Archive for ‘Viajes’ Category

De la Plaza Roja a Tian’Anmen (XIV)

datePosted on 13:39, diciembre 26th, 2011 by Melchor Mombo

B.S.O. Kings Of Leon – Cold Desert

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

 

Gobi (I).

 

Tras un día recorriendo las calles de una occidentalizada Ulan Bator, tomamos el vuelo que nos dirigirá al sur del país. Dalanzgavad más que una ciudad, es un campamento minero que ha crecido sin control y al que se le han acoplado gers (viviendas nómadas de Mongolia) hasta una población de trece mil habitantes. En un país como este, donde casi la mitad de sus tres millones de ciudadanos se agrupan en la capital, una ciudad de este tamaño adquiere la suficiente importancia como para disfrutar de  aeropuerto internacional. Apenas descendidos del avión, un joven mongol se dirige a mí por mi nombre. Me sorprendo, pero recuerdo que en su momento, en el cruce de e-mails de contacto, nos demandaron estatura y peso. No es difícil deducir que un tipo de casi dos metros, sea el más fácil de localizar en la expedición. Steve dice llamarse. Es un nombre falso. Los cambian por la complejidad que suponen los suyos a los turistas. Nos lleva hasta una austera furgoneta de fabricación rusa que espera junto a la puerta. Comenta que es temprano para comprar provisiones y nos ofrece, entretanto, la posibilidad de ver el museo paleontológico. Además, al parecer, en su viaje nocturno desde Ulan Bator, han tenido problemas mecánicos y el chófer necesita repuestos.

Llegamos al museo. La desvencijada puerta no invita a entrar salvo que uno piense que se trata del de los horrores. Una chica mongol, ataviada con un vestido corto dos o tres tallas menores de la necesaria, limpia un automóvil junto a la entrada. Atiende a Steve. Unos minutos de charla. Nos mira. Desaparece en el interior. Steve explica que van a abrir para nosotros. El chófer aprovecha para ir en busca del taller más cercano. Un instante. La chica sale a por nosotros. Ha cambiado calzado deportivo por zapatos de descomunal tacón de aguja. No sin algún traspié en ese suelo por asfaltar, nos acompaña al interior. Habla exclusivamente mongol, así que Steve hace su particular traducción al inglés, y entre Dani y Pablo vuelcan al español las partes que me quedan lúgubres. Me desintereso pronto de las explicaciones y me dedico a parpadear ante los numerosos y delirantes toques kitsch que hallo. Todo es un despropósito, tanto la distribución como los contenidos. Hay recreaciones en forma de diorama que merecerían un lugar de honor en algún certamen de propuestas humorísticas… solo que están realizadas con intención de resultar creíbles. Volcanes elaborados con plastilina y cartón, decorados de modo fauvista, aplicaciones fluorescentes, vegetación que combina la real con la simulada mediante algodón o quien sabe qué materiales… todo, con más voluntad que acierto, busca recrear violentos instantes del paleolítico. Lo recorremos con rapidez. La única parte de cierto interés está en la sala que muestra medio ger, y al que, muy amable, la muchacha nos permite entrar. Aprendemos que las camas del lado derecho de la puerta son para las mujeres y las del izquierdo para los hombres. Conocemos la estructura de la tienda sin las telas o pieles que la recubren y comprobamos su ingenioso ensamblaje. Algunos cuadros de pintores locales cierran el delirante periplo por el museo.

A pie de calle nos despedimos de la chica dando las gracias. La furgoneta sigue sin aparecer. Y con ella nuestras mochilas. El guía busca tranquilizarnos sin necesidad. Comenta que tal vez, el tiempo en el mecánico fue mayor del previsto. Matamos media hora huyendo del plomizo sol. Por fin aparece y montamos. Los supermercados locales se concentran en un perímetro de apenas cien metros y entre ellos se sitúan diversos puestos ambulantes en lo que parece ser la zona comercial por excelencia de Dalanzgavad. Entramos a diversos establecimientos. En más que penumbra cuando se viene de la abrasadora luz exterior. No hay gasto eléctrico mientras el día permita funcionar sin ella. Ni siquiera para las neveras. Compramos austeras provisiones, agua en abundancia y una botella de Red Label que, entre sorprendida y encantada, nos coloca en una bolsa la dueña del supermercado. Grandes clientes, debe pensar. Ya en el exterior me dedico a lanzar fotos entre la sorpresa y las risas de los lugareños. Vuelvo a ver numerosas botellas de Arkhi en mesas de camping utilizadas como escaparate. Hay otros productos con la leche como base – quesos, dulces, yogures – y todos comparten el mismo repulsivo aspecto. Aparece Steve y nos pregunta si tenemos todo. Afirmativo.

Dejar atrás las polvorientas calles de la ciudad te mete de lleno en el pedregoso campo a través del país. Por supuesto no hay carreteras, pero ni siquiera pistas. Cada uno se encamina hacia su destino por donde su instinto le indica. En ocasiones siguiendo huellas de vehículos anteriores, en otras mediante métodos imposibles de descifrar por el turista. Por si fuese poco, y a pesar de los cinturones de seguridad, los brincos de la furgoneta, provocan heridas y hematomas en brazos, piernas y frentes convirtiéndonos en mártires de la causa mongola. Steve se escusa sin convencimiento. Tanto él como el chófer no pueden aguantar la risa. Algo que comienza pareciéndonos divertido, al poco resulta insoportable. Recorremos cerca de doscientos kilómetros de ese modo. En una zona algo más escarpada, un vehículo nos corta el paso. Un grueso mongol armado se acerca. Desde la distancia toda su familia nos observa. Son más de quince los que, malcarados, nos miran. El chófer habla con él y tras deslizar dinero en su mano, consigue abrir el paso. Nuestra duda versa sobre si lo que acabamos de presenciar es o no la mordida mongola. No es tiempo de preguntas. Enseguida entramos en un desfiladero en el que encontramos un grupo de pequeños caballos mongoles. Cerca, sus dueños, charlan despreocupados. Aparcamos junto a una furgoneta similar a la nuestra. Sentado en su puerta lateral, un tipo saluda amigablemente a nuestro chófer. Es otro guía. Amable, nos ofrece un vaso de Arkhi. No parece muy fuerte en cuanto a alcohol pero el sabor es agrio y poco agradable. Le agradecemos el detalle y nos dirigimos hacia los caballos. Los niños nos dicen que montemos. Ninguno de nosotros tiene experiencia.

