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De la Plaza Roja a Tian’anmen (VIII)

datePosted on 19:35, noviembre 12th, 2011 by Melchor Mombo

B.S.O. Lori Meyers – Transiberiano

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

 

Transiberiano I

Tras otra noche en tren y los encantos de Ekaterimburgo, nos disponemos a afrontar el trayecto más largo de nuestro viaje. Pasaremos cincuenta y cinco horas a bordo.
La “Provodnitsa”, aún más joven que las anteriores, se muestra igualmente fría. No debe entrarles en el manual de acogida lo del encanto. Revisa los pasaportes y nos ordena subir a bordo sin la menor contemplación. Embarcamos cargados hasta los topes. A nuestras voluminosas mochilas, hemos unido las provisiones compradas para afrontar el largo viaje. Circulamos por el pasillo del vagón de segunda. Es más ancho que los ocupados hasta ahora en tercera. Aquí, en el lado de las literas nicho, hay ventanas. Llegamos al camarote. Nuestra casa. Abro la puerta pues voy en cabeza. En el pasillo, un hombre de elegante vestimenta, pegado a una cámara de enorme objetivo, me saluda con una leve inclinación de cabeza. “Italiennes?” me pregunta. “Espagnoles” respondo. Me hace la broma de que ha sido un grave error confundir nuestra nacionalidad. Él es francés. Sonrío. De haber sido italianos la broma hubiese sido la contraria pero no me molesta en absoluto. Entramos en el camarote de cuatro y ocupamos nuestras tres literas. Nos ponemos cómodos y entre risas hablamos sobre la sorpresa que supondrá el cuarto ocupante. El tren se pone en marcha sin que nadie más haya subido a bordo. Preparamos la cena y distribuimos provisiones y mochilas por el espacio libre. Tras una distendida charla de ningún tema en particular, nos acostamos. Eso sí, sin demasiada prisa. Por una vez, al día siguiente, no hay porque madrugar.
Deben ser las tres o las cuatro de la madrugada cuando en tren hace una de sus innumerables paradas facultativas. Por lo general, estando dormidos, pasan desapercibidas. No es el caso. La puerta de nuestra camareta se abre y la “Provodnitsa”, acompañada por un fibroso ruso de mediana edad, aparece en ella. Stas, ese es su nombre, se muestra muy locuaz – imagino lo que será entrar en un espacio como aquel donde ya hay alojados tres malcarados tipos de otro país –. En su idioma bromea con nosotros, nos pregunta por el fútbol y al ver que entramos al juego, saca una bufanda de colores que se lleva en repetidas ocasiones a la altura del pecho, acompañando el gesto con gritos de “Spartak, Spartak”. En un pis pas prepara su cama y ya está en calzoncillos bajo las sábanas. Apagamos de nuevo la luz y seguimos con nuestro sueño.
Es de día. Mientras tomamos un frugal desayuno de fruta, zumos y galletas, Stas aparece con un bol de fideos prefabricados, lleno del agua caliente que ha conseguido del samovar común del vagón. Acompaña todo ello con una cerveza. De grandes dimensiones. Como podemos, nos enteramos de parte de su epopeya. Es de Tomks, la ciudad en la que hemos hecho una de las paradas nocturnas, y se dirige a Irkutsk. Para un partido de fútbol. Se esfuerza en ser simpático y en compartir sus cosas con nosotros. Le rechazamos un trago de cerveza y bromea con un “Pibo, Vodka, Aspirin” que nos parece diáfano. Poco después otro ruso aparece en la puerta de nuestra camareta. Este es más joven y mucho más fornido. Habla con Stas que, por sus gestos, le está contando sobre nosotros. Pronto Alexei comparte también espacio con nosotros. Con su ligero inglés y la expresividad de Stas, comenzamos a saber cosas los unos de los otros. Se les nota emocionados de