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De la Plaza Roja a Tian’anmen (XIX)

datePosted on 19:28, enero 25th, 2012 by Melchor Mombo

B.S.O. A Camp – Chinatown

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

Gran Muralla.

 

Pocas horas en nuestro último tren. Eternas. En una primera a la que nada ha de envidiar la tercera rusa. Nos espera un huésped. Duerme desde no sabemos dónde. A nuestra llegada abre su ojo. Es todo cuanto intercambiaremos en el resto del viaje.

Es primera hora de la tarde, descendemos en la multitudinaria estación. Beijing es desmesurada. Más de veinte millones de personas tamizan sus calles. Avisados por las experiencias de otros viajeros, marcamos un máximo a pagar en los taxis. El regateo consiguiente, unido al pegajoso calor que empapa nuestras ropas y al cansancio acumulado, nos lleva a un punto de crispación que provoca la primera y única discusión entre nosotros a lo largo de toda la aventura. Nada serio, por supuesto. Desde la distancia, divertido incluso. Rechazamos cualquier oferta de transporte, incluso la de una dama extranjera de buen ver, que desea compartir taxi. Encontramos la recóndita estación de metro. El abarrotado subterráneo pekinés nos traslada hasta los aledaños del hutong en que se ubica el albergue reservado. Los hutong – cuya traducción literal es callejón – conforman el centro de la ciudad tradicional. Situados muy cerca de la Ciudad Prohibida, son los barrios donde se mantiene la milenaria forma de vida china. Al mismo tiempo han transmutado en zona chic de la ciudad. Albergues, tiendas alternativas y una rica vida nocturna cubren puerta a puerta los principales hutong.

No es sencillo descifrar la dirección del hostal pero, el sentido de la orientación de Dani, nos lleva a toparnos con él. La habitación es espartana; camas cómodas y una ducha. No pedimos más. Todos los huéspedes que aloja el lugar, son extranjeros. Viajeros más o menos experimentados en busca de su propia aventura vital. Entre unas cosas y otras se avecina la noche. Damos un paseo por la vieja ciudad hasta llegar a un cristalino lago, cuyo perímetro se halla cubierto de restaurantes. Decidimos cenar en aquel lugar. La oferta es amplia. Los cantos de sirena de los encargados de establecimientos se mezclan con la presencia de muchachas que nos ofrecen otro tipo de servicios. Durante la cena planeamos el día siguiente. Nos decidimos por la Gran Muralla. Las dudas envuelven el tramo a realizar. Barajamos varias opciones. Desde la zona más turística y visitada a otra absolutamente agreste para la que, por la peligrosidad del recorrido, deberíamos, ineludiblemente, tomar los servicios de un guía. Encontramos, en el propio albergue, una oferta de excursión a una zona no del todo restaurada pero a la que acude muy poca gente. No quedan muchas ganas de complicarnos la existencia. Parece buena opción además porque proponen siete kilómetros de trekking. Contratamos la propuesta y salimos a por provisiones para el picnic. De forma absolutamente aleatoria desciframos un cajero y curiosamente conseguimos yuanes. En un pequeño supermercado llenamos la cesta de provisiones de productos delirantes. A modo de precalentamiento y antes de regresar al albergue, unas copas en los locales de moda de los hutong, despiden la noche.

El día amanece con un cielo plomizo. Desayunamos el menú del albergue que se sirve en el bar adyacente. Cargamos con las mochilas de provisiones y dos botellas de dos litros de agua para la deshidratación. No tenemos preparación alguna para un trekking exigente y Dani está convencido de que este lo será. Aparece el microbús. En su puerta se acumulan los excursionistas. Somos una veintena. No parecen tampoco muy en forma. Dani insiste en que las apariencias engañan. Viajamos más de cien kilómetros hasta el lugar de inicio. Serpenteando por las cumbres de numerosas colinas, la silueta de la muralla resulta impresionante. La guía nos informa. Caminaremos algo más de siete kilómetros por la muralla. Cada uno a su aire. Cruzaremos veinte torres. La número veintiuno es el punto de encuentro. A las tres de la tarde. Desde allí, cerca de una hora de descenso hasta el lugar donde espera el bus para el regreso. Nos ponemos en marcha. El ascenso a la colina ya tiene su eso. El calor aprieta y además de los cuatro litros de agua que llevamos en las mochilas, tomamos los tres botellines pequeños que incluye el precio.

