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	<title>La Brújula Inquieta</title>
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	<description>Blog con los relatos de nuestros viajes.</description>
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		<title>Mil dioses, cien pueblos, una sola tierra (XIII)</title>
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		<pubDate>Wed, 15 May 2013 14:59:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Melchor Mombo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Asia]]></category>
		<category><![CDATA[India]]></category>
		<category><![CDATA[Udaipur]]></category>
		<category><![CDATA[Viajes]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>B.S.O. Sigur Ros – Ísjaki</p> <p>Relato cedido a este blog por Melchor Mombo de Un vuelo con la Melchor Mombo Co.</p> <p>UDAIPUR</p> <p>Independence Day</p> <p>El hotel de Udaipur persigue el estilo impuesto en el país. Un espectacular hall en el que dos ... <span class="more-link"><a href="http://www.labrujulainquieta.es/viajes/mil-dioses-cien-pueblos-una-sola-tierra-xiii" class="more-link">Read More</a></span></p>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>B.S.O. <a href="http://open.spotify.com/track/3tYggHrJ38koK9WZ22uw4j">Sigur Ros – Ísjaki</a></p>
<p>Relato cedido a este blog por Melchor Mombo de <a href="http://melchormombocompany.blogspot.com.es/">Un vuelo con la Melchor Mombo Co.</a></p>
<p>UDAIPUR</p>
<p>Independence Day</p>
<p>El hotel de Udaipur persigue el estilo impuesto en el país. Un espectacular hall en el que dos tipos se afanan sin descanso en sacar brillo, una por una, a todas las baldosas, y unas habitaciones, muy limitadas, con un asqueroso baño y un inquilino en forma de insecto de gran tamaño entre las sábanas. Pero la ducha, aún con su mugre, nos reactiva después de las más de veinte horas pasadas desde la despedida de Khan.</p>
<p>Hemos decidido dar un paseo por la ciudad y conocer los encantos de Udaipur, a priori – al menos para nosotros &#8211; la más desconocida de las ciudades que componen el periplo. Aporreo la puerta de D. Me contesta casi desde ultratumba. No lo entiendo. Insisto. Oigo caminar por la habitación. Espero. Algo impaciente. En el impasse P. aparece lista para ponerse en marcha. Me ve. De pie. Parado. Junto a la puerta. “¿Qué ocurre?”. Me encojo de hombros. Sigo escuchando ruidos. De pronto la puerta se entreabre. El rostro de D., blanquecino, aparece entre la hoja y la moldura. Su palidez es extrema. No viene. “La maldición de Moctezuma” en versión hindi. Le ha atrapado y no le deja distanciarse del inodoro. “¿Necesitas algo?”, “Un tapón” responde con buen talante y regresa al interior. Miro a P. Saldremos solos. Desde su aposento, D. comenta que si se encuentra mejor acudirá al lugar en que comamos. Nos parece buena idea. Le deseamos una pronta recuperación.</p>
<p>Ya en la puerta detenemos un Rickshaw. Un tipo simpático lo gestiona. Además, y a diferencia de cuanto habíamos visto hasta ahora, lo mantiene impoluto. En su obsesión no cesa de pasar una bayeta húmeda por todas partes. Montamos. El hombre es dicharachero y muy parlanchín. Nos habla de Udaipur, del <a href="http://en.wikipedia.org/wiki/Lake_Pichola">lago Pichola</a> que baña el centro de la ciudad y de todos los otros que hay a su alrededor y que le han procurado el sobrenombre de “La ciudad de los lagos”. Nos cuenta del famoso <a href="http://www.minube.com/rincon/cementerio-de-ahar-a108308">cementerio de Ahar</a> en un barrio de las afueras de la ciudad que constituye un verdadero bosque de monumentos de mármol. Nos explica, además, cómo nació su vocación de chófer. Bond, James Bond tuvo la culpa. Fue en Octopussy, con la famosa persecución del agente a bordo de un rickshaw, lo que inoculó el gusanillo en el corazón de este indio. Tal y como conduce, debe haber visto la película en más de un millón ocasiones. A velocidad de vértigo, esquivamos vacas y transeúntes por igual. Las callejuelas que componen el casco antiguo, se convierten en el circuito perfecto para que nos muestre sus habilidades.</p>
<p>Decidimos comenzar por Ahar. El desplazamiento no es largo. Cruzamos la verja que envuelve el cementerio mientras nuestro chófer queda en la puerta. Con un gesto nos indica que tomemos el tiempo que queramos. Caminamos por entre los monumentos. Nos encontramos absolutamente solos en el recinto. En su silencio, el lugar es impresionante. Como no hay nada concreto que ver, nos dedicamos a pasear entre los mausoleos. Desde los enormes hasta los modestos, a disfrutar de una tranquilidad absolutamente inédita en nuestro viaje. En realidad, no se trata de un cementerio al uso. Los hindúes queman a sus muertos así que no hay lugar de peregrinación para visitarlos, pero desde siempre, ciertas clases altas han dedicado monumentos a sus muertos. Casi todos estos están dedicados a esposas desaparecidas. Miro a P. pero me ahorro el chiste macabro y a cambio le lanzo algunas fotografías para el recuerdo.</p>
<p>Finalizado el paseo, visitamos otros templos pero la ciudad carece del atractivo de otros lugares de la India. En la distancia, vemos el magnífico <a href="http://www.tajhotels.com/Luxury/Grand-Palaces-And-Iconic-Hotels/Taj-Lake-Palace-Udaipur/Overview.html">Taj Lake Palace</a>, hotel situado sobre el propio lago y para el que no nos llegaba el presupuesto. Regresamos al nuestro, infinitamente más modesto, en busca de D.</p>
<p><a href="http://melchormombocompany.blogspot.com.es/2013/05/mil-dioses-cien-pueblos-una-sola-tierra.html"><img class="alignright" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/-VUWxAcF-m2I/UYtBmmgkNRI/AAAAAAAACbo/JjVPIPK1nXI/s1600/India+14.jpg" width="945" height="709" /></a></p>
<p>Parece que se encuentra mejor y decide acompañarnos en la comida. El chófer nos aconseja un lugar junto al lago. Nos parece una buena idea. A la postre no lo es tanto. Nada del otro mundo, salvo las vistas. Y eso que se dirigen a una de las partes menos atractiva de este. El camarero, con más mugre que años, toma nota. De nuevo D. y P. recuerdan “no hot, no spiced”. Yo decido arriesgar, quedan pocos días de viaje y creo que es el momento. “Very hot, very spiced” comento. El tipo me mira extrañado. Asiento reafirmando mis palabras. P. me mira con cara de reprimenda. D. aguanta la risa ante la cara de estupefacción del indio. Éste da media vuelta y se encamina a la cocina. En poco está de nuevo ante nosotros. Lleva diversos platos que coloca en la mesa. El resto de los camareros, ante un rótulo caligrafiado que indica “Tonight, 20:00 Octopussy”, miran hacia mí. Seguro que soy la comidilla del local. Lo pruebo. ¡Cabrones! Se han explayado a gusto. Lo que les he pedido, es cierto. Sudo como un puerco al ingerir las primeras cucharadas del guiso. Intento mantener la dignidad pero realmente está fuerte. Ofrezco a D. y a P. la posibilidad de venir al infierno conmigo. Por supuesto, ambos la rechazan. El camarero se acerca luciendo media sonrisa en los labios. Viene a regodearse. “Hot, very hot” dice. Manteniendo la dignidad, asiento mientras las gotas de sudor que perlan mi frente tienden a confundirse con alguna lágrima furtiva. Finalizado el ágape, tomamos un chai. A juego con la temperatura exterior; bien caliente. La humedad supera los límites experimentados en el viaje y ya no sabemos qué es lo que nos empapa. D. parece que soporta bien la comida a pesar de la mañana de realeza – de trono en trono – que ha vivido.  A nuestro lado, otro extranjero toma notas en una libreta componiendo lo que serán, tal vez, las líneas maestras de su futura novela exótica. Desde la atalaya en la que nos encontramos, observamos, muy cerca y en la orilla del sucio lago, un grupo de niños que despreocupados se bañan, mientras, a su lado, dos mujeres lavan la ropa contenida en un par de enormes barreños metálicos. Es día de colada, y seguramente por la falta de otra ropa que lucir, las dos, una vez todo enjuagado y puesto a secar sobre las grandes piedras planas que hay a sus espaldas, se despojan de la parte superior de su ropaje y asimismo, sin ningún pudor por mostrar sus senos, la lavan en lo que supone la conclusión de la sesión de limpieza.</p>
<p>Regresamos al hotel. P. quiere descansar un poco y D. no se fía de su intestino. En el camino, encontramos un grupo de gente que corta la calle pendientes de algo que ellos mismo nos ocultan. El chófer se acerca a ver que ocurre. Nos informa que una vaca está agonizando y nadie puede apartarla del camino hasta que no muera. Con el tráfico cortado por el acontecimiento decidimos caminar hasta el hotel &#8211; ya está muy cerca – antes que aguardar impacientes el trágico desenlace.</p>
<p>Aposentados ya en el hotel, no hago sino mirar la hora. Al final me decido, voy a salir un rato a caminar y lanzar algunas fotos de trabajo. Se lo comunico a P. que se inquieta más de la cuenta. No voy a repetir lo de Jaipur. Le prometo que en dos horas máximo estoy de regreso. Salgo y camino en dirección a la zona antigua de la ciudad. Udaipur parece más fácilmente orientable que Jaipur. Los comercios se suceden puerta por puerta. Los lugareños me saludan de igual modo a como pasa en otros lugares del país. En apenas diez días, debo ser toda una celebridad. De pronto, en mi deambular, me topo con los elementos. El monzón descarga su ira como no había visto hasta ese momento. Las calles se inundan rápidamente. Indios y vacas, indistintamente, buscan cobijo a la lluvia en el interior de las casas. Al final parece que tan solo yo quede a la intemperie. Bueno, y un elefante que pasa ante mí mientras su amo, a lomos de éste, se cubre de la lluvia con un viejo paraguas. La imagen es tan fascinante como insólita.</p>
<p>Camino pegado a las paredes pero es inútil. Estoy empapado. En una de tantas me deslizo en un pequeño comercio de papelería. Rodeado de cuadernos de lomos de piel, abarrotado el lugar hasta el infinito, el dependiente, un anciano de larga barba blanca y punto en la frente, me sonríe. Le hago el gesto de que voy a mirar sus productos. Asiente complacido. Comienzo a curiosear mientras fuera arrecia la lluvia. Después de un buen rato en aquel encantador espacio, me decido. Tomo un par de los cuadernos. Se los muestro a aquel hombre. Me anota el precio en una pequeña hoja de papel. Miro mis bolsillos sin recordar que no suelo llevar demasiado dinero para evitar tentaciones ajenas. Le comento que no me alcanza y que regresaré a por ellos. Me pregunta por mi presupuesto. Le muestro mi escaso capital. “No problem” me dice. “Today, independence day. Me happy, you happy” mientras se señala el punto sobre sus ojos. Le doy el dinero. Me da los cuadernos. Me pide que me acerque. Lo hago. Mojando su pulgar en una especie de lacre rojo, lo pone sobre mi frente. Agradezco su gesto, mucho más porque parece indicar el fin de la tormenta.</p>
<p><b><i> </i></b></p>
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		<title>Sudáfrica y Mozambique &#8211; Graskop</title>
