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De la Plaza Roja a Tian’anmen (XX)

datePosted on 15:40, enero 30th, 2012 by Melchor Mombo

B.S.O. Soundtrack & Theme Orchestra – Theme From Pirates of the Caribbean: He’s a Pirate

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

 

La inmensidad de Tian’anmen.

 

Templos y palacios, palacios y templos, más templos y más palacios, más palacios y más templos… Harto ya. Muy harto de edificaciones chinas estoy. Llevamos toda la mañana de un lado a otro del casco antiguo de esta ciudad, contemplando arquitecturas que limitan su variedad a una de estas dos alternativas. Palacio de invierno, templo de la sabiduría, palacio de verano, templo de la eterna pereza, palacio de los besos avinagrados, templo de los eunucos liberados… mucho de estos nombres no son los reales, evidente, pero a mi se me antojan más que adecuados. He perdido definitivamente el interés por un estilo ornamental que hace horas ha dejado de sorprenderme.

Siento que la suma del cansancio, los días fuera de casa y la falta de sueño han acabado por dejarme en un estado catatónico que me impide disfrutar en plenitud del Gran Arte. Sobre el mapa las distancias no son grandes, en esta inmensidad todo es agotador. La zona que recorremos cobija solo a cuatro de los veinte millones de habitantes que tiene la urbe. No parece mucho pero hablamos al menos de la población de Madrid y, por la escasa altura de los edificios, de una extensión bastante mayor.

Es mediodía y nuestros estómagos dan el primer aviso. Cambiamos de plan y decidimos dejar la Ciudad Prohibida para la tarde. La propuesta ahora es visitar el popular mercado de los pinchos. Parece buena opción. Caminamos un par de kilómetros siguiendo la ruta que el plano marca. En una calleja, no muy alejada de grandes avenidas comerciales, se ubican decenas de tenderetes ofreciendo sus productos. Cualquier animal, de pequeño o gran tamaño, es candidato a acabar ensartado, entero o en porciones, en una varilla de madera. Empaladas cucarachas como el pulgar de un camionero, nos observan con tristes rostros. Otro tanto podemos contar de saltamontes, grillos, escorpiones, estrellas de mar e hipocampos… También cosas más “normales” como ternera, pollo, pescado, mejillones, Hay incluso algunos elementos difíciles de identificar a primera vista. Un extenso surtido no apto para todos los paladares. Humo y olores se mezclan en los corredores que serpentean entre los distintos puestos por momentos azuzando las glándulas salivares, por momentos convirtiendo la experiencia en algo más desagradable. Junto a la comida puestos con suvenires, bebidas, ropas e incluso algunos tan peculiares que ofrecen tarántulas disecadas.

Decidimos picar algo y tomar unas cervezas antes de seguir el eterno recorrido. Comenzamos por lo más convencional regándolo con cervezas de distintas marcas. Comer entre aquella muchedumbre que no nos quita ojo, con los comerciantes ofreciendo sin descanso sus productos, con las risas provocadas por nuestros propios comentarios, acaba siendo una divertida experiencia. En la euforia provocada por la suma de sensaciones, Dani, en uno de los puestos, pide tres mejillones a la plancha. Veinte yuanes – unos dos euros – por la tapa, por muy chinos que sean los moluscos, parece caro. La sorpresa es mayor. Al depositar los veinte yuanes sobre el mostrador, el vendedor nos dice que ese es el precio por cada uno. Negamos. No es eso lo que pone en su rótulo. Él afirma. Se inicia el conflicto. La conversación chino-castellano se convierte en un despropósito que no ayuda en nada a la resolución del caso. La tensión crece. La solución es fácil. Pensamos. Nos devuelve nuestros veinte yuanes y se queda con su género. Entendemos que el tipo dice que ha puesto la salsa y no hay marcha atrás. Tenemos que pagarle el importe íntegro. Su actitud comienza a rozar la mala educación. También la nuestra por la falta de entendimiento. Amenaza con llamar a la policía. Le decimos que adelante que sean ellos quienes lo solucionen. No hay ni un movimiento por su parte. Acabamos por comer uno solo de los mejillones a cambio de lo pagado y, bajo el peso de sus maldiciones, dejamos el tenderete a nuestras espaldas.