Comenzamos un auténtico sube y baja a través de una muralla que une las torres que se dibujan en el horizonte. Transportando mochilas con provisiones, algunas mujeres chinas emprenden la marcha a nuestro lado. Desde el primer instante mantienen el ritmo de los distintos viajeros y ofrecen sus productos de forma amable y tenaz. En origen, la muralla no era una, sino varias. Cada una de ellas circunvalaba una ciudad. No fue hasta mucho más adelante, y ante la amenaza de las tribus mongolas, que el emperador ordenó unir los distintos tramos hasta formar esta tremenda obra de ingeniería. Los desniveles que a lo largo del recorrido deberemos cubrir son de muy distinta índole. Desde zonas, pocas, donde una suave pendiente te lleva de una torre a otra, hasta otras en las que acometer la siguiente torre supone un esfuerzo notable con tramos de escalones de más de medio metro de altura y apenas quince centímetros de huella. Encontramos a pocos viandantes en nuestro camino y el paseo es interesante. En un momento del recorrido encontramos en una de las zonas más bellas, un equipo de rodaje que parece estar preparando un spot publicitario. Lentamente nos vamos desmarcando del resto de viajeros. No así de las chinas que siguen insistiendo en la venta de sus productos. Cada vez que nos ofrecen las botellas de agua, sacamos las nuestras mostrando que disponemos de repuestos y aprovechando para refrescar nuestras secas gargantas. Fotografiamos el espectacular monumento. Comentamos acerca de la dificultad de su construcción e incluso de su defensa.

Pensamos en como llegarían hasta allí los materiales de construcción. Todo nos parece majestuoso. Las torres por las que pasamos, también ocultan nativos que nos ofrecen agua y refrescos. Ante nuestra negativa, responden con una amable sonrisa. Da la sensación de que saben que, antes o después, los extranjeros irán a parar a sus garras. “Caerá en la torre diecisiete” parecen decir los ojos pícaros de un anciano vestido con ropas del ejercito rojo. Avanzamos sin descanso. Nos distanciamos del resto. Bromeamos con Dani al respecto del temible equipo con el que íbamos a “competir”. Tanto es así que en la torre veinte decidimos comprar a un lugareño, tres botes de cerveza bien fría y detenernos a comer. Según van llegando al lugar del picnic, los otros viajeros ríen al ver nuestro despliegue. Cuando la mayoría de ellos, apenas llevan un sándwich o una pieza de fruta, nosotros mostramos pan, cerveza, latas de conserva, salchichas, e incluso carne seca de vaca. Los comentarios, como no, vinculan el cuadro con la tópica imagen que de los españoles se tiene por el mundo. Algunas vendedoras chinas intentan colocarnos sus productos, pero con el estómago lleno y la satisfacción de casi haber acabado la ruta, y ante las risas de algunos compañeros de trayecto, somos nosotros lo que les tomamos el pelo a ellas ofreciéndoles lo que no hemos consumido. Nos queda un solo tramo para llegar a la última torre. Y es justo en él donde encontramos a viejos conocidos. Los tres suecos, con los que hemos ido coincidiendo a lo largo de la aventura, recostados sobre la muralla, resoplan de forma exagerada. En las gotas de sudor que perlan sus sienes, acierto a adivinar la silueta del logotipo de Justerini & Brooks.

De la Plaza Roja a Tian’anmen (XVIII)

datePosted on 22:19, enero 18th, 2012 by Melchor Mombo

B.S.O. David Bowie – China Girl (Single Version)

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

 

En las garras de Nomber One.

 

Nuestro penúltimo tren llega en su hora. En pocas horas abandonaremos el país para entrar en la inmensidad China. Borhoyn Tal, el último pueblo de Mongolia antes de la frontera es el primer destino. Veinte minutos de parada. Descendemos a estirar las piernas. Los lugareños ofrecen sus productos en el andén. Queremos cervezas pero el precio que nos piden supera los Tugriks que nos quedan. Sin problema. El negocio se adapta a nuestras posibilidades y el precio se ajusta a nuestros bolsillos. Se acabó la preocupación por el cambio. Desde la estación hay una vista general del pueblo. El panorama es desolador. Desvencijadas casas salpican un árido terreno. Aparte de los pocos lugareños que se han acercado a la estación, no hay ninguna otra señal de vida en sus calles. Recuerda a esas ciudades fantasmas que aparecen en algunos westerns contemporáneos. Una de las alternativas que manejamos durante la preparación del viaje nos llevaba desde el Gobi hasta allí en furgoneta. Pasar después la frontera por nuestros medios y tomar un tren chino al otro lado. Por fortuna no ha sido así. No me imagino de noche, en aquel lugar, buscando alojamiento. Mucho menos pasar al otro lado como espaldas mojadas. El silbato del tren me saca de mis ensoñaciones. En nada estamos en la frontera. Otras cuatro horas, solucionado el problema burocrático y estaremos en territorio chino. Creemos. Somos muy optimistas. No solo los controles son mucho más férreos, sino que además, no podemos descender del tren. Siete horas detenidos y solo un hecho destacable. La amplitud de vía varía entre ambos países, y con el pasaje en sus camaretas, los vagones son conducidos a enormes hangares trufados de mecánicos chinos. Sin la menor prisa, mediante grúas levantan los vagones y se produce el cambio de ruedas. Con los trámites finalizados, el tren reemprende la marcha. Es noche cerrada pero la luz de la luna y la propia de las poblaciones que recorremos nos confirman que, a todos los efectos, este es otro país. Desde la arquitectura al propio paisaje, encontramos una tierra más armónica, menos salvaje.