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		<pubDate>Mon, 06 May 2013 12:22:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>KaiserSoze</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>B.S.O The Rapture – How Deep Is Your Love?</p> <p>Llegó el día. Después de tantos días de preparación, por fin, nos íbamos a conocer una pequeña parte de África.</p> <p>Tren hasta Madrid y allí, a la hora señalada, nos juntamos con ... <span class="more-link"><a href="http://www.labrujulainquieta.es/viajes/sudafrica-y-mozambique-graskop" class="more-link">Read More</a></span></p>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>B.S.O <a href="http://open.spotify.com/track/6DTYwBkGZQxOfqIIeiyEUL">The Rapture – How Deep Is Your Love?</a></p>
<p>Llegó el día. Después de tantos días de preparación, por fin, nos íbamos a conocer una pequeña parte de África.</p>
<p>Tren hasta Madrid y allí, a la hora señalada, nos juntamos con nuestro tercer integrante en el aeropuerto.</p>
<p>Ya estábamos, Dani, Pablo y yo dispuestos para embarcarnos.</p>
<p><a title="Sudafrica-02 by Raul Soler, on Flickr" href="http://www.flickr.com/photos/labrujulainquieta/8663589738/"><img alt="Sudafrica-02" src="http://farm9.staticflickr.com/8256/8663589738_44e648d448_c.jpg" width="800" height="534" /></a></p>
<p>Volábamos hasta <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Johannesburgo">Johannesburgo</a>, vía <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/El_Cairo">El Cairo</a>, con <a href="http://www.egyptair.com/">Egypt Air</a>. El vuelo salió de Madrid con un poco de retraso pero no tuvimos ningún problema con el enlace hasta Johannesburgo. Yo esperaba algo más de esta aerolínea. No sé por qué pensaba que sería algo parecido a Thai Airways o algo parecido. A ver que tampoco fue mal el vuelo, ni el trato, ni nada pero esperaba algo más.</p>
<p>En El Cairo tuvimos un pequeño problema ya que en Madrid compramos unas botellas de whisky en el Duty Free (para disfrutar tranquilamente de la noche africana) y no nos pusieron las botellas en ninguna bolsa precintada y claro, al pasar el quinto control de seguridad, nos dijeron que no podíamos pasar las botellas. Finalmente pude ir a una tienda del Duty Free del aeropuerto de El Cairo y nos dieron la bolsa correspondiente.</p>
<p><a title="Sudafrica-04 by Raul Soler, on Flickr" href="http://www.flickr.com/photos/labrujulainquieta/8662492897/"><img alt="Sudafrica-04" src="http://farm9.staticflickr.com/8240/8662492897_29a0dce111_c.jpg" width="800" height="534" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Después de las 8 horas correspondientes del vuelo llegamos a las 7 de la mañana a Johannesburgo. Tomamos un café para despertarse y empezar a organizarse. Yo compré una tarjeta de conexión móvil para que no funciono ningún día. En la tienda me dijeron que tardaría una hora en funcionar… 5 días esperando y nada.<br />
Buscamos la oficina de <a href="http://www.avis.es/">Avis</a> y preguntamos por nuestro coche. Ningún problema, está todo preparado. Además le pedimos un navegador, para no perdernos mucho ya que entre lo de conducir por la izquierda y no saber por dónde ir podemos pasarnos varias horas dando vueltas.</p>
<p>Tras unos primeros minutos de ver cómo funcionan los coches sudafricanos ponemos el navegador rumbo <a href="http://www.graskop.co.za/">Graskop</a>, nuestra primera parada, donde llegamos unas 4 horas después de recorrer grandes rectas.</p>
<p><a title="Sudafrica-01 by Raul Soler, on Flickr" href="http://www.flickr.com/photos/labrujulainquieta/8662492185/"><img alt="Sudafrica-01" src="http://farm9.staticflickr.com/8262/8662492185_35eda44522_c.jpg" width="534" height="800" /></a></p>
<p>Pero antes de llegar a Graskop hicimos un par de paradas, la primera en <a href="http://en.wikipedia.org/wiki/Sabie">Sabie</a> para degustar nuestra primera comida sudafricana y la verdad es que lo acertamos. Paramos a comer en el <a href="https://plus.google.com/108756231231672931682/about?hl=es">Country Chicken</a> donde su dueño nos preparó una fantástica comida africana y donde pudimos disfrutar nuestra primera cerveza local.<br />
Nuestra siguiente parada antes de llegar a Graskop fueron las <a href="http://en.wikipedia.org/wiki/Mac-Mac_Falls">cascadas Mac Mac</a>. Dos cascadas que nos mostraban lo que nos íbamos a encontrar los próximos días. Mucha vegetación, montañas, ríos y cascadas. Una bonita estampa que nos acompañaría hasta que entráramos en el Kruger.</p>
<p><a title="Sudafrica-09 by Raul Soler, on Flickr" href="http://www.flickr.com/photos/labrujulainquieta/8663592866/"><img alt="Sudafrica-09" src="http://farm9.staticflickr.com/8241/8663592866_edbed29e4d_c.jpg" width="534" height="800" /></a></p>
<p>Finalmente llegamos a nuestro destino el <a href="http://www.logcabin.co.za/">log Cabin Village</a>, donde nos esperaba nuestra cabaña de madera perfectamente acondicionada. La verdad es que el lugar era muy bonito. Unas seis o siete cabañas de madera con una piscina común y rodeada de vegetación y en medio del pueblo.</p>
<p><a title="Sudafrica-12 by Raul Soler, on Flickr" href="http://www.flickr.com/photos/labrujulainquieta/8662495895/"><img alt="Sudafrica-12" src="http://farm9.staticflickr.com/8263/8662495895_aba48693de_c.jpg" width="800" height="534" /></a></p>
<p>Graskop es un pequeño y tranquilo pueblo que se considera el punto de partida de la <a href="http://www.sa-venues.com/maps/mpumalanga-panorama-route.htm">Panorama Route</a> por lo que aunque es pequeño cuenta con bastantes bares y lugares para pasar la noche. Yo sin duda os recomiendo el lugar donde nos quedamos, un acierto.<br />
Tras dejar las maletas fuimos al Spar a comprar un poco de avituallamiento para ir pasando los dias y luego a cenar a una especie de pub de moteros donde pudimos degustar por primera vez el piri piri, una salsa picante que ya nos acompañó durante todo el viaje ya que, tanto en Sudafrica como en Mozambique, lo sacan con todas las comidas.<br />
Al lado de nuestro alojamiento teníamos el <a href="http://www.graskophotel.co.za/harrie.htm">Harrie’s pancakes</a>, el mejor lugar del mundo mundial para comer pancakes (eso dicen en internet), pero resulta que cerraban a las 6 de la tarde así que nos pillaba un poco pronto para cenar.</p>
<p>Después de la cena un refrigerio a la fresca en el porche de la cabaña y a dormir que estábamos impacientes por empezar el primer día completo en Sudáfrica.</p>
<p>Podéis ver todas las fotos en <a href="http://www.flickr.com/photos/labrujulainquieta/sets/72157633283489444/">este enlace.</a></p>
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		<title>Mil dioses, cien pueblos, una sola tierra (XII)</title>
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		<pubDate>Fri, 03 May 2013 10:22:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Melchor Mombo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Asia]]></category>
		<category><![CDATA[India]]></category>
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		<category><![CDATA[Viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Tren]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>B.S.O. Queen – Headlong &#8211; 2011 Remaster</p> <p>Relato cedido a este blog por Melchor Mombo de Un vuelo con la Melchor Mombo Co.</p> <p>JAIPUR-UDAIPUR</p> <p>Noche tenebrosa</p> <p>La oscuridad cubre Jaipur. Los hornillos iluminan de forma tenebrosa los andenes. Alrededor de ellos, y ... <span class="more-link"><a href="http://www.labrujulainquieta.es/viajes/mil-dioses-cien-pueblos-una-sola-tierra-xii" class="more-link">Read More</a></span></p>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>B.S.O. <a href="http://open.spotify.com/track/6ou0OFEvkO7FMmt2W99EqS">Queen – Headlong &#8211; 2011 Remaster</a></p>
<p>Relato cedido a este blog por Melchor Mombo de <a href="http://melchormombocompany.blogspot.com.es/">Un vuelo con la Melchor Mombo Co.</a></p>
<p>JAIPUR-UDAIPUR</p>
<p>Noche tenebrosa</p>
<p>La oscuridad cubre Jaipur. Los hornillos iluminan de forma tenebrosa los andenes. Alrededor de ellos, y de la comida que en cada uno se cocina, se agolpan familias enteras en busca de muy poco que llevarse a la boca. Ciertamente no sabemos si son gente a la espera de un tren o viven realmente en esos andenes. Cansados de la sala VIP y sus escasos encantos, decidimos salir en busca del punto de embarque. No hay indicaciones de ningún tipo. Preguntamos. Nos mandan de forma consecutiva en direcciones opuestas. Al fin alguien parece entendernos y nos orienta de forma adecuada. Debemos desplazarnos hacia una zona algo alejada y casi libre de edificios. Dubitativos nos dirigimos hacia allá. Justo antes de cruzar las vías por un punto concreto, un tren se detiene. Es un mercancías. O al menos eso nos parece hasta que unos empleados de la compañía descorren las pesadas puertas de madera que cierran los vagones. Una nube de gente sale de su interior. La vestimenta de todos ellos es blanca o al menos eso parece con la escasa iluminación con la que contamos. La fantasmagórica imagen se acrecienta según se acercan. Pero también el hedor. Es terrible. Un escalofrío recorre mi espalda. Aquello que presenciamos, una escena cotidiana de la vida de Jaipur, se me presenta como la más cercana imagen del descenso de los judíos en dirección al Holocausto. Ciertamente estamos impresionados. Resignadas, estas gentes, regresan del trabajo a casa, agotados, sudorosos y tras haber vivido un viaje para nada cómodo ni saludable. Y por lo que parece, esto mismo, un día tras otro.</p>
<p><a href="http://www.melchormombocompany.blogspot.com.es/2013/05/mil-dioses-cien-pueblo-una-sola-tierra.html"><img class="aligncenter" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/-OOy49a_Rfq8/UX4b_rjgk-I/AAAAAAAACbE/DOWWUoUUgrw/s1600/Sin+t%C3%ADtulo-8.jpg" width="945" height="709" /></a></p>
<p>Retomamos nuestra marcha y pronto estamos en el lugar indicado. Un par de tristes farolas trazan una tenue luz que ilumina el entorno. Decenas de indios esperan pacientes la llegada del convoy. Depositamos los equipajes entre los tres y lo rodeamos. Reímos y charlamos un poco de todo con el fin de aliviar una espera que ya se nos está haciendo eterna. Una voz en español con marcado acento nos espeta “Vayan con cuidado con sus maletas”. Nos volvemos. Son una pareja de mochileros de edad similar a la nuestra. Nos comentan que hay tipos poco recomendable cerca y hacen un disimulado gesto en dirección a donde estos se encuentran. “¿Españoles?” preguntan. Sí, respondemos. Todo ello desde cierta distancia. “Italianos” nos devuelven. “Europa” es el grito común acompañado de risas. Todos nos miran indiferentes. Se acercan un poco más hacia dónde estamos y, ya juntos, entablamos conversación. Van a Udaipur, como nosotros, pero su viaje será en tercera. Visto lo visto, no hay excesivo jolgorio en sus rostros.</p>
