Archive for ‘Viajes’ Category

Benidorm (10-02-2012) – Despedida de Silvia

datePosted on 15:14, marzo 2nd, 2012 by KaiserSoze

B.S.O M83 – Midnight City

Nuestra amiga Silvia se va a trabajar una temporadita a Mozambique (digo yo que tendremos que ir a hacerle la visita no??) así que nos dispusimos a pasar un fin de semana con ella a modo de despedida.

Nuestra idea inicial era ir a cenar al restaurante Oustau en Altea del que nos habían hablado tan bien y ya en verano nos quedamos con ganas. Y luego dormir en un sitio bueno, bonito y barato donde pudiéramos dormir 5 personas y que estuviera por la zona.

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De la Plaza Roja a Tian’anmen (XXI)

datePosted on 20:53, febrero 22nd, 2012 by Melchor Mombo

B.S.O. Manos De Topo – Haz tu Magia

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

 

(XXI)    Algo más que una Ciudad Prohibida.

 

¡No quiero ver más templos! Estoy harto. Y así lo comparto con mis compañeros. Pekín no son solo grandes edificaciones y me apetece, y mucho, callejear por los hutong. Quiero conocer, aún de forma superficial, la vida que emanan. Están conmigo y decidimos dedicar la mañana a ello. En la tarde, y como cierre a nuestro periplo, conoceremos el popular Mercado de la Seda.

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De la Plaza Roja a Tian’anmen (XX)

datePosted on 15:40, enero 30th, 2012 by Melchor Mombo

B.S.O. Soundtrack & Theme Orchestra – Theme From Pirates of the Caribbean: He’s a Pirate

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

 

La inmensidad de Tian’anmen.

 

Templos y palacios, palacios y templos, más templos y más palacios, más palacios y más templos… Harto ya. Muy harto de edificaciones chinas estoy. Llevamos toda la mañana de un lado a otro del casco antiguo de esta ciudad, contemplando arquitecturas que limitan su variedad a una de estas dos alternativas. Palacio de invierno, templo de la sabiduría, palacio de verano, templo de la eterna pereza, palacio de los besos avinagrados, templo de los eunucos liberados… mucho de estos nombres no son los reales, evidente, pero a mi se me antojan más que adecuados. He perdido definitivamente el interés por un estilo ornamental que hace horas ha dejado de sorprenderme.

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De la Plaza Roja a Tian’anmen (XVII)

datePosted on 12:49, enero 15th, 2012 by Melchor Mombo

B.S.O. Heroes Del Silencio – Flor De Loto (Directo)

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

 

 

De timadores y otras hierbas mongolas (II).

 

Es temprano cuando Andy nos propone montar a caballo. Pensamos que ha reflexionado acerca de nuestros pensamientos de la víspera pero no se refiere a eso. Habla de caballos y los míticos jinetes mongoles. Le comentamos que montamos en el desierto y sorprendida nos dice que está en su planificación y que debemos hacerlo. Más por no discutir que por otra cosa, decidimos repetir experiencia. Creyéndonos expertos jinetes, abordamos los caballos que un pequeño mongol ha puesto a nuestra disposición. Los animales son más grandes que los del sur e iniciado el paseo comprobamos que no es la única diferencia. Son de yeso. O lo parecen. No sé si temerosos de que suframos un accidente o por cualquier otro motivo oculto, los caballos, tres viejos ejemplares que resoplan de forma exagerada cada vez que la ladera se empina, nos llevan al paso por medio valle. Sin el posible galope, el recorrido resulta tedioso. Al finalizar éste, saboreamos dulces muy amargos y otros derivados de la leche en la tienda de una familia mongol. Es el colofón turístico a la excursión. Andy puede estar satisfecha de nuestra disciplina. Somos magníficos clientes. Sin más nos apremia a regresar a Ulan Bator. Sorprendidos le comentamos que teníamos contratada la estancia hasta después de comer y que todavía son las diez. Sus órdenes son llevarnos al albergue y recoger a otro cliente en menos de una hora. No lo podemos creer. Por no complicar más las cosas decidimos regresar. Nos ofrece la posibilidad de seguir allí y que por la tarde un coche venga a recogernos pero esto supone un nuevo suplemento monetario. Nos negamos. El regreso es rápido hasta la llegada a Ulan Bator. También silencioso. Ni si quiera Andy charla con el chófer como el día anterior. Sospechamos que algo ha ocurrido – o no – durante la noche en su tienda, pero ya no nos importa lo más mínimo. En la ciudad nos topamos con una retención que nos hace avanzar a paso de tortuga. La carretera pasa junto al mercado negro, y la lentitud de la caravana nos permite observar el funcionamiento de uno de los sitios más peligrosos de la capital mongola. A primera vista no lo parece. Al menos de día. Un enorme mercado al aire libre compuesto por contenedores situados uno al lado de otro que hacen las funciones de locales comerciales y donde puede encontrarse de todo, es su descripción. Hay miles de “latas”.  Como miles de coches y decenas de miles de personas. Es impresionante. Cada una de ellas tiene centenares de objetos más o menos útiles expuestos en su exterior. Imagino que al finalizar el día, solo hay que cerrar la lata y el lugar será similar al muelle de carga de un importante puerto. Tal vez, un lugar tan abarrotado de gente y objetos, puede ser el espacio ideal para un “Pickpocket” pero no parece probable otro tipo de asalto. De todos modos, nos quedan pocas ganas de comprobarlo.