 “No problem” nos comenta Steve. Montamos y, tras ligeras explicaciones, nos internamos al paso por el desfiladero. Viene con nosotros Steve y un niño mongol que monta su caballo a pelo y está muy pendiente de nuestras evoluciones. Seguimos el cauce del río por el fondo dela garganta hasta un lugar algo más amplio marcado por un monumento religioso de piedras y jirones de tela. A indicación de Steve realizamos un pequeño ritual de agradecimiento. Nos propone seguir adelante, pero ahora lo haremos caminado sobre el hielo que cubre el rio en esa zona. El paisaje es fascinante. Mucho más en pleno desierto del Gobi. Después de un largo recorrido de ida y vuelta, divisamos los caballos. Trotamos de regreso. A nuestra espalda Steve y el niño mongol. De pronto, sin que ninguno de los tres lo haya propuesto, los caballos aceleran el paso. El trote pasa a ser galope y, sin más, nos convertimos en dignos émulos de John Wayne. Nos miramos, reímos, gritamos, no lo creemos. Los caballos aceleran. Cada vez más rápido. No responden a nuestras órdenes. Pronto entendemos. La cercanía de sus amos, les ha espoleado más que nuestras órdenes. No nos importa lo más mínimo. La experiencia ha sido gratificante. Y para ser un debut, lo hemos salvado dignamente. Tras pagar por la diversión, Steve comenta que las actividades previstas para el día han finalizado. Tenemos dos opciones, pasar la noche allí, o aprovechar y después de comer desplazarnos hasta la siguiente etapa. No hay dudas. Pronto estamos embarcados de nuevo en la batidora, rumbo a una de las mayores zonas de dunas del desierto del Gobi.

 

De la Plaza Roja a Tian’anmen (XIII)

datePosted on 18:34, diciembre 20th, 2011 by Melchor Mombo

B.S.O. Ulan Bator – Hemisphere

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

 

Ulan Bator, la peligrosa.

 

Nos habían advertido, y mucho, sobre la capital mundial con mayor número de robos con agresión. Sobre violentos mongoles alcoholizados, sobre niños que viven bajo el asfalto y salen por las tardes, a través de las alcantarillas, en busca de su dosis diaria de droga y algo más para sobrevivir. Nos habían hablado sin descanso y, de algún modo, todo ello nos había sugestionado un poco. Al final no fue tan fiero el león…

El día nos descubre los aledaños de la capital mongola. Ulan Bator es mucho más occidental de lo imaginado y en sus barrios periféricos, mucho más destartalada. Los alrededores de la estación son como los de casi todas las estaciones de grandes urbes. El lumpen pulula en busca de despistados con dinero fresco en sus carteras, bien para venderte los más inverosímiles productos, bien para llevarte a los más delirantes lugares, bien para, directamente, aligerar tus bolsillos. Son numerosos los mongoles que en el exterior de la estación venden botellas de plástico rellenas de un líquido de color blancuzco y apariencia lechosa. Nos preguntamos si realmente es leche o el famoso Arkhi – licor derivado de ésta -. Como de momento tan solo tenemos ganas de encontrar el albergue y tomar una ducha, obviamos las ofertas y nos encaminamos en busca del lugar contactado. A pesar de que la gente que nos ha organizado el tour por el desierto, ofrecía, por el módico precio de quince dólares por cabeza, la posibilidad de trasladarnos hasta allí, consultados los mapas, decidimos que el lugar no debe de estar a más de diez minutos a pie de la propia estación. Esto nos leva, además, a recelar de la realidad del tour contratado.

Encontramos con facilidad el hostal y, en efecto, está muy cerca de la estación. Su aspecto externo nos lleva a replantearnos si la decisión ha sido correcta o debimos contratar como suplemento al Lee Marvin de su mejor época. La puerta delantera está cerrada con un candado. Un rótulo en inglés básico nos pide que demos la vuelta a la manzana y accedamos al lugar por una posterior. Si la fachada era para retratarla, la trastienda no tiene desperdicio. Zona interior de distintos bloques de casas, muestra el aspecto de las plazas de las ciudades devastadas por la guerra. Nos abre una joven mongola que nos atiende amable. El interior dista de ser Buckingham Palace pero existen un par de duchas comunitarias que lo hacen parecer mucho más agradable de lo que realmente es. Es cierto que todavía no podemos acceder a nuestra habitación – la compartimos con un cuarto huésped que ahora mismo duerme – pero no nos importa. Al menos, podemos asearnos y organizar nuestras mochilas. Sobre las nueve y media la chica de recepción entra a la habitación y despierta al hombre. Es un norteamericano enorme y barbudo de unos treinta y cinco años. Nos saluda con un gesto distante y sale de la habitación. Sobre el desorden de su cama, un pequeño portátil Apple y revistas originarias de Ohio nos confirman su nacionalidad. Nos instalamos y salimos a visitar la capital.

