Archive for ‘Viajes’ Category
Browse:
Viajes »
Subcategories:

De la Plaza Roja a Tian’anmen (XVII)

datePosted on 12:49, enero 15th, 2012 by Melchor Mombo

B.S.O. Heroes Del Silencio – Flor De Loto (Directo)

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

 

 

De timadores y otras hierbas mongolas (II).

 

Es temprano cuando Andy nos propone montar a caballo. Pensamos que ha reflexionado acerca de nuestros pensamientos de la víspera pero no se refiere a eso. Habla de caballos y los míticos jinetes mongoles. Le comentamos que montamos en el desierto y sorprendida nos dice que está en su planificación y que debemos hacerlo. Más por no discutir que por otra cosa, decidimos repetir experiencia. Creyéndonos expertos jinetes, abordamos los caballos que un pequeño mongol ha puesto a nuestra disposición. Los animales son más grandes que los del sur e iniciado el paseo comprobamos que no es la única diferencia. Son de yeso. O lo parecen. No sé si temerosos de que suframos un accidente o por cualquier otro motivo oculto, los caballos, tres viejos ejemplares que resoplan de forma exagerada cada vez que la ladera se empina, nos llevan al paso por medio valle. Sin el posible galope, el recorrido resulta tedioso. Al finalizar éste, saboreamos dulces muy amargos y otros derivados de la leche en la tienda de una familia mongol. Es el colofón turístico a la excursión. Andy puede estar satisfecha de nuestra disciplina. Somos magníficos clientes. Sin más nos apremia a regresar a Ulan Bator. Sorprendidos le comentamos que teníamos contratada la estancia hasta después de comer y que todavía son las diez. Sus órdenes son llevarnos al albergue y recoger a otro cliente en menos de una hora. No lo podemos creer. Por no complicar más las cosas decidimos regresar. Nos ofrece la posibilidad de seguir allí y que por la tarde un coche venga a recogernos pero esto supone un nuevo suplemento monetario. Nos negamos. El regreso es rápido hasta la llegada a Ulan Bator. También silencioso. Ni si quiera Andy charla con el chófer como el día anterior. Sospechamos que algo ha ocurrido – o no – durante la noche en su tienda, pero ya no nos importa lo más mínimo. En la ciudad nos topamos con una retención que nos hace avanzar a paso de tortuga. La carretera pasa junto al mercado negro, y la lentitud de la caravana nos permite observar el funcionamiento de uno de los sitios más peligrosos de la capital mongola. A primera vista no lo parece. Al menos de día. Un enorme mercado al aire libre compuesto por contenedores situados uno al lado de otro que hacen las funciones de locales comerciales y donde puede encontrarse de todo, es su descripción. Hay miles de “latas”.  Como miles de coches y decenas de miles de personas. Es impresionante. Cada una de ellas tiene centenares de objetos más o menos útiles expuestos en su exterior. Imagino que al finalizar el día, solo hay que cerrar la lata y el lugar será similar al muelle de carga de un importante puerto. Tal vez, un lugar tan abarrotado de gente y objetos, puede ser el espacio ideal para un “Pickpocket” pero no parece probable otro tipo de asalto. De todos modos, nos quedan pocas ganas de comprobarlo.

Poco después estamos ante el albergue. Nos despedimos de una Andy cuya sonrisa ha pasado, en apenas veinticuatro horas, de resplandeciente a detestable. Se marchan presurosos pero parece que no van a llegar a tiempo a por el nuevo cliente.

Organizamos mochilas y tomamos una ducha. Al día siguiente salimos en dirección a China y nos queda el resto del día para seguir visitando la ciudad. Mientras estoy bajo el agua, llaman a la puerta. Dani abre, y ante sus ojos, aparece de nuevo Andy. Oigo como charlan en el exterior. Salgo. Nos comenta que el patrón de la chica pide más dinero por no sé qué conceptos de los que hemos hecho uso. Nos miramos los tres indignados. Comento que no me supone nada poner diez o doce euros más pero que moralmente me parece que ha sobrepasado cualquier límite. Pablo y Dani se muestran de acuerdo y así se lo transmitimos a una Andy que espera nerviosa en el exterior. Le decimos que si su jefe tiene algún problema más le esperamos allí mismo. De nuevo la sonrisa en su rostro. Esta vez nos parece sincera. Creo que está feliz de que alguien le ponga las cosas claras al tirano. Evidentemente, el patrón no aparece. La que regresa es ella. Todo está aclarado, nos dice. Y tras despedirse de nuevo, pizpireta se marcha.

Tenemos el Museo Paleontológico por ver ya que su horario no se adaptó a nuestro primer día en la ciudad. Vamos con la ilusión de ver si supera lo visto en el Gobi. No es así. Ni por asomo. Éste, sin ser nada del otro mundo, tiene salas interesantes. Caminando por una de ellas escuchamos una voz familiar. No lo podemos creer. Nuestro subconsciente nos está jugando una mala pasada. No es así. En la sala adyacente, Andy y su nuevo cliente visitan el museo. Divertida nos lo presenta. Es un sonriente hindú que al paso que va, necesitará una tortilla de paracetamol para acabar su día. Nos despedimos, esta vez sí, definitivamente y seguimos con nuestro periplo. Ya casi es hora de comer y decidimos darnos un homenaje que, desde Ekaterimburgo, tenemos casi olvidado. Encontramos una franquicia de Budweiser en la que sirven comida internacional.

