Moroccos Dream II – Mi corazón de las tinieblas, ¿estará en el corazón de estos montes?votar

datePublicado el 3 de enero del 2010 por Melchor Mombo

Viajamos. Hacia el norte. En busca de las primeras estribaciones del Atlas. Es el punto desde el que, alejados de cualquier pincelada de civilización, emprenderemos nuestro verdadera aventura.

Las carreteras se estrechan, las señales de tráfico desaparecen. Los coches dejan de ser elementos propios de este inhóspito entorno. De la reverberación provocada por el calor surgen desvencijados carros arrastrados por bestias anónimas, insolentes dromedarios que mascan sin cesar con aspecto impasible o derrengadas mulas, con imposibles cargas que acarician las nubes. Todo, todo es distinto a lo visto… excepto las gentes. Siempre hay mujeres y hombres caminando por estas rutas.

Nuestro auto reduce la velocidad, ya no sobrepasamos los sesenta. Las vías no lo permiten por su propio estado. Quizás, de este modo, se ahorren el señalizarlo. “Dios, Patria y Rey” es el lema que, en árabe, aparece escrito por doquier. En paredes, en depósitos de agua, en mojones kilométricos, incluso sobre la magenta tierra de algunas laderas… Nuestro guía nos cuenta la anécdota del niño que al cambiar “Rey” por “Barça” fue enviado a prisión. La intervención del presidente culé ante el monarca marroquí consiguió la liberación del pequeño. No todo malo debía tener este hombre. Hablo del Braveheart catalán, que del alauita ya tendré tiempo de mentarlo a lo largo de estas crónicas.

Pisamos Azilal, pueblo del idolatrado mediofondista Said Aouita. La temperatura ha bajado pero apenas lo percibimos todavía. En una de las carnicerías callejeras compramos una pata de cabra. Nuestro menú para la noche. Durante el arduo regateo, nos convertimos en la atracción del día. Los niños se arremolinan en torno nuestro. Todos saludan, todos quieren ser testigos de la visita de los tipos raros. “Moustache” reparte “Salams” a diestra y siniestra. No sé si realmente les conoce o tan solo corresponde a las muestras de afecto de estas gentes. Por fin, con la cabra – su pata solo – envuelta en papel de estraza y algunas fotos prematuras, montamos de nuevo en el auto. Nos detenemos a comer apenas recorridos unos kilómetros. Latas de conserva – sardinas y atún – , pan, aceitunas y provisión de cerveza marroquí es lo que “Moustache” y Esther han adquirido para la ruta. Dejaremos para las noches la monótona trilogía marroquí; “Cous Cous”, “Tagine” y pinchos.

Durante el picnic, no cesan, arriba y abajo, de circular paisanos que, tras un devoto saludo, esconden la esperanza de conseguir algo solido que echarse a la panza. Compartimos “bocata” de sardinas con un muchacho de catorce o quince años. Viene hasta nosotros desde una modesta kasbah. Su aspecto es el de alguien al que le ha pasado un mercancías por encima y su breve vocabulario se limita a un escueto “Oui” cada vez que presiente que nos dirigimos a él. Su retraso es evidente. Me entristece pensar el tipo de vida que debe llevar, aunque él parezca feliz en su miseria. Me alegra que compartamos nuestro picnic con él. En la distancia, una mujer, acompañado de una pequeña de apenas dos o tres años, le llama. El chico corre hacia ellos y descubro que, por si fuera poco, padece una trompicada cojera. A su modo, les explica lo sucedido. Regresa con la misma celeridad con la que partió. Esta vez la niña corre tras él, insegura. Temo que uno u otro van a caer de bruces tal es su traqueteo. Finalmente nada. Llega hasta nosotros. La niña no. Permanece a cierta distancia. Miedo. Ciertamente lo damos. Al poco queda claro lo que el zagal quiere. Le ofrecemos un paquete de galletas de chocolate y le pedimos que lo comparta con la pequeña. Al grito de “Oui” emprende el retorno al galope y, en efecto, muestra su preocupación por la pequeña a la que acaricia y entrega galletas. Es su desvencijado héroe. Que suerte tienen algunas. Cuando me doy cuenta el picnic está recogido y estamos de nuevo en marcha.