Caminamos hasta el templo de Gandan Khiid, lugar de culto reconstruido tras el devastador paso del comunismo por el país. Su impresionante Buda dorado de veintiséis metros de altura nos deja boquiabiertos pero es casi lo único interesante del lugar. Eso y el fervor con que los nativos realizan el culto a su Dios. La posibilidad de practicar de nuevo con libertad la religión, la ha revitalizado y son numerosos los mongoles que dan muestras de su fe, sea budismo, confucionismo o animismo.

Tras el templo visitamos el centro de la ciudad. La mayoría de las construcciones de esta zona provienen de la época soviética. Los edificios son enormes y austeros y las avenidas amplias y bulliciosas. Jóvenes mongolas pasean con combinaciones de prendas provocativas y otras de falsa elegancia, rematadas con zapatos de desmesurado tacón de aguja que acaban por dotarlas de aspecto de meretriz. Puntuales hombres adultos, en coma etílico, caídos en el suelo sangran sin que esto provoque reacción alguna entre los viandantes. Vendedores ambulantes cubren sus rostros con mascarillas sin que sepamos exactamente porqué. Hombres levantan sus camisetas a la altura de las tetillas como peculiar forma en busca de combatir el calor… En un momento del paseo y sin previo aviso, la tapa de una alcantarilla está varios metros alejada de la boca. El enorme boquete en medio de la acera ofrece enormes posibilidades a los viandantes de caer dentro de ella. Pensamos si no será una de las salidas al exterior para esos niños en perpetuo viaje. Una delirante sucursal de Zara acaba por confirmarnos que el tal Amancio debería cuidar un poco más su imagen fuera del país.

 

Desembocamos en Sükhbaatar Square, la desmesurada plaza principal de Ulan Bator. Rodeada de modernos edificios singulares y presidida por una estatua del gran mito de los mongoles, Gengis Khan, supone uno de los atractivos turísticos de la ciudad. Parece además un lugar de paseo para los moradores de Ulan Bator. En su amplia zona central, numerosos vendedores ambulantes te ofrecen láminas de arte autóctono. Veo acuarelas de cierta gracia, pero supondría un gran problema su transporte en lo que nos resta de viaje. En una de las esquinas, un limpiabotas con la mirada perdida, espera clientes sin al parecer excesivo éxito. En otra, un librero, con aspecto de cowboy mongol, ofrece su producto desparramado sobre la calzada.

Tras comer en uno de los lugares “chic” de la zona de embajadas, visitamos un nuevo templo milenario. Enclavado entre edificaciones rabiosamente contemporáneas, el contraste que muestra tal vez no sea más curioso que combinaciones similares de occidente pero resulta muy chocante. En el interior del mismo asistimos a un espectáculo de canto y danza. Lo que lo más sorprende es la flexibilidad que muestra una joven contorsionista sobre una mesa circular.

Es todavía pronto y tenemos casi todos los lugares de interés de la ciudad vistos. A pesar de que al día siguiente el madrugón para tomar el vuelo a Dalanzgavad será de pronóstico, la opción de regresar ya al albergue no nos convence. Revisamos la guía por ver si hay algo que se nos ha escapado y descubrimos que en las afueras de Ulan Bator se sitúa el Zaisan Memorial, un monumento ruso-mongol que conmemora todas sus hazañas conjuntas. Decidimos tomar el autobús, por probar un nuevo medio. La espera en la supuesta parada ya provoca miradas y cuchicheos, pero nuestro acceso al vehículo se acompaña de fanfarria y la sorpresa de todos sus ocupantes es mayúscula. Mientras el autobús se pone en marcha, el revisor viene a cobrar los billetes. Con algo de dificultad acabamos por entender la cantidad que nos pide. El chófer no cesa de charlar con todo el mundo y parece prestar escasa atención al asfalto. En una de las paradas sube una jovencita con un niño en brazos. Se acercan al conductor y ambos le dan un cariñoso beso. Deben ser su mujer y su hijo. A partir de ese instante todavía será menos la atención que presta a su trabajo y más a los asuntos domésticos que la chica le plantea. A pesar de todo, media hora después llegamos ilesos a destino, o al menos al pie del destino. El monumento está en lo alto de una empinada colina y hay una espectacular escalera de subida hasta allí. El ascenso es pesado – incluso hay gente que vende provisiones a lo largo de él – pero nuestro estado de forma todavía es óptimo y en poco llegamos a lo más alto. Desde allí toda la ciudad está al alcance de nuestra vista. Rodeada de suaves colinas de verdor fulgente, Ulan Bator se extiende a lo largo de un valle de forma dispar. Si la parte que va desde el centro hasta el monumento en que estamos es una moderna zona residencial en perpetua construcción, la vista de la izquierda muestra numerosas factorías que escupen negro humo al cielo, mientras que  la de la izquierda ofrece pequeñas casas de aspecto mucho más humilde. Mención aparte merece la numerosa presencia de gers alrededor de toda la ciudad. En recintos de pocos cientos de metros cuadrados y vallados de forma rudimentaria, estos habitáculos ofrecen un aspecto desolador. Los nómadas se han ido acoplando a la ciudad intentando mantener su estilo de vida. Algo casi imposible. Su empecinamiento provoca una omnipresente sensación de chabolismo en toda la periferia de la ciudad.

Regresamos al albergue con la idea de cenar en los alrededores. Mañana tenemos que levantarnos a las cuatro para el vuelo y no conviene acostarse demasiado tarde. Encontramos al yankee enfrascado en su ordenador. Nos saluda frío y regresa a su quehacer. Todo indica que no se ha movido lo más mínimo del alojamiento. Nos sorprende y fabulamos acerca de qué está haciendo allí aquel silencioso tipo. Mi mente fabuladora le adjudica un rol en una trama de espionaje en la zona. Comentarlo con mis compañeros sirve para que, cómplices, a partir de ese momento, las conversaciones giren en torno a “El hombre de la CIA” y su secreta misión entre los dos grandes monstruos mundiales.