<p>El tren sigue sin llegar y el retraso comienza a ser considerable. Poco a poco nos vamos acostumbrando a la escasa luz y, con ello, nos damos cuenta de que en el suelo, muy cerca de donde estamos situados, hay un enjuto anciano absolutamente inmóvil. Preguntamos a los italianos. Lo han descubierto al mismo tiempo que nosotros. Miramos a su alrededor. El resto de los presentes lo ignoran. Nos interrogamos acerca de su estado de salud. Realmente parece muerto. La curiosidad puede mucho más que todo lo que el entorno nos ofrece y D. da un paso en su dirección. Como un lagarto hibernado, el nuevo movimiento lo reactiva. No sabemos si eso o el silbato que anuncia la llegada del tren. Afortunadamente no está muerto. Por ahora. Nos despedimos de la pareja italiana deseándoles la mejor noche posible. Le ofrecemos incluso a la mujer la posibilidad de dormir ella en nuestra camareta y uno de nosotros hacerlo en el vagón de tercera. Muy agradecidos lo rechazan. Los vemos subir a su vagón rodeados de indios de toda calaña. Aliviados, nos encaminamos al nuestro. La camareta es austera pero, al menos, no está muy sucia. Ofrezco a P. acompañarla al baño pero ya ha decidido aguantar hasta el hotel de Jaipur. Las circunstancias comienzan a hacer mella en su moral y solo quiere que el viaje acabe y regresar a casa. Nos ubicamos y nos repartimos las camas a la espera de ver quién será el cuarto componente que complete el cupo. Con el fin de animar a P. y, ¿por qué no decirlo?, a nosotros mismos, D. y yo comenzamos a jugar con una navaja que porta este. A pesar de las risas, nuestro talante es bastante amenazador. En una de estas, un indio asoma su nariz por la puerta. Nos mira, deja un par de calcetines negros en la cama libre y sale. Reímos alborotados. En nada aparece con el revisor. Éste mira el interior de la camareta y asiente con la cabeza. Rápidamente el otro recoge el par de calcetines y ambos salen cerrando la puerta. Está claro que hemos conseguido asustarle. Las risas consiguientes, aún hoy retruenan en la estación de Jaipur. Cerramos el pestillo. Nos sentimos seguros. Pensamos en los italianos. Pobres. De inmediato el tren se pone en marcha. Nos acomodamos. P. se acuesta enseguida. Está muy cansada. D. y yo quedamos de charla. Alguien llama a la puerta. El de los calcetines se ha arrepentido. No. Es el revisor. Pero antes no había hablado y ahora sí. Su aspecto y su voz son los de un Jerry Lewis tiznado. Casi no podemos aguantar la risa mientras le mostramos los billetes. Sin dejar de charlar los marca, después se despide y desaparece. Nueva tanda de risas. Finalmente también D. y yo nos acostamos. No tardo en dormirme y algo similar le sucede a D.</p>
<p>La luz exterior me despierta. El tren se ha detenido. No sabemos el problema pero hay muchos pasajeros junto al tren. P. me pregunta. Le cuento lo que sucede. Al menos lo que veo desde el ventanuco. D. se revuelve entre las sábanas. P. lo arropa éste musita un “Gracias mamá” que la hace sonreír. Abro la puerta de la camareta con la intención de descender del tren y ver qué sucede. Un tipo se me acerca impidiéndome salir. Me habla en un inglés casi ininteligible. Niego con la cabeza. Me da que quiere venderme algo. Insiste. Vuelvo a negar. Se marcha. Un pesado menos. Regresa. Vuelve a insistir mostrándome unas mantas que lleva en la mano. Vuelvo a negar. No compro nada. Hago un gesto para que se marche. Es muy pesado. Empieza a irritarme. Llama al revisor. Magnífico. Aclararemos las posturas. En nada está allí Jerry Lewis. El otro le habla. Éste asiente. Al finalizar la perorata se dirige a mí. Niego con la cabeza. Con toda la que hemos armado, D. ha despertado y está a mi lado. Tampoco entiende lo que nos dicen. Él, que domina el inglés, me comenta que esta gente habla fatal. Finalmente es D. la que nos da la clave. “¿No querrá mantas y sábanas?”. Nos miramos, se las mostramos y su rostro es de agradecimiento eterno.</p>
<p>El tren se ha puesto de nuevo en marcha. En nada estamos en nuestro destino. Descendemos del tren. En la distancia vemos a los italianos. “Una noche infernal” nos gritan, pero están vivos y sonrientes. Mejor que mejor. Desde la distancia les saludamos y rápidamente estamos montados en un rickshaw. Udaipur nos recibe nublada, pero en nada, una maravillosa mantequilla en el comedor del hotel nos hace olvidar todo lo vivido. Eso, y que P. pueda usar el baño después de casi veinte horas sin hacerlo.</p>
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		<title>Mil dioses, cien pueblos, una sola tierra (XI)</title>
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		<pubDate>Mon, 29 Apr 2013 13:36:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Melchor Mombo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Asia]]></category>
		<category><![CDATA[India]]></category>
		<category><![CDATA[Jaipur]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>B.S.O. MGMT – Kids</p> <p>Relato cedido a este blog por Melchor Mombo de Un vuelo con la Melchor Mombo Co.</p> <p>JAIPUR</p> <p>Confraternizando con el “enemigo”</p> <p>Tras la accidentada noche, Khan nos recoge junto a la reja del hotel. Nuestro equipaje va ... <span class="more-link"><a href="http://www.labrujulainquieta.es/viajes/mil-dioses-cien-pueblos-una-sola-tierra-xi" class="more-link">Read More</a></span></p>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>B.S.O. <a href="http://open.spotify.com/track/1jJci4qxiYcOHhQR247rEU">MGMT – Kids</a></p>
<p>Relato cedido a este blog por Melchor Mombo de <a href="http://melchormombocompany.blogspot.com.es/">Un vuelo con la Melchor Mombo Co.</a></p>
<p>JAIPUR</p>
<p>Confraternizando con el “enemigo”</p>
<p>Tras la accidentada noche, Khan nos recoge junto a la reja del hotel. Nuestro equipaje va en aumento y, ciertamente, ya dificulta bastante nuestra marcha. Me preocupa esta situación, mucho más ahora que nuestro chófer va a prestarnos su último servicio. Nos dirigimos a Jaipur donde esa noche tomaremos un tren en dirección a Udaipur y, a partir de ahí, deberemos ir buscando la forma de desplazarnos de un lugar a otro por nuestra cuenta. Nada que sea complejo en exceso pero, ciertamente, nos hemos acostumbrado a esta comodidad.</p>
<p>De camino a la ciudad, Khan nos pide detenernos para comprar cigarrillos. D. que quiere probar el tabaco del país antes de marcharnos le secunda y nosotros no ponemos el menos problema. Poco después, nos detenemos junto a un puesto de carretera. Es una pequeña caseta de base cuadrada y poco más de un metro de lado construida sobre unos estrechos pilares que nos llegan a la pelvis y techada a dos aguas. Es una construcción rudimentaria en cuyo interior, abarrotándola de forma exagerada, se acumulan centenares de rústicos paquetes de cigarrillos. Observando con mayor detalle, junto al sonriente hombrecillo que, encajonado entre el tabaco, nos atiende, detecto un pequeño hornillo con una oxidada cazuela encima. Algo más allá, y a sus espaldas, un desballestado colchón aparece enrollado. Pregunto a Khan que confirma mis sospechas. Aquella destartalada caseta, en la orilla de la carretera, es su hogar. Tan solo falta el baño. Evidentemente, sus necesidades físicas, las realiza entre los árboles que sirven de fondo al negocio. Esto explica un poco la cantidad de tabaco que acumula ya que además de tienda y casa, es también su propio almacén.</p>
<p>Regresamos al auto y Khan y D. encienden sus cigarrillos. Lo que para Khan es un placer, para D. se convierte en una pesadilla que le acompañará sin excusas hasta la ciudad.</p>
<p>La estación de Jaipur es un edificio de estilo colonialista que ha vivido ya, como buena parte del país, sus mejores días. Junto a la puerta, nos despedimos de Khan con la emotividad a flor de piel. Tampoco él se marcha muy convencido de abandonarnos – según nos confiesa, se ha reído más que con cualquier otro cliente y estaba encantado de viajar con nosotros &#8211; pero le espera un nuevo grupo y no tiene más remedio que marchar rápido en dirección a Delhi. Le damos una generosa propina – equivalente a la mitad de su sueldo mensual – y le decimos que si tiene algún problema con el golpe del accidente, nosotros hablaremos con sus jefes. Poco después, ver la trasera de la furgoneta desaparecer entre el caótico tráfico de Jaipur, nos deja un poco más huérfanos.</p>
<p>Con desconchados por todas partes en la pintura… con raídas telas cubriendo la paquetería que aguarda destino… con gente literalmente acampada en los andenes de la estación, donde duermen, cocinan, comen, viven… con sacos de arpillera, con barriles de madera, con pícaros, con descuideros, con jóvenes, con ancianos, con hindis, con muslmanes… con todo lo relatado y más. Con lo creíble y hasta con lo increíble, la estación de Jaipur se presenta como un micromundo muy peculiar. Entre el barullo buscamos la consigna con la intención de dejar los bártulos y poder, hasta la hora de salida del tren esta noche, convertirnos en los cicerone de D. y mostrarle algunos de los encantos de la ciudad. Cuando por fin la encontramos nuestra sorpresa es mayúscula. El tipo que la regenta, en animada charla con otros indios, nos comenta desganado que depositemos las maletas donde nos plazca. Preguntamos cuanto hemos de pagar y si los bultos están allí seguros. Nos muestra una descolorida hoja en la pared donde vemos la tarifa y nos lanza un “No problem” con el peculiar giro de cabeza que siempre lo acompaña. Pero la presencia cada vez más numerosa de chavales de la calle mirándonos con curiosidad, y sobre todo, mirando nuestro equipaje, nos lleva a repensar nuestros planes. Tras una breve conversación decidimos no abandonar la estación y esperar tranquilamente junto a nuestro equipaje la partida del tren. Al menos nos servirá de descanso tras unos días ajetreados. Caminamos en busca de un lugar donde acomodarnos. Tenemos más de doce horas por delante y muy poco que hacer. En nuestro deambular por los andenes de la estación, encontramos una señal que nos anuncia la sala VIP. Nuestro rostro muda de actitud y nos sentimos reconfortados ante la posibilidad de un lugar decente donde dejar caer nuestros ya maltrechos huesos. Después de buscar en vano, nos acercamos a una de las taquillas para preguntar. La mujer que la atiende nos pide los billetes. Se los mostramos. Nos dice que, en efecto, la segunda categoría tiene acceso a la sala VIP. ¿Segunda? Nosotros compramos primera en la agencia española que nos facilitó parte del viaje. La mujer vuelve a mirar el billete y nos lo confirma. Segunda. También nos indica donde está la susodicha sala. Decidimos acomodar a P. en ella y dejarla cuidando de las maletas. Si la estación en si no tiene desperdicio, la sala VIP lo supera. Un cuarto de poco más de cinco por cinco y dos letrinas y una ducha asquerosa en el fondo componen la famosa estancia. Estamos más que sorprendidos. Decidimos seguir con nuestro plan para no danzar de aquí para allá con las dichosas maletas.</p>