Los paisajes se atropellan. La pista se hace incómoda. A una verde zona montañosa que nos recuerda muy bien nuestro entorno, le sucede otra de árido aspecto recorrida por enormes surcos que semejan cicatrices. Los valles son eternos y las montañas de ascenso suave. La vegetación de pronto está inédita. Todo es pura roca. Y hace frío. Intenso. Cortante. Seguimos. Piedras azabaches sustituyen a la tierra violácea. En lo alto, en lo más alto de la pista, nos detenemos. Estamos a unos tres mil metros. No nos lo parece. Solo por el frío. “Moustache”, secundado por algunos expedicionarios, me gasta la broma de ponerse en marcha y dejarme allí. No quedo solo. Dani está conmigo. Como dos gilipollas vemos al coche descender el sinuoso puerto hasta que desaparece de nuestra vista. Bromeamos sobre la forma de calentarnos uno al otro. Incluso montamos una improvisada “jaima” con unos restos de plásticos abandonados. Risas. Regresan. Nos recogen. Más risas hasta que nos comenta que difícilmente hubiéramos sobrevivido a la noche en ese paraje. Pienso ahora en las gentes que encontramos de camino. La de artimañas que deben planear para las improvisadas situaciones que vivirán durante sus rutas. Me estremezco. El descenso es rápido pero la noche cae con mayor celeridad. Todavía no son las seis y solo la luz de los faros ilumina la ruta. Semioculto entre los pliegues del valle, aparece Zaouia Ahansal. Lo intuimos, porque no hay luz eléctrica y nuestros ojos aún no se han acostumbrado a la oscuridad. Es la aldea donde pasaremos la noche. Nos parece el fin del mundo. No lo es. Vendrá más adelante.

La primera sorpresa de la “gîte d’etape” – albergue de etapa – en la que preveíamos alojarnos, es la de que el cónsul de Francia y unos acompañantes ocupan nuestras habitaciones. No nos importa. Hay alternativa y, sobretodo, nos quedan cervezas y whisky. No necesitamos mucho más. Charlamos a la luz de un candil en el exterior del albergue mientras soportamos estoicamente los cánticos regionales de la Bretaña y los últimos chascarrillos de la ropa interior de Sarkozy. Poco después, cargados de falso Borgoña y Blanc-Sec de Essaouira, los diplomáticos se retiran sin dar muestras de serlo. Han perdido la batalla. Nuestro horario es otro y no nos rendiremos hasta acabar con el whisky. Sabe mucho mejor después de que hayan decidido dejar de emular a su primera dama. Somnoliento, el dueño de la “gîte” nos informa que la cena espera. En un austero comedor y con la ínfima luz que un rústico camping gas nos ofrece, degustamos la harira – una espléndida sopa de verduras que recordaremos todo el viaje – y nuestra famosa pata de cabra cocinada simplemente al vapor. No está mal, aunque yo añoro el estimulante toque de unas especias. Mucho más en este país. Lo como de buen talante cuando Esther nos comenta que se trata de un menú más que especial para estas gentes. Su dieta habitual se limita a unas sopas de pan en el recalentado té. Hoy será un día de fiesta para ellos. No nos acabaremos toda la carne y podrán degustar nuestras sobras.

Sentado en el exterior, en el silencio de la noche, miro al cielo. Jamás había visto un mullido tapiz cubierto de estrellas como aquel. Me siento como Bowman al final de la odisea espacial de Kubrick. Recostado en el suelo lo disfruto y, por primera vez desde que emprendí el viaje, dejo de preguntarme qué estoy haciendo allí.

categoryPublicado en Africa, Marruecos, Viajes | printPrint