Decidimos cenar en el propio albergue pero no acabamos de entender porqué la cocina ya está cerrada y el restaurante no sirve nada. Otra huésped, a la que en la mañana habíamos adjudicado nacionalidad japonesa y que había compartido minutos de charla con el espía, se nos ofrece amable para acompañarnos a un restaurante cercano. Es parlanchina hasta decir basta. Nos cuenta que es de Ulan Bator pero vive fuera, nos propone un restaurante coreano – aunque comenta que ella odia la comida de ese país -. Dudamos. Nos advierte que no nos conviene alejarnos porque el barrio es poco recomendable. Nos decidimos por el coreano. Con su ayuda pedimos la cena. La invitamos a que nos acompañe sabiendo que va a declinar la invitación. Antes de marcharse nos señala una mesa ocupada por jovencitas del país y nos hace una advertencia de traducción castiza; “Cuidado con las pilinguis”. Ya lo habíamos advertido y parece que podemos ser víctimas propiciatorias. No lo sabe ella bien tras diez días de vida monjil. No ocurre nada, evidentemente, y tampoco la cena es reseñable. La cerveza, sí. La cerveza es tan espantosa que resultará, por si sola, suficiente elemento disuasorio de un viaje a su país.

Nos dormimos. El americano ya ronca. Apenas cierro el ojo un teléfono suena. Pienso que es el despertador y que es la hora. Veo a Dani, en la litera de enfrente, estirar su brazo. “Un mensaje” me dice. Le interrogo con la mirada. “El Alcoyano está en segunda”. Pues eso.

 

De la Plaza Roja a Tian’anmen (XII)

datePosted on 22:38, diciembre 14th, 2011 by Melchor Mombo

B.S.O. Yann Tiersen – Lara’s Castle

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

Bajo el desmesurado busto de Lenin.

 

A la caída de la tarde, la estación de Irkutsk es un lugar poco recomendable. Jóvenes tatuados sin otra ocupación aparente que la “vigilancia”, grupos de viajeros protegiendo sus equipajes, y ciertas miradas torvas, hacen que, de forma inconsciente, las precauciones aumenten. El tren vuelve a ser metódicamente puntual. Regresamos a tercera, el trayecto es corto hasta Ulan Ude – apenas ocho horas – y decidimos subir un punto la emoción del viaje. Para nada somos conscientes de la que se nos avecina.

Nuestra camareta de seis la completan una señora de edad, un hombre joven y su hijo de doce años. La excesiva curiosidad de éste, hace que muy pronto se nos acople. Misha es un niño rubio y regordete muy simpático. Habla sin cesar solo en ruso, a pesar de que dice estudiar inglés en la escuela. No nos enteramos de mucho pero las risas son constantes. Por sus gestos, su padre y la señora hablan del desparpajo que muestra su hijo con estos extranjeros. A punto de ponerse el tren en marcha, un ruso de enorme envergadura hace una aparatosa entrada. Se rompen nuestras cuentas. Alguien no pertenece a estás literas. Andrei, el nuevo, no duda que sí. Ocupa la de encima de Pablo, justo a mi lado. Mientras cenamos, saca una botella de ese zumo de frutas fermentado que ya hemos visto en otras ocasiones. Nos enseña sus escasos nueve grados justificándose. Nos ofrece. Lleno mi vaso. Sabe a plátano, y aunque demasiado dulzón para mí gusto, no está mal. Por la velocidad con que el nivel de la botella baja, él parece ser fan de la bebida. Intenta hacerse entender pero es difícil. Misha se empeña en ayudar y a pesar de la profusión de idiomas que entre todos hablamos – hasta siete – no hay forma de aclararse. A través de garabatos y números, averiguamos edades y otras cuestiones básicas. Andrei es mecánicos de locomotoras y, aun siendo originario del Baikal, vive en Ulan Ude. No acabamos de entender a qué ha ido a Irkutsk y reímos de forma descontrolada por los gestos con que Misha acompaña sus palabras. Pronto, Pablo, más sensato, sospecha que este hombre viene de un entierro. Así es, acaba de morir su abuela y se ha encontrado para el sepelio, en una localidad del Baikal con todos sus hermanos. Averiguamos también que no todos han ido. La Mafia rusa mató en Moscú hace unos años al mayor de ellos. Nuestros rostros mudan el gesto en función de la gravedad de los hechos. La velocidad con que Andrei se ha ventilado la botella y la sospecha de que ya venía cargado del encuentro familiar, nos recomienda acostarnos raudos y cerrar la noche. Craso error, el mal ya está hecho. Misha no tarda en quedar dormido y su padre se desplaza a la siguiente camareta. Miro al niño y el parecido con Alejandro, el menor de mis hijos, pone un nudo en mi garganta. La señora mayor se ha acomodado debajo de Misha y también parece dormir. Solo Andrei sigue en pie con su perorata. No acaba de aclararse colocando el fino colchón y las sábanas que le corresponden. Comienza entonces su delirante actuación. Visita el baño, regresa, intenta sin éxito subir a su litera. Vuelve a ir al baño, vuelve a intentar alcanzar su cama, esta vez desde los pies. Encaramado a ella, sus piernas cuelgan. Con sus manos atrapa el colchón, éste se desliza por su peso y Andrei con él. Cae, cae, cae… efectivamente. Con un estruendoso ruido su corpachón va a dar en el suelo, justo al lado de la señora que estremecida da un salto en su cama. La “Provodnitsa” corre hasta nosotros. Intenta ponerle en pie. Escucho risitas. Mis amigos. Yo mismo me dejo ir al ver que no ha habido daños graves. La “Provodnitsa” le ayuda a ponerse en pie. Andrei lanza su mano a la esbelta cintura de la chica. Como puede, ésta se deshace del abrazo del oso y le lanza una reprimenda que cae en saco roto. Andrei Sube. La muchacha pasa las cadenas que cuelgan del techo para impedir una nueva caída del ruso. Se marcha. Andrei vuelve a bajar de la cama. Desaparece. No tarda en regresar. Camina con dificultad. Nuevo número circense. Sus piernas se enredan en las cadenas, se da cabezazos rítmicos contra el cristal de la ventana. Insiste en ello. Aparece una “Provodnitsa” superada por los sucesos. Pablo, harto de lo que sucede se pone en pie y, en un arranque racial, lanza en su correcto castellano; “¡Qué vergüenza! ¡Esto solo pasa aquí!”. La chica queda perpleja. Reímos sin compasión. Andrei lo intenta de nuevo. Los pies en la cama de Dani, en la de Pablo, sobre la mesa… Sus manazas en mi litera, en el techo, en la ventana… por fin. Parece quedar quieto. Sí. Doy media vuelta e intento dormir. Unos segundos y, en la duermevela, una mano en mi espalda. Me sobresalto. Lanzo un exabrupto. Me giro. La mano de Andrei intenta tocarme. Me la quito de encima. Lo intenta de nuevo. Busca mi pecho pero, claro, la copa “A menos” de mi sujetador provoca su desencanto. Cojo de nuevo su brazo y lo enredo entre las cadenas que sostienen la litera. En su delirio queda atrapado. Es el fin de la pesadilla. Para nada. Una sinfonía de ronquidos se prolongará hasta destino. Y con ellos, nuestra vigilia.