Elegante y llena de miembros del gobierno y ejecutivos, nos parece el lugar perfecto para camuflar lo vivido en días pasados. Todo va bien hasta el momento de decidir la bebida. Por supuesto, no queremos parecer insensibles y demandamos tres enormes Bud’s. El camarero niega con la cabeza. No se sirve alcohol los viernes. Le insistimos en que debe estar equivocado, es el miércoles el día que no hay alcohol. Lo sabemos bien pues lo sufrimos – a medias – en Dalanzadgad. No, insiste, en Ulan Bator es los viernes. Apelamos al sentido común. No hemos cobrado, no hay peligro de que gastemos todo en alcohol y nuestras mujeres deban prostituirse para alimentar a nuestros hijos, somos extranjeros y no deberían aplicarnos leyes del país, el local, siendo una franquicia que representa a una cerveza, debería presionar al gobierno, buena parte del cual está allí mismo, para conseguir una bula… Es inútil, al poco tres grandes Coca-Colas ocupan la mesa. Por si fuera poco, junto a nosotros, cuelga de la pared un gran poster que muestra, por países, las marcas más populares de cerveza del mundo. Toda una tortura. Salimos saciados pero con una pizca de indignación. Decidimos tomar un café en una franquicia. “Silk Road Bar & Grill” es un lugar agradable del que lo que más nos sorprende es el vino que ofrecen; “Silk Road” es un caldo de unas conocidas bodegas alicantinas.

Dedicamos la tarde a las compras en grandes almacenes. Es el primer lugar donde encontramos mayoría de occidentales. Los viajes organizados tienen estos lugares como parada obligatoria. Al poco estoy aburrido de ver camisetas, láminas, vasos, bolsos… me dedico a vagar por las distintas plantas hasta que mis amigos finalizan su compra. En el camino de regreso decidimos que ya está bien de Mongolia. Para la noche, compraremos provisiones y cenaremos solos en la terraza de la habitación. Con un clima fresco pero agradable, con algo de pollo, conservas y cerveza – en los supermercados sí nos venden alcohol siempre que lo saquemos camuflado – pasamos nuestra última noche en Ulan Bator. Los tópicos han caído. No hemos sufrido ningún asalto y los intentos de timo han quedado en nada. Estamos bastante curtidos para nuestra entrada en China. Al menos eso pensamos.

De la Plaza Roja a Tian’anmen (XVI)

datePosted on 19:54, enero 9th, 2012 by Melchor Mombo

B.S.O. Asian Zen – Spa of Asia

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

 

De timadores y otras hierbas mongolas (I).

 

La última noche en Dalanzadgad es delirante. Tras tres jornadas en el Gobi esperamos dormir en algún sitio donde al menos haya una ducha, por asquerosa que esta sea. Ni por esas. La negociación entre Steve y los encargados de los hostales es árida y realmente no sabemos por qué. Tras pasar media tarde visitando campamentos de gers para turistas, hoteles, hostales, y cualquier otra posibilidad  de alojamiento, Steve confiesa el problema. El dinero que tenían para gastos casi se ha agotado. Sabemos que no es problema nuestro, pagamos buenos dólares por la excursión, pero el apuro de los jóvenes nos hace reflexionar. Hablamos de rascar nuestros bolsillos y pagar la diferencia antes que seguir de un sitio a otro hasta encontrar un precio imposible incluso en el desierto. Los dos mongoles se niegan. Finalmente encontramos un campamento de gers recién estrenado. No hay ducha. Sí un sorprendente lavabo de agua rellenable en el mismo interior de la tienda que unido a la estridente decoración, absolutamente fuera de lugar, le da un desmesurado tono kitsch. Es temprano y decidimos hacer turismo por la ciudad. Con excusas más o menos creíbles, Steve nos hace desistir de cualquiera de nuestras propuestas. Finalmente y tras algo de debate, acabamos en el plan que él propone; un cibercafé. En un multiespacio que parece, además, oficina de correos y banco, hay media docena de ordenadores de la guerra de Cuba. Igual de algo más atrás. Mientras Steve es abducido por el Facebook, repasamos alternativamente las cuentas de correo por si hay algo urgente que podemos solucionar desde Dalanzadgad. Casi una hora después, en el exterior del local, cansados de esperar al mongol mientras somos el centro de atracción de los lugareños, convencemos al chófer para que lo haga salir y regresar al campamento. Otra noche de Red Label – comprado bajo mano en un supermercado, a pesar de ser miércoles, día de cobro en Dalanzadgad y por tanto día de prohibición de venta de alcohol – cierra nuestro periplo por el desierto. Curioso es el estudio de mercado que la gente de White Label hace en estos momentos en el Gobi. Dos botellas vendidas en poco menos de tres días, visto el precio que se marcan, debe ser consecuencia de un fenómeno paranormal.