Poco después estamos ante el albergue. Nos despedimos de una Andy cuya sonrisa ha pasado, en apenas veinticuatro horas, de resplandeciente a detestable. Se marchan presurosos pero parece que no van a llegar a tiempo a por el nuevo cliente.

Organizamos mochilas y tomamos una ducha. Al día siguiente salimos en dirección a China y nos queda el resto del día para seguir visitando la ciudad. Mientras estoy bajo el agua, llaman a la puerta. Dani abre, y ante sus ojos, aparece de nuevo Andy. Oigo como charlan en el exterior. Salgo. Nos comenta que el patrón de la chica pide más dinero por no sé qué conceptos de los que hemos hecho uso. Nos miramos los tres indignados. Comento que no me supone nada poner diez o doce euros más pero que moralmente me parece que ha sobrepasado cualquier límite. Pablo y Dani se muestran de acuerdo y así se lo transmitimos a una Andy que espera nerviosa en el exterior. Le decimos que si su jefe tiene algún problema más le esperamos allí mismo. De nuevo la sonrisa en su rostro. Esta vez nos parece sincera. Creo que está feliz de que alguien le ponga las cosas claras al tirano. Evidentemente, el patrón no aparece. La que regresa es ella. Todo está aclarado, nos dice. Y tras despedirse de nuevo, pizpireta se marcha.

Tenemos el Museo Paleontológico por ver ya que su horario no se adaptó a nuestro primer día en la ciudad. Vamos con la ilusión de ver si supera lo visto en el Gobi. No es así. Ni por asomo. Éste, sin ser nada del otro mundo, tiene salas interesantes. Caminando por una de ellas escuchamos una voz familiar. No lo podemos creer. Nuestro subconsciente nos está jugando una mala pasada. No es así. En la sala adyacente, Andy y su nuevo cliente visitan el museo. Divertida nos lo presenta. Es un sonriente hindú que al paso que va, necesitará una tortilla de paracetamol para acabar su día. Nos despedimos, esta vez sí, definitivamente y seguimos con nuestro periplo. Ya casi es hora de comer y decidimos darnos un homenaje que, desde Ekaterimburgo, tenemos casi olvidado. Encontramos una franquicia de Budweiser en la que sirven comida internacional.

Elegante y llena de miembros del gobierno y ejecutivos, nos parece el lugar perfecto para camuflar lo vivido en días pasados. Todo va bien hasta el momento de decidir la bebida. Por supuesto, no queremos parecer insensibles y demandamos tres enormes Bud’s. El camarero niega con la cabeza. No se sirve alcohol los viernes. Le insistimos en que debe estar equivocado, es el miércoles el día que no hay alcohol. Lo sabemos bien pues lo sufrimos – a medias – en Dalanzadgad. No, insiste, en Ulan Bator es los viernes. Apelamos al sentido común. No hemos cobrado, no hay peligro de que gastemos todo en alcohol y nuestras mujeres deban prostituirse para alimentar a nuestros hijos, somos extranjeros y no deberían aplicarnos leyes del país, el local, siendo una franquicia que representa a una cerveza, debería presionar al gobierno, buena parte del cual está allí mismo, para conseguir una bula… Es inútil, al poco tres grandes Coca-Colas ocupan la mesa. Por si fuera poco, junto a nosotros, cuelga de la pared un gran poster que muestra, por países, las marcas más populares de cerveza del mundo. Toda una tortura. Salimos saciados pero con una pizca de indignación. Decidimos tomar un café en una franquicia. “Silk Road Bar & Grill” es un lugar agradable del que lo que más nos sorprende es el vino que ofrecen; “Silk Road” es un caldo de unas conocidas bodegas alicantinas.