Es temprano. Tanto como las seis de la mañana. Tres tipos malcarados, con legañas en sus ojos, y cuerpos doloridos, comparten galletas y un cartón de zumo, bajo un descomunal busto de Lenin de siete metros de altura. No lo decimos, pero los tres nos preguntamos qué demonios hacemos allí a esa hora. Lo que nos pareció una gran idea al preparar el viaje, – salir de Irkust a las diez y llegar a Ulan Ude antes de seis, en lugar de retrasar ambas cosas dos horas – se transmuta en el mayor de los despropósitos.

Ulan Ude es una ciudad cuya principal característica es albergar sin conflictos el culto a tres religiones mayoritarias. Confucionismo, Budismo, y Cristianismo Ortodoxo, comparten templos en esta ciudad, la última de importancia antes de entrar en Mongolia. Tras visitar el exterior de algunos de estos templos, nos acercamos al mercado. Si en su parte delantera denota cierta modernidad, en la trasera es el vestigio de tres siglos atrás. Porciones de reses transportadas en los asientos traseros de turismos, verduras transportadas en rudimentarios carromatos, cabezas de ganado por el suelo, sangre por doquier… Los nativos se sorprenden de vernos y ciertos rostros no son amables cuando nos ven lanzar fotografías a su quehacer cotidiano. Nos alejamos para toparnos con el museo de arte de la ciudad. Inenarrable su estado. Al menos eso nos parece allí. No sospechamos que, en pocos días, tendremos muestras todavía más delirantes. En nuestro deambular por las calles nos sorprende la presencia de numerosos pasquines avisando de peligrosos delincuentes. No podemos más. Decidimos buscar un sitio decente para desayunar y esperar tranquilamente la partida del tren a mediodía.

La recogida de equipajes esta vez es rápida y tomamos el tren sin mayores problemas. Horas más tarde zonas de alambradas y profusión de carteles nos indican que la frontera está cerca. Los trámites son tediosos, y nos cuesta cerca de cuatro horas cruzarla. Policía de ambos países revisan los vagones de forma minuciosa. Pasan perros, levantamos camas y despejamos altillos, curiosamente, no abrimos las mochilas. “Para eso están los perros” nos dicen un viajero “Solo buscan polizones”. Otra tanda de burocracia, ésta mongola, y entramos en el país. Algunas chicas, montadas en el tren para realizar pocos kilómetros, ofrecen a los viajeros cambio de moneda. El trueque dura poco, la noche cae y en pocas horas entraremos en la capital mongola; Ulan Bator.

De la Plaza Roja a Tian’anmen (XI)

datePosted on 11:50, diciembre 5th, 2011 by Melchor Mombo

B.S.O. Strauss – El Lago de los Cisnes

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

 

Un mar de agua dulce.

 

Amanece a orillas del Baikal. Es el primer día que, desde nuestra partida, despertamos con la gloriosa sensación de haber dormido en una cama. Pablo y yo nos levantamos raudos, con la intención de conocer de primera mano las féminas que han pasado por la habitación compartida de Dani. Rita ha hecho bien las cosas y lo encontramos como un lobo solitario, preparando las botas de trekking que calzará apenas salga de la zona “vigilada” por nuestra anfitriona. Descendemos y desayunamos con contundencia. Rita nos presenta a Sasha, su marido y nuestro guía. Él, silencioso, hace un frío gesto y desparece por la puerta de la cocina. Algo después regresa. Nos comenta, en su básico inglés, que va a en busca de otro cliente y regresará a por nosotros para iniciar el paseo. Esperamos en el exterior de la casa. Dani y Pablo charlan mientras aprovecho para hacer un apunte rápido del edificio. Trabajo directamente con pincel para conseguir soltar mano. Con mi habitual estilo, demasiado amarrado, pocas veces me lo permito. No tarda mucho en regresar el guía. Le acompaña Henry, un canadiense joven, alto y muy simpático que no cesa de preguntar. Pronto sabe más de nosotros que nuestras parejas. En contrapartida nos hace partícipes de su historia. Ha pasado dos años en Vietnam impartiendo clases de inglés. Al finalizar este curso y antes de regresar a casa, decidió, con un amigo y dos amigas, viajar por Asia para después volar a Canadá desde Moscú, regresando por el lado menos habitual. En vísperas de la partida, por motivos diversos, todos fueron dejando el proyecto. Así, Henry, en la tesitura de tener que suspender su viaje o realizarlo en solitario, se decidió por lo segundo. Viene de hacer una ruta similar a la que a nosotros nos queda y se dirige por el mismo camino por el que hemos venido. Intercambiamos información que, sin ser vital, nos puede ser a ambos de ayuda en el resto del periplo.