<p><a href="http://melchormombocompany.blogspot.com.es/2013/04/mil-dioses-cien-pueblos-una-sola-tierra_29.html"><img class="aligncenter" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/-HZRNwUz3ZMo/UXprcylwcwI/AAAAAAAACas/L25GwW8SOWk/s1600/Sin+t%C3%ADtulo-5.jpg" width="945" height="709" /></a></p>
<p>Mientras D. intenta resolver lo de los billetes, yo iré en busca de provisiones para el día. Desde mi móvil D. habla con el número de contacto que tenemos para resolver cualquier duda que nos pueda surgir a lo largo del viaje. Al otro lado de la línea, la persona que nos atiende, no da la menor importancia al cambio de categoría en los billetes. A nosotros, después de lo visto en la estación, sí. Tras de una larga conversación telefónica de la que D. nada saca en claro, el contacto nos comenta que alguien viene hacia acá. “Pero ¿quién?”, pregunta D. “Alguien, alguien” es la única respuesta. Durante la espera intentamos comprar algo de comida pero todo parece complicarse. Tras correr la estación arriba y abajo, logramos hacernos con unos snacks y una botella de agua. De camino a la sala VIP un tipo nos aborda. Malamente D. consigue entender que se trata del enviado por la agencia. Con los billetes y el tipo, nos acercamos hasta la taquilla. Después de un buen rato de discusión, el resultado es que nos quedamos con la segunda clase y que pongamos la reclamación pertinente a nuestro regreso a casa. Con sentimiento de impotencia regresamos donde P. nos espera. Ha entablado amistad con dos niñas pequeñas, y a cambio de unas pequeñas pinzas que llevaba en el pelo, ha conseguido dos plátanos. Comemos los plátanos, los snacks y lo regamos con agua. Tras la copiosa merienda-cena, los padres de las niñas, un par de matrimonios que, sentados en silencio frente a nosotros, nos observaban de manera descarada, se animan a hablar. Los dos hombres son los que llevan la voz cantante. Ellas solo escuchan. Bueno, no es totalmente cierto, pero cada vez que intentan preguntar – siempre a través de ellos, nunca directamente -, son totalmente ignoradas por los maridos. Así que acaban por limitar su curiosidad a la de ellos. Los tipos nos cuentan que son ingenieros de la compañía de ferrocarriles, nos cuentan de su puesto, nos confiesan su sueldo y nos narran mil y un detalle más de sus vidas sin el menor atisbo de pudor. A cambio quieren saber de nosotros. Todo. Respondemos con una sinceridad relativa. Mentimos en algunas cosas decimos la verdad en otras. Todo lo adornamos de manera divertida. El sueldo de D. como biólogo, por ejemplo, es seis veces superior al de ellos, así que decide dejarlo solo en tres. Aún así, su impresión es que en España todos somos millonarios. Preguntan sobre porque no está casado y si se acuesta con sus amigas. D. les responde que sí, siempre que las amigas quieran. Le preguntan entonces si P. es su amiga. D. dice que sí. La regla de tres es sencilla; D. se acuesta con P. Desmentido inmediato. Se acuesta con las amigas que no tienen marido. Las mujeres intentan una y otra vez que se resuelvan también sus dudas, pero siguen siendo ignoradas de manera despectiva.</p>
<p>En plena charla, un par de ancianos, con un chico de más de veinte años con síndrome de Down, entra en la sala. Sin el menor pudor, se dirigen a la ducha, desnudan al chico y le dan un baño. P. mira hacia otro lado. No así las dos mujeres indias que no pierden detalle. Espero a que acaben su tarea para hacer uso de las letrinas. Unas asquerosas letrinas de las que recomiendo huir. El hedor es espantoso y debe hacer mucho tiempo que nadie se preocupa de limpiarlas. A pesar de que tiene urgentes necesidades higiénicas por cuestiones femeninas, P. decide hacerme caso. Las horas pasan algo más rápidas gracias a los juegos con los niños, más charla y algún paseo por el exterior. Pero, ni mucho menos, será la noche ha dejado de depararnos sorpresas.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Moros y Cristianos 2013</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Apr 2013 09:55:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>KaiserSoze</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>B.S.O Banda De Musica De L&#8217;Olleria Santa Cecilia – Ximo (Marxa Mora)</p> <p>Se celebran en Alcoy durante el mes de abril las fiestas de Moros y Cristianos. El día 1 de abril se descubre el cartel que anuncia estas fiestas. Un ... <span class="more-link"><a href="http://www.labrujulainquieta.es/europa/moros-y-cristianos-2013" class="more-link">Read More</a></span></p>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>B.S.O <a href="http://open.spotify.com/track/02zNZxcRm9IbS3IH3ouUzv">Banda De Musica De L&#8217;Olleria Santa Cecilia – Ximo (Marxa Mora)</a></p>
<p>Se celebran en <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Alcoy">Alcoy</a> durante el mes de abril las fiestas de Moros y Cristianos. El día 1 de abril se descubre el cartel que anuncia estas fiestas. Un cartel sin polémica no es cartel así que este año también <a href="http://www.elmundo.es/elmundo/2013/04/02/alicante/1364899097.html">la hemos tenido</a>.</p>
<p><a title="Cristians-07 by Raul Soler, on Flickr" href="http://www.flickr.com/photos/labrujulainquieta/8673663344/"><img alt="Cristians-07" src="http://farm9.staticflickr.com/8392/8673663344_2164cdf5bd_c.jpg" width="800" height="534" /></a></p>
<p>El domingo santo se celebra el día de la Gloria, donde un miembro de cada &#8216;filà&#8217; forman por distintas calles del centro de la ciudad. Este año ha caído en marzo por lo que ha sido el pistoletazo de salida para las fiestas de este año.</p>
<p>Todas las noches desde el dia de la Gloria se celebran &#8216;les fialetes&#8217; donde desfilan los miembros de las distintas &#8216;filaes&#8217; (comparsas en alcoyano).</p>
<p><a title="Cristians-33 by Raul Soler, on Flickr" href="http://www.flickr.com/photos/labrujulainquieta/8672570983/"><img alt="Cristians-33" src="http://farm9.staticflickr.com/8522/8672570983_c3126402ab_c.jpg" width="800" height="534" /></a></p>
<p>En domingo también se celebra la Gloria infantil. Es el mismo formato que la mayor pero esta vez son niños los que desfilan por el centro de la ciudad.</p>
<p>Y finalmente llegan los días grandes. 21, 22, 23 y 24 de abril. El 21 de abril se celebra el día de los músicos. Por la tarde/noche las bandas de música participantes en las fiestas desfilan por el centro hasta acabar en la plaza de España donde, sobre las 9 de la noche, se canta el himno de fiestas.</p>
<p><a title="Cristians-66 by Raul Soler, on Flickr" href="http://www.flickr.com/photos/labrujulainquieta/8672584333/"><img alt="Cristians-66" src="http://farm9.staticflickr.com/8265/8672584333_14e341b42a_c.jpg" width="800" height="534" /></a></p>
<p>El 22 de abril se puede considerar el día grande con la entrada de los moros y los cristianos. Por la mañana desfila las tropas cristianas encabezadas por el Apitan cristiano. Tras el desfile de las 14 &#8216;filaes&#8217; cierra el acto al medio día el Alférez.</p>
<p>Y por la tarde ocurre lo mismo con las tropas moras y todo su boato.</p>
<p><a title="Moros-59 by Raul Soler, on Flickr" href="http://www.flickr.com/photos/labrujulainquieta/8680649501/"><img alt="Moros-59" src="http://farm9.staticflickr.com/8388/8680649501_437b76cf84_c.jpg" width="800" height="534" /></a></p>
<p>El día 23 de abril se celebra el día del <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/D%C3%ADa_de_San_Jorge">San Jorge</a>. Es día de misas y procesiones. Un buen momento para disfrutar y observar con detenimiento los trajes y vestidos de los capitanes/alféreces y sus acompañantes.</p>
<p><a title="Moros-40 by Raul Soler, on Flickr" href="http://www.flickr.com/photos/labrujulainquieta/8681766852/"><img alt="Moros-40" src="http://farm9.staticflickr.com/8404/8681766852_4e0504cfdf_c.jpg" width="800" height="534" /></a></p>
<p>Finalmente el 24 de abril se cierran las fiestas con la batalla de arcabuceria entre los dos bandos. Por la mañana el bando moro conquista la villa de Alcoy que es recuperada por el bando cristiano en la batalla de la tarde gracias a la aparición de San Jorge (sobre las 9 de la noche) en lo alto del castillo y lanzando flechas.</p>
<p>En teoría estos son los días en que se celebran las fiestas pero como se depende un poco de como caiga la semana santa esta fecha puede sufrir variaciones. Este año, debido a que el día de la entrada caía en lunes se decidió adelantarlo un día para que se celebrara en domingo y pudieran acudir un mayor numero de gente. Así que al caer domingo pude participar como fotógrafo (gracias a <a href="http://www.aramultimedia.com/ca/index.html">Aramultimedia</a>) y pasar el día haciendo fotos.</p>
<p><a title="Moros-114 by Raul Soler, on Flickr" href="http://www.flickr.com/photos/labrujulainquieta/8680625907/"><img alt="Moros-114" src="http://farm9.staticflickr.com/8386/8680625907_38ff1cf4b3_c.jpg" width="800" height="534" /></a></p>
<p>Podéis ver todas las fotos aquí:</p>
<p><a href="http://www.flickr.com/photos/labrujulainquieta/sets/72157633307724372/">Entrada Cristianos</a></p>
<p><a href="http://www.flickr.com/photos/labrujulainquieta/sets/72157633351602000/">Entrada Moros</a></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Mil dioses, cien pueblos, una sola tierra (X)</title>
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		<pubDate>Fri, 19 Apr 2013 11:41:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Melchor Mombo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Asia]]></category>
		<category><![CDATA[India]]></category>
		<category><![CDATA[Sariska]]></category>
		<category><![CDATA[Viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Safari]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>B.S.O. Get Lucky &#8211; Daft Punk</p> <p>Relato cedido a este blog por Melchor Mombo de Un vuelo con la Melchor Mombo Co.</p> <p>SARISKA</p> <p>El jeep va hasta los topes. No solo D., P., Deep, Deepak, el nuevo chófer y yo. Hasta ... <span class="more-link"><a href="http://www.labrujulainquieta.es/viajes/mil-dioses-cien-pueblos-una-sola-tierra-x" class="more-link">Read More</a></span></p>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>B.S.O. <a href="http://www.deezer.com/album/6516139">Get Lucky &#8211; Daft Punk</a></p>
<p>Relato cedido a este blog por Melchor Mombo de <a href="http://melchormombocompany.blogspot.com/">Un vuelo con la Melchor Mombo Co.</a></p>
<p><a href="http://en.wikipedia.org/wiki/Sariska_Tiger_Reserve">SARISKA</a></p>
<p>El jeep va hasta los topes. No solo D., P., Deep, Deepak, el nuevo chófer y yo. Hasta cinco indios más viajan con nosotros en la negritud de la noche. Nuestro desplazamiento por la reserva viene de paso, en su regreso a casa, a más de uno y quien más y quien menos, aprovecha para viajar con cargo a la metrópoli. Para desplazarse de noche y por pistas de firme poco firme, valga la redundancia, El vehículo se desplaza a buena velocidad. P., a mi lado, aprieta mi mano con firmeza. A mi otro lado, Deep da una cabezada tras otra mientras duerme su borrachera sobre mi hombro. Uno de los tipos desciende en un punto concreto del camino.  Da la impresión de que el jeep comienza a aligerar su carga. Un espejismo. Parece ser el único, el resto se ha apuntado al safari nocturno.</p>