compartir viaje con tres extranjeros. Averiguamos que van al fútbol, sí, pero a jugar. Son de un equipo de Tomks, equivalente a la regional de aquí, y para disputar su encuentro harán, entre la ida y la vuelta, cuatro días de tren. Tienen dos compartimentos de cuatro plazas ocupados y los otros dos – ellos mismos – han tenido que acomodarse en las plazas libres de otras dos camaretas. No hay preguntas acerca de si van a jugar con diez. La conversación se vuelve muy divertida por las diversas cuestiones que van surgiendo. En un momento dado aparece el tema de la familia. Después de relatar cada uno su situación, llega el turno de Alexei. Por lo que entendemos tiene un hijo, pero nada más. Insistimos acerca de padres o hermanos. Paulatinamente, las lágrimas asoman en sus ojos. Decidimos dejarlo aunque Stas no parece afectado lo más mínimo. Hasta en tres ocasiones vuelve a salir el tema de forma espontánea, y en las tres, la reacción del ruso es la misma. En un momento dado, Dani saca un purito de los que trae desde España. Se levanta para ir a fumar en el espacio entre vagones y junto a él marcha Stas que parece querer probar el tabaco hispano. Nosotros seguimos la conversación con Alexei. Nos pregunta sobre música, cine, actores… Tiene mucha curiosidad por todo lo de nuestro país. Pregunta, como no, por las mujeres. Le respondemos que son bellas, como allí. Sonríe. Una sonrisa que muestra la falta de alguna pieza dental y coincide con el regreso de Dani. Preguntamos por Stas. Al parecer se ha fumado el purito a velocidad de vértigo y sigue de charla con su esposa, emocionado con su hallazgo. “Daniel, George, Pavel” repite sin descanso. Alexei se marcha a buscarle. Bromeamos con que no ha resistido al Vega Fina.
Las horas corren al ritmo del tren. Entre lecturas, paseos a través del convoy, fotografías y paradas de diversa duración, el tiempo pasa volando. Un increíble movimiento comercial se produce alrededor del tren en dichas paradas. Los lugareños, en buen número, se agolpan en los andenes con todo tipo de productos; bebidas frías o calientes, latas de conservas, dulces y guisos caseros, verduras, frutas… Un mercado improvisado se monta alrededor de cada llegada del Transiberiano y, en pocos minutos, las transacciones comerciales son numerosas. Forma parte de la economía de estas áridas regiones. En una de ellas, mientras tomo apuntes del natural, se me acerca una jovencita del tren. Me habla en inglés. Me defiendo como puedo. Averigua que soy español y una sonrisa ilumina su rostro. Se llama Olga, es de San Petesburgo y está en el tren como guía de un variopinto grupo de ocho personas de orígenes bien dispares. Le gustaría aprender español para aumentar sus posibilidades de trabajo. “Lo hablas mucho mejor que yo el ruso” le comento bromeando. Sonríe de nuevo. Es agradable. Charlamos hasta que la gente a su cargo comienza a acercarse. Una norteamericana no muy agraciada y bastante antipática, un viejo sudafricano contento porque ganásemos el Mundial en su país, una pareja de atrevidos jubilados ingleses, dos chicas jovencísimas también del mismo país… me pierdo en el recuento. También se acerca Dani. Les presento. La conversación vira al inglés y quedo de oyente. Pero la “Provodnitsa” da la orden de regresar a bordo y quedamos en seguir con la charla más tarde.
De nuevo en el vagón seguimos con el plan anterior salpicado de pequeñas siestas. En un momento dado, pensamos en qué puede haberles sucedido a Stas y Alexei. Hace horas que no los vemos. Justo en la delirante sucesión de teorías conspiratorias que creamos, ambos reaparecen. La noche apunta que será movida.