Emprendemos la marcha. La abre un silencioso Sasha. Carga una enorme mochila con las provisiones y los utensilios de cocina para preparar el picnic. Le digo de compartir el peso pero bajo ningún concepto acepta. Atravesamos Lsvyanka. La ciudad serpentea varios kilómetros a lo largo del lago. Iniciamos el ascenso por la ladera de una de las montañas que rodean el Baikal. En las subidas, no sé si por nosotros o por él mismo, Sasha ralentiza el paso hasta una lentitud exasperante. Por el contrario, en las bajadas, se desliza como una bala por estos bosques de esbeltas coníferas hasta casi perderlo de vista. Después de un buen rato de marcha alterna, y de diversas explicaciones acerca del enorme lago y su entorno, Sasha nos pide que introduzcamos las perneras de nuestros pantalones en los calcetines. A pesar de nuestras preguntas no acabamos de entender el motivo para ello. Suponemos que debe tratarse al algún animal peligroso pero puede tratarse tanto de hormigas carnívoras como de serpientes venenosas. Seguimos caminando hasta coronar el monte. Desde allí, la visión es bellísima. El descenso es rápido. Solo la molesta presencia, cada vez más numerosa, de horseflys – “moscas caballo” unos tábanos muy agresivos que muerden hasta hacerte sangrar – nos incomoda. Durante el recorrido, Henry, por su atolondramiento, ha besado varias veces el suelo. Eso sí, en todas ellas, de inmediato se ha puesto en pie lanzando un “no se preocupen, no ocurre nada” en inglés que nos hace esbozar una sonrisa. Si así piensa atravesar toda Asia, debería procurarse algún tipo de amortiguador.

Divisamos, a poco más de cien metros, la playa en la que degustaremos el menú. Mientras prepara el fuego y cocina, Sasha nos ofrece media hora de tiempo libre. Indica una ruta en la que podemos aventurarnos. Separados del guía, el cuarteto al pleno decidimos seguir dicho camino. Avanzamos sin descanso durante el tiempo previsto, pero no descubrir nada nuevo en el paisaje y, sobre todo, la insistencia con que las horseflys nos atacan, nos lleva a desistir. Regresamos. El menú está a punto. Verduras crudas trinchadas, puré de patatas y una salchicha. Austeridad soviética. Comemos con una mano al tiempo que eliminamos tábanos con la otra. Liquido cinco de ellos en uno de los golpes. Ello me convierte en Siberian’s Hunter para el resto del viaje.

La conversación se anima entre el quinteto. Sasha nos cuenta que trabajaba de profesor de educación física en Irkutsk y que la llegada de la Perestroika, trajo consigo el fin de esa vida. Con sus hijos ya mayores, Rita y él, no tuvieron otra que cambiar sus vidas. Tras estudiar diversas posibilidades, acabaron por decidirse a convertir el turismo en su modus vivendi. No hace falta ahondar mucho más para descubrir que no todos los rusos celebraron la aparición de Gorbachov. Tras la espartana comida y una porción de chocolate de postre que hay que batallar a las horseflys, lavamos platos y cubiertos en las frías aguas del propio lago. El regreso es rápido y en poco más de una hora estamos de nuevo en la casa. Nos despedimos de Henry. Nos duchamos, nos cambiamos y nos dirigimos hacia la parada del bus con la intención de regresar a Irkutsk. Tenemos tiempo. Aprovechamos para solucionar la falta de espacio en mi cámara. Dos amables adolescentes que atienden la oficina de turismo de Lsvyanka, nos ceden uno de sus ordenadores para pasar las fotografías a un prendrive. Me preguntan por España y les cuento. Les hablo de la belleza del Baikal, se miran y ríen. “Demasiado frío” me espetan en inglés. Intentamos pagar pero no quieren cobrarnos nada.

Caemos en la cuenta entonces, el pago del trekking – que no habíamos previsto – nos ha dejado sin dinero para regresar a Irkutsk. Buscamos un cajero por toda la población. Sin éxito. Preguntamos. Nadie es capaz de darnos una solución. Reunimos los rublos sueltos de nuestros bolsillos. Solo nos llega para pagar dos de los tres tickets necesarios. Nos miramos. Comentarios jocosos. ¿A quién nos dejamos? Es imposible que no haya ni un cajero en toda la villa. Repetimos la batida. Sin éxito. Por fin alguien nos comenta que tal vez en el hotel. Hacía allí nos dirigimos. Un suspiro de alivio acompaña la presencia de un cajero en el hall. Con dinero fresco en los bolsillos, y una hora hasta la salida del bus, nos sentamos bajo la pérgola de un rústico bar frente al Baikal. Degustamos un característico pescado ahumado de la zona, regado por media docena de Cmapblu Menbhuk, otro de nuestros descubrimientos cerveceros. Y lo hacemos bajo una violenta tormenta de estío que nos lleva a subir las cremalleras de nuestros polares ante la repentina bajada de temperaturas. Que razón llevaban aquellos críos.