<p>Algo más adelante nos cruzamos con un indio que, con una cogorza de pronóstico, regresa dando tumbos de un lado a otro del camino a su casa. Pregunto. El chófer, muy serio y mirando de reojo a Deep, comenta que está borracho. Obvio. No añade nada más que la palabra “Tiger”. Pienso en algo que he leído acerca de cinco mil muertes anuales en la India por ataque de tigres. Viendo a este tipo trastabillarse por la reserva y la absurda peregrinación que encontramos por la tarde, aún me parecen pocas.</p>
<p>Durante el recorrido encontramos algunos cerdos vietnamitas y un par de espectaculares pavos reales, pero poco más. Avanzados unos metros, el chófer apaga las luces del auto. Desde ese instante, y como de la noche se han ausentado luna y estrellas, es su instinto el que nos guía a través de la reserva. Un poco más allá, muy cerca de un río, nos detenemos. Escuchamos el correr del agua. Escuchamos porque nada vemos. Deepak pide silencio. Incluso intenta apaciguar los ronquidos de Deep. Súbitamente, el chófer enciende las luces del auto. Un chacal queda inmóvil frente a nosotros. La estampa es muy bella. Incluidos sus brillantes ojos que no apartan la mirada de las luces. Unos segundos después, reacciona y huye con rapidez. Es la única forma de “cazarlos”. Cuando amparados en la oscuridad salen de sus escondrijos en busca de aplacar sus necesidades.</p>
<p>Seguimos un trecho. Nos detenemos de nuevo. Dicen que es zona de tigres. Las luces del auto enfocan un punto concreto. Descendemos. Examinamos el suelo. Hay  defecaciones por todas partes. D. comenta que son de tigre. Le pregunto cómo lo sabe. Me señala varios puntos. Hay trozos de pelo entre los excrementos. Son de los mamíferos que devoran. No lo digieren. Retornamos al jeep. P. está un poco asustada aunque no me lo transmite. Pero su mano se cierra más fuertemente sobre la mía.  Seguimos dando tumbos por las irregulares pistas. Volvemos a detenernos. Frente a nosotros hay una edificación levemente iluminada por la luz de unas velas. Junto a estas, un monje permanece sentado con las piernas cruzadas. Meditando, supongo. O tomando el fresco, que tanto da.  El chófer y Deepak le saludan. Responde amable. Preguntan por los tigres. No han aparecido esa noche, sí la víspera que anduvieron por allí, dice. Cada vez tengo más claro que cinco mil es un número bajo. Deepak nos invita a descender con él. A pocos metros está el nacimiento de un pequeño río. D. le acompaña. Y con él algunos de los indios que abarrotan el jeep. Cuando voy a hacer lo propio P. me detiene. No dice nada pero su rostro sí me lo dice. Comento que me quedo en el jeep. “Ok” dice un entusiasmado D. Permanecemos allí los dos con el chófer y Deep que comienza a espabilar. Poco después regresan. D. viene emocionado con el hallazgo. Parece que aquello pone punto y final al safari.</p>
<p><a href="http://melchormombocompany.blogspot.com.es/2013/04/mil-dioses-cien-pueblos-una-sola-tierra_18.html"><img alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/-ggmazlJwifk/UXAKK_ANH1I/AAAAAAAACaE/Xjpx5-Y2C8U/s1600/Sin+t%C3%ADtulo-4.jpg" width="945" height="709" /></a></p>
<p>Definitivamente vamos dejando indios en sus casas mientras abandonamos la reserva. Poco a poco, Deep parece recuperarse. La última parada es la casa del chófer alternativo que desciende, se despide de manera austera de nosotros y lanza una pequeña parrafada en hindi hacia Deep que le mira avergonzado. Deepak nos pregunta si queremos cenar. Asentimos. Se muestra encantado. El jeep nos traslada bajo la, ahora sí, prudente conducción de Deep, hasta un puesto de carretera. La escasa luz que un par de bombillas alentadas por un rústico generador producen, no nos permite apreciar con detalle aquel desaguisado. Evidentemente, ni un europeo a la vista, pero es que tampoco hay ningún indio de clase media. Los allí presentes son indios de las castas más bajas y algunos conductores de los tan destartalados como ornamentados camiones. Nos sentamos a una mesa y nos convertimos, en especial P., en el centro de atracción – posiblemente &#8211; del año. Nos sacan la cena, una sopa de lentejas, distinta para los indios – muy especiada &#8211; que para nosotros – bastante menos -. La acompañan con agua o cerveza. Ante la duda, elegimos cerveza. No así los guías que parecen escarmentados. Yo decido arriesgar. ¿Por qué no? Hasta ahora el estómago me ha respetado, allá voy. Pido que me cambien el plato. Quiero uno como los de ellos. Sorprendidos, todos me miran. No problem! Me lo traen. Como todo el servicio, en una pequeña escudilla metálica. Nos ofrecen también algunos chapati. Me lanzo a por el plato. Está espantoso. No solo es que las especias apagan cualquier sabor, sino que no existe más sabor que este porque seguramente es lo único que puede darlo en un guiso tan pobre. Tampoco parece que D. y P. estén disfrutando del suyo. Con paciencia me lo acabo. También D. En ese instante, un vehículo se detiene a unos metros de distancia. Es un coche bastante elegante. En su interior, una familia acomodada. Me sorprende verlos descender. Mucho más se sorprenden ellos cuando nos encuentran allí. Espero que se acerquen. Ni de broma. Solo se han detenido porque la mujer se encuentra bastante indispuesta. Vomita en la cuneta, toma aire y, sin quitarnos la vista de encima, reemprenden la marcha. Nuestros acompañantes ríen ante la estampa y el bombo que nosotros le damos a lo sucedido.</p>
<p>Tras unas fotos en las que somos los protagonistas, intento sacar la cartera para pagar. Deepak me detiene. Dice que ellos se encargarán de pagar la cena. Insistimos. Nos detienen. No es una invitación. Solo un aplazamiento. Mañana sacaremos cuentas. Para nada es conveniente que vean la cantidad de rupias que llevamos encima. Asentimos. Pero, ante cualquier mirada, ya estamos algo inquietos, así que decidimos dar por finalizada la noche.</p>
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		<title>Mil dioses, cien pueblos, una sola tierra (IX)</title>
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		<pubDate>Wed, 17 Apr 2013 10:29:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Melchor Mombo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[India]]></category>
		<category><![CDATA[Sariska]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>B.S.O. Manel – Quin dia feia, amics&#8230;</p> <p>Relato cedido a este blog por Melchor Mombo de Un vuelo con la Melchor Mombo Co.</p> <p>SARISKA</p> <p>La casa de la jungla.</p> <p>Amanece y ya estamos en marcha. Viajamos hasta Sariska. Hemos quedado allí con ... <span class="more-link"><a href="http://www.labrujulainquieta.es/asia/mil-dioses-cien-pueblos-una-sola-tierra-ix" class="more-link">Read More</a></span></p>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>B.S.O. <a href="http://open.spotify.com/track/5HJb0ve0VvPYlICexHMgm2">Manel – Quin dia feia, amics&#8230;</a></p>
<p>Relato cedido a este blog por Melchor Mombo de <a href="http://melchormombocompany.blogspot.com/">Un vuelo con la Melchor Mombo Co.</a></p>
<p><a href="http://en.wikipedia.org/wiki/Sariska_Tiger_Reserve">SARISKA</a></p>
<p>La casa de la jungla.</p>
<p>Amanece y ya estamos en marcha. Viajamos hasta Sariska. Hemos quedado allí con D. del que nada sabemos desde que nos separamos en <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Parque_nacional_de_Keoladeo">Keoladeo</a>. El camino es corto y muy pronto estamos en la reserva de los tigres. El hotel, en pleno centro del parque, de apariencia imponente, es mucho menos que ello según te acercas. Khan nos deja y se despide. Nos recogerá en veinticuatro horas para llevarnos a la estación de Jaipur.</p>
<p>Nos registramos sin problemas y preguntamos por D. El recepcionista nos desliza el número de habitación y en pocos segundos aporreamos su puerta. No hay respuesta. Nuevo intento. Ahora sí, D. asoma un ojo por la ranura de la entreabierta puerta. Su sorpresa se mezcla con su alegría. Da la sensación de que ya no nos esperaba. Pronto, nos está relatando sus días en Keoladeo. Ha hecho amigos. Un joven guía al que su padre le ha encomendado a su cuidado. Nos sorprende su inédita versión como padre. Nos comenta que el chico tiene aquí un guía amigo con el que seguir aprendiendo el oficio. No acabamos de entender el mecanismo de la relación. D. ha pagado al joven guía por sus servicios además de hacer de niñera, y ahora deberemos pagarle también al otro. Sea como sea, la mayor sorpresa todavía no ha llegado. Estamos invitados a comer en su casa. Además, comenta que ha pactado realizar, esa misma noche, un safari nocturno. Intentando asimilar toda la información, le pregunto acerca de la fauna de Keoladeo. Su lacónica respuesta refiere que solo había algunos pájaros exóticos.</p>
<p>Dejamos a D. vestirse y le esperamos en los jardines que rodean el hotel. En la trasera hay una piscina con el agua bastante descuidada. Ninguno de los escasos huéspedes del hotel hacen uso de ella. Preguntamos a uno de los jardineros que por allí pululan y nos responde que todavía no es tiempo. Su argumento nos deja perplejos. Si en pleno agosto, con cuarenta grados y una humedad asfixiante no es momento para usar una piscina… Pero D. ya está allí.</p>
<p>A pie, cruzamos la verja que cierra el establecimiento despidiéndonos del tipo de seguridad que la custodia. Su rara mirada nos hace temer que lo que estamos haciendo no es, para nada, habitual entre los turistas. D. camina eufórico narrando mil y una anécdotas sobre sus días con el joven guía. Su nombre es Deepak y, además de a su casa, le ha llevado a la escuela donde ha sido la atracción de la década. Durante la charla nos hemos internado en la jungla hasta bordear un pequeño río de escaso caudal. Seguimos caminando y noto la mano de P. que aprieta la mía con fuerza. Imagino que está algo inquieta por no saber el final de esta aventura. Después de ver algunas torres de piedra – puestos de caza de tigres, que salpican nuestro camino, descubrimos una destartalada casa de piedra. Es nuestro destino. La casa del otro guía.</p>
