otras se avecina la noche. Damos un paseo por la vieja ciudad hasta llegar a un cristalino lago, cuyo perímetro se halla cubierto de restaurantes. Decidimos cenar en aquel lugar. La oferta es amplia. Los cantos de sirena de los encargados de establecimientos se mezclan con la presencia de muchachas que nos ofrecen otro tipo de servicios. Durante la cena planeamos el día siguiente. Nos decidimos por la Gran Muralla. Las dudas envuelven el tramo a realizar. Barajamos varias opciones. Desde la zona más turística y visitada a otra absolutamente agreste para la que, por la peligrosidad del recorrido, deberíamos, ineludiblemente, tomar los servicios de un guía. Encontramos, en el propio albergue, una oferta de excursión a una zona no del todo restaurada pero a la que acude muy poca gente. No quedan muchas ganas de complicarnos la existencia. Parece buena opción además porque proponen siete kilómetros de trekking. Contratamos la propuesta y salimos a por provisiones para el picnic. De forma absolutamente aleatoria desciframos un cajero y curiosamente conseguimos yuanes. En un pequeño supermercado llenamos la cesta de provisiones de productos delirantes. A modo de precalentamiento y antes de regresar al albergue, unas copas en los locales de moda de los hutong, despiden la noche.

El día amanece con un cielo plomizo. Desayunamos el menú del albergue que se sirve en el bar adyacente. Cargamos con las mochilas de provisiones y dos botellas de dos litros de agua para la deshidratación. No tenemos preparación alguna para un trekking exigente y Dani está convencido de que este lo será. Aparece el microbús. En su puerta se acumulan los excursionistas. Somos una veintena. No parecen tampoco muy en forma. Dani insiste en que las apariencias engañan. Viajamos más de cien kilómetros hasta el lugar de inicio. Serpenteando por las cumbres de numerosas colinas, la silueta de la muralla resulta impresionante. La guía nos informa. Caminaremos algo más de siete kilómetros por la muralla. Cada uno a su aire. Cruzaremos veinte torres. La número veintiuno es el punto de encuentro. A las tres de la tarde. Desde allí, cerca de una hora de descenso hasta el lugar donde espera el bus para el regreso. Nos ponemos en marcha. El ascenso a la colina ya tiene su eso. El calor aprieta y además de los cuatro litros de agua que llevamos en las mochilas, tomamos los tres botellines pequeños que incluye el precio.

Comenzamos un auténtico sube y baja a través de una muralla que une las torres que se dibujan en el horizonte. Transportando mochilas con provisiones, algunas mujeres chinas emprenden la marcha a nuestro lado. Desde el primer instante mantienen el ritmo de los distintos viajeros y ofrecen sus productos de forma amable y tenaz. En origen, la muralla no era una, sino varias. Cada una de ellas circunvalaba una ciudad. No fue hasta mucho más adelante, y ante la amenaza de las tribus mongolas, que el emperador ordenó unir los distintos tramos hasta formar esta tremenda obra de ingeniería. Los desniveles que a lo largo del recorrido deberemos cubrir son de muy distinta índole. Desde zonas, pocas, donde una suave pendiente te lleva de una torre a otra, hasta otras en las que acometer la siguiente torre supone un esfuerzo notable con tramos de escalones de más de medio metro de altura y apenas quince centímetros de huella. Encontramos a pocos viandantes en nuestro camino y el paseo es interesante. En un momento del recorrido encontramos en una de las zonas más bellas, un equipo de rodaje que parece estar preparando un spot publicitario. Lentamente nos vamos desmarcando del resto de viajeros. No así de las chinas que siguen insistiendo en la venta de sus productos. Cada vez que nos ofrecen las botellas de agua, sacamos las nuestras mostrando que disponemos de repuestos y aprovechando para refrescar nuestras secas gargantas. Fotografiamos el espectacular monumento. Comentamos acerca de la dificultad de su construcción e incluso de su defensa.

Pensamos en como llegarían hasta allí los materiales de construcción. Todo nos parece majestuoso. Las torres por las que pasamos, también ocultan nativos que nos ofrecen agua y refrescos. Ante nuestra negativa, responden con una amable sonrisa. Da la sensación de que saben que, antes o después, los extranjeros irán a parar a sus garras. “Caerá en la torre diecisiete” parecen decir los ojos pícaros de un anciano vestido con ropas del ejercito rojo. Avanzamos sin descanso. Nos distanciamos del resto. Bromeamos con Dani al respecto del temible equipo con el que íbamos a “competir”. Tanto es así que en la torre veinte decidimos comprar a un lugareño, tres botes de cerveza bien fría y detenernos a comer. Según van llegando al lugar del picnic, los otros viajeros ríen al ver nuestro despliegue. Cuando la mayoría de ellos, apenas llevan un sándwich o una pieza de fruta, nosotros mostramos pan, cerveza, latas de conserva, salchichas, e incluso carne seca de vaca. Los comentarios, como no, vinculan el cuadro con la tópica imagen que de los españoles se tiene por el mundo. Algunas vendedoras chinas intentan colocarnos sus productos, pero con el estómago lleno y la satisfacción de casi haber acabado la ruta, y ante las risas de algunos compañeros de trayecto, somos nosotros lo que les tomamos el pelo a ellas ofreciéndoles lo que no hemos consumido. Nos queda un solo tramo para llegar a la última torre. Y es justo en él donde encontramos a viejos conocidos. Los tres suecos, con los que hemos ido coincidiendo a lo largo de la aventura, recostados sobre la muralla, resoplan de forma exagerada. En las gotas de sudor que perlan sus sienes, acierto a adivinar la silueta del logotipo de Justerini & Brooks.