 

De la Plaza Roja a Tian’anmen (X)

datePosted on 11:23, diciembre 5th, 2011 by Melchor Mombo

B.S.O. LIGHTS – Siberia

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

 

¿Dónde se esconde la París de Siberia?

 

“Uno, dos, tres, cuatro…” en ruso y hasta ocho, cuenta con los dedos Stas. Pablo lo mira perplejo mientras seguimos preparando las mochilas para nuestro desembarco, el siguiente amanecer, en Irkutsk. “Uno, dos, tres, cuatro….” Se empecina Stas y agita a Pablo que sigue sin entender nada de lo que sucede. No hay forma de saber que quiere aquel siberiano cargado de cerveza que, al mismo tiempo, se desespera al ver que no comprendemos. “Irkutsk” nos grita, y reinicia la cuenta con sus dedos de manera obsesiva. Reímos, pero ya comenzamos a estar hartos de este empeño. “Uno, dos, tres, cuatro…” nos mira con sus vidriosos ojos saltones, su nariz rota y su boca a la que faltan algunas piezas dentales. Nos mira con ese rostro tan peculiar, desencajado por la bebida, y desesperado por nuestra falta de entendimiento. “Uno, dos, tres, cuatro…” insiste en una letanía que nos supera… Por fin uno de nosotros exclama “¿No pensará que vamos a descender por error en la estación equivocada?”. Como podemos, se lo hacemos entender y el aliviado suspiro de Stas inunda la camareta. Sonríe. Por fin. Esa era su preocupación. Nos explicamos. Con señas y escasas palabras. Solo preparamos los equipajes, la llegada a la capital siberiana es temprano y no queremos perder el menor tiempo. Nos abraza. Nos besa con esa efusividad tan rusa, cuando dejan atrás su frialdad. Sus amigos españoles no van a dejar el tren en una estación equivocada. Ahora ríe. Regresa con su “Uno, dos, tres, cuatro…” pero esta vez sonríe al pensar en el malentendido. Poco después, apenas un suspiro más tarde, duerme tranquilo.

Descendemos del tren. Tan temprano como temíamos. Irkutsk, en pleno centro de Siberia, nos muestra un estilo de vida más asiático que el presenciado hasta el momento. Todo allí es caótico. Más que en esa Ekaterimburgo de la que venimos, o en aquel Moscú que ya nos parece tan lejano. En la vorágine de la salida, la despedida de Stas y Alexei ha sido inexistente. En nuestro fuero interno deseamos que les vaya bien en su encuentro. Que no haya demasiadas secuelas de los “golpes” recibidos las noches anteriores.

Siguiendo nuestra norma salimos rápido de la estación. Los taxistas se agolpan, ahora si, a nuestro alrededor. Insisten, una y otra vez, en ofrecer sus servicios. Nos mostramos decididos y nos encaminamos directos hacia una dirección concreta. Resulta ser la equivocada. Vagamos por una zona de desordenado urbanismo. Salpicada de descampados, grupos de desocupados jóvenes, nos siguen con sus desconfiadas miradas y gesto chulesco. A pesar de la firmeza de nuestro paso su actitud es amenazante. Es un lugar por el que preferiría no tener que pasar de noche. Atravesados esos callejones, y en lo alto de una pequeña colina, divisamos la ciudad al completo. Muy cerca, el río Angara. Por fin, situados, nos queda claro el camino a seguir. Cruzamos el soberbio puente que nos separa de la otra orilla, la parte bulliciosa de la ciudad. La bruma de la mañana le da a todo cierto aspecto fantasmagórico. Numerosas banderolas, ornamentan las farolas del puente decoradas con el lema de una gran celebración; los trescientos cincuenta años de la fundación de la ciudad. De entrada sorprende que ésta sea tan reciente, pero si piensas la dureza de las condiciones de vida del lugar, y que estos pueblos hasta hace bien poco eran cazadores nómadas, no resulta difícil de entender. Visitamos un par de iglesias ortodoxas, otras más que se unen a nuestra ya extensa colección y, después, nos encaminamos a la principal arteria comercial. Se sitúa ésta adyacente al barrio que alberga las clásicas mansiones de madera, aquellas que otorgaron a esta ciudad el poético sobrenombre de “la Paris de Siberia”. Como voy corto de memoria en la tarjeta de la cámara, intento en vano comprar una de repuesto en alguna de las tiendas de fotografía que encontramos a nuestro paso. El tema de los comercios es bien curioso en esta parte del país. A la ausencia total de escaparates, se unen innumerables rótulos, con el eclecticismo por bandera, alrededor de las puertas de entrada que convierten en absolutamente indescifrable lo que se vende en el interior de los establecimientos. Así, para encontrar lo que realmente buscas, no tienes otro remedio que internarte y echar una ojeada al género expuesto. Así, a la caza de la tarjeta fotográfica, hago una breve visita a una peluquería de señoras, una tienda de lencería y un lugar que tan bien podría ser una agencia inmobiliaria,  como un enclave de corredores de apuestas. Entretanto nos hemos aproximado al mercado local. Un mercado bastante bien acondicionado y en el que llaman poderosamente la atención, los puestos de pescado. La cercanía del Baikal, y las innumerables especies extrañas que allí habitan, convierten estos puestos, en el lugar de inspiración favoritos para los diseñadores de monstruos de “Men in Black”. Paseamos brevemente por los pasillos donde amables vendedoras de rasgos asiáticos nos ofrecen sus productos. Poco a poco, quedan definidas tres razas en convivencia en estas ciudades del antiguo imperio. Los caucásicos, que viviendo en estas zonas parecen la minoría dominante, los de rasgos asiáticos, suponemos que los verdaderos moradores de estas tierras, y otro grupo étnico, de piel morena y rasgos marcados que bien podrían ser descendientes de los zíngaros desperdigados por toda Europa.