<p>D. llama a Deepak que pronto aparece en la puerta. Es un pequeño indio de tez muy oscura, baja estatura para los dieciséis años que confiesa, y una aflautada voz de Tweety que no encaja en el oficio de guía. Tras él, vestido con un pantalón de camuflaje y una vieja camiseta, aparece el otro tipo. También es joven aunque no tanto como Deepak. Pasa en poco de los veinte y luce un pequeño bigote en su labio superior que no logra ocultar su talante bisoño. Su nombre es Deep. Miro a D. Parece una broma. D. se encoge de hombros. Los dos indios se muestran muy amables y nos hacen pasar al interior de la modesta construcción. Una única habitación junto  una minúscula cocina componen la pieza. En el centro del habitáculo se sitúa una gran cama donde nos ofrecen sentarnos. Nuestra perplejidad no va sino en aumento. Solo D. parece encantado de lo que está sucediendo. D. y los dos indios que están, asimismo, felices de tenernos como invitados. Me encojo de hombros. Si es lo que hay que hacer, hagámoslo. Me siento sobre la alta cama y ofrezco un espacio a P. D. hace lo mismo. Finalmente P. ocupa su lugar. Eso sí, sin despegar uno de sus pies el suelo. Deep y Deepak sonríen y van hasta la cocina. Chapatis y un guiso de lentejas con algo de verdura, es el menú. Pero solo comemos nosotros. Los dos indios, una vez han colocado platos y alimentos sobre la cama, se han retirado de nuevo. Aunque reímos con la situación y nuestras ocurrencias, no acabamos de estar cómodos. Pido a D. que averigüe porque no comparten la comida con nosotros. D. les llama. Aparece Deep. Intercambian frases. D. comenta que ya han comido. No les creo. Nadie les creemos. En vano intentamos convencerles para que compartan las viandas con nosotros. Realmente no hay mucho que compartir.</p>
<p><a href="http://melchormombocompany.blogspot.com.es/2013/04/mil-dioses-cien-pueblos-una-sola-tierra_11.html?utm_source=feedly"><img class="aligncenter" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/-YyneUTENVo4/UWblzccDLAI/AAAAAAAACZU/x_-Al31jxOw/s1600/Sin+t%C3%ADtulo-1.jpg" width="945" height="709" /></a></p>
<p>Finalizada la comida, y hasta que caiga la noche &#8211; momento del prometido safari nocturno &#8211; no hay demasiado que hacer en el parque. Acompañados de los dos guías, que ríen constantemente nuestras ocurrencias, visitamos el puesto de los guardas del parque. Parece más el cuartel de Pancho Villa que un estamento oficial. Mientras, sentados en sillas construidas a partir de neumáticos reciclados, compartimos un chai, observamos a los guardabosques realizar mil y una actividad. Aunque ciertamente ninguna de ellas corresponde a su rango. Hay quien lava su ropa a mano, hay quien se afeita con navaja, y hay quien, simplemente, nos observa, fascinado de que tres extranjeros compartan experiencias en tan recóndito lugar del orbe.</p>
<p>Más tarde, en un jeep que tomamos en ese mismo lugar – no sabemos si es el vehículo de Deep o que lo ha tomado prestado para nuestro safari – nos dirigimos a la entrada del parque. De camino, nos cruzamos con una larga hilera de indios que atraviesan la reserva. Todos ellos llevan una piedra de tamaño considerable en su mano. Pregunto. Como no. Son peregrinos. Me responden. ¿Y la piedra? Me piden que observe. Cada uno de los tipos se acuesta en el suelo y desplaza la piedra hasta donde su brazo extendido le permite. Después se ponen en pie. Avanzan hasta ésta y repiten la operación. De este modo van a recorrer los más de treinta kilómetros que comprenden su romería. Buena parte de los cuales en la propia reserva. ¿Y cuando cae la noche? Insisto. Acampan y duermen. Donde estén. Pero ¿Y los tigres? Deep se encoge de hombros. Miro de nuevo a los peregrinos y suspiro.</p>
<p>Esperamos la caída de la noche en una terraza adyacente al acceso al parque. Desde allí vemos el continuo tráfico de turistas – todos ellos del país – que sin descanso entra y sale de Sariska. Pido una cerveza. D. quiere otra pero quiere compartirla porque 75 CC le parece demasiado. P. le dice que la compartirá con él. Los dos guías, a los que invitamos, también la compartirán. Así que tres cervezas para los cinco. Mi sorpresa es que la suave cerveza de pocos grados a la que estamos acostumbrados desde la llegada al país, ha sido sustituida esta vez por una cerveza de mucho cuerpo y más de diez grados de alcohol. Deep y Deepak bromean sobre mí; “Strong Man” me llaman. Esta `vez sin la connotación sexual de la que Khan hizo uso.</p>
<p>En la espera, reímos sin descanso las ocurrencias de D. En cuclillas, recrea la manera en que los indios barren. Después imita a los tigres, a los chacales y Dios sabe a cuanta fauna autóctona más. Los dos guías se desternillan de la risa. Después de la primera, cae una segunda cerveza. Más risas, más “Strong Man” y un puntillo de exceso de afectación por el alcohol en los dos indios. Me preocupa en especial Deep pues es el chófer. Sin haber comido, o habiendo comido muy poco, y con el alcohol ingerido, está en mal estado. D. les pregunta si se está en condiciones de emprender el safari o lo dejamos correr. De ningún modo, responde Deepak, están prestos y el safari no se suspende. Eso sí, cauto, Deepak va hacia un tipo que hay cerca de las taquillas del parque. Desde la distancia, vemos los ostentosos gestos que le dedica en nuestra dirección. Poco más tarde y acompañado del indio, un tipo enjuto y muy serio, regresa. Él conducirá el jeep el lugar de Deep. Es el guía que le enseñó el oficio y no parece muy contento con lo que tiene ante los ojos.</p>
<p>Ese detalle no es sino el preludio de lo que va a ser una noche muy movida.</p>
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		<title>Mil dioses, cien pueblos, una sola tierra (VIII)</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Apr 2013 10:50:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Melchor Mombo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[India]]></category>
		<category><![CDATA[Jaipur]]></category>
		<category><![CDATA[Viajes]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>B.S.O. Manel – Teresa Rampell</p> <p>Relato cedido a este blog por Melchor Mombo de Un vuelo con la Melchor Mombo Co.</p> <p>Tras un par de semanas de injustificada ausencia, seguimos con el viaje.</p> <p>Després d’un parell de setmanes de injustificada absència, seguim ... <span class="more-link"><a href="http://www.labrujulainquieta.es/viajes/mil-dioses-cien-pueblos-una-sola-tierra-viii" class="more-link">Read More</a></span></p>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>B.S.O. <a href="http://open.spotify.com/track/1lT3998yJBZbdUg7xUXadI">Manel – Teresa Rampell</a></p>
<p>Relato cedido a este blog por Melchor Mombo de <a href="http://melchormombocompany.blogspot.com/">Un vuelo con la Melchor Mombo Co.</a></p>
<p>Tras un par de semanas de injustificada ausencia, seguimos con el viaje.</p>
<p><i>Després d’un parell de setmanes de injustificada absència, seguim amb el viatge.</i></p>
<p><b><i>JAIPUR</i></b></p>
<p><b><i>“Tú calvo, tú mucho dinero”</i></b></p>
<p>Después de una reconfortante ducha – eso sí, la boca cerrada para evitar tragar agua – salimos al encuentro de Khan. De improviso, en el patio interior del Haveli, una representación de títeres se cruza en nuestro camino. Los espectáculos de títeres son muy frecuentes y de gran prestigio en Rajastán. Se trata de marionetas de hilo y existen treinta y cuatro figuras diferentes que narran historias cotidianas con moraleja final. Según la leyenda, corresponden a las tallas del trono de un aburrido maharajá. Éstas, buscando sacarlo de su ensimismamiento, tomaron vida propia bailando y cantando para él.</p>
<p>Ya en la furgoneta, sugerimos a Khan un restaurante autóctono. ¡Terrible! Acabamos en el <i>Benidorm Palace</i> de Jaipur. Cena más espectáculo – participativo – rodeados de turistas de múltiples orígenes por equis rupias. Sin ganas e discutir, aceptamos una propuesta que al final no es tan mala. El ágape es en un jardín a la luz de la luna y el espectáculo, de cierta gracia, se compone de música, cantos, bailes y fuego combinados. Así que con todo ello cerramos nuestro primer día en Jaipur.</p>
<p>La mañana nace cálida y muy húmeda de nuevo. Salimos en busca de visitar los atractivos de la zona. El porqué de la ciudad rosa se nos responde apenas pisamos los aledaños del palacio del maharajá. Todas las edificaciones que lo rodean están pintadas de un, poco cuidado, color salmón. Parece ser que pertenecen a éste y, los comerciantes que las ocupan, pagan suculentas rentas por estar en lugar tan privilegiado. Muy cerca nos topamos con el Palacio de los Vientos – Hawa Mahal -. Preciosa fachada &#8211; es lo único que queda del complejo – que da a una de las más bulliciosas calles de la ciudad. Desde sus novecientas cincuenta y tres ventanas podían las Maharanis observar la vida cotidiana de la ciudad. Además permitían corrientes de aire para que este se mantuviese fresco. Nos acercamos después al observatorio pero, en plena visita, la lluvia nos sorprende – la primera del monzón – y debemos finalizarla precipitadamente. Khan propone visitar el palacio de Amber, que se sitúa a pocos kilómetros, y aceptamos.</p>
<p>Llegamos hasta la base del monte donde se alza. Enfilamos una estrecha carretera por la que nuestro chófer nos explica, suben y bajan elefantes que transportan a los turistas hasta el palacio. Si antes lo comenta, antes aparece un paquidermo en nuestro camino. No hay mucha solución y retrocedemos hasta un punto de la subida donde el furgón puede acoplarse y dejar paso al animal. Montado a lomos de este, el “jinete” lanza un gesto de agradecimiento con la mano. Tras su paso, y rápidamente, Khan se lanza de nuevo en pos de la cumbre. No quiere más sorpresas. En nada estamos arriba. El palacio es imponente, sobrio, mal conservado y las ratas campan a sus anchas por el recinto. Caminamos por entre los turistas y lanzo fotos sin objetivos premeditados. De pronto, y mientras apunto con la cámara, escucho a mi espalda “¿Yo a ti te conozco?”. Perplejo, me giro. Es cierto, me conoce. Y yo a él. En realidad a ellos. Son una pareja de mi ciudad. Las risas acompañan el encuentro. ¡Vaya casualidad! Aunque es de esas casualidades que se producen habitualmente en los viajes. Charlamos. Están encantados con el viaje, aunque da la sensación de que no han pateado mucho las calles. Les llevan del hotel al monumento de turno y de este al hotel en grandes autobuses con aire acondicionado. Palpan poco la vida cotidiana. Tras las risas, los parabienes, y los besos correspondientes, nos despedimos. De nuevo y durante el descenso, nos topamos de frente con “taxifante”. De nuevo y como en la subida, es Khan quien retrocede en busca de un punto donde cruzarse.</p>
<p>Abajo, nos propone visitar un pequeño templo apenas conocido por el turismo. Asentimos. Nos desviamos levemente de la ruta hasta llegar allí. El edificio es pequeño. De ornamentación excesiva. No parece arquitectura Mughal. Las tallas de su exterior son muy bellas, algunas de ellas de tema erótico. Un anciano cuida del lugar lo mejor que puede. Debe vivir en él. Tras visitar su interior, impregnados de misticismo, nos retiramos. Pregunto a Khan si debemos pagar. No es obligado, responde. Le deslizo un par de billetes de cien rupias y él asiente con la cabeza. El monje sonríe. Nos lanza una especia de bendición. Respondemos asimismo con una sonrisa, tentados de santiguarnos.</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://melchormombocompany.blogspot.com.es/2013/04/mil-dioses-cien-pueblos-una-sola-tierra.html"><img class="aligncenter" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/-ayoyNOwes94/UV8cwt7RkiI/AAAAAAAACYs/k25z70NyAjQ/s1600/India+02.jpg" width="566" height="756" /></a></p>