A pesar del desagradable percance, seguimos con nuestra peculiar degustación. Llega la hora de arriesgar algo más. Dani se empeña en que probemos otro tipo de delicatesen. Alacranes. Pablo da un paso atrás. Argumenta que en Valladolid se toman en adobo y nunca fritos. Dani me mira. Asiento. Elegimos. Cuatro de ellos, ensartados el uno sobre el otro, mueven sus patas mientras entran en el baño de aceite hiviendo. No escuchamos sus gritos pero podemos imaginarlos. En unos minutos el “chef”, con una sonrisa amplia como el Yang-Tse y unos ojos que solo son dos guiones, nos pasa el pincho. Dani, tan lanzado él, me cede el turno. “Comienza tú” dice. Lo miro. Miro a Pablo y el asco en su cara. Casi pánico. Pido que tengan lista una cerveza por si debo tragar rápido. Llevo el pincho a mi boca. Atrapo el alacrán con mis labios. Noto la forma del arácnido en mi boca. Su coraza, sus patas, la cola… Al morder cruje. Mastico. Pablo tiene su momento de gloria cuando comenta qué habrá pasado con el veneno. Comienzo a saborearlo. Sigo masticando y busco comparaciones. Su sabor es parecido a una gamba frita. La piel de ésta es similar a la armadura de éste. Me gusta, pero no digo nada. Cedo el testigo a Dani. Me mira. Bebo cerveza. Sonrío. Con gesto único come el suyo. Pablo ha conseguido documentos gráficos de ambos momentos. Cordiales, le ofrecemos que pruebe. Lo rechaza. A pesar de que ambos comentamos que no está nada mal. Pero no cuela. Como mi segunda pieza y Dani remata el pincho. Otra cerveza y la búsqueda de uno de mollejas en el que partícipe Pablo cierra el ágape.

Después de comer, caminamos hasta el Jardín Imperial; un espectacular parque que envuelve una colina en cuya cima se sitúa otro templo más. En estos jardines son numerosos los ancianos que cantan, bailan, realizan tai-chi o cualquier otra actividad que se les antoje. Caminamos cerca de ellos despertando su curiosidad. Mucho más de lo que ellos ya consiguen despertar la nuestra. Se cuenta que dicha colina está formada por la tierra que se desplazó para la construcción de una Ciudad Prohibida que, desde el mirador que hay junto al elevado templo, se extiende a nuestros pies. Tras el descenso, cruzamos una avenida que nos interna en la Ciudad Prohibida. La entrada por la que pensábamos acceder, justo frente al Jardín Imperial, se está utilizando estos días solo como salida. Bordeamos el complejo haciéndonos una idea mucho más aproximada de las dimensiones que los aposentos del emperador y su corte tienen. No extraña que pasase la mayor parte del tiempo aislado. Si es que se puede estar aislado en un espacio de este tamaño. Cuando por fin accedemos al interior, fastuosas construcciones se abren a nuestro paso. Son muy bellas, solo echamos de menos un mayor cuidado en los interiores. Es escaso el mobiliario que se conserva, eso sí, fascinante. Son varias las horas que nos lleva recorrer los distintos habitáculos que la componen. Cuando por fin finalizamos el recorrido, salimos al exterior atravesando un par de robustas murallas sucesivas que desembocan frente a la inmensidad de la Plaza más famosa de toda China; Tian’anmen. El lugar es tan grandioso que apenas se distingue su final. Túneles subterráneos llevan desde el perímetro de la plaza  lo que sería la parte central. Para acceder a esta zona pasamos escáneres y minuciosos controles. Ya en el exterior observamos que la muchedumbre ocupa toda la plaza. En el centro de ésta, una colorida escultura da cuenta de las celebraciones que se están llevando a cabo esos días. Se cumplen noventa años del Partido Comunista Chino. De ello da fe la gran fotografía del rostro de Mao Tse Tung que preside la plaza colgando paradójicamente, de los muros de la que fue residencia del último emperador de China.  De algún modo, aunque sea de forma metafórica, este lugar marca el fin de nuestro fabuloso viaje.