Como no, es temprano cuando nos despedimos de nuestros compañeros de fatigas. Volamos a Ulan Bator sin incidencias donde nos espera Andy, simpática y parlanchina mongola de la misma compañía que Steve. Se encargará, junto con otro chófer, mucho más seco y misterioso que el anterior, de llevarnos al Terelj, el parque natural del norte del país y nuestra última etapa en Mongolia. Después de los días en el desierto, la sonrisa de Andy ilumina el vehículo. Esta vez sí, esta vez vamos en un cómodo todoterreno. Y hay además algo semejante a una carretera durante buena parte del recorrido. El paisaje cambia según nos dirigimos al norte. El parque no está lejos y decidimos desviarnos antes de llegar hasta el lugar donde otea el horizonte una desmesurada figura metálica del gran rey de los mongoles; Gengis Khan. Concebido para ser en un futuro un parque temático sobre la vida de los mongoles, parece que quedará tan solo en la escultura ecuestre. Ni los tiempos son para inversiones, ni el extremado clima de la zona permite convertir aquello en una zona de ocio más de un par de meses al año. La figura es impresionante y su pedestal es un complejo con restaurante tiendas y servicios. La cabeza del caballo es un mirador que permite una bellísima panorámica del valle. A nuestra espalda, Gengis Khan nos mira. No imagino que pensará de este trío que en sus rostros ya da muestras de fatiga.

Acabada la visita, el chófer comenta algo con Andy que ella nos transmite. Debemos abonar la gasolina de la veintena de kilómetros que nos hemos desviado para esta visita. De mala gana lo hacemos. Creemos haber pagado lo suficiente a su jefe para que nos cubra este tipo de “caprichos”.

Ya en el valle que aloja el Parque Natural, nos desplazamos, al igual que hicimos con Steve, de un lugar a otro en busca de alojamiento. Pasamos varias horas de este modo sin conseguir acomodo en ninguno de ellos. Después de discusiones sin fin, acabamos por, de mala gana, claudicar. Pagaremos la diferencia del alojamiento a cambio de detenernos ya y poder aprovechar el día. El lugar es un campamento turístico infectado de japoneses. Nos alojamos en uno de los gers mientras Andy y el chófer lo hacen en otro. Decidimos salir a dar una vuelta por las suaves montañas de alrededor. Algo más de una hora de trekking por un paisaje espectacular y regreso al campamento. Queremos ducharnos pero ha habido un problema, entendemos que con la electricidad, y si la bomba no funciona, no hay agua. Dani propone aprovechar para comprar cervezas en el campamento vecino. No estoy con ánimo. Necesito algo de espacio y soledad. Lo entienden y, él y Pablo, emprenden camino. Me quedo a la puerta del ger con la lectura de la novela pendiente. Pocos minutos después aparece Andy. Me pregunta por mis amigos. Bromeo que han regresado a Ulan Bator. No lo toma bien. La noto preocupada. Me comenta que es peligroso alejarse. Alucino con sus palabras. Insiste en si van a tardar mucho. Le digo que no lo sé. Me dice que está aburrida. La miro y un pensamiento malicioso pasa por mi cabeza. No es muy guapa pero serviría. No tarda en puntualizar que es católica y que está estudiando para misionera. ¿Me habrá leído el pensamiento? Sigue muy pesada con la excursión de mis compañeros. Le digo que no se preocupe y que no tardarán en regresar para evitar que siga en sus trece.

Inquieta se marcha. Comienza a hacer bastante frío y enciendo la estufa del ger. Sigo con la lectura en el interior. Al poco entra el chófer. No habla ni palabra de otro idioma que no sea mongol. Por sus gruñidos tampoco parece que domine este. Se sienta en otro de los camastros de la tienda. Cierro el libro. Se acabó la lectura, la introspección, la soledad… Me observa. Intento hacerme entender. Es difícil. Le pregunto por su vida, si está casado. No sé qué es lo que entiende cuando me señalo el anillo pero al intentar acercarme a mostrarle fotos de mi familia, se pone en pie con cara de pánico. Me da la sensación que piensa que quiero algo más íntimo y está a punto de salir despavorido. Regreso a mi sitio. Mi desesperación no es todavía tan grande. La no conversación continúa durante minutos que parecen horas. Intento la charla pero permanece indiferente. Me siento el John Dunbar de Bailando con Lobos en su primer encuentro con los sioux. ¡Qué impotencia! En ese instante entra Andy. Ignora al chófer y sigue con su cantinela. Allí estoy yo soportando a un mongol asustadizo y a una pesada muchacha que se aburren. Por suerte, mis compañeros regresan con un regalo en forma de cerveza. Enterados de lo sucedido en su ausencia se ríen de mis aspiraciones de tranquilidad. Andy sigue con su cantinela y a las mentes de Dani y Pablo viene la misma idea que ya rondó mi cabeza. Seguro que el propio chófer lo ha pensado al entrar en su ger. A la única que no se le ocurre es a ella. “Póker” dice con una sonrisa que comienza a ser detestable. Como si de un tahúr se tratara, saca un juego de naipes de su bolsillo y comienza a barajar. Pablo se niega a participar de la pantomima. Dani, divertido decide jugar. Yo les acompaño pero alguien tiene que explicarme de qué va el juego. Dos lecciones rápidas y estamos en marcha. Dos partidas más rápidas todavía y estoy fuera y sin un Tugrik. Suerte que no jugamos en serio. La señorita católica no lo permite. La partida acaba en un enfrentamiento Dani-Chófer que, si la memoria no me falla, acaba ganando el mongol. La noche ha caído y, ya sin compañía ajena, vivimos una nueva velada de charla.

De la Plaza Roja a Tian’Anmen (XIV)

datePosted on 13:39, diciembre 26th, 2011 by Melchor Mombo

B.S.O. Kings Of Leon – Cold Desert

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

 

Gobi (I).

