Nos miramos. Reímos o sonreímos, cada cual según su talante. Sin el menor disimulo podríamos haber obviado este trámite, y en cambio, aquí estamos, a la espera. Y eso que no hay demasiada preocupación entre estas gentes por cerrar los accesos al país. Al menos aquí en Marrakech. En algún momento incluso lo pienso. Sería divertido. También un sofoco si nos ligan. Pero es que comenzamos a desesperar. La parsimonia, que habitualmente se atribuye a las gentes del magreb, no deja pasar la oportunidad de, apenas puesto pie en tierra, ofrecernos sus primeras muestras. La cola para el control de pasaportes se eterniza, y nuestras ansias por comenzar de verdad el viaje, se espolean.
Junto a nosotros, como en un extraño ritual espontáneo, maduras parejas francesas que ríen de forma estruendosa – desmintiendo el tópico de que solo los hispanos somos ruidosos – se mezclan sin pudor con disfuncionales familias en busca del tiempo perdido, marroquís de aspecto falsamente chic que, de regreso a casa, quieren mostrar su transformación europeizante, o grupos de chicas que muestran un supuesto aire aventurero basado, casi exclusivamente, en las últimas novedades de vestuario “Quechua”. Esto, es evidente, no garantiza haber seguido las básicas lecciones del manual de los jóvenes castores. Para nuestra sorpresa, son el grupo más numeroso y muy pronto descubrimos el porqué. Por aquello de las risas, jugamos sin que ellas sean conscientes, a seductores. No hay nada que hacer, su búsqueda del edén no pasa por entablar relaciones con cuatro “spagnolettos” en el fastuoso reino del hijo del Caid. Buscan material autóctono para su retorno a la tierra, y tendremos sobradas muestras de ello a lo largo del periplo. En esas, a nuestra espalda, un descuidado botón liberado de su ojal, deja entrever los encajes rojos de un relleno sujetador que nos hace suspirar. Y es que hay cosas que no cambian.
Desde su garita, el policía me hace un gesto impaciente con su enguantada mano. Un francés de malos modos y excesiva prisa, se cuela desde la fila adyacente. A pesar de que una de las chicas que aguarda paciente detrás nuestro muestra su disconformidad con gritos de “Muerte al gabacho”, éste se hace el sueco – por aquello de la confusión de nacionalidades – y valida su pasaporte antes de que yo haya podido dar un paso. Me da igual. No pienso discutir. He decidido dejar atrás el ritmo occidental. El muy utilizado por estos lares “La prisa mata”, se convierte, grabado a fuego entre mis omoplatos, en lema del viaje.
Sellados los pasaportes y con las mochilas a cuestas, salimos del aeropuerto. La temperatura no es en exceso alta pero este sol quema de lo lindo. Una rápida ojeada nos permite descubrir a nuestro guía detrás de un enorme bigote. Utilizando el apelativo con el que, después compruebo, sus más íntimos bereberes se dirigen a él, como “Moustache” os lo presento. A su lado, más discreta, su pareja, Esther, dulce contrapunto a este hombre de una tierra salvaje.
Ya mismo intentamos colocar nuestras mochilas sobre su vehículo, un Toyota 4×4 de origen y destino marroquí – segunda división en cuanto aquello de las calidades – y damos, sin más preámbulo, nuestras primeras muestras de impericia. Solucionado el problema, Las mochilas abrochadas y con todos a bordo, emprendemos la marcha. Mi envergadura me adjudica el espacio del copiloto. Desde allí y desde ese instante, seré testigo directo de las más o menos disparatadas disertaciones que nuestro guía, fuera de presupuesto, va a ofrecernos durante todo el viaje.
Nos ponemos en marcha. La mayor parte de las carreteras en Marruecos no son buenas, pero si lo fueran, el peligro no haría sino aumentar. Los marroquíes conducen de forma temeraria, imprudente y un punto disparatada. No son extraños los cambios de sentido inesperados e incluso la presencia de vehículos en dirección opuesta. Es cierto que no se les puede pedir mucho más. De las dos habituales formas de conseguir el carnet de conducir, a través de un examen o directamente comprándolo a un funcionario conocido, es esta segunda la que goza de mayor popularidad. Aquellos que lo han conseguido del modo reglamentario, presumen de ello como si de un master en astrofísica por Harvard se tratase.

A ambos lados de la vía, en imaginarios arcenes que nunca existieron, numerosas viandantes van en una u otra dirección sin que nadie, salvo ellos mismos – y también lo dudo – parezca tener nada claro ni su lugar de origen, ni hacia donde se encaminan. Ante un gesto con la mano de estas gentes, indicando el número de pasajeros que necesitan ser transportados, los coches con plazas vacías se detienen a recogerlos. Alguno de estos particulares autoestopistas, no tiene inconveniente en cambiar su sentido previsto y encaminarse en dirección opuesta a la que se dirigían, con tal de evitar la cansina caminata. Un gesto mostrando la palma de la mano abierta por parte del conductor de nuestro vehículo indica que vamos completos y el demandante, en señal de agradecimiento, lleva su mano al corazón y espera el paso del siguiente auto.
De repente una serie de señales contiguas nos indica de forma paulatina que nos detengamos. Se trata de un control de carretera. Elegantes gendarmes de etnia árabe nos aguardan a ambos lados de la vía. Detenidos, un suboficial se acerca. Vamos a comprobar de primera mano que el tópico de la “mordida” no lo es tanto. El arrogante árabe se dirige muy áspero a “Moustache”. Lo hace en su idioma y con un “Salam Aleikhum” que parece cualquier cosa menos una bienvenida. Nuestro guía responde al saludo, pero cuando este continúa su cháchara en árabe, nuestro guía le dice que no le entiende. El policía mira el interior del vehículo. Cinco europeos y el chófer, que en principio le provoca dudas, con muchas posibilidades de serlo también. Pregunta que idiomas habla. – Español y francés – responde. El árabe sigue mirando hacia nosotros. Comienza a dudar que pueda conseguir los estipulados veinte dírhams – 2 euros -. Demanda en francés los papeles del vehículo y el permiso de conducir. Intenta atribuirnos una delirante infracción de tráfico. Inicia un tira y afloja en el que muestra una chulería cercana a la de su admirada guardia civil – de antaño – y ante la dificultad de meternos mano, decide dejarnos seguir. No es práctico aceptar sobornos delante de tantos extranjeros y por esta vez salimos bien librados. En los siguientes kilómetros tendremos tiempo suficiente para conocer diversas experiencias de tipos que no salieron tan bien parados.
Pues eso, que ya estamos en Marruecos.



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