De la Plaza Roja a Tian’anmen (XIX)

datePosted on 19:28, enero 25th, 2012 by Melchor Mombo

B.S.O. A Camp – Chinatown

 

Podéis encontrar el relato original en Un vuelo con la Melchor Mombo Co.

Gran Muralla.

 

Pocas horas en nuestro último tren. Eternas. En una primera a la que nada ha de envidiar la tercera rusa. Nos espera un huésped. Duerme desde no sabemos dónde. A nuestra llegada abre su ojo. Es todo cuanto intercambiaremos en el resto del viaje.

Es primera hora de la tarde, descendemos en la multitudinaria estación. Beijing es desmesurada. Más de veinte millones de personas tamizan sus calles. Avisados por las experiencias de otros viajeros, marcamos un máximo a pagar en los taxis. El regateo consiguiente, unido al pegajoso calor que empapa nuestras ropas y al cansancio acumulado, nos lleva a un punto de crispación que provoca la primera y única discusión entre nosotros a lo largo de toda la aventura. Nada serio, por supuesto. Desde la distancia, divertido incluso. Rechazamos cualquier oferta de transporte, incluso la de una dama extranjera de buen ver, que desea compartir taxi. Encontramos la recóndita estación de metro. El abarrotado subterráneo pekinés nos traslada hasta los aledaños del hutong en que se ubica el albergue reservado. Los hutong – cuya traducción literal es callejón – conforman el centro de la ciudad tradicional. Situados muy cerca de la Ciudad Prohibida, son los barrios donde se mantiene la milenaria forma de vida china. Al mismo tiempo han transmutado en zona chic de la ciudad. Albergues, tiendas alternativas y una rica vida nocturna cubren puerta a puerta los principales hutong.

No es sencillo descifrar la dirección del hostal pero, el sentido de la orientación de Dani, nos lleva a toparnos con él. La habitación es espartana; camas cómodas y una ducha. No pedimos más. Todos los huéspedes que aloja el lugar, son extranjeros. Viajeros más o menos experimentados en busca de su propia aventura vital. Entre unas cosas y otras se avecina la noche. Damos un paseo por la vieja ciudad hasta llegar a un cristalino lago, cuyo perímetro se halla cubierto de restaurantes. Decidimos cenar en aquel lugar. La oferta es amplia. Los cantos de sirena de los encargados de establecimientos se mezclan con la presencia de muchachas que nos ofrecen otro tipo de servicios. Durante la cena planeamos el día siguiente. Nos decidimos por la Gran Muralla. Las dudas envuelven el tramo a realizar. Barajamos varias opciones. Desde la zona más turística y visitada a otra absolutamente agreste para la que, por la peligrosidad del recorrido, deberíamos, ineludiblemente, tomar los servicios de un guía. Encontramos, en el propio albergue, una oferta de excursión a una zona no del todo restaurada pero a la que acude muy poca gente. No quedan muchas ganas de complicarnos la existencia. Parece buena opción además porque proponen siete kilómetros de trekking. Contratamos la propuesta y salimos a por provisiones para el picnic. De forma absolutamente aleatoria desciframos un cajero y curiosamente conseguimos yuanes. En un pequeño supermercado llenamos la cesta de provisiones de productos delirantes. A modo de precalentamiento y antes de regresar al albergue, unas copas en los locales de moda de los hutong, despiden la noche.