<p>Regresamos a Jaipur. P. quiere ver sedas, saris y mil un complemento más. Tanto para ella, como para regalar al regreso. Se lo comento a Khan. “No problem”. “Women” añado. Ríe de buena gana. En todas partes es lo mismo. Acepta, divertido, el tópico de las mujeres y las compras. Hay complicidad.</p>
<p>En poco estamos frente a un destartalado almacén. Ningún atractivo ofrece su exterior. Varios tipos salen a recibirnos. Khan comenta que esperará en la puerta. Entramos. Pausados. Sin saber qué nos espera. En el enorme local, abarrotado de productos textiles, nos encontramos a solas. Realmente no. Una treintena de empleados se muestran más que dispuestos a atendernos. Me siento un poco avasallado. P. quiere ver los productos tranquilamente y no la dejan. El escándalo de nuestra visita nos abruma. Pido calma al griterío que nos rodea. Nos marchamos. Decido. Abro paso. No quieren. Claro. Como para perder a los únicos clientes de la tarde. Aparece otro tipo. Bajo y grueso. Un enorme bigote le da cierto aire mexicano. Comienza a hablarnos en una mezcla de inglés e italiano. Respondo en español. Me dice que también lo chapurrea. Se añade nuestro idioma a los otros dos. La mezcla es delirante. Además el tipo no calla. Estoy atacado. “Marahajá” me increpa, “bier?”. Nos vamos entendiendo. Asiento. Al momento tengo una cerveza de 75 cc. en mis manos. Me han acompañado a sentarme en un ornamentado sofá. Entretanto P. va de estante en estante acompañada por el del bigote. A mi lado, dos indios se preocupan de que mi vaso siempre esté lleno. “Spain?” pregunta uno. Asiento. “Real Madrid?”. ¡Ya estamos! Niego. “Barcelona?” Sigo negando. “Valencia” les digo. De inmediato uno de ellos me lanza diversos nombres de los jugadores de ese Valencia que perdió la final de la Champions contra el Bayern de Munich. Tiro del hilo y ya no hay descanso. Me citan alineaciones completas de equipos ingleses, alemanes, italianos y, por supuesto, españoles. Cada dato nuevo que les doy es recibido con una algarabía insólita. Al rato, entretenido como estoy no me percato de la presencia de P. y el bigotudo junto a mí. Tras ellos un par de empleados de éste vienen cargados como mulos de todo cuanto P. ha elegido. Pregunto el precio. Me responde con una cifra escandalosa. Niego con la cabeza. Me dice que incluye un sari para el que le han tomado medidas y que le están confeccionando en ese mismo instante.  Le digo que me da igual y que nos vamos sin comprar nada. P. me mira perpleja. Es un disparate. Me dice que es barato para España. Le respondo que me haga caso y salga. El tipo del bigote se enoja, pone ambas manos en su cabeza y me dice que estoy loco. Loco, sí, pero me marcho. Me detiene. Pide otra cerveza para mí. Asiento. En un instante estamos negociando. P. me mira. No puede creerlo. Cada vez que hago el ademán de dejar la negociación, rebaja su precio. Seguimos lejos de la cifra que tengo en mi mente. Una cifra absolutamente aleatoria pero sobre la que me he planteado no variar. “In India, hombres calvos como tú, mucho money”. “En España, son los gordos como tú los que tienen el money” le respondo. Ríe con una estruendosa carcajada. Me habla de su empresa “gran emporio, cinquemille trabajadores”. Nos invita a acompañarlo. Subimos a una terraza. En un habitáculo, nos muestra hacinados a un grupo de sastres que trabaja sin descanso en condiciones más que lamentables. Un par de ellos enfrascados en el sari de P. Aún así, a nuestro paso, todos muestran esa sonrisa, propia de las gentes de estas tierras, que te atrapa por su sinceridad. Me dice que me toma medida y que en ocho horas tengo un traje italiano en el hotel. No puedo creerlo. Seguimos con la tournée. El del bigote aprovecha para intentar colarme de nuevo su precio. Me resisto. Me halaga la capacidad de negociación. Intenta hacerme bajar la guardia. Aguanto. Me ofrece un puesto en su empresa. “¿Con qué sueldo?” pregunto. “No querrás pagarme como a estas pobres gentes”. Ríe estruendosamente. Me abraza. Habla con sus empleados contándole lo bien que lo estamos pasando. Y la verdad es que no miente. Solo P. sigue mirándonos con unos ojos como platos. Por fin, da un nuevo paso. Está en mi precio pero me dice que debo regalarle algo. Me niego. Es él el quien debe hacerme el regalo a mí. Vuelve a reír. Habla con sus empleados que le siguen la gracia. Me da palmadas en la espalda. Asiente. Se da por vencido. Lo logré. Me lleva frente a un millar de camisetas con variopintos dibujos y me dice que elija. Así lo hago. Le pagamos y salimos. Nos ha engañado. Estoy convencido. Pero le hemos sacado toda la compra por la tercera parte de lo que pedía y P. está muy contenta. Mientras le acaban el sari y lo envuelven todo salgo a tomar el aire, tres cervezas de tres cuartos y el agobiante calor tienen la culpa. Eso sí, prohíbo a P. que compre nada más. Al menos esa noche.</p>
<p>Khan y sus compañeros de charla, ríen cuando me ven resoplar aliviado. Nuestro chófer se acerca a mí y me regala una corbata espantosa. Se lo agradezco sinceramente. También tiene un pañuelo para P. Mientras esperamos que salga, un tipo enjuto y mal alimentado se acerca a mí. Me ofrece un par de marionetas de madera. Niego con la cabeza. Insiste. Gotado por la negociación y por quitármelo de encima le ofrezco mil quinientas rupias – poco más de dos euros -. Acepta sin dudarlo. Cuando P. aparece, acompañada por una nube de porteadores cargados como mulas, una carcajada sale de su boca. Mi exquisito pero reducido público se divierte de lo más con mi precario espectáculo de marionetas.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Bayern a medida</title>
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		<pubDate>Mon, 25 Mar 2013 12:00:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>KaiserSoze</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>B.S.O Bigott &#8211; Find a romance</p> <p>Si estás pensando en viajar a Múnich quizás te interese echar un vistazo a la siguiente página web: Bayern a medida. Podrás encontrar una gran variedad de visitas guiadas por  Múnich y la Baviera ... <span class="more-link"><a href="http://www.labrujulainquieta.es/viajes/bayern-a-medida" class="more-link">Read More</a></span></p>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>B.S.O <a href="http://www.youtube.com/watch?v=BK907UT3xts">Bigott &#8211; Find a romance</a></p>
<p>Si estás pensando en viajar a Múnich quizás te interese echar un vistazo a la siguiente página web: <a href="http://bayernamedida.com/">Bayern a medida</a>. Podrás encontrar una gran variedad de visitas guiadas por  <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/M%C3%BAnich">Múnich</a> y la <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Baviera">Baviera alemana.</a><!--?xml:namespace prefix = "o" ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:office" /--></p>
<p>Además si tienes un blog de viajes podrás disfrutar de la promoción <a href="http://bayernamedida.com/2013/03/15/tienes-un-blog-de-viajes-estasinvitado-a-la-primaverabayern/">#primaverabayern</a> que actualmente tienen en marcha y en la que te invitan a sus visitas guiadas por Múnich totalmente gratis.</p>
<p>Lástima que la visita a Múnich no entre en nuestro planes más inmediatos… aunque todo es hablarlo, ¿no?</p>
<p>Si alguien que haya visitado Munich ha disfrutado de alguna de sus visitas guiadas nos puede dejar un comentario para saber que tal la experiencia.</p>
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<p>P.D. La relación de este blog con <a href="http://bayernamedida.com/">Bayern a medida</a> es personal y de amistad por lo que no hay ningún interés comercial detrás de esta recomendación. Bueno, una cerveza alemana si que espero a cambio <img src='http://www.labrujulainquieta.es/wp-includes/images/smilies/icon_smile.gif' alt=':)' class='wp-smiley' /> </p>
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		<title>Mil dioses, cien pueblos, una sola tierra (VII)</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Mar 2013 12:26:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Melchor Mombo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>B.S.O. Björk – Hunter </p> <p>Relato cedido a este blog por Melchor Mombo de Un vuelo con la Melchor Mombo Co.</p> <p>JAIPUR</p> <p>Good morning, Sir, good morning!!!</p> <p>Pasamos la mañana encerrados en la furgoneta. En distintas ocasiones Khan ofrece detenerse en ruta ... <span class="more-link"><a href="http://www.labrujulainquieta.es/viajes/mil-dioses-cien-pueblos-una-sola-tierra-vii" class="more-link">Read More</a></span></p>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>B.S.O. <a href="http://open.spotify.com/track/4TlKmJuuSPy1pGRohaJHvV">Björk – Hunter</a><a href="http://open.spotify.com/track/6WKq3pTXeXHqOumWpL0XfJ"><br />
</a></p>
<p>Relato cedido a este blog por Melchor Mombo de <a href="http://melchormombocompany.blogspot.com/">Un vuelo con la Melchor Mombo Co.</a></p>
<p>JAIPUR</p>
<p>Good morning, Sir, good morning!!!</p>
<p>Pasamos la mañana encerrados en la furgoneta. En distintas ocasiones Khan ofrece detenerse en ruta para comer, pero es temprano y declinamos la oferta. Vamos dejando atrás sus posibles comisiones y parece inquieto. Por fin, a media mañana, cedemos. No es que nos apetezca nada pero se ha portado bien y queremos que esté contento.</p>
<p>Nos detenemos en un enorme local de carretera de escaso atractivo. Está completamente vacio. Solo el tipo que atiende el lugar y dos mujeres de avanzada edad que barren sin interés, deambulan por sus destartaladas salas. Por si fuera poco, el establecimiento no tiene permiso para vender alcohol y hay que conformarse con un par de Coca-Colas dobles y calientes. Pero Khan está más risueño y en lo que queda de ruta no volverá a insistir sobre este asunto.</p>
<p>A poco más de media hora de destino, somos nosotros quienes le pedimos detenernos. Muy pronto, un restaurante popular con una gran figura en la entrada, que supuestamente recrea a Mickey Mouse, nos espera. Nos acomodan en una pequeña mesa rodeados por completo de comensales del país. Para nada es un lugar para turistas. Ni la presencia de Mickey parece reclamo suficiente para extranjeros. Insisto con la cerveza. Niegan con la cabeza. Imposible sin permiso del <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Majarash">Maharajá</a>. Y, al parecer, los impuestos que éste cobra, son muchísimo más elevados para los establecimientos privilegiados. Miro a Khan que permanece de pie a nuestro lado. Mi rostro debe ser un poema. Tengo “mono”. Asiente con la cabeza. Se dirige al camarero. Desde la distancia los vemos conversar. No parece haber acuerdo. Sigue la charla. Sale el dueño. Mira hacia nuestra mesa. Palabrería, gestos, muecas. Vuelven a mirarnos. Sonreímos con cara inocente. Por fin asiente con su característico gesto. Khan hace lo propio. El camarero mira a uno y otro. Después a nosotros. Pero no sabemos si es un sí o un no. Nuestro chófer viene hacia nosotros. “No problem” es su enigmática respuesta. Por indicación de P., aprovecho para pedirle que comparta mesa con nosotros. Se resiste. Nos dice que ya ha comido. Suena a excusa. No parece ser cierta. Insisto. Para compartir conversación al menos. Mira a P. que sonríe y señala una cercana silla. La toma. Parece más convencido de sentarse con sus clientes. Aún así, se sienta algo alejado de la mesa. Tímido. Parece más cómodo conmigo. Cuestión social, supongo.</p>