      Como siempre es temprano cuando descendemos en Datong. Datong es una ciudad industrial de escaso atractivo pero sus alrededores conservan algunas maravillosas obras de siglos pasados. Nos registramos en el hotel. Esto sí es un hotel y no otros. En la habitación hay incluso una provisión de preservativos. Lástima que el equipo lo conformemos tres tipos con más ganas de risas que de sexo. Miento, pero visto lo visto es una gran licencia poética. Mientras Dani soluciona la recepción del próximo billete de tren, comprado por internet a una agencia local, Pablo me acompaña a comprar una tarjeta para la cámara. Entramos en varios y caóticos grandes almacenes hasta que, entre risas, unas chicas nos indican un comercio de productos electrónicos. Vamos. Les muestro la cámara. Una tarjeta. Nadie tiene idea de otro idioma que no sea chino. Me llevan hasta un ordenador. Una especie de Google Translator mandarín permite teclear frases. Y entendernos. Poco. Pablo sale a responder una llamada de Dani. A su regreso, veinte jóvenes dependientes chinos me rodean riendo de forma descompasada. No hay interés en venderme la tarjeta. Lo están pasando de miedo. El taxi espera. Debemos marcharnos. Acaba la fiesta.

En la puerta del hotel espera el taxi. Su chófer viste pantalón negro, camisa blanca de manga corta, corbata oscura y guantes blancos. Todo un dandy. Con la excusa de mis piernas, mis compañeros me ceden el asiento delantero. Soy el encargado de dar conversación a un tipo que habla, todavía, menos inglés que yo. El taxista me enseña su licencia. Señala el número. El uno. “Number One, Number One” me grita. Asiento con la cabeza mientras miro el interior del taxi. Impecable. Contiene numerosos gadgets que iremos descubriendo al largo del viaje. Las grutas de Yungang son el primer destino. “Number One” nos cita en un par de horas en el mismo lugar que desembarcamos. Apenas ponemos pie a tierra, sale disparado a rentabilizar la espera. Tras pagar un elevado precio por la visita, nos ponemos en marcha. Abre una zona de jardines y falsos templos históricos – que por momentos recuerdan la zona de Port Aventura dedicada a China -. Cuando casi nos tememos una decepción, parece la joya de la visita. Excavadas en la pared, cincuenta y tres cuevas contienen mil doscientas hornacinas budistas y cerca de cincuenta y un mil esculturas talladas en la propia piedra. Todo ello a lo largo de un kilómetro cuadrado de extensión. Hallamos desde Budas de quince metros de altura, a otros del tamaño de un pulgar. Algunas de las grutas son impresionantes. Un par de horas más tarde, y tras haber posado con numerosos chinos que quieren su foto de tipos raros, estamos en el punto de encuentro. Algunos taxistas ofrecen sus servicios. Declinamos la invitación. Parecen reconocernos y no insisten. Vendedores ambulantes nos acosan con sus productos. Les rechazamos con amabilidad hasta que su insistencia nos lleva al límite. Pero llega “Number One”. Comenzamos a conocer que tiene bien ganado el sobrenombre. Desciende del taxi, nos abre la puerta amable. Mientras montamos, abre el maletero y saca de él pequeños paquetes de galletitas que, además de ofrecernos, reparte entre los taxistas y vendedores que allí se encuentran. Todos contentos, todos deben favores a “Number One”. Él mantiene su status. Por eso la escasa insistencia de los otros chóferes.

El viaje hasta Xuang Kong si es algo más largo. Durante el recorrido uno de los gadgets pita cada cierto tiempo. “Number One” me mira y comenta sonriente “Photo”. Sé que no me está fotografiando pero no qué me dice. Mis compañeros, más duchos que yo en el arte de la conducción, intervienen. Es un detector de radares. “Photo, photo” insiste “Number One” señalando al exterior. Yo asiento con la cabeza. “Number One” ríe por su astucia. Jinglong se abre a nuestros ojos. Es un enorme cañón. Tan enorme como todo en este país. De una de sus paredes, a sesenta metros del suelo, cuelga, suspendido de la pared, el templo de Xuang Kong Si. Formado por cuarenta dependencias distintas que recorremos por completo, es una maravilla arquitectónica en cuya visita hay que dejar el vértigo a pie de ascenso.

Una etapa nos queda y no está lejos. En la ciudad de Ying County, enclavada en un precioso barrio tradicional, se ubica la Sakyamuni Pagoda. “Woodden Pagoda” como insiste “Number One”. La mayor pagoda de madera del mundo ha resistido el paso del tiempo e incluso la acción de dos terremotos. Su interior alberga un enorme Buda de doce metros y una escalera emocionante. Desde las ventanas de su parte alta, contemplamos toda la ciudad. Miles de pájaros vuelan sin motivo aparente alrededor de este delicado monumento.

De regreso a Datong, “Number One” cambia de ruta. Atravesamos una enorme ciudad de novísimas construcciones y muy poca gente en sus calles. Es una de esas urbes que el gobierno chino construye de forma antinatural, para habitarlas con peones que trabajen en cercanas factorías. Más nos parece el final de aquel viejo chiste “Pues yo ayer pasé por aquí y no estaba…”. Llegados a Datong la despedida de “Number One” está acorde con los servicios prestados. Sus últimas palabras son “Hotel? Bar Girls?”. “Hotel” respondemos resignados y sonriente se despide.