El día amanece con un cielo plomizo. Desayunamos el menú del albergue que se sirve en el bar adyacente. Cargamos con las mochilas de provisiones y dos botellas de dos litros de agua para la deshidratación. No tenemos preparación alguna para un trekking exigente y Dani está convencido de que este lo será. Aparece el microbús. En su puerta se acumulan los excursionistas. Somos una veintena. No parecen tampoco muy en forma. Dani insiste en que las apariencias engañan. Viajamos más de cien kilómetros hasta el lugar de inicio. Serpenteando por las cumbres de numerosas colinas, la silueta de la muralla resulta impresionante. La guía nos informa. Caminaremos algo más de siete kilómetros por la muralla. Cada uno a su aire. Cruzaremos veinte torres. La número veintiuno es el punto de encuentro. A las tres de la tarde. Desde allí, cerca de una hora de descenso hasta el lugar donde espera el bus para el regreso. Nos ponemos en marcha. El ascenso a la colina ya tiene su eso. El calor aprieta y además de los cuatro litros de agua que llevamos en las mochilas, tomamos los tres botellines pequeños que incluye el precio.

Comenzamos un auténtico sube y baja a través de una muralla que une las torres que se dibujan en el horizonte. Transportando mochilas con provisiones, algunas mujeres chinas emprenden la marcha a nuestro lado. Desde el primer instante mantienen el ritmo de los distintos viajeros y ofrecen sus productos de forma amable y tenaz. En origen, la muralla no era una, sino varias. Cada una de ellas circunvalaba una ciudad. No fue hasta mucho más adelante, y ante la amenaza de las tribus mongolas, que el emperador ordenó unir los distintos tramos hasta formar esta tremenda obra de ingeniería. Los desniveles que a lo largo del recorrido deberemos cubrir son de muy distinta índole. Desde zonas, pocas, donde una suave pendiente te lleva de una torre a otra, hasta otras en las que acometer la siguiente torre supone un esfuerzo notable con tramos de escalones de más de medio metro de altura y apenas quince centímetros de huella. Encontramos a pocos viandantes en nuestro camino y el paseo es interesante. En un momento del recorrido encontramos en una de las zonas más bellas, un equipo de rodaje que parece estar preparando un spot publicitario. Lentamente nos vamos desmarcando del resto de viajeros. No así de las chinas que siguen insistiendo en la venta de sus productos. Cada vez que nos ofrecen las botellas de agua, sacamos las nuestras mostrando que disponemos de repuestos y aprovechando para refrescar nuestras secas gargantas. Fotografiamos el espectacular monumento. Comentamos acerca de la dificultad de su construcción e incluso de su defensa.

Pensamos en como llegarían hasta allí los materiales de construcción. Todo nos parece majestuoso. Las torres por las que pasamos, también ocultan nativos que nos ofrecen agua y refrescos. Ante nuestra negativa, responden con una amable sonrisa. Da la sensación de que saben que, antes o después, los extranjeros irán a parar a sus garras. “Caerá en la torre diecisiete” parecen decir los ojos pícaros de un anciano vestido con ropas del ejercito rojo. Avanzamos sin descanso. Nos distanciamos del resto. Bromeamos con Dani al respecto del temible equipo con el que íbamos a “competir”. Tanto es así que en la torre veinte decidimos comprar a un lugareño, tres botes de cerveza bien fría y detenernos a comer. Según van llegando al lugar del picnic, los otros viajeros ríen al ver nuestro despliegue. Cuando la mayoría de ellos, apenas llevan un sándwich o una pieza de fruta, nosotros mostramos pan, cerveza, latas de conserva, salchichas, e incluso carne seca de vaca. Los comentarios, como no, vinculan el cuadro con la tópica imagen que de los españoles se tiene por el mundo. Algunas vendedoras chinas intentan colocarnos sus productos, pero con el estómago lleno y la satisfacción de casi haber acabado la ruta, y ante las risas de algunos compañeros de trayecto, somos nosotros lo que les tomamos el pelo a ellas ofreciéndoles lo que no hemos consumido. Nos queda un solo tramo para llegar a la última torre. Y es justo en él donde encontramos a viejos conocidos. Los tres suecos, con los que hemos ido coincidiendo a lo largo de la aventura, recostados sobre la muralla, resoplan de forma exagerada. En las gotas de sudor que perlan sus sienes, acierto a adivinar la silueta del logotipo de Justerini & Brooks.