Dedicamos la tarde a las compras en grandes almacenes. Es el primer lugar donde encontramos mayoría de occidentales. Los viajes organizados tienen estos lugares como parada obligatoria. Al poco estoy aburrido de ver camisetas, láminas, vasos, bolsos… me dedico a vagar por las distintas plantas hasta que mis amigos finalizan su compra. En el camino de regreso decidimos que ya está bien de Mongolia. Para la noche, compraremos provisiones y cenaremos solos en la terraza de la habitación. Con un clima fresco pero agradable, con algo de pollo, conservas y cerveza – en los supermercados sí nos venden alcohol siempre que lo saquemos camuflado – pasamos nuestra última noche en Ulan Bator. Los tópicos han caído. No hemos sufrido ningún asalto y los intentos de timo han quedado en nada. Estamos bastante curtidos para nuestra entrada en China. Al menos eso pensamos.

De la Plaza Roja a Tian’anmen (XVI)

datePosted on 19:54, enero 9th, 2012 by Melchor Mombo

B.S.O. Asian Zen – Spa of Asia

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

 

De timadores y otras hierbas mongolas (I).

 

La última noche en Dalanzadgad es delirante. Tras tres jornadas en el Gobi esperamos dormir en algún sitio donde al menos haya una ducha, por asquerosa que esta sea. Ni por esas. La negociación entre Steve y los encargados de los hostales es árida y realmente no sabemos por qué. Tras pasar media tarde visitando campamentos de gers para turistas, hoteles, hostales, y cualquier otra posibilidad  de alojamiento, Steve confiesa el problema. El dinero que tenían para gastos casi se ha agotado. Sabemos que no es problema nuestro, pagamos buenos dólares por la excursión, pero el apuro de los jóvenes nos hace reflexionar. Hablamos de rascar nuestros bolsillos y pagar la diferencia antes que seguir de un sitio a otro hasta encontrar un precio imposible incluso en el desierto. Los dos mongoles se niegan. Finalmente encontramos un campamento de gers recién estrenado. No hay ducha. Sí un sorprendente lavabo de agua rellenable en el mismo interior de la tienda que unido a la estridente decoración, absolutamente fuera de lugar, le da un desmesurado tono kitsch. Es temprano y decidimos hacer turismo por la ciudad. Con excusas más o menos creíbles, Steve nos hace desistir de cualquiera de nuestras propuestas. Finalmente y tras algo de debate, acabamos en el plan que él propone; un cibercafé. En un multiespacio que parece, además, oficina de correos y banco, hay media docena de ordenadores de la guerra de Cuba. Igual de algo más atrás. Mientras Steve es abducido por el Facebook, repasamos alternativamente las cuentas de correo por si hay algo urgente que podemos solucionar desde Dalanzadgad. Casi una hora después, en el exterior del local, cansados de esperar al mongol mientras somos el centro de atracción de los lugareños, convencemos al chófer para que lo haga salir y regresar al campamento. Otra noche de Red Label – comprado bajo mano en un supermercado, a pesar de ser miércoles, día de cobro en Dalanzadgad y por tanto día de prohibición de venta de alcohol – cierra nuestro periplo por el desierto. Curioso es el estudio de mercado que la gente de White Label hace en estos momentos en el Gobi. Dos botellas vendidas en poco menos de tres días, visto el precio que se marcan, debe ser consecuencia de un fenómeno paranormal.

Como no, es temprano cuando nos despedimos de nuestros compañeros de fatigas. Volamos a Ulan Bator sin incidencias donde nos espera Andy, simpática y parlanchina mongola de la misma compañía que Steve. Se encargará, junto con otro chófer, mucho más seco y misterioso que el anterior, de llevarnos al Terelj, el parque natural del norte del país y nuestra última etapa en Mongolia. Después de los días en el desierto, la sonrisa de Andy ilumina el vehículo. Esta vez sí, esta vez vamos en un cómodo todoterreno. Y hay además algo semejante a una carretera durante buena parte del recorrido. El paisaje cambia según nos dirigimos al norte. El parque no está lejos y decidimos desviarnos antes de llegar hasta el lugar donde otea el horizonte una desmesurada figura metálica del gran rey de los mongoles; Gengis Khan. Concebido para ser en un futuro un parque temático sobre la vida de los mongoles, parece que quedará tan solo en la escultura ecuestre. Ni los tiempos son para inversiones, ni el extremado clima de la zona permite convertir aquello en una zona de ocio más de un par de meses al año. La figura es impresionante y su pedestal es un complejo con restaurante tiendas y servicios. La cabeza del caballo es un mirador que permite una bellísima panorámica del valle. A nuestra espalda, Gengis Khan nos mira. No imagino que pensará de este trío que en sus rostros ya da muestras de fatiga.