 

Tras un día recorriendo las calles de una occidentalizada Ulan Bator, tomamos el vuelo que nos dirigirá al sur del país. Dalanzgavad más que una ciudad, es un campamento minero que ha crecido sin control y al que se le han acoplado gers (viviendas nómadas de Mongolia) hasta una población de trece mil habitantes. En un país como este, donde casi la mitad de sus tres millones de ciudadanos se agrupan en la capital, una ciudad de este tamaño adquiere la suficiente importancia como para disfrutar de  aeropuerto internacional. Apenas descendidos del avión, un joven mongol se dirige a mí por mi nombre. Me sorprendo, pero recuerdo que en su momento, en el cruce de e-mails de contacto, nos demandaron estatura y peso. No es difícil deducir que un tipo de casi dos metros, sea el más fácil de localizar en la expedición. Steve dice llamarse. Es un nombre falso. Los cambian por la complejidad que suponen los suyos a los turistas. Nos lleva hasta una austera furgoneta de fabricación rusa que espera junto a la puerta. Comenta que es temprano para comprar provisiones y nos ofrece, entretanto, la posibilidad de ver el museo paleontológico. Además, al parecer, en su viaje nocturno desde Ulan Bator, han tenido problemas mecánicos y el chófer necesita repuestos.

Llegamos al museo. La desvencijada puerta no invita a entrar salvo que uno piense que se trata del de los horrores. Una chica mongol, ataviada con un vestido corto dos o tres tallas menores de la necesaria, limpia un automóvil junto a la entrada. Atiende a Steve. Unos minutos de charla. Nos mira. Desaparece en el interior. Steve explica que van a abrir para nosotros. El chófer aprovecha para ir en busca del taller más cercano. Un instante. La chica sale a por nosotros. Ha cambiado calzado deportivo por zapatos de descomunal tacón de aguja. No sin algún traspié en ese suelo por asfaltar, nos acompaña al interior. Habla exclusivamente mongol, así que Steve hace su particular traducción al inglés, y entre Dani y Pablo vuelcan al español las partes que me quedan lúgubres. Me desintereso pronto de las explicaciones y me dedico a parpadear ante los numerosos y delirantes toques kitsch que hallo. Todo es un despropósito, tanto la distribución como los contenidos. Hay recreaciones en forma de diorama que merecerían un lugar de honor en algún certamen de propuestas humorísticas… solo que están realizadas con intención de resultar creíbles. Volcanes elaborados con plastilina y cartón, decorados de modo fauvista, aplicaciones fluorescentes, vegetación que combina la real con la simulada mediante algodón o quien sabe qué materiales… todo, con más voluntad que acierto, busca recrear violentos instantes del paleolítico. Lo recorremos con rapidez. La única parte de cierto interés está en la sala que muestra medio ger, y al que, muy amable, la muchacha nos permite entrar. Aprendemos que las camas del lado derecho de la puerta son para las mujeres y las del izquierdo para los hombres. Conocemos la estructura de la tienda sin las telas o pieles que la recubren y comprobamos su ingenioso ensamblaje. Algunos cuadros de pintores locales cierran el delirante periplo por el museo.

A pie de calle nos despedimos de la chica dando las gracias. La furgoneta sigue sin aparecer. Y con ella nuestras mochilas. El guía busca tranquilizarnos sin necesidad. Comenta que tal vez, el tiempo en el mecánico fue mayor del previsto. Matamos media hora huyendo del plomizo sol. Por fin aparece y montamos. Los supermercados locales se concentran en un perímetro de apenas cien metros y entre ellos se sitúan diversos puestos ambulantes en lo que parece ser la zona comercial por excelencia de Dalanzgavad. Entramos a diversos establecimientos. En más que penumbra cuando se viene de la abrasadora luz exterior. No hay gasto eléctrico mientras el día permita funcionar sin ella. Ni siquiera para las neveras. Compramos austeras provisiones, agua en abundancia y una botella de Red Label que, entre sorprendida y encantada, nos coloca en una bolsa la dueña del supermercado. Grandes clientes, debe pensar. Ya en el exterior me dedico a lanzar fotos entre la sorpresa y las risas de los lugareños. Vuelvo a ver numerosas botellas de Arkhi en mesas de camping utilizadas como escaparate. Hay otros productos con la leche como base – quesos, dulces, yogures – y todos comparten el mismo repulsivo aspecto. Aparece Steve y nos pregunta si tenemos todo. Afirmativo.

Dejar atrás las polvorientas calles de la ciudad te mete de lleno en el pedregoso campo a través del país. Por supuesto no hay carreteras, pero ni siquiera pistas. Cada uno se encamina hacia su destino por donde su instinto le indica. En ocasiones siguiendo huellas de vehículos anteriores, en otras mediante métodos imposibles de descifrar por el turista. Por si fuese poco, y a pesar de los cinturones de seguridad, los brincos de la furgoneta, provocan heridas y hematomas en brazos, piernas y frentes convirtiéndonos en mártires de la causa mongola. Steve se escusa sin convencimiento. Tanto él como el chófer no pueden aguantar la risa. Algo que comienza pareciéndonos divertido, al poco resulta insoportable. Recorremos cerca de doscientos kilómetros de ese modo. En una zona algo más escarpada, un vehículo nos corta el paso. Un grueso mongol armado se acerca. Desde la distancia toda su familia nos observa. Son más de quince los que, malcarados, nos miran. El chófer habla con él y tras deslizar dinero en su mano, consigue abrir el paso. Nuestra duda versa sobre si lo que acabamos de presenciar es o no la mordida mongola. No es tiempo de preguntas. Enseguida entramos en un desfiladero en el que encontramos un grupo de pequeños caballos mongoles. Cerca, sus dueños, charlan despreocupados. Aparcamos junto a una furgoneta similar a la nuestra. Sentado en su puerta lateral, un tipo saluda amigablemente a nuestro chófer. Es otro guía. Amable, nos ofrece un vaso de Arkhi. No parece muy fuerte en cuanto a alcohol pero el sabor es agrio y poco agradable. Le agradecemos el detalle y nos dirigimos hacia los caballos. Los niños nos dicen que montemos. Ninguno de nosotros tiene experiencia.