<p>Charlamos. De todo y de nada. A los pocos minutos, y mientras otro camarero toma nota, el testigo de la negociación saca un par de tazas y una tetera. Miro extrañado a Khan. Sonríe. Sorteamos la ley, parece. La cerveza que contiene no está muy fresca pero nos sabe a gloria. Pedimos <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Pakora">Pakoras</a>, carne de cordero y los <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Chapati">chapatti</a> correspondientes. El mío de ajo. Khan me mira. Entre dientes, evitando que P. se aperciba, me lanza “Strong Man”. No sé bien a qué se refiere. Vuelve a insistir. Acompañado de discretos gestos. “Garlic, juice garlic, Strong Man”. Asiento con la cabeza. Quiere hacerme entender que el jugo del ajo hace hombres fuertes pero su actitud con respecto a P. me hace sospechar del tipo de fortaleza de la que habla. Sonrío aunque, creo, teme que no lo haya entendido.</p>
<p><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Jaipur">Jaipur</a> nos recibe sucio y caótico. Nada nuevo, cierto, salvo que si llama la atención, el asunto se ofrece más crudo de lo habitual. Recorremos sus calles en busca del alojamiento previsto. Al fin lo encontramos. Nos dicen es un Haveli. Nuevamente, pensamos. Pero parece que la acepción no es solo para los palacetes de verano de los maharajás sino que se aplica a cualquier construcción de <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Rajast%C3%A1n">Rajastán</a> adecuada al clima de la región. En este caso, nos comentan, se trata de la antigua casa de un poderoso mercader. Ricamente ornamentada, con un bonito patio interior y habitaciones deliciosas en sus tallados, nos ofrece, sin duda, el mejor alojamiento desde nuestra llegada al país. Hemos quedado con Khan a la hora de cenar y P. quiere descansar un poco. El termómetro supera los cuarenta grados y la humedad los convierte en verdaderamente agobiantes. Por mi parte me gustaría aprovechar el tiempo y lanzar algunas fotografías a las calles adyacentes al Haveli. Así que dejo la cartera, tomo un par de cámaras y me pongo en marcha. En recepción pido un plano de la ciudad. Amables me lo dan y señalan el lugar donde está el hotel. Pero el plano solo abarca las avenidas más importantes de la ciudad y para nada los centenares de pequeñas callejuelas que se desarrollan entre las arterias principales. Pregunto al recepcionista. Se encoge de hombros. Vuelve a señalarme el nombre de la calle en la que estamos. Bueno, al menos sé que si me pierdo siempre podré tomar un taxi.</p>
<p><a href="http://melchormombocompany.blogspot.com/2013/03/mil-dioses-cien-pueblos-una-sola-tierra_12.html"><img class="aligncenter" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/-3zlg_uub4jo/UT7gQgKh6yI/AAAAAAAACXU/hA3lVMPGG48/s1600/India+11.jpg" width="945" height="708" /></a></p>
<p>Fuera del hotel, planeo mi estrategia. Caminaré hacia la izquierda y después de una hora, haré lo propio hacia la derecha. Si no me desvío demasiado, al final de ese tiempo, estaré cerca del hotel. Una estrategia brillante con todas las papeletas de acabar en un film de éxito en <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Bollywood">Bollywood</a>; “Perdido en Jaipur”. Con un pañuelo anudado a la cabeza con el fin de cubrir mi claraboya del fuerte sol de la tarde, camino por las callejuelas que se abren a mi paso. Desde todos los rincones del adormecido Jaipur, me llegan entusiastas saludos, irresistibles ofertas y la sempiterna curiosidad de estas gentes. Alguno de los rostros que veo muestran bien a las claras que hace muchos años que por esas tortuosas calles no se aventura un occidental. Los niños, divertidos, me siguen sin pensar cuanto se están alejando del punto de partida. Ellos al menos, tienen claro como regresar. En un momento dado, son más de treinta los pequeños que me siguen. Me he convertido en la atracción de la tarde en la ciudad, como la noche anterior lo fuimos para el hijo del maharajá en Baratpur. A pesar de todo, llega un momento que ir tras un tipo que fotografía generadores eléctricos, farolas o desvencijados rótulos de comercios, no es el súmmum de la diversión. Poco a poco los chavales abandonan y, en unos minutos, estoy de nuevo solo.</p>
<p>Las calles son cada vez más estrechas y por alguna de ellas es casi imposible que dos personas se crucen sin tocarse. La soledad también me inquieta. En especial cuando, en algún callejón, observo como tres o cuatro tipos me observan y cuchichean ente si. No hemos tenido sensación de peligro en todo el viaje, pero, para esta gente y su precaria economía, un par de buenas cámaras fotográficas son atractivo suficiente para intentar cualquier cosa.</p>
<p>El calor es agobiante. En un momento dado, me detengo a la sombra de un destartalado edificio. Absorto en mis pensamientos, veo pasar a un hombre con un pequeño de cuatro o cinco años recostado sobre su hombro. Con la que está cayendo a mí también me hubiese venido bien una siesta. Un flash ciega mi mente. No parece muy normal la postura del pequeño y mucho menos que, a esta hora, esté durmiendo. Me niego a mi mismo el macabro pensamiento. Pero rápidamente, y con la imagen de mis propios hijos a esa edad, enfilo la dirección que han tomado aquel hombre y su pequeño. Dos callejas más allá, lo veo en la distancia. Avanzo. Mi corazón se encoge. Uno, dos, uno, dos… los pasos resuenan en la silenciosa tarde india. Me acerco hasta donde está el hombre que avanza a un paso mucho más pausado que el mío. Uno, dos, uno, dos. Estoy cada vez más cerca. Un nudo se forma en mi garganta. Uno, dos, uno, dos. Ya casi puedo tocarlo. De pronto un grupo de chiquillos me rodea. Me piden rupias, lápices, me saludan, miro al hombre que se aleja. Dobla una esquina. Me deshago de los niños con rápidos saludos y forzadas sonrisas. Sigo adelante. Giro asimismo la esquina. No está. Avanzo. Limpio mi frente perlada de sudor. Camino. Oteo. No lo encuentro. Lo he perdido. Avanzo un poco más. En vano. Me detengo. Un suspiro. Quizás es mejor así. ¿O qué pensabas? Esto es pan de cada día en este país. Estás demasiado lejos del mundo encerrado en tu amable vida burguesa. Respiro hondo. Los niños ya vuelven a estar allí.</p>
<p>Saco el mapa. Señalo. Hotel, digo. Miran. Ríen al oír como les pregunto en español. Corretean. Vuelven. Lanzo fotos. La mugre se enseñorea de las instantáneas. Me decido. Aún con la imagen del crio inerte impresa en la retina. Regreso. El calor es insoportable. Sudo de forma exagerada. Mucho más cuando veo a los nativos con jerséis de lana y manga larga. En plena retirada, casi, casi, perdido, escucho una voz. “Sir, Sir!” Me llaman. Desde uno de los oscuros locales que salpican aquellas callejuelas. Me acerco. El contraste de luz no me deja ver bien quién está allí dentro. Aparecen varios jóvenes indios que señalan hacia el interior del establecimiento. Acostumbro mis ojos a la oscuridad. Aún con ello soy incapaz de definir a qué se dedican en aquel establecimiento. Tal es el caos que campa a sus anchas. Siguen llamándome “Sir, Sir!”. Escruto es lugar. Por fin. Es Khan quien me llama. Sentados alrededor de un oxidado barril que utilizan como rústica cocina, nuestro chófer y otros tres hombres de cierta edad, departen amigablemente. A su alrededor, tres jóvenes vigilan una cafetera en el fuego que hay prendido en el bidón. Un par de decenas más de chicos de diversas edades, ociosos, rodean todo el conjunto. Sin más, dejan pasar una tarde con la única novedad de mi presencia en el barrio. Khan me invita a sentarme. Me ofrece beber algo. Visto lo visto, pido café. Error, la oferta es única. Té con leche. Chai lo llaman ellos. Como en cualquier otro país islámico se conoce solo al té. Me presenta a sus compañeros de tertulia. Uno de ellos es un musulmán. Parece un hombre culto. Khan me dice que él le enseñó a hablar inglés. Con mi escaso vocabulario británico y el universal lenguaje de los gestos nos vamos entendiendo. Me pasan una vasija metálica que arde como el infierno. Lo que me falta con la que está cayendo en la calle. Con pequeños tragos pero sin sorber, según su manual de buenas costumbres, voy atacando el chai. Al mismo tiempo, y visto que soy el centro de atención del grupo, pregunto y pregunto. Pregunto todo cuanto se me ocurre y pongo mis oídos alerta para intentar atrapar sus respuestas. En estos momentos lamento tanto no dominar perfectamente el inglés. Disfrutaría mucho más de la experiencia. Pregunto a Khan sobre la supuesta mala relación entre hindúes y musulmanes. Me lo niega absolutamente. Y el mejor ejemplo es lo que estoy presenciando. La charla se diversifica en mil y un tema. Khan chismorrea. Al parecer el hermano de su amigo, también musulmán, tiene cuatro mujeres y cada noche, sin falta, cumple con sus obligaciones maritales con ellas. Me parece excesivo, pero el brillo de los ojos de Khan contarlo con una mezcla de sana envidia y admiración, me llevan a aprovechar sus palabras y aclarar el asunto pendiente desde mediodía. “Juice garlic” le espeto. Khan se sorprende de inicio, pero pronto ríe a carcajadas. Habla con su audiencia que asiente y sonríe sin entender demasiado bien de donde viene todo aquello. Poco más de media hora más tarde, liquidado el chai, me despido del grupo. Khan me señala la dirección a seguir para llegar al Haveli y confirmamos la hora en que vendrá por nosotros para la cena.</p>
<p>Camino de nuevo por las más diversas callejuelas. La presencia de todo tipo de  animales es más sorprendente que en cualquier de las ciudades visitadas hasta el momento. Si asnos, vacas, famélicos perros y los dromedarios campan a sus anchas en otros lugares como Agra o Baratpur, en Jaipur, además, son habituales los cerdos vietnamitas y muchas más ratas de las que mi aprensión es capaz de soportar. Después de algunas idas y venidas comienzo a reconocer lugares. Las calles se ensanchan y alguna gran avenida se cruza en mi camino. Aparecen los rickshaws y automóviles inéditos en toda mi ruta anterior. Por fin, el hotel. Y en la puerta una P. muy preocupada por mi salud. Mi paseo de dos horas, ha superado en mucho las tres. La tranquilizo y le prometo una cena especial como compensación, siempre que, eso sí, antes me deje sacarme de encima la mugre acumulada de aquella tarde en Jaipur.</p>
<p>&nbsp;</p>
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