De la Plaza Roja a Tian’anmen (VII)

datePosted on 18:19, noviembre 11th, 2011 by Melchor Mombo
Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.
La tumba de los Romanov.
El tren llega a su hora. Nos montamos tras pasar los controles de rigor. Seguimos en tercera pero esta vez nos han tocado nichos laterales. No va a ser una gran noche, lo pronostico. No lo esperaba tampoco. Estar al otro lado del pasillo, implica que la mesa que hay a tu disposición es minúscula y que solo hay dos pequeños asientos, parte de la litera de abajo, de los que poder hacer uso. La cena es copiosa. Todo lo copiosa que las circunstancias permiten. La compra en el mercado de la ciudad nos permite tener más variedad que la noche anterior. Intentamos entablar relación con los componentes de la camareta de mis compañeros – en la mía hay un grupo de chicos jóvenes, tal vez militares, que dividen su tiempo entre póker y risas con un nulo interés en confraternizar -. A pesar de nuestra buena disposición, el idioma sigue siendo una barrera infranqueable. Hay gestos amables, poco más. Los rusos siguen mostrándose impenetrables y absolutamente faltos de curiosidad. Así que, una vez liquidada la cena, decidimos dormir. Acostado en mi espacio, de algo más de metro sesenta, miro curiosos alrededor. Sé que la noche no va a ser la más cómoda y me resigno a ello. Fuera luces. Silencio absoluto en el vagón. O casi. El grupo de chavales se agazapa en la penumbra y siguen con sus actividades. No por mucho tiempo. La “provodnitsa” hace honor a la rígida fama de su gremio. Dos palabras y el silencio es sepulcral. Paso la noche en duermevela. Cada vez que intento estirarme, o mis pies tropiezan en la parte baja o mi cabeza en la alta de la litera. La vigilia permite comprobar la cantidad de trenes que se cruzan con nosotros en ese periodo de tiempo. Imagino cada uno de ellos como una parpadeante luz en un enorme mapa de la Rusia siberiana. Ese mapa se convertiría cada noche en un espectacular árbol navideño con el perfil del territorio. No hay otra forma, tan barata y eficaz, para atravesar un país de estas dimensiones. Para los rusos forma indisoluble parte de su modus vivendi. Acompañado por la calma, tengo tiempo incluso, de darme algún paseo por el vagón. A la altura de mis ojos, bellos rostros de adolescentes rusas salpican el camino. Rostros dulces en viaje, para ellas, habitual.
Amanece, y el tren se acerca a las inmediaciones de Ekaterimburgo. Durante la noche hemos cruzado los Urales. A pesar de que se venda esta ciudad como la última del continente europeo, y de que el paisaje de abedules y delgadas coníferas no haya dejado de acompañarnos casi desde la salida de Kazán, técnicamente estamos en Asia. La estación de Ekaterimburgo, al igual que las ya visitadas, es imponente. De estilo austero, nos recibe con una pizca más de frío que el vivido hasta entonces. Ekaterimburgo es una ciudad rusa, con todo lo que ello implica. Ya no existe ese halo musulmán que sobrevolaba nuestro anterior destino. Aquí todo huele a ruso y mucho, todavía, a soviético. Callejeamos por la ciudad en busca de los puntos recomendados por las guías. Algunas iglesias ortodoxas donde somos bien recibidos, y calles anchas y espaciosas trufadas de silenciosos vehículos, son los elementos más destacables. Una lluvia no muy intensa pero constante nos acompaña. Visitamos una monumental escultura dedicada a las víctimas de las guerras rusas del 79 al 89. En cada uno de los seis pilares que representan cada uno, un año, hay grabados diversos nombres – entre veinte y más de cien – de jóvenes de Ekaterimburgo muertos en estas confrontaciones. Todos ellos tendrían ahora una edad similar a la mía.
A mediodía, y en busca de uno de los restaurantes que nos indica la guía, acabamos por aterrizar en un pub de moda que, además, sirve comidas. Curiosamente, y a pesar de las bondades del menú – internacional de exquisitos sabores y texturas con toques de modernidad –, lo que quedará grabado a fuego en nuestra memoria serán los servicios del lugar. Para bien o para mal, sospechamos que este será el último baño que merezca ese nombre en muchos días y miles de kilómetros. Con olor a limpio, con jabón y toallas en el sitio que se presupone, con una televisión “fundida” en el espejo de entrada ofreciendo canales musicales… Casi lo imprescindible para instalarse allí.
Después de una opípara comida seguimos con el periplo. Caminamos hasta la Iglesia de la Sangre, construida en el lugar donde se alzaba la casa del comerciante en la que retuvieron a los Romanov hasta el momento de su asesinato. Hay una pequeña edificación de madera justo al lado que se mantiene idéntica al momento del suceso. A pesar de su cercanía a una gran avenida y la importancia de lo sucedido allí en la historia de este país, el lugar es solitario. Paradójicamente se respira paz.
Se acelera la caída de la tarde y emprendemos el regreso a la estación. De camino compramos pan “extraño” en una pastelería bien surtida de todo, menos de pan. Después entramos en un supermercado para rearmar nuestra despensa. Vamos hacia dos días y medio en tren y es preferible ir surtidos, que después ya se sabe… El supermercado es primitivo pero parece bien abastecido. Buscamos la zona de conservas y, descubrimos nuestro error. No hay forma de encontrar otra cosa que las consabidas sardinas, arenques o vaya usted a saber qué pescado, en el sempiterno aceite. Ya echamos de menos la riqueza de nuestro tapeo. Después de cargar el carro con las provisiones, pagamos en caja. Justo al salir Dani, suena el detector. Rápidamente se detiene. Todos nos miran con muy mala cara. El encargado del supermercado aparece de inmediato. Intentamos explicar con gestos que no llevamos nada que no hayamos pagado antes. Aquel hombre nos ignora por completo. Con mala cara, y algunos de los dependientes cerrando la salida, el tipo comienza un exhaustivo registro que lleva a mi compañero a parecer antes un narcotraficante colombiano, que alguien que haya tomado un paquete de ganchitos por error. Miramos perplejos. Bromeamos en español para intentar quitar hierro a lo que está sucediendo pero no deja de parecernos más que excesivo. Ante la falta de pruebas nos dejan marchar. Aún así, su perversa mirada nos acompaña incluso cuando nos alejamos en el exterior.
Pasado el pequeño susto y convencidos de que Dani no acabará el viaje sin haber probado un cárcel rusa, enfilamos rumbo a la estación. Aceleramos. El tiempo perdido en la discusión, y el no saber exactamente a qué distancia se halla ésta, hace que temamos por los horarios. No nos viene mal el paso alegre pues se ha levantado un ligero viento y el frío cala los huesos, hasta el punto que Pablo ha de dejarme un jersey de sobra que lleva. La estación no aparece tan lejana como pensábamos y todavía tenemos tiempo a tomar unas cervezas, lanzar fotos “paparazzi” y gastar sesenta rublos extra en el uso del aseo del bar en el que ¡estamos consumiendo! Tras recuperar nuestras mochilas de la “Kamera Krajina”, y no sin descifrar que el encargado quiere monedas españolas antes de dejar que las cojamos, nos encaminamos a la vía correspondiente.