 “No problem” nos comenta Steve. Montamos y, tras ligeras explicaciones, nos internamos al paso por el desfiladero. Viene con nosotros Steve y un niño mongol que monta su caballo a pelo y está muy pendiente de nuestras evoluciones. Seguimos el cauce del río por el fondo dela garganta hasta un lugar algo más amplio marcado por un monumento religioso de piedras y jirones de tela. A indicación de Steve realizamos un pequeño ritual de agradecimiento. Nos propone seguir adelante, pero ahora lo haremos caminado sobre el hielo que cubre el rio en esa zona. El paisaje es fascinante. Mucho más en pleno desierto del Gobi. Después de un largo recorrido de ida y vuelta, divisamos los caballos. Trotamos de regreso. A nuestra espalda Steve y el niño mongol. De pronto, sin que ninguno de los tres lo haya propuesto, los caballos aceleran el paso. El trote pasa a ser galope y, sin más, nos convertimos en dignos émulos de John Wayne. Nos miramos, reímos, gritamos, no lo creemos. Los caballos aceleran. Cada vez más rápido. No responden a nuestras órdenes. Pronto entendemos. La cercanía de sus amos, les ha espoleado más que nuestras órdenes. No nos importa lo más mínimo. La experiencia ha sido gratificante. Y para ser un debut, lo hemos salvado dignamente. Tras pagar por la diversión, Steve comenta que las actividades previstas para el día han finalizado. Tenemos dos opciones, pasar la noche allí, o aprovechar y después de comer desplazarnos hasta la siguiente etapa. No hay dudas. Pronto estamos embarcados de nuevo en la batidora, rumbo a una de las mayores zonas de dunas del desierto del Gobi.

 

De la Plaza Roja a Tian’anmen (XIII)

datePosted on 18:34, diciembre 20th, 2011 by Melchor Mombo

B.S.O. Ulan Bator – Hemisphere

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

 

Ulan Bator, la peligrosa.

 

Nos habían advertido, y mucho, sobre la capital mundial con mayor número de robos con agresión. Sobre violentos mongoles alcoholizados, sobre niños que viven bajo el asfalto y salen por las tardes, a través de las alcantarillas, en busca de su dosis diaria de droga y algo más para sobrevivir. Nos habían hablado sin descanso y, de algún modo, todo ello nos había sugestionado un poco. Al final no fue tan fiero el león…

El día nos descubre los aledaños de la capital mongola. Ulan Bator es mucho más occidental de lo imaginado y en sus barrios periféricos, mucho más destartalada. Los alrededores de la estación son como los de casi todas las estaciones de grandes urbes. El lumpen pulula en busca de despistados con dinero fresco en sus carteras, bien para venderte los más inverosímiles productos, bien para llevarte a los más delirantes lugares, bien para, directamente, aligerar tus bolsillos. Son numerosos los mongoles que en el exterior de la estación venden botellas de plástico rellenas de un líquido de color blancuzco y apariencia lechosa. Nos preguntamos si realmente es leche o el famoso Arkhi – licor derivado de ésta -. Como de momento tan solo tenemos ganas de encontrar el albergue y tomar una ducha, obviamos las ofertas y nos encaminamos en busca del lugar contactado. A pesar de que la gente que nos ha organizado el tour por el desierto, ofrecía, por el módico precio de quince dólares por cabeza, la posibilidad de trasladarnos hasta allí, consultados los mapas, decidimos que el lugar no debe de estar a más de diez minutos a pie de la propia estación. Esto nos leva, además, a recelar de la realidad del tour contratado.

Encontramos con facilidad el hostal y, en efecto, está muy cerca de la estación. Su aspecto externo nos lleva a replantearnos si la decisión ha sido correcta o debimos contratar como suplemento al Lee Marvin de su mejor época. La puerta delantera está cerrada con un candado. Un rótulo en inglés básico nos pide que demos la vuelta a la manzana y accedamos al lugar por una posterior. Si la fachada era para retratarla, la trastienda no tiene desperdicio. Zona interior de distintos bloques de casas, muestra el aspecto de las plazas de las ciudades devastadas por la guerra. Nos abre una joven mongola que nos atiende amable. El interior dista de ser Buckingham Palace pero existen un par de duchas comunitarias que lo hacen parecer mucho más agradable de lo que realmente es. Es cierto que todavía no podemos acceder a nuestra habitación – la compartimos con un cuarto huésped que ahora mismo duerme – pero no nos importa. Al menos, podemos asearnos y organizar nuestras mochilas. Sobre las nueve y media la chica de recepción entra a la habitación y despierta al hombre. Es un norteamericano enorme y barbudo de unos treinta y cinco años. Nos saluda con un gesto distante y sale de la habitación. Sobre el desorden de su cama, un pequeño portátil Apple y revistas originarias de Ohio nos confirman su nacionalidad. Nos instalamos y salimos a visitar la capital.