A la salida del mercado, nos encaminamos a curiosear la arquitectura de madera propia del siglo XIX. El barrio no es muy extenso y quedan una treintena de estas edificaciones. La mayoría de ellas en pésimo estado. Es cierto que algunas están siendo restauradas y otras más lucen ya espléndidas. Solo estas nos aproximan, de forma imaginaria, a entender lo que fue esta ciudad en la época zarista. Intento imaginar las rebeliones tártaras que tan bien narra Verne en su Miguel Strogoff, y la resistencia de esta población a ellas, pero ya es mediodía y el hambre comienza a apretar. Comemos en un pequeño tugurio a base de pollo frito, patatas cocidas, snacks y cerveza, después de la negativa de Pablo a comer en un coreano de aspecto burdelesco. Despues, nos encaminamos a la estación de autobuses.

El lugar es escalofriante. El asfaltado brilla por su ausencia. Las taquillas están en el interior de un edificio en obras pero también hay acceso a ellas por ventanas externas. Después de algunas laboriosas gestiones, conseguimos los billetes para nuestro viaje a Lsvyanka. Salimos al exterior y, entre el fango, nos dirigimos al supuesto andén. Una furgoneta de diez o doce plazas aguarda junto al número indicado. Esperamos. Algunos chóferes se nos ofrecen para hacer el mismo recorrido por el precio que nos ha costado el ticket. Los rechazamos. Averiguamos después que también son vehículos de la estación de autobuses, en cierto modo autorizados. Observamos que junto a la barrera de salida, además del guardabarrera, un grupo de rusos, vestidos por completo de negro con chaquetas de piel de este color, se encargan, cada vez que uno de los vehículos se dirige a la salida, de acercarse al conductor y recoger la consiguiente “mordida”. Finalmente aparece nuestro chófer. Nos montamos. Nos cuenta. Nos situamos. Quedo en el asiento que hay junto a la puerta corredera. Frente a mí, un anciano siberiano se acomoda con el fin de pasar un viaje tranquilo. Circulamos cerca de media hora por el interior de la ciudad. Nos parece imposible que, según las dimensiones vistas de la ciudad, no estemos dando vueltas en círculo con el fin de prolongar la duración del traslado. Poco después tomamos carretera abierta. El calor vespertino, nuestra reciente comida, y el cansancio acumulado, me llevan a un sopor que acaba en sueño. Sueño que se interrumpe con el primer frenazo del conductor y que me lleva a caer, desde mi asiento, sobre las piernas del despreocupado anciano. Azorado, hago nerviosos gestos de disculpa con celeridad. Aquel hombre resta importancia a lo sucedido. No puede parar de reír. No es el único. Los cabrones de mis “amigos” le secundan desde los asientos posteriores. Paso el resto del viaje haciendo esfuerzos para no volver a dormirme. Con la llegada de las primeras paradas quedo encargado de la apertura y cierre de la puerta con lo que la modorra se diluye.

Lsvyanka es una población costera que se extiende varios kilómetros a lo largo de la orilla del lago y que solo, en los escasos puntos en que la orografía lo permite, se extiende algunos cientos de metros hacia el interior. El lago es inmenso. Más que un lago asemeja un mar. Decidimos buscar primero nuestro alojamiento y después salir a dar un paseo y disfrutar de la exuberante naturaleza que lo circunda. Buscamos la casa en la que hemos alquilado habitaciones, recorriendo la ciudad arriba y abajo. Es en vano. Volvemos a leer las indicaciones enviadas por mail. Buscamos las referencias escritas y no acabamos de encontrarlas por completo. Al final decidimos internarnos por unos caminos junto a los que se acumulan edificaciones de estética similar a la que Dani recuerda de las fotos de Internet. Después de algo más de media hora de búsqueda, por fin nos encontramos ante la casa. Una edificación por completo de madera, bien situada y mejor cuidada. Entramos en su agradable jardín y encontramos allí a nuestra anfitriona dedicada a tareas agrícolas. Rita es una mujer madura que todavía conserva buena parte de su atractivo. Amablemente, nos ordena quitarnos los zapatos y calzar las chanclas que para tal fin tiene en el pequeño hall acristalado. La seguimos después a la planta superior. En un inglés básico bastante asequible para mí, nos da las pertinentes indicaciones acerca de las normas de funcionamiento de la casa. Tenemos dos habitaciones dobles, una de las cuales será – o no – compartida con otra persona. De forma natural Dani se queda con esta, imagino que con la vana esperanza que una fémina le alegre la noche. Descargamos nuestro equipaje, nos damos una reconfortante ducha – la primera desde Moscú – y una hora más tarde recorremos la orilla del lago admirados por la belleza del entorno. Una frugal cena, a la que volvemos a llegar por los pelos, nos deriva hacia el lago de nuevo. Seguimos picando pues la brevedad del ágape nos ha dejado con ganas. Probamos algunas delicatesen de la región y lo regamos con diversas cervezas. Mientras tanto, la luz se ha ido desvaneciendo dejándonos un hermoso cielo salpicado de estrellas. Un cielo bajo el que caminamos de regreso entre charlas y risas con la ilusión, después de tantos días de ajetreo, de poder tener por fin una noche en un entorno agradable, pero sobre todo, de sueños húmedos.

 

1234... 303132PreviousNext