Acabada la visita, el chófer comenta algo con Andy que ella nos transmite. Debemos abonar la gasolina de la veintena de kilómetros que nos hemos desviado para esta visita. De mala gana lo hacemos. Creemos haber pagado lo suficiente a su jefe para que nos cubra este tipo de “caprichos”.

Ya en el valle que aloja el Parque Natural, nos desplazamos, al igual que hicimos con Steve, de un lugar a otro en busca de alojamiento. Pasamos varias horas de este modo sin conseguir acomodo en ninguno de ellos. Después de discusiones sin fin, acabamos por, de mala gana, claudicar. Pagaremos la diferencia del alojamiento a cambio de detenernos ya y poder aprovechar el día. El lugar es un campamento turístico infectado de japoneses. Nos alojamos en uno de los gers mientras Andy y el chófer lo hacen en otro. Decidimos salir a dar una vuelta por las suaves montañas de alrededor. Algo más de una hora de trekking por un paisaje espectacular y regreso al campamento. Queremos ducharnos pero ha habido un problema, entendemos que con la electricidad, y si la bomba no funciona, no hay agua. Dani propone aprovechar para comprar cervezas en el campamento vecino. No estoy con ánimo. Necesito algo de espacio y soledad. Lo entienden y, él y Pablo, emprenden camino. Me quedo a la puerta del ger con la lectura de la novela pendiente. Pocos minutos después aparece Andy. Me pregunta por mis amigos. Bromeo que han regresado a Ulan Bator. No lo toma bien. La noto preocupada. Me comenta que es peligroso alejarse. Alucino con sus palabras. Insiste en si van a tardar mucho. Le digo que no lo sé. Me dice que está aburrida. La miro y un pensamiento malicioso pasa por mi cabeza. No es muy guapa pero serviría. No tarda en puntualizar que es católica y que está estudiando para misionera. ¿Me habrá leído el pensamiento? Sigue muy pesada con la excursión de mis compañeros. Le digo que no se preocupe y que no tardarán en regresar para evitar que siga en sus trece.

Inquieta se marcha. Comienza a hacer bastante frío y enciendo la estufa del ger. Sigo con la lectura en el interior. Al poco entra el chófer. No habla ni palabra de otro idioma que no sea mongol. Por sus gruñidos tampoco parece que domine este. Se sienta en otro de los camastros de la tienda. Cierro el libro. Se acabó la lectura, la introspección, la soledad… Me observa. Intento hacerme entender. Es difícil. Le pregunto por su vida, si está casado. No sé qué es lo que entiende cuando me señalo el anillo pero al intentar acercarme a mostrarle fotos de mi familia, se pone en pie con cara de pánico. Me da la sensación que piensa que quiero algo más íntimo y está a punto de salir despavorido. Regreso a mi sitio. Mi desesperación no es todavía tan grande. La no conversación continúa durante minutos que parecen horas. Intento la charla pero permanece indiferente. Me siento el John Dunbar de Bailando con Lobos en su primer encuentro con los sioux. ¡Qué impotencia! En ese instante entra Andy. Ignora al chófer y sigue con su cantinela. Allí estoy yo soportando a un mongol asustadizo y a una pesada muchacha que se aburren. Por suerte, mis compañeros regresan con un regalo en forma de cerveza. Enterados de lo sucedido en su ausencia se ríen de mis aspiraciones de tranquilidad. Andy sigue con su cantinela y a las mentes de Dani y Pablo viene la misma idea que ya rondó mi cabeza. Seguro que el propio chófer lo ha pensado al entrar en su ger. A la única que no se le ocurre es a ella. “Póker” dice con una sonrisa que comienza a ser detestable. Como si de un tahúr se tratara, saca un juego de naipes de su bolsillo y comienza a barajar. Pablo se niega a participar de la pantomima. Dani, divertido decide jugar. Yo les acompaño pero alguien tiene que explicarme de qué va el juego. Dos lecciones rápidas y estamos en marcha. Dos partidas más rápidas todavía y estoy fuera y sin un Tugrik. Suerte que no jugamos en serio. La señorita católica no lo permite. La partida acaba en un enfrentamiento Dani-Chófer que, si la memoria no me falla, acaba ganando el mongol. La noche ha caído y, ya sin compañía ajena, vivimos una nueva velada de charla.

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