Caminamos hasta el templo de Gandan Khiid, lugar de culto reconstruido tras el devastador paso del comunismo por el país. Su impresionante Buda dorado de veintiséis metros de altura nos deja boquiabiertos pero es casi lo único interesante del lugar. Eso y el fervor con que los nativos realizan el culto a su Dios. La posibilidad de practicar de nuevo con libertad la religión, la ha revitalizado y son numerosos los mongoles que dan muestras de su fe, sea budismo, confucionismo o animismo.

Tras el templo visitamos el centro de la ciudad. La mayoría de las construcciones de esta zona provienen de la época soviética. Los edificios son enormes y austeros y las avenidas amplias y bulliciosas. Jóvenes mongolas pasean con combinaciones de prendas provocativas y otras de falsa elegancia, rematadas con zapatos de desmesurado tacón de aguja que acaban por dotarlas de aspecto de meretriz. Puntuales hombres adultos, en coma etílico, caídos en el suelo sangran sin que esto provoque reacción alguna entre los viandantes. Vendedores ambulantes cubren sus rostros con mascarillas sin que sepamos exactamente porqué. Hombres levantan sus camisetas a la altura de las tetillas como peculiar forma en busca de combatir el calor… En un momento del paseo y sin previo aviso, la tapa de una alcantarilla está varios metros alejada de la boca. El enorme boquete en medio de la acera ofrece enormes posibilidades a los viandantes de caer dentro de ella. Pensamos si no será una de las salidas al exterior para esos niños en perpetuo viaje. Una delirante sucursal de Zara acaba por confirmarnos que el tal Amancio debería cuidar un poco más su imagen fuera del país.

 

Desembocamos en Sükhbaatar Square, la desmesurada plaza principal de Ulan Bator. Rodeada de modernos edificios singulares y presidida por una estatua del gran mito de los mongoles, Gengis Khan, supone uno de los atractivos turísticos de la ciudad. Parece además un lugar de paseo para los moradores de Ulan Bator. En su amplia zona central, numerosos vendedores ambulantes te ofrecen láminas de arte autóctono. Veo acuarelas de cierta gracia, pero supondría un gran problema su transporte en lo que nos resta de viaje. En una de las esquinas, un limpiabotas con la mirada perdida, espera clientes sin al parecer excesivo éxito. En otra, un librero, con aspecto de cowboy mongol, ofrece su producto desparramado sobre la calzada.

Tras comer en uno de los lugares “chic” de la zona de embajadas, visitamos un nuevo templo milenario. Enclavado entre edificaciones rabiosamente contemporáneas, el contraste que muestra tal vez no sea más curioso que combinaciones similares de occidente pero resulta muy chocante. En el interior del mismo asistimos a un espectáculo de canto y danza. Lo que lo más sorprende es la flexibilidad que muestra una joven contorsionista sobre una mesa circular.

Es todavía pronto y tenemos casi todos los lugares de interés de la ciudad vistos. A pesar de que al día siguiente el madrugón para tomar el vuelo a Dalanzgavad será de pronóstico, la opción de regresar ya al albergue no nos convence. Revisamos la guía por ver si hay algo que se nos ha escapado y descubrimos que en las afueras de Ulan Bator se sitúa el Zaisan Memorial, un monumento ruso-mongol que conmemora todas sus hazañas conjuntas. Decidimos tomar el autobús, por probar un nuevo medio. La espera en la supuesta parada ya provoca miradas y cuchicheos, pero nuestro acceso al vehículo se acompaña de fanfarria y la sorpresa de todos sus ocupantes es mayúscula. Mientras el autobús se pone en marcha, el revisor viene a cobrar los billetes. Con algo de dificultad acabamos por entender la cantidad que nos pide. El chófer no cesa de charlar con todo el mundo y parece prestar escasa atención al asfalto. En una de las paradas sube una jovencita con un niño en brazos. Se acercan al conductor y ambos le dan un cariñoso beso. Deben ser su mujer y su hijo. A partir de ese instante todavía será menos la atención que presta a su trabajo y más a los asuntos domésticos que la chica le plantea. A pesar de todo, media hora después llegamos ilesos a destino, o al menos al pie del destino. El monumento está en lo alto de una empinada colina y hay una espectacular escalera de subida hasta allí. El ascenso es pesado – incluso hay gente que vende provisiones a lo largo de él – pero nuestro estado de forma todavía es óptimo y en poco llegamos a lo más alto. Desde allí toda la ciudad está al alcance de nuestra vista. Rodeada de suaves colinas de verdor fulgente, Ulan Bator se extiende a lo largo de un valle de forma dispar. Si la parte que va desde el centro hasta el monumento en que estamos es una moderna zona residencial en perpetua construcción, la vista de la izquierda muestra numerosas factorías que escupen negro humo al cielo, mientras que  la de la izquierda ofrece pequeñas casas de aspecto mucho más humilde. Mención aparte merece la numerosa presencia de gers alrededor de toda la ciudad. En recintos de pocos cientos de metros cuadrados y vallados de forma rudimentaria, estos habitáculos ofrecen un aspecto desolador. Los nómadas se han ido acoplando a la ciudad intentando mantener su estilo de vida. Algo casi imposible. Su empecinamiento provoca una omnipresente sensación de chabolismo en toda la periferia de la ciudad.

Regresamos al albergue con la idea de cenar en los alrededores. Mañana tenemos que levantarnos a las cuatro para el vuelo y no conviene acostarse demasiado tarde. Encontramos al yankee enfrascado en su ordenador. Nos saluda frío y regresa a su quehacer. Todo indica que no se ha movido lo más mínimo del alojamiento. Nos sorprende y fabulamos acerca de qué está haciendo allí aquel silencioso tipo. Mi mente fabuladora le adjudica un rol en una trama de espionaje en la zona. Comentarlo con mis compañeros sirve para que, cómplices, a partir de ese momento, las conversaciones giren en torno a “El hombre de la CIA” y su secreta misión entre los dos grandes monstruos mundiales.

Decidimos cenar en el propio albergue pero no acabamos de entender porqué la cocina ya está cerrada y el restaurante no sirve nada. Otra huésped, a la que en la mañana habíamos adjudicado nacionalidad japonesa y que había compartido minutos de charla con el espía, se nos ofrece amable para acompañarnos a un restaurante cercano. Es parlanchina hasta decir basta. Nos cuenta que es de Ulan Bator pero vive fuera, nos propone un restaurante coreano – aunque comenta que ella odia la comida de ese país -. Dudamos. Nos advierte que no nos conviene alejarnos porque el barrio es poco recomendable. Nos decidimos por el coreano. Con su ayuda pedimos la cena. La invitamos a que nos acompañe sabiendo que va a declinar la invitación. Antes de marcharse nos señala una mesa ocupada por jovencitas del país y nos hace una advertencia de traducción castiza; “Cuidado con las pilinguis”. Ya lo habíamos advertido y parece que podemos ser víctimas propiciatorias. No lo sabe ella bien tras diez días de vida monjil. No ocurre nada, evidentemente, y tampoco la cena es reseñable. La cerveza, sí. La cerveza es tan espantosa que resultará, por si sola, suficiente elemento disuasorio de un viaje a su país.

Nos dormimos. El americano ya ronca. Apenas cierro el ojo un teléfono suena. Pienso que es el despertador y que es la hora. Veo a Dani, en la litera de enfrente, estirar su brazo. “Un mensaje” me dice. Le interrogo con la mirada. “El Alcoyano está en segunda”. Pues eso.

 

De la Plaza Roja a Tian’anmen (XII)

datePosted on 22:38, diciembre 14th, 2011 by Melchor Mombo

B.S.O. Yann Tiersen – Lara’s Castle

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

Bajo el desmesurado busto de Lenin.

 

A la caída de la tarde, la estación de Irkutsk es un lugar poco recomendable. Jóvenes tatuados sin otra ocupación aparente que la “vigilancia”, grupos de viajeros protegiendo sus equipajes, y ciertas miradas torvas, hacen que, de forma inconsciente, las precauciones aumenten. El tren vuelve a ser metódicamente puntual. Regresamos a tercera, el trayecto es corto hasta Ulan Ude – apenas ocho horas – y decidimos subir un punto la emoción del viaje. Para nada somos conscientes de la que se nos avecina.

Nuestra camareta de seis la completan una señora de edad, un hombre joven y su hijo de doce años. La excesiva curiosidad de éste, hace que muy pronto se nos acople. Misha es un niño rubio y regordete muy simpático. Habla sin cesar solo en ruso, a pesar de que dice estudiar inglés en la escuela. No nos enteramos de mucho pero las risas son constantes. Por sus gestos, su padre y la señora hablan del desparpajo que muestra su hijo con estos extranjeros. A punto de ponerse el tren en marcha, un ruso de enorme envergadura hace una aparatosa entrada. Se rompen nuestras cuentas. Alguien no pertenece a estás literas. Andrei, el nuevo, no duda que sí. Ocupa la de encima de Pablo, justo a mi lado. Mientras cenamos, saca una botella de ese zumo de frutas fermentado que ya hemos visto en otras ocasiones. Nos enseña sus escasos nueve grados justificándose. Nos ofrece. Lleno mi vaso. Sabe a plátano, y aunque demasiado dulzón para mí gusto, no está mal. Por la velocidad con que el nivel de la botella baja, él parece ser fan de la bebida. Intenta hacerse entender pero es difícil. Misha se empeña en ayudar y a pesar de la profusión de idiomas que entre todos hablamos – hasta siete – no hay forma de aclararse. A través de garabatos y números, averiguamos edades y otras cuestiones básicas. Andrei es mecánicos de locomotoras y, aun siendo originario del Baikal, vive en Ulan Ude. No acabamos de entender a qué ha ido a Irkutsk y reímos de forma descontrolada por los gestos con que Misha acompaña sus palabras. Pronto, Pablo, más sensato, sospecha que este hombre viene de un entierro. Así es, acaba de morir su abuela y se ha encontrado para el sepelio, en una localidad del Baikal con todos sus hermanos. Averiguamos también que no todos han ido. La Mafia rusa mató en Moscú hace unos años al mayor de ellos. Nuestros rostros mudan el gesto en función de la gravedad de los hechos. La velocidad con que Andrei se ha ventilado la botella y la sospecha de que ya venía cargado del encuentro familiar, nos recomienda acostarnos raudos y cerrar la noche. Craso error, el mal ya está hecho. Misha no tarda en quedar dormido y su padre se desplaza a la siguiente camareta. Miro al niño y el parecido con Alejandro, el menor de mis hijos, pone un nudo en mi garganta. La señora mayor se ha acomodado debajo de Misha y también parece dormir. Solo Andrei sigue en pie con su perorata. No acaba de aclararse colocando el fino colchón y las sábanas que le corresponden. Comienza entonces su delirante actuación. Visita el baño, regresa, intenta sin éxito subir a su litera. Vuelve a ir al baño, vuelve a intentar alcanzar su cama, esta vez desde los pies. Encaramado a ella, sus piernas cuelgan. Con sus manos atrapa el colchón, éste se desliza por su peso y Andrei con él. Cae, cae, cae… efectivamente. Con un estruendoso ruido su corpachón va a dar en el suelo, justo al lado de la señora que estremecida da un salto en su cama. La “Provodnitsa” corre hasta nosotros. Intenta ponerle en pie. Escucho risitas. Mis amigos. Yo mismo me dejo ir al ver que no ha habido daños graves. La “Provodnitsa” le ayuda a ponerse en pie. Andrei lanza su mano a la esbelta cintura de la chica. Como puede, ésta se deshace del abrazo del oso y le lanza una reprimenda que cae en saco roto. Andrei Sube. La muchacha pasa las cadenas que cuelgan del techo para impedir una nueva caída del ruso. Se marcha. Andrei vuelve a bajar de la cama. Desaparece. No tarda en regresar. Camina con dificultad. Nuevo número circense. Sus piernas se enredan en las cadenas, se da cabezazos rítmicos contra el cristal de la ventana. Insiste en ello. Aparece una “Provodnitsa” superada por los sucesos. Pablo, harto de lo que sucede se pone en pie y, en un arranque racial, lanza en su correcto castellano; “¡Qué vergüenza! ¡Esto solo pasa aquí!”. La chica queda perpleja. Reímos sin compasión. Andrei lo intenta de nuevo. Los pies en la cama de Dani, en la de Pablo, sobre la mesa… Sus manazas en mi litera, en el techo, en la ventana… por fin. Parece quedar quieto. Sí. Doy media vuelta e intento dormir. Unos segundos y, en la duermevela, una mano en mi espalda. Me sobresalto. Lanzo un exabrupto. Me giro. La mano de Andrei intenta tocarme. Me la quito de encima. Lo intenta de nuevo. Busca mi pecho pero, claro, la copa “A menos” de mi sujetador provoca su desencanto. Cojo de nuevo su brazo y lo enredo entre las cadenas que sostienen la litera. En su delirio queda atrapado. Es el fin de la pesadilla. Para nada. Una sinfonía de ronquidos se prolongará hasta destino. Y con ellos, nuestra vigilia.

Es temprano. Tanto como las seis de la mañana. Tres tipos malcarados, con legañas en sus ojos, y cuerpos doloridos, comparten galletas y un cartón de zumo, bajo un descomunal busto de Lenin de siete metros de altura. No lo decimos, pero los tres nos preguntamos qué demonios hacemos allí a esa hora. Lo que nos pareció una gran idea al preparar el viaje, – salir de Irkust a las diez y llegar a Ulan Ude antes de seis, en lugar de retrasar ambas cosas dos horas – se transmuta en el mayor de los despropósitos.

Ulan Ude es una ciudad cuya principal característica es albergar sin conflictos el culto a tres religiones mayoritarias. Confucionismo, Budismo, y Cristianismo Ortodoxo, comparten templos en esta ciudad, la última de importancia antes de entrar en Mongolia. Tras visitar el exterior de algunos de estos templos, nos acercamos al mercado. Si en su parte delantera denota cierta modernidad, en la trasera es el vestigio de tres siglos atrás. Porciones de reses transportadas en los asientos traseros de turismos, verduras transportadas en rudimentarios carromatos, cabezas de ganado por el suelo, sangre por doquier… Los nativos se sorprenden de vernos y ciertos rostros no son amables cuando nos ven lanzar fotografías a su quehacer cotidiano. Nos alejamos para toparnos con el museo de arte de la ciudad. Inenarrable su estado. Al menos eso nos parece allí. No sospechamos que, en pocos días, tendremos muestras todavía más delirantes. En nuestro deambular por las calles nos sorprende la presencia de numerosos pasquines avisando de peligrosos delincuentes. No podemos más. Decidimos buscar un sitio decente para desayunar y esperar tranquilamente la partida del tren a mediodía.

La recogida de equipajes esta vez es rápida y tomamos el tren sin mayores problemas. Horas más tarde zonas de alambradas y profusión de carteles nos indican que la frontera está cerca. Los trámites son tediosos, y nos cuesta cerca de cuatro horas cruzarla. Policía de ambos países revisan los vagones de forma minuciosa. Pasan perros, levantamos camas y despejamos altillos, curiosamente, no abrimos las mochilas. “Para eso están los perros” nos dicen un viajero “Solo buscan polizones”. Otra tanda de burocracia, ésta mongola, y entramos en el país. Algunas chicas, montadas en el tren para realizar pocos kilómetros, ofrecen a los viajeros cambio de moneda. El trueque dura poco, la noche cae y en pocas horas entraremos en la capital mongola; Ulan Bator